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E
v e l i o R o s e r o D i a g o
Escritor y periodista. Nació en Bogotá en 1958. Estudió su
primaria en Pasto y luego se trasladó a Bogotá, donde hizo sus
estudios de bachillerato y universitarios. Cuando sólo tenía 21
años obtuvo el Premio Nacional del Cuento Gobernación del Quindío,
1979, por el relato
|Ausentes, publicado por el Instituto
Colombiano de Cultura en el libro
|17 Cuentos Colombianos. En
1982 obtuvo el Premio Iberoamericano de Libro de Cuentos
Netzahualcóyotl, organizado en México. Es autor de las novelas
|Mateo Solo, Editorial Entreletras, Villavicencio, 1984;
|Juliana los Mira, Editorial Anagrama de Barcelona, 1986, y
|El Incendiado, Editorial Planeta, Colombia, 1988. Ha
escrito, así mismo, el conjunto de relatos
|Cuentos para matar un
perro y otros cuentos, y la novela breve
|Papá es santo y
sabio, Premio Internacional de novela La Marcelina, de
Valencia, España, 1982. La Editorial Magisterio le publicó en 1991
la novela para niños
|Pelea en el parque. En 1992 ganó el
Premio Nacional de Literatura con el libro de cuentos
|El
aprendiz de mago, publicado en su primera edición por
Colcultura. En 1996, Editorial Panamericana reedita el libro con el
título
|El aprendiz de mago y otros cuentos de miedo. De allí
es tomado el cuento para esta Antología de los Mejores
Relatos Infantiles
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El Esqueleto de Visita
Un día conocí un esqueleto, en el parque. Estaba sentado en un
banco de piedra, rodeado de palomas blancas, y sonreía, pensativo.
Me pareció muy raro encontrar un esqueleto en pleno parque, dando
de comer a las palomas, y tan risueño y tranquilo, como si se
acordara de una broma, solitario, en mitad de la tarde. Yo
trabajaba de cartero; ya había repartido las cartas del día, y me
sentía algo aburrido. De manera que fui a sentarme a su lado, para
distraer las horas. No demoramos en conversar. Me dijo que no tenía
nombre. "Ningún esqueleto lo tiene", dijo, y
cuando el sol desapareció detrás de las nubes rojizas, se lamentó
del frío. Sus dientes castañeaban. Se puso de pie y me propuso que
fuéramos a tomar una tacita de chocolate, en cualquier lugar.
"Tranquilo –me dijo–. Yo invito". Lo
contemplé de soslayo: no vi que llevara bolsillos, ni mucho menos
dinero. Pero eso no me importó. Al fin encontramos un restaurante
que anunciaba:
|Chocolate caliente a toda hora. Al entrar
muchos comensales quedaron boquiabiertos. Algunas señoras gritaron;
una de las meseras dejó caer una bandeja repleta de tazas; las
tazas se volvieron trizas; varias rodajas de pan, queso y
mantequilla, quedaron esparcidas por el piso. "¿Qué
pasa?" pregunté, abochornado, aunque ya adivinaba a qué se
debía aquel alboroto. "¿Quién es ése?", me
respondieron a coro, señalando a mi amigo.
"Perdón –dijo él–. Yo puedo presentarme solo.
Soy un esqueleto. Tengan todos muy buenas tardes".
"Oh –se asombró una señora, que llevaba un perrito
faldero, de pelo amarillo, adornado con un collar de
diamantes–. No puede ser. Un esqueleto que
habla".
Pues sí –dijo mi amigo, encogiendo los omoplatos–. En
realidad todos los esqueletos hablamos". Avanzó
parsimonioso, como si el equívoco hubiese quedado definitivamente
esclarecido, y eligió una mesa, precisamente junto a la señora, y
se sentó, con un gran ruido de huesos saludando. Después tuvo la
ocurrencia de alargar los huesos de la mano y hacer juegos al
perrito. Le dijo: "Qué lindo esqueleto de perro
eres". Y el perrito ladró, enfurecido, crispándose igual
que un tigre. La señora se lo llevó al pecho, como si lo protegiera
de la muerte. "Vaya –dijo mi amigo el
esqueleto–, parece que su perrito no es de muy buen
humor". Su voz era opaca, profunda, pero amistosa. Hablaba
como si ya nos conociera a todos, desde hace milenios; como la voz
de un amigo; como si un amigo nos hablara por teléfono, desde muy
lejos. La señora no se dignó responder. Se levantó de su silla y
atenazando al perrito con todas sus fuerzas, le dijo:
"Vámonos, Muñeco, lejos de este comediante disfrazado de
esqueleto". El perrito volvió a ladrar, irritado, como si
respondiera: "Larguémonos ya". Pero mi amigo el
esqueleto elevó la voz, honda y húmeda, y aclaró: "Señora,
no soy ningún comediante. Soy sencillamente un
esqueleto".
El rostro de la señora, encendido y huraño como la cara de su
perrito, se volvió y replicó: "¿De qué manicomio se ha
escapado usted?". Y después se esfumó, con todo y perrito.
Muchos otros comensales siguieron su ejemplo.
Mi amigo el esqueleto se acongojó; resopló; resonaron sus
huesos; se rascó el occipital y meneó la cabeza. Pude oír repicar
la decepción en su huesudo rostro; los huesos de su mandíbula
parecieron alargarse. Suspiró, como el múltiple chasquido de una
maraca, y me invitó con un silbido a que tomara asiento junto a él.
"En esta vida todo es tan sencillo –dijo–. Yo no
sé por qué las gentes se complican". No respondí. Hubo un
silencio incómodo. "Bueno –le dije, procurando
consolarlo–, es mejor que ese perrito se haya ido; pudo
haberse aprovechado de los huesos de su mano". El
esqueleto sonrió con los dientes. "Pierda cuidado
–dijo–, sé cuidarme solito". Levantó el dedo
índice y pidió a la rubia mesera dos tacitas de chocolate, por
favor, sea amable. Y sin embargo la mesera nos susurró que tenía
órdenes expresas de no atendernos, y que incluso el dueño del
restaurante exigía que nos fuéramos inmediatamente.
"Pero si aquí hay chocolate a toda hora",
dije.
"Sí –me respondió ella–. Pero no hay
chocolate a toda para ustedes".
"Lo suponía –terció mi amigo el esqueleto–.
Siempre ocurre lo mismo: desde hace mil años no he logrado que me
ofrezcan una sola tacita de chocolate". Y nos
incorporamos, para marcharnos.
Bueno, lo cierto es que yo me preguntaba cómo haría el esqueleto
para beber su tacita de chocolate. ¿Acaso el chocolate no se
escurriría por entre sus costillas desnudas? Pero preferí guardar
ese misterio: me parecía indiscreto, fuera de tono, preguntar a mi
amigo sobre eso. Le dije, por el contrario: "¿Por qué no
vamos a mi casa? Lo invito a tomar chocolate".
"Gracias –dijo, con una breve venia–. Una
persona como usted no se encuentra fácilmente, ni en trescientos
años".
Y así nos pusimos en camino hasta mi casa, que no quedaba
lejos.
(Ya dije que yo era cartero. Pero nunca había tenido la alegría
de entregarme una carta yo mismo: nadie me escribía, ni me llamaba
por teléfono. Mi único amigo era mi mujer; de manera que un amigo
esqueleto resultaba algo desconocido para mí; disfrutaba de la idea
de tener el esqueleto como amigo).
Durante el camino el esqueleto siguió lamentándose del frío.
– ¿Por qué no usa un vestido? –le pregunté.
– Ojalá eso fuera posible –repuso con nostalgia–,
pero ningún vestido me sirve. Ningún vestido tiene la talla de
ningún esqueleto.
La gente detenía su paso para contemplarnos. Un niño, desde la
ventanilla de un autobús, me señaló: "Mamá, ese hombre
camina con un esqueleto".
Me sentí algo cohibido. Nunca en mi vida había sido el centro de
atracción. Pero mi amigo el esqueleto sí parecía acostumbrado.
– Notará usted que nos señalan –dijo–, no sé por
qué les causo pavor si, en definitiva, cuando desaparecen las caras
todos los esqueletos son iguales.
Es verdad, pensé, abrumado. Por dentro mi esqueleto no podría
diferenciarse gran cosa de la facha de mi amigo: sonoro, pero
tranquilo, caminando serenamente por las calles, a la búsqueda de
una tacita de chocolate.
Llegamos a casa cuando anochecía.
Mi mujer abrió la puerta y pegó un alarido.
– Tranquila –dije–, es solamente nuestro amigo el
esqueleto de visita.
Mi amigo sonrió con la mejor de sus sonrisas. Los huesos de su
boca parecieron sonajeros; hizo una gran venia, que a mí se me
antojó desmesurada, cogió delicadamente con los huesos de sus dedos
la mano de mi mujer y se dobló con gran estrépito de fémures y la
besó con sus dientes desnudos. Tuve que inclinarme veloz para
atrapar a mi mujer en el aire, pues se había desmayado. Ayudado por
el esqueleto la cargamos hasta la cama. Le di a oler un frasquito
de sales. Mi mujer se recuperó sin mucho esfuerzo, tembló,
parpadeó, arrojó un tibio suspiro, abrió los ojos, vio al esqueleto
y volvió a desmayarse. Yo iba a reñirla, por su falta de ánimo,
cuando mi amigo puso una de sus frías manos en mi hombro y dijo,
con su voz más profunda: "Tranquilo, eso les pasa siempre
a las mujeres cuando les doy un beso en la mano. Perdóneme. Creí
que su mujer era tan amigable como usted". Salimos de la
habitación y nos sentamos en la salita, a esperar que mi mujer
despertara de nuevo.
Y, en efecto, poco más tarde oímos su voz. Hablaba por teléfono,
con su madre.
– ¡Mamá! –decía–. ¡Soñé que un esqueleto me
besaba la mano! ¡Sí! ¡Un esqueleto! ¡Fue horrible! ¡Peor que una
pesadilla!
El esqueleto y yo cruzamos una mirada significativa, y luego
lanzamos, al tiempo, la misma risita de cómplices: tremenda
sorpresa iba a darse mi mujer cuando saliera y...
– ¡Ay! –volvió a gritar ella, de pie, ante nosotros,
pellizcándose las mejillas como si deseara comprobar si de verdad
seguía despierta.
– Oye –le dije–. No te desmayes otra vez. Te
repito que este es nuestro amigo el esqueleto y lo he traído a que
se tome una tacita de chocolate; desde hace mil años nadie ha
querido convidarlo a una tacita. Ven y te lo presento. Siéntate a
nuestro lado.
Mi mujer me miró sin dar crédito. Pero después tragó saliva,
respiró profundo, y se decidió: Caminando en la punta de sus
zapatos se acercó a nosotros, saludó nerviosamente al esqueleto y
se sentó.
– Hace un buen tiempo, ¿cierto? –preguntó–. En
ese preciso instante empezaba a llover; truenos y relámpagos se
anudaban y estallaban relumbrando como azules cataratas contra el
vidrio de las ventanas. Un frío de pánico nos estremeció.
"Sí, por cierto –dijo el esqueleto,
condescendiente–. Hace un tiempo magnífico". Y
empezamos a charlar. Nuestro amigo resultó un gran conversador:
desplegó un ingenio absolutamente encantador; su voz era un eco
acogedor; debía de ser el esqueleto de un poeta, o algo así; mi
mujer olvidó la desconfianza y se divirtió de lo lindo escuchando
sus proezas, sus anécdotas de viaje, sus experiencias de esqueleto
conocedor.
Pues conocía todos los países. Era, en realidad, un hombre de
mundo, o, mejor, un esqueleto de mundo. Había participado en todas
las guerras, discutió con Platón, cenó en compañía de Shakespeare,
danzó con la reina Cleopatra, se emborrachó con Alejandro Magno,
incluso viajó a la luna, de incógnito, en 1968, y además presenció
el diluvio: fue uno de los pocos que se salvaron en el arca de Noé.
Mi mujer soñaba oyéndolo, deslumbrada. "Es usted
inigualable", dijo, con sinceridad.
"Oh", se complació el esqueleto (y yo diría que
se ruborizó). "Gracias –dijo–, pero todos somos
los mismos esqueletos. Mil gracias de todos modos".
Yo le recordé a mi mujer que había invitado a nuestro amigo a un
chocolate. Ella sonrió y prometió traernos el mejor chocolate con
canela del mundo, mucho más delicioso que el que preparaba la reina
Cleopatra: Y fue a la cocina.
Propuse mientras tanto a nuestro amigo que jugáramos un partido
de ajedrez. "Oh sí –dijo–, no hace mucho jugué
con Napoleón y lo vencí". Y ya disponíamos las fichas
sobre el tablero, contentos y sin prisa, en el calor de los cojines
de la sala, y con la promesa alentadora de una tacita de chocolate,
cuando vi que mi mujer me hacía una angustiosa seña desde la
cocina. Inventé una excusa cualquiera y fui donde ella.
– ¿Qué sucede? –le pregunté.
Ella me explicó enfurruñada que no había chocolate en la
alacena. "Esta mañana se acabaron las dos últimas
pastillas –me susurró–, ¿no te acuerdas?". Yo ya
iba a responder cuando, detrás nuestro, sentimos la fría pero
amigable presencia del esqueleto. "No se preocupen por mí
–dijo, preocupadísimo, y se rascó los huesos de la
cabeza–. No me digan. Sé muy bien lo que sucede. No hay
chocolate. Y ninguno de ustedes tiene un centavo para comprar tres
pastillas de chocolate, una por cada taza. No me
digan".
Mi mujer y yo enrojecimos como tomates. Era cierto. En ese
momento ninguno de los dos tenía un solo peso.
– Ya es costumbre para mí –dijo el esqueleto–.
Esta es una época difícil para el mundo. Pero no se preocupen, por
favor. Además, debo irme. Acabo de recordar que hoy tengo la
oportunidad de viajar a la Argentina, y debo acudir. Ustedes
perdonen. Fueron muy formales. Muy gentiles.
Su voz era cálida, aunque cada vez más distante, una especie de
voz en el agua; como si su voz empezara a desaparecer primero que
sus huesos. Y nos lanzó la mejor de sus sonrisas y se dirigió a la
puerta y regresó y volvió a despedirse y de nuevo se dispuso a
marchar a la puerta –en medio de otra sonora sonrisa–, de
modo que sus huesos como campanas iban de un lado para otro,
indecisos, igual que su despedida. A pesar de su alborozo aparente,
a mí me pareció un poco triste; acaso estaba cansado de caminar por
el mundo desde hace mil años, sin que nadie lograra facilitarle al
fin una tacita de chocolate.
Nos dijo, antes de retirarse definitivamente, que esa misma
noche viajaría de incógnito, en un circo, a la Argentina.
"Me gustan los circos –dijo–. Prefiero viajar en
los circos, puedo pasar inadvertido, muchas veces me confunden con
payaso, lo que me hace reír".
Nos hizo una graciosa venia de poeta, y esta vez mi mujer se
dejó besar la mano sin desmayarse. En la noche, borrascosa y fría,
vimos a nuestro amigo desaparecer, lentamente, como su voz,
iluminado a pedazos por las bombillas nocturnas. Entonces oímos un
grito. Era una mujer, una vecina, que acababa de descubrir al
esqueleto en la mitad de un ramalazo de luz.
La vimos pasar corriendo, como alma en pena.
– ¡Un esqueleto! –nos gritó aterrada–. ¡He visto
un esqueleto!
– Quédese tranquila –repuso mi mujer–. Ese
esqueleto es todo un príncipe. Acaba de visitarnos. Se va en un
circo a la Argentina.
Después, ya a solas, pensamos que hubiera sido bueno decir a
nuestro amigo que volviera cualquier día, cuando quisiera, y que
siempre sería bienvenido. Pero ya el esqueleto había desaparecido.
De cualquier manera, si en las noches de tormenta golpean a la
puerta, mi mujer y yo guardamos la esperanza de que sea nuestro
amigo. Pues desde entonces le tenemos una tacita de chocolate, para
el frío.
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