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I r
e n e V a s c o
Nació en Bogotá, pero ha vivido en Venezuela y Estados Unidos.
Regresó a Colombia en 1984 y trabajó con Gian Calvi en su taller de
Artes Gráficas, Casa de Creación. Cuando la Fundación Rafael Pombo
inició sus actividades en 1986, fue su coordinadora de programas
infantiles. Tradujo al español la novela
|El ejército de un
hombre solo del escritor brasileño Moacyr Scliar. En 1989
publicó su primer libro para niños,
|Don Salomón y su
peluquera, editado por Carlos Valencia. En 1991 publicó el
libro
|Conjuros y Sortilegos, un verdadero manual poético
para que los niños y niñas se conviertan en brujos y puedan por fin
hacer desaparecer la sopa, convertirse en el animal preferido o
ensayar muchas veces el conjuro para que no haya colegio. Este
mágico libro ganó el Premio al Mejor Libro Infantil otorgado por
Fundalectura en 1992 y fue incluido en la Lista de Honor de los
Mejores Libros seleccionados por el Banco del Libro de Venezuela en
1991. Además, recibió mención Noma (Japón) por las ilustraciones de
Cristina López.
En 1988 fundó, en compañía de otras socias, la Librería
Espantapájaros, especializada en literatura para niños. A raíz de
la librería surgió la revista
|Espantapájaros, la cual
circuló durante algunos años y que, para mala fortuna de los niños
(y de los grandes), desapareció. También creó junto con Yolanda
Reyes el Taller Espantapájaros, en el cual se desarrolla un trabajo
especializado en literatura con los niños más pequeños. Tiene
además publicadas dos novelas infantiles:
|Como todos los
días y
|Paso a paso.
Los cuentos seleccionados son inéditos y cedidos amablemente por
la escritora para la presente Antología de los mejores relatos
infantiles.
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Una Pastilla... Dos Pastillas
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Parece mentira pero así es. Cuando María del Sol se enferma, la
Gata Nata también. Si la niña está resfriada, con dolor de cabeza o
simplemente indispuesta, la Gata Nata maúlla como loca, se arrastra
por el suelo y no prueba la leche de su platico.
Entonces mamá llama al doctor de niños:
– Aló, doctor, la niña se siente mal. No, no tiene fiebre;
no, doctor, tampoco tiene tos. Está decaída y no quiere comer nada.
¿Una pastilla de qué?... Ah, sí, ... Ya lo anoté... Cada seis
horas... Sí, doctor. Bueno, doctor. Muchas gracias. Buenas noches,
doctor.
Después mamá llama al doctor de gatos:
– Aló, doctor, la gata está enferma. No, no sé lo que le
pasa. Lleva dos días sin comer y se pasa el tiempo tirada en un
sillón. ¡Ella que es tan alegre! Sí, sí... Muy bien... una pastilla
cada seis hora... Yo le aviso cómo sigue la gatica... Muchas
gracias, doctor. Buenas noches.
Mamá consiente a María del Sol, ... y a la Gata Nata también.
Una caricia por aquí, otra caricia por allá y todas tres, en la
cama grande, parecen sentirse mejor.
Mejor,... hasta la hora de tomar las pastillas. La pastilla de
María del Sol es redonda, grande y amarilla. La pastilla de la Gata
Nata es cuadrada, pequeña y rosada. Mamá comienza con María del
Sol.
– María, linda, mira que pastilla más bonita. ¡Debe ser
deliciosa!
– Yo no me puedo tragar esa pastilla tan grande –dice
María del Sol.
– Nena, por favor. El doctor dijo que te ibas a poner
buenita.
– Yo no me la puedo tragar –dice María del Sol.
– Mi chiquita, prueba con jugo de naranja. Mira, cuando
estés bien, te llevo al parque para que montes en columpio.
– Yo no quiero –dice María del Sol.
Mamá intenta con la Gata Nata.
– A ver, Natica, vamos a darle buen ejemplo a María del
Sol. Tú sí te vas a portar bien y te vas a tomar la pastilla.
La Gata Nata no abre la boca. Se voltea para un lado y sigue
durmiendo.
– Gatita bonita. Yo te ayudo a tomarte la pastilla. A ver,
abre la boca y toma un poquito de leche.
La Gata Nata no abre la boca. Se levanta y camina perezosa hasta
la otra esquina de la cama. Estira todo el cuerpo, se vuelve una
bolita y sigue durmiendo.
– Nata, Natica. Abre la boca y trágate la pastilla. Mira
que ya me estoy poniendo muy brava.
Y mamá atrapa a la Gata Nata, le abre la boca a la fuerza y
empuja la pastilla con el dedo. La Gata Nata maúlla, pega un brinco
y se esconde debajo de las cobijas.
Mamá intenta otra vez con María del Sol.
– Ves, María, la gata se tragó su pastilla. Ahora te toca a
ti.
Y mamá atrapa a María del Sol, le abre la boca a la fuerza y
empuja la pastilla con el dedo. María del Sol patalea y se esconde
debajo de las cobijas.
– Por fin –dice mamá–. Si los doctores supieran
lo difícil que es cuidar a estas criaturitas. Seguro que los
doctores no tienen ni niñas ni gatas.
Mamá se va a la cocina. María del Sol y la Gata Nata se acomodan
bien en la cama y duermen tranquilas toda la noche.
Por la mañana, María del Sol y la Gata Nata amanecen muy bien.
Desayunan leche y pan y salen a jugar al jardín. Mamá está contenta
de verlas curadas y va de cuarto en cuarto arreglando la casa.
En el cuarto de María del Sol, mamá dobla la piyama, quita las
cobijas, estira las sábanas. De pronto, ... debajo de la almohada,
encuentra una pastilla redonda, grande y amarilla. Al lado de esa
pastilla, encuentra otra cuadrada, pequeña y rosada.
– Menos mal que no se tragaron las pastillas –suspira
mamá–. Por un momento creí que se las habían tomado al revés.
–Después recoge las dos pastillas, las bota y termina de
tender la cama.
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Atchú
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El ángel de la guarda de Isabel amaneció resfriado la semana
pasada.
– Atchú –fue lo primero que oyó Isabel cuando se
despertó. Miró por todas partes y como en el cuarto sólo estaba su
hermanito Emilio, Isabel creyó que era él el que había
estornudado.
– Atchú –volvió a oír Isabel, pero ya no les puso más
atención a los estornudos porque quería levantarse rápido para
comenzar a jugar.
Los estornudos no eran de Emilio. Eran del ángel de la guarda de
Isabel que, como había amanecido resfriado, no paraba de
estornudar. El ángel de la guarda de Isabel buscó en su maletín de
ángel algún remedio para resfriados. Encontró agua oxigenada,
curitas y esparadrapo, pero nada de eso curaba estornudos.
Al fin el ángel de la guarda se puso una crema con olor a
eucalipto en la espalda y se tomó unas gotitas con sabor a fresa,
porque se acordó de que a Isabel la curaban igual cuando comenzaba
a estornudar. También decidió quedarse ese día en la cama.
Mientras el ángel se curaba el resfriado, a Isabel le pasaron
toda clase de desastres. Al triciclo se le cayó un pedal. La muñeca
Carolina estuvo perdida toda la mañana. Emilio regó la compota y le
manchó la blusa rosada. A la hora del almuerzo, la sopa estaba muy
caliente y a Isabel se le quemó la lengua. Y, como si fuera poco,
su mamá llegó tan cansada, que no le quiso contar ni un cuento. Por
la noche Isabel se acostó triste y aburrida porque todo le había
salido mal. El ángel de la guarda también se durmió triste y
aburrido porque no le gustaba quedarse todo el día acostado.
– Atchú –fue lo primero que oyó el ángel de la guarda
al otro día, cuando despertó. Miró por todas partes y se dio cuenta
de que era Isabel la que había estornudado.
– A Isabel se le contagió mi resfriado –pensó el ángel
de la guarda.
Y bien rápido, sin que Isabel se diera cuenta, el ángel de la
guarda le puso crema con olor a eucalipto en la espalda y le echó
una gotitas con sabor a fresa en la boca. Isabel dejó de
estornudar.
El día fue fantástico. El papá de Isabel arregló el pedal del
triciclo. La muñeca Carolina se portó muy bien. Emilio no regó la
compota ni el jugo de mandarina. A la hora del almuerzo la sopa
estaba tibia y nadie se quemó la lengua.
Esa noche, Isabel y el ángel de la guarda se acostaron felices
porque todo les había salido bien, y además porque la mamá no había
salido en toda la tarde y les había contado muchos cuentos.
Desde ese día de la semana pasada, ni Isabel, ni el ángel de la
guarda, han vuelto a oír a Atchú.