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C l a
r i s a R u í z
Realizó estudios de comunicación social en la Universidad Jorge
Tadeo Lozano y de filosofía en la Universidad Nacional y en la
Sorbona de París. Ha sido agregada cultural de la Embajada de
Colombia en Francia y directora de la Galería Santafé de Bogotá del
Instituto Distrital de Cultura y Turismo. Es directora de La Casa
del Teatro y subdirectora del Festival Iberoamericano de Teatro.
Elaboró el proyecto de desarrollo del Teatro del Parque Nacional en
1992. Hizo la producción de la obra de teatro para niños
|Las
Brujas, obra que tuvo cerca de 35 presentaciones durante los
años 1992-93. Fue ganadora de la Beca Colcultura, 1994, con el
proyecto
|Pequeño diccionario ilustrado de americanismos
dirigido a los niños. Entre sus obras están
|Traba la lengua
lengua la traba publicada por Editorial Kapelusz, Premio Aclij,
1988.
|Palabras que me gustan. Editorial Norma, seleccionado
para la Lista de Honor de Ibby.
|El libro de los días
1990-91-92-93, agenda para niños elaborada junto con Yolanda Reyes
y Pedro Ruiz, OP Gráficas.
|El gato con botas, Carillón.
El cuento seleccionado para la presente Antología:
|Tocotoc el
cartero enamorado fue publicado por Adpostal, e ilustrado por
|Alekos.
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Tocotoc el Cartero Enamorado
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Desde muy temprano, Tocotoc, el cartero de Cataplún, sale a
repartir las cartas y los paquetes por todo el pueblo. En un morral
grande y resistente Tocotoc lleva los mensajes y regalos que amigos
y familiares de otros pueblos envían a los cataplunenses.
A las siete de la mañana Tocotoc da unos golpecitos en la
primera casa de su recorrido que suele ser la de Kupka, el
zapatero.
– Toc-toc-toc...
– ¿Quién es? –dice el zapatero.
– Soy yo, Tocotoc. Te traigo una carta de tu hija Tris.
Viene desde Achix.
– La estaba esperando desde hace varios días. Gracias,
Tocotoc –dice Kupka, abriendo la puerta–. Oye, ¿me
acompañas a desayunar? Tengo pan recién salido del horno.
– Gracias, amigo, pero voy de paso.
El recorrido continúa por la casa de Lino, el pintor. De allí,
Tocotoc pasa a la casa de Alba, que tiene un gallinero. Luego
siguen Dubi, que prepara los jugos de frutas más deliciosos de la
región, Santi, el entrenador de fútbol; Sebastián, el carpintero, y
Plicploc, el plomero. Así, de casa en casa, Tocotoc va entregando
el correo que tanto esperan sus paisanos. ¡Qué felicidad sienten
ellos al recibir las cartas que Tocotoc les entrega! y siempre,
cuando el cartero toca a la puerta, es bienvenido y todos en
Cataplún tienen gran amistad con él.
A Tocotoc le gusta mucho ser cartero. Además de poder visitar
todos los días a sus amigos, le encanta examinar cada sobre con
atención. Le divierte ver los dibujos y los colores de las
estampillas y sobre todo tratar de leer en voz alta los nombres de
los pueblos lejanos como Ylikiiminki, de donde le envían recetas de
helados a Hummmm; Xicoténcatl, donde Choclos tiene una prima;
Al-Hanakiyah, donde viven los tíos de Soad la tejedora, o
Rarotunga, la isla donde vive Masomenos, un antiguo profesor de
Cataplún.
Pero Tocotoc no fue siempre un cartero feliz. Hubo una época en
la cual a pesar de lo mucho que le gustaba repartir cartas, no
podía evitar sentirse cada día más triste. La causa de tanto pesar
era que él, el propio cartero de Cataplún, no tenía nadie que le
escribiera una carta y no tenía tampoco a quién escribirle. Tocotoc
no podía evitar un hondo suspiro cada vez que entregaba una carta
y, a pesar de ser amigo de todos en el pueblo, se sentía
des-cartado.
En todo su recorrido por las casas de Cataplún sólo había un
momento en que Tocotoc se sentía verdaderamente feliz. Era cuando
llegaba el turno de entregarle las cartas a María, la
costurera.
– "¡Qué linda es esa costurerita! –pensaba el
cartero y se peinaba y se subía las medias antes de tocar a su
puerta.
Toc-toc-toc...
– ¿Quién es? –preguntaba María.
– Soy yo, Tocotoc, y te traigo una carta de Nina la
costurera de Ravapindi –respondía el cartero, con las mejillas
todas rojas y el corazón que se le explotaba.
La costurera, que era muy trabajadora, nunca tenía tiempo para
charlas con Tocotoc y apenas si se despedía. El cartero, por su
parte, era tan tímido que no se atrevía a decirle que estaba
enamorado de ella.
Una noche, mientras ordenaba las cartas que debía repartir al
día siguiente, Tocotoc tuvo una idea que le iluminó el rostro con
una gran sonrisa: "Voy a escribirle una carta a María. Le
diré lo que siento por ella sin que sepa que soy yo". Y
así fue como por primera vez en su vida, el cartero de Cataplún
escribió una carta.
«Hola , María:
Espero que cuando abras este sobre estés contenta y no te hayas
pinchado ningún dedito con la aguja de coser. Tú no me conoces,
pero yo sí a tí y yo te quiero mucho.
Tú me encantas, Mari. Tus ojitos son como dos limones y tus
mejillas como dos bellas manzanas. Tu nariz de frijolito es muy
graciosa y tus labios parecen dos pétalos de rosa. Cuando veo un
sacacorchos me acuerdo alegremente de tus cachumbos y por las
mañanas, la miel del desayuno me trae a la memoria el color de tu
pelito. María, eres una niña muy bella, yo te quiero mucho.»
Tocotoc dobló el papel y lo metió en el sobre junto con una
florecita silvestre.
Al día siguiente Tocotoc salió a repartir sus cartas silbando de
alegría pero al llegar frente a la puerta de María se puso muy
nervioso.
Toc-toc-toc...
– ¿Quién es? –preguntó María.
– So-soy yo, Tocotoc. Te tra-traigo u-una carta.
– ¿De dónde viene? ¿De quién es? –dijo María
emocionada al abrir la puerta.
– No, no sé –dijo Tocotoc con las mejillas todas rojas
y el corazón que se le explotaba.
– Bueno, hasta luego Tocotoc –respondió la costurera
sin siquiera mirar al cartero.
Al día siguiente, cuando Tocotoc volvió a la casa de María para
llevarle una revista, ella ya estaba esperándolo en la puerta desde
mucho antes.
– Buenas, Tocotoc, ¿qué cartas me traes hoy? –preguntó
impaciente la costurera.
– Buenas, María –dijo Tocotoc con emoción–. Te
traigo una revista que viene de Ivigtut.
– Y... ¿nada más?
– No. Nada más –dijo Tocotoc.
– ¿No me traes otra carta como la de ayer? –preguntó
María muy curiosa.
– No, María, nada más –dijo el cartero ordenando su
morral con aire despreocupado.
– Bueno, hasta luego, Tocotoc –dijo María
decepcionada.
Tocotoc se dio cuenta de que su carta había tocado el corazón de
la costurera y como no quería que ella estuviera triste repartió
rápido las cartas que le quedaban y se fue a su casa a escribir
otra carta para María.
«Hola, María:
Ojalá te haya gustado mi primera carta. Te escribo nuevamente
porque siento deseos de hablar contigo. Cómo me gustaría charlar
contigo un ratico.
A mí me encanta pasear por el bosque, pero solo no me gusta ir,
si tú me acompañas, ¡qué feliz sería yo!
Me gusta mucho cocinar pollo con cebolla y papas, pero me da
pereza hacerlo para mí solo si tú quisieras comer conmigo ¡que
feliz sería yo!
Me gusta jugar a las escondidas, pero no tengo con quién jugar,
si tú quisieras jugar conmigo, qué feliz sería yo.»
Tocotoc dobló el papel y lo metió el sobre junto con una
florecita silvestre, como la primera vez.
Al día siguiente María estaba en el balcón de su casa esperando
a Tocotoc desde muy temprano.
– ¡Hola, Tocotoc! ¿Qué carta me traes hoy? –preguntó
la costurera apenas vio aparecer a Tocotoc en su calle.
– ¡Hola, María! –dijo el cartero, un poco más
tranquilo que los otros días–. Te traigo estas revistas y...
una carta.
– ¿Una carta? ¿De quién? –dijo María, quitándole el
sobre de las manos al cartero.
– No lo sé –dijo Tocotoc risueño.
– ¡Oh! ¡Qué bueno! ¡Hasta luego, querido Tocotoc –dijo
María casi cantando. Tocotoc también quedó muy contento por el
resto del día.
Desde entonces el cartero empezó a escribir una hermosa carta de
amor a María todas las noches. La costurera recibía el correo feliz
y Tocotoc, al ver que sus cartas eran tan bien acogidas, escribía y
escribía y escribía cada vez cartas más bellas.
Los días fueron pasando y Tocotoc quería confesarle su amor a
María. Quería pasear y conversar con ella. Cada vez que le
entregaba una carta y María preguntaba: "¿de quién
es?", él siempre estaba a punto de contestar:
"mía".
Pero Tocotoc era tímido y pensaba que la costurera nunca lo iba
a querer como quería a sus cartas. María cada día se conformaba
menos con sus cartas y deseaba conocer la persona que escribía
aquellas frases tan hermosas. Su curiosidad empezó a crecer y a
crecer...
Un día Tocotoc dejó la casa de María para el final de su
recorrido, pues había decidido hablarle a la costurera. Pensó
pedirle a María que le hiciera una nueva chaqueta de cartero, así
tendría la oportunidad de estar más tiempo con ella.
Al llegar a la casa de María, Tocotoc se peinó, estiró sus
medias y tomó aire queriendo darse fuerzas. Después de entregar la
carta a la costurera, le dijo:
– María, quisiera que tú me hacieras una nueva chaqueta de
cartero.
– ¡Claro, Tocotoc! Te la haré con mucho gusto. Sigue y te
tomo las medidas –respondió María muy atenta.
En el taller Tocotoc se quitó su vieja chaqueta de cartero y
María empezó a tomarle las medidas.
– Manga: 63 cm, talle 55 cm, cintura 87 cm –iba
diciendo y anotando la costurera.
– Oye, Tocotoc, ¿por casualidad tú no sabes quién me envía
esas cartas que me traes todos los días? –preguntó de repente
María.
– Pues, es que... no, la verdad... yo no sé –respondió
Tocotoc, tan nervioso que hasta le temblaban las piernas.
– Está bien ¡Qué pesar! –dijo María y siguió tomando
las medidas a Tocotoc.
Cuando terminó, la costurera pensó: "¡qué cartero tan
guapo!" Tocotoc se despidió rápidamente de María y se fue
a su casa corriendo a escribirle otra carta de amor.
María seguía esperando las cartas que Tocotoc le traía y como
pasaba horas leyéndolas y releyéndolas, no avanzaba mucho en su
trabajo y cometía errores al coser la tela. A Tocotoc no le
importaba nada su nueva chaqueta de cartero. Para él era un placer
pasar horas probándose la costura de María y conversando con
ella.
Una tarde cuando la chaqueta por fin estaba casi terminada,
María le preguntó a Tocotoc si quería quedarse a comer con
ella.
– ¡Claro, María! –contestó Tocotoc–. Pero yo
cocino. Te preparé un pollo con cebollas y papas, que es mi
especialidad.
– ¡Delicioso! –respondió María y quedó pensativa–
"¿pollo con cebollas y papas? Eso me recuerda
algo...".
Tocotoc había empezado a cocinar y ella tenía que poner los
platos en la mesa y las flores, que, como todos los días, le trajo
el cartero en un florero. Cuando las estaba arreglando cayó en la
cuenta de que eran las mismas que el escritor misterioso ponía
siempre entre sus cartas.
"Florecitas silvestres, qué casualidad..."
–pensó María–.
El pollo que preparó Tocotoc quedó sabrosísimo; y cuando
terminaron de comer, María le propuso al cartero que jugaran un
partido de damas chinas.
– No, María, mejor juguemos a las escondidas, es más
divertido –dijo el cartero espontáneamente.
María aceptó y se fue a esconder de primera. Cuando estaba entre
el baúl en que guardaba los retazos, pensó nuevamente en las cartas
y el cartero:
"...escondidas...".
Jugaron un buen rato hasta cuando la costurera se sintió ya muy
cansada. Tocotoc, que estaba feliz y lleno de ánimos, al despedirse
le dijo desprevenidamente a María:
– ¿Te gustaría ir a pasear conmigo al bosque mañana
domingo? ¡Qué feliz sería yo!
– Está bien, Tocotoc –le contestó María.
Esta vez la costurera confirmó sus presentimientos y pensando y
pensando se quedó dormida en un asiento junto a la ventana.
Al día siguiente Tocotoc fue a buscar a María para ir al bosque.
La costurera le entregó la nueva chaqueta de cartero y él se la
puso para estrenarla durante el paseo. Cuando ya estaban en el
bosque, María le preguntó a Tocotoc mirándolo fijamente:
– ¿De qué color crees tú que son mis ojos?
– Son verde limón –contestó Tococot
inmediatamente.
– ¿Y mis mejillas, Tocotoc? –siguió preguntando la
costurerita.
– Son como dos manzanas –contestó Tocotoc sin
mirarla.
–¿Y mi nariz? ¿No es cierto que es grandísima?
– ¡María! ¡Estás bromeando. Tú tienes una nariz de
frijolito –dijo Tocotoc mientras recogía unas flores
silvestres.
– Tocotoc, la última pregunta: Por la mañana, ¿tú qué
desayunas?
– A mí me gusta tomar un vaso de leche y pan untado con
bastante miel, mucha, mucha miel –contestó el cartero,
entregándole a María un ramito de flores silvestres.
Sin saberlo, ¡Tocotoc se había delatado! Al regresar a casa la
costurera se despidió rápidamente del cartero y se sentó
inmediatamente a escribir esta carta:
«Martes 18 de mayo
Querido Tocotoc:
Espero que cuando abras este sobre estés contento y no te duelan
los pies de tanto caminar. Yo te conozco muy bien y te quiero
mucho.
Tú, me encantas, Tocotoc. Si tú quisieras prepararme ese
delicioso pollo con cebollas y papas otra vez, ¡qué feliz sería yo!
Si tú quisieras jugar conmigo a las escondidas otra vez, ¡qué feliz
sería yo! Si fuéramos a pasear por el bosque otra vez, ¡qué feliz
sería yo!
Además las flores que tu me regalas son las más lindas del
campo; y tus cartas, mi lectura preferida. Me gustaría mucho
hacerte otra chaqueta para estar contigo otra vez. Me gustaría
hacerte muchas chaquetas más!
María.»
María dobló el papel y lo metió en el sobre con una florecita
silvestre. Al día siguiente, cuando Tocotoc terminó de hacer el
reparto, encontró una última carta entre su morral. "Para
Tocotoc el cartero de Cataplún", decía el sobre...
Toco-toc no lo podía creer. Finalmente, el cartero de Cataplún, por
primera vez recibió una carta.