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R
i c a r d o S i l v a
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Nació en Bogotá en 1836 y murió en 1887. Fue comerciante
desde joven. Por vocación y por el medio social en el que vivía
cultivó la literatura. Entre los costumbristas es considerado como
uno de los que escribía con mayor gracia y soltura. Padre del poeta
José Asunción Silva. Entre sus cuadros de costumbres tenemos:
|Retrato del niño Agapito y
|El portón de casa, relato
seleccionado para la presente Antología. Este relato está dedicado
a su hijo José Asunción y dice:
"Hijo mío muy querido:
Mi única obra literaria, el libro que la benevolencia de mis
amigos me obliga a publicar, te pertenece como la menor de las
muestras que puedo darte de mi profundo amor de padre y de la
estimación que te profeso por las virtudes que te caracterizan.
Acéptalos pues, también, hijo mío, como uno de los recuerdos
cariñosos que habrán de acompañarte cuando la muerte me haya
separado de ti".
Es firmado el 27 de noviembre de 1883.
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El Portón de Casa
A José Manuel Marroquín
Usted recordará, mi querido Manuel, que hace algún tiempo formé
la resolución de no volver a pasar un domingo en casa, sino en el
caso de que la muerte me sorprendiera en ella en tal día;
resolución que he cumplido y con la cual he alcanzado, en parte, el
bienestar que buscaba, cuando tantas cosas pasaron por mí.
"Que me estaba volviendo pesadizo", y me
hicieron adoptarla. Indudablemente ella me salvó, porque, a Dios
gracias, no tengo por qué quejarme hoy de lo que entonces me
afligía. Pero, es el caso, Manuel, que para remediar la situación
angustiosa en que hoy me encuentro, no me ocurre una idea como la
que entonces me ocurrió; y como usted es mi amigo, y además el
poseedor de tantas y tan buenas, he creído muy natural dirigirme a
usted, imponerlo de lo que me ha sucedido y exigirle que me revele
inmediatamente la que debo adoptar para evadirme de las
impertinencias de los que a mi vez me obligan a importunar a usted.
Nunca, Manuel, me he quejado sin razón, pero si acaso en esta vez
se inclina usted a creer que por ahora no me asiste, sígame y yo le
ofrezco que cuando acabe de imponerse de esta historia declarará
que me sobra.
Sabrá, pues, mi amigo, que en noches pasadas resolvió Carolina,
mi dulce compañera, ir a pasar un día con los muchachos en una
casita situada en el alto de San Diego, desde la cual se domina uno
de los más bellos paisajes de los alrededores de la ciudad, y en
donde pagando medio real
|por cabeza, a taita Ignacio, dueño
de ella, puede tomarse un baño delicioso en una alberca espaciosa
que ha construido a pocos pasos de allí. El lunes de esta semana
fue el designado por Carolina para el tal paseo y el señalado por
mí para llevar a cabo una empresa que tengo entre manos, y que,
entre otras circunstancias, requiere mucho silencio, cosa que en
casa es bien difícil conseguir. Figúrese, pues, Manuel, con cuánto
placer vería yo llegar aquel día tan deseado en que me prometía
nada menos que escribir mi número de
|El Mosaico, con lo cual
iba a conquistar la
|nota
|de
|literato y el
derecho de salir a la calle sin que usted, Vergara y Carrasquilla
tuvieran el de reconvenirme por la tardanza en arreglarlo.
Mi reloj marcó por fin las nueve, la mañana estaba divina; los
canastos repletos de pan, conservas, carne nitrada, bizcochuelos,
etc., y cubiertos con blancas servilletas, aguardaban los brazos
conductores; Roberto, Julia, las criadas y el perro, la voz de
marcha, y yo la partida de este ejército para lanzarme en el camino
de la gloria. Así fue que llegué a la cumbre de la felicidad cuando
Carolina, atándose el lazo de su gorra y las gentes moviéndose en
todas direcciones, dijeron:
¡Caminen que nos coge el sol en la subida!
Roberto, mi hijo, dígales que caminen.
¡Que caminen!
¡Las sábanas se iban quedando!
¿Quién lleva el jabón y los peines?
El niño Francisco que se fue
|elante.
Mamá, ¿me pongo cachucha o sombrero?
¡Mi
|siñá Carolina, que caminen!... ¡Niña
Prudencia!
Mamita, a mí me baña, ¿no?
No se les olvide el perro, que hoy vamos a ajustarle las
cuarenta a ver si le gusta comerse otra vez la
carne del almuerzo.
Pero ¡ah tardanza, Jesús! ¡Miren que nos come el sol!
¡Los paraguas!
¡Por un tris se nos queda el ariquipe!
Nueve veces se despidió de mí Carolina y me repitió que tuviera
cuidado de la casa; que me fuera en el momento en que me
desocupara; que a las tres de la tarde me aguardaba y que le
llevara buenas noticias.
Por último desfiló la
|caravana, así: Carolina llevando de
la mano a Julia, Roberto dando brincos y gritando: ¡
|Allons
enfants de la patrie!
Las criadas con sus envoltorios, y el perro meneando la cola con
un paraguas en la boca.
La puerta de la calle giró sobre sus goznes y yo sobre mis
talones en dirección de mi cuarto. Tomé la silla, puse pluma nueva,
la probé; ¡superior! Rebullí el tintero, cogí la pauta, y
Ahora sí me dije, ¿quién podrá competir
contigo? ¿Por dónde empezaré, por dónde? ¡Ah, ya me ocurre! Por una
relación titulada "Impresiones de viaje" en la
cual refiera cómo me di veintitrés porrazos en una excursión que
hice, y a consecuencia del mal estado del camino que conduce de
"El Roble" a Chimbe, y cómo me mojé porque llovió
y porque no llevaba encauchado, etc., cosas que a ninguno le
suceden por acá y que naturalmente deben llamar la atención por su
novedad. Sí, señor, y empecé a escribir:
"Es tan malo el camino que por la vía de occidente
conduce a Honda, que...".
¡Tun! ¡Tun! ¡Tun! ¡Tun!
¿Quién es? exclamé furioso.
|¡Comprato signore las ulletas molto barato!
No, señor, no compro nada.
|Las frenus, candelabres, pailas piu remendare.
No, señor, no hay.
|Condores per estagnarse;
|les paraguas,
signore.
Váyase usted de aquí, si no quiere que yo le estañe con una
bala.
|Non molesta signore,
|¡adió!, ¡adió!..
El italiano se fue, Manuel, y yo volví a mi pupitre; pero apenas
tomé la pluma cuando otra vez:
¡Tun! ¡Tun! ¡Yoo! Que si compran calzonarias, agua
florida, hilo, agujas, botones, pomada, zarcillos,
peinetas...
¡Que no!
Navajitas, papel para carta, obleas...
¡Que no! ¿Quién es?
¡Mi aaamo, por las benditas almas del purgatorio, la
caridad!
Tome le dije a éste dándole una moneda.
Que si compra
|sumercé gelatina y ensalada.
¿Cooompra
|sumercé los pollos, mi caballero?
Que si
|estái la niña Presentación que la llame
|sumercé.
Que no compran, que aquí no vive nadie grité
desesperado, y tapándome los oídos corrí a cerrar la puerta
principal para evadirme de aquel concurso universal.
¡Ay, Manuel!, no había llegado al descanso de la escalera cuando
¡plan!, ¡plan!, ¡plan!. En esta vez era con garrote.
El carbón, mi caballero dijo un indio.
Que si aquí es la casa de mi amo Pepe dijo un
|chino que traía un caballo.
Que si tiene
|sumercé unas hojas de toronjil que son para
un remedio.
Esta vez despaché a los peticionarios con muy buenas razones
porque llegué a traslucir las probabilidades de salvarme. Así fue
que salí en pos de ellos, cerré con llave la puerta y subí para
volver a mi ocupación. Era seguro, pues, que iba a gozar por fin de
la calma prometida. Pero ¡cómo nos engañamos, Manuel! Instalado
apenas en mi escritorio, un fuerte campanillazo vino a arrancarme
una por una mis más caras ilusiones; tras éste siguieron mil más, y
ya no era que llamaban para ofrecerme gelatina; era que la patria
volaba a su ruina si yo no iba a salvarla; era que uno de los míos
había muerto destrozado por alguno de los caballos que cruzan la
ciudad; era que se había incendiado el mundo. Todas estas ideas me
ocurrieron al oír aquella campana que tocaba a fuego, a juicio
final. Volé, pues, al balcón; abrí trémulo, me asomé pálido y
desencajado... Una partida de muchachos tropezando acá y allá
huyeron al verme, y uno de ellos que cayó en el enlosado me dijo
con voz suplicante:
No, señor, no fui yo, fue aquel de la
|chácara de
pana que va allá lejos.
Tiene usted, Manuel, que me reí del chasco, que ellos y yo nos
llevamos, y que tuve, además, la ventaja de ahorrar el trabajo de
ir hasta mi cuarto para volver inmediatamente, porque en aquel
momento llegó a tocar el criado de un amigo mío que traía el
siguiente recado:
Que le manda a decir mi amo Carlos
|que si vino ya mi
amo don Quijote, que le diga su merced que vaya, que desea
verlo.
Lo cual quería decir que Carlos enviaba por
|El Quijote,
obra que yo le había ofrecido.
Con tal serie de contrariedades desapareció en mí el entusiasmo
literario, suspendí lo que estaba haciendo y resolví salir a la
calle, ya que en mi casa me era imposible estar tranquilo. Pocos
momentos después me dirigí a la del comercio con el ánimo de
quitarle el tiempo a algún comerciante, contándole lo que me había
sucedido. Noticia que debía estimarme por ser de alta importancia
para sus negocios, puesto que de ella iba a retirar una buena
utilidad. Pero desgraciadamente para él, en la esquina me atrapó
don Cosme, un conocido mío, que tomando la solapa de mi levita, me
dijo que yo era muy paseador, que se había cansado de tocar en el
portón de la casa, a donde había ido para que yo le dijera qué
había a punto fijo de noticias; si era cierto que había venido un
posta, que se habían salido los presos y que habían llegado a Honda
catorce mil
|chapetones; que si lo de la derrota en el sur
era verdad o mentira; que qué había hecho de bueno; que quién me
había hecho el chaleco que llevaba puesto; que si había leído
|El
Heraldo; que el catarro le tenía loco; que ya no se usaba la
bufanda; que si era cierto que estaban usando crinolinas de rejo,
cosa que le parecía detestable; que cómo estábamos en casa; que si
no nos habían reclutado el sirviente que teníamos, y que no me
decía más porque iba a hacer dos visitas de pésame y una de
cumpleaños, por lo cual se despidió, dejándome tan aturdido como
debió quedar Sancho cuando lo mantearon en aquella venta consabida.
¿Qué tal, Manuel, si me coge en casa aquel don Cosme tan noticioso,
tan amable y tan acatarrado?
A pocos pasos de allí encontré al maestro Fermín Cortázar,
secretario de mejoras internas en el ministerio de casa, y
dirigiéndome a él:
¿Qué tal, maestro, cómo le ha ido? le dije.
|Pus ya se figurará, con estas guerras del diablo,
que ya nos come la miseria por todas partes, y ya no sabe uno qué
camino coger, y ya no es lo
|pior, sino que la hebra siempre
revienta por lo más
|delgao, asina es que
|quén sabe
qué será de nosotros. ¡Ave María purísima! Para su casa iba por lo
del material que llevaron; no se topa ni un
|pión y...
Es verdad le dije; camine le doy esos
reales y me vine para casa con él.
Apenas habíamos entrado en ella, cuando el zaguán se convirtió
en una agencia universal, en un puerto, o en una plaza de mercado:
uno venía a venderme el almanaque; otro a traerme una esquela
convidándome al entierro de un señor a quien no tuve el honor de
conocer; el portero del cabildo a notificarme que se reunía esa
noche; Arturo Salamanca por dos rosas y un clavel para un
|bouquet; una vieja a que le comprara un Cristo en nueve
reales;
|último, último en cinco, y que ofreciera; un
extranjero a que le indicara en qué días partía la diligencia de
Tunja a Moreno; un muchacho a que le cambiara un real por dos
medios; Calígula Matajudíos a proponerme que entrara en la rifa de
un estoque, y una
|china de la casa contigua a pedirme
licencia de entrar a sacar un mico que había trozado la cabuya y se
había pasado a la huerta de la mía. ¡Póngase usted en mi lugar,
Manuel!
Por fortuna el maestro Cortázar me ayudó a despachar gente, y me
ofreció sus servicios en la persecución y captura de aquel mico
intruso de que me habían hablado; así fue que, a la una de la tarde
y tomadas las posiciones que nos parecieron convenientes, empezamos
el ataque a un cerezo en cuya copa estaba el maldito, divertido en
hacer gestos y en arrancar las cerezas con una franqueza
recomendable.
Las fuerzas nuestras se dividieron así: Cortázar, que hacía de
vanguardia, se trepó al tejado de la pared divisoria de la huerta,
la cual queda inmediata al árbol y tomando un
|chusque empezó
la carga con una serenidad "digna de mejor
causa". La
|china de la otra casa que representaba
el grueso del ejército, rebulló el cerezo por indicación del
estratégico y sereno Cortázar; y yo que, armado con un escobero me
quedé en calidad de reserva, ocupé el corredor alto para cortarle
la retirada en caso de que pretendiera evadirse por allí. El ataque
fue brusco, Manuel, pero el mico no se dio por notificado. Viendo
Cortázar que nada conseguía con aquel movimiento, ocurrió a un
medio más expedito: tomó, pues, el
|chusque a dos manos y
descargó tan furibundo tajo, que perdió el equilibrio y junto con
tres o cuatro tejas vino a caer de cabeza entre un sardinel
sembrado de claveles, mejorana y pensamientos. Ya usted se
figurará, mi amigo, que la metralla gastada en Solferino apenas
habría causado en mis claveles los estragos que los codos y las
rodillas del denodado Cortázar causaron. La
|china corrió, y
el mico, asustado por el estruendo, saltó del árbol y vino a
tomarse el corredor donde yo estaba; pero ahí fue su Waterloo,
Manuel, porque le di un golpe tan fuerte con el
|escobero,
que descendió aturdido y fue a buscar por dónde salvarse, en el
momento en que Cortázar, altamente indignado, le enviaba al
encuentro un pedazo de teja tan bien dirigido, que si el mico no
hubiera corrido en otra dirección, hoy estaría gozando de la paz de
los sepulcros.
La batalla siguió, y con ella los gritos y las carreras.
¡Por aquí!
¡Atájelo más allá!
Por aquí pasó.
Allá va, atájelo... ya se fue.
¡Dale duro!, ¡eso es, duro! le gritaba Cortázar a la
|china, que habiendo logrado arrinconarlo, le pegaba sin
cesar.
Ya la victoria iba a coronar nuestros esfuerzos; puesto en
vergonzosa fuga por nosotros, tomó el pasadizo que conduce al patio
principal, y de allí se dirigió a la puerta de la calle; pero tiene
usted que al llegar a ella, fue rechazado por un indio que hacía
rato estaba golpeando y que venía a ofrecerme fajas y monteras,
quen cual exclamó:
¡Mis amos, que se les sale el mico!
¡
|Déjelo!, ¡
|déjelo! le grité yo en
fuerza de la brevedad.
¡Sí, mi amo,
|atajándolo estoy! me contestó
cerrando la puerta, y el mico tomó la escalera; en un segundo llegó
al oratorio, que siempre está abierto; se trepó al altar; rompió
una guardabrisa y tumbó dos floreros y un candelero. Pero Cortázar
le echó la ruana, lo cogió envuelto en ella y no lo soltó a pesar
de los mordiscos que le daba.
Una vez amarrado aquel bandido lo remitimos con la
|china
a la casa contigua, en donde debía ser juzgado y castigado; cosa
que nosotros no hicimos en la nuestra, porque a usted no se le
oculta, Manuel, que él era extranjero, y que si tal hubiéramos
hecho, nos habríamos expuesto a una reclamación seria de parte de
su gobierno.
Terminada con tan buen éxito esta gloriosa campaña, despaché a
Cortázar y me preparé a seguir para el alto de San Diego, en donde
iba a encontrar la compensación de las contrariedades que había
sufrido. Pero escrito estaba que éstas no debían terminar aún. De
repente llegó a mis oídos un ruido espantoso, los gritos, las
exclamaciones, los golpes, la bulla de caballos y el sonido de las
armas que yo sentía helaron mi sangre y me hicieron creer que los
catorce mil chapetones de que me había hablado don Cosme habían
llegado ya a tomar mi casa. No me quedó duda sobre esto cuando oí
que gritaban:
No sean brutos, conténgalo que nos mata.
¡Silencio!... ¡Orden!
¡Cabo Pérez, hágase para acá!
¡Amarren, por María Santísima!
¡Lo mató! ¡Lo mató!
¡Hagan fuego ustedes!
¡Con cuidado, no sean animales!
Ahí va bala... ¡fuego!
¡Tun!, ¡pan!, ¡tan!
El portón giró con un estrépito horrible, al impulso de un
torrente de soldados, mujeres y muchachos. El cajón de un
mercachifle cruzó el corredor, arrojando como una granada varios
objetos en diversas direcciones; apareció en pos de todos un
furioso novillo sembrando a su paso el terror y la desolación. Dos
|rejos con que lo traían enlazado dos esforzados
|orejones, apenas bastaban para contenerlo en el segundo
portón. Uno de los
|rejos se reventó, y yo caí atropellado
por los invasores...
Por la noche me encontré rodeado de mi familia y con una herida
en la cabeza, que me recordará siempre
|El portón de
casa.