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T r
i u n f o A r c i n i e g a s
Nació en Málaga, Santander. Es licenciado en Literatura de la
Universidad Javeriana de Bogotá. Fue miembro de la Unión Nacional
de Escritores y del Consejo de Redacción de la Revista
|Puesto de
Combate.
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Dirige talleres de literatura infantil y
el teatro de niñas La Manzana Azul en Pamplona, Santander. Entre
sus principales obras están:
|La silla que perdió una pata, La
Media Perdida, La lagartija y el sol, El león que escribía cartas
de amor, editados por Carlos Valencia.
|Los casibandidos que
casi roban el sol editado por Fondo de Cultura Económica de
México. Ha sido ganador en varios concursos, entre los que cabe
mencionar: Primer premio en el Concurso Enka de Literatura Infantil
1989 con la novela
|Las batallas de Rosalino. Premio
Comfamiliar del Atlántico, 1992, con la obra
|Caperucita Roja y
otras historias, Premio Colcultura 1993 con el libro de cuentos
|La muchacha de Transilvania.
El cuento
|Caperucita Roja ha sido reeditado por
Panamericana Editorial, 1996, junto con otros cuentos, con el
título
|Caperucita Roja y otras historias perversas, en los
que recrea los cuentos maravillosos, logrando una parodia llena de
humor e ironía a través del recurso de la modernización de
elementos, situaciones y personajes.
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Caperucita Roja
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Ese día encontré en el bosque la flor más linda de mi vida. Yo,
que siempre he sido de buenos sentimientos y terrible admirador de
la belleza, no me creí digno de ella y busqué a alguien para
ofrecérsela. Fui por aquí, fui por allá, hasta que tropecé con la
niña que le decían Caperucita Roja. La conocía pero nunca había
tenido la ocasión de acercarme. La había visto pasar hacia la
escuela con sus compañeros desde finales de abril. Tan locos, tan
traviesos, siempre en una nube de polvo, nunca se detuvieron a
conversar conmigo, ni siquiera me hicieron un adiós con la mano.
Qué niña más graciosa. Se dejaba caer las medias a los tobillos y
una mariposa ataba su cola de caballo. Me quedaba oyendo su risa
entre los árboles. Le escribí una carta y la encontré sin abrir
días después, cubierta de polvo, en el mismo árbol y atravesada por
el mismo alfiler. Una vez vi que le tiraba la cola a un perro para
divertirse. En otra ocasión apedreaba los murciélagos del
campanario. La última vez llevaba de la oreja un conejo gris que
nadie volvió a ver.
Detuve la bicicleta y desmonté. La saludé con respeto y alegría.
Ella hizo con el chicle un globo tan grande como el mundo, lo
estalló con la uña y se lo comió todo. Me rasqué detrás de la
oreja, pateé una piedrecita, respiré profundo, siempre con la flor
escondida. Caperucita me miró de arriba abajo y respondió a mi
saludo sin dejar de masticar.
– ¿Qué se te ofrece? ¿Eres el lobo feroz?
Me quedé mudo. Sí era el lobo pero no feroz. Y sólo pretendía
regalarle una flor recién cortada. Se la mostré de súbito, como por
arte de magia. No esperaba que me aplaudiera como a los magos que
sacan conejos del sombrero, pero tampoco ese gesto de fastidio.
Titubeando, le dije:
– Quiero regalarte una flor, niña linda.
– ¿Esa flor? No veo por qué.
– Está llena de belleza –dije, lleno de emoción.
– No veo la belleza –dijo Caperucita–. Es una
flor como cualquier otra.
Sacó el chicle y lo estiró. Luego lo volvió una pelotita y lo
regresó a la boca. Se fue sin despedirse. Me sentí herido,
profundamente herido por su desprecio. Tanto, que se me soltaron
las lágrimas. Subí a la bicicleta y le di alcance.
– Mira mi reguero de lágrimas.
– ¿Te caíste? –dijo–. Corre a un hospital.
– No me caí.
– Así parece porque no te veo las heridas.
– Las heridas están en mi corazón –dije.
– Eres un imbécil.
Escupió el chicle con la violencia de una bala.
Volvió a alejarse sin despedirse.
Sentí que el polvo era mi pecho, traspasado por la bala de
chicle, y el río de la sangre se estiraba hasta alcanzar una niña
que ya no se veía por ninguna parte. No tuve valor para subir a la
bicicleta. Me quedé toda la tarde sentado en la pena. Sin darme
cuenta, uno tras otro, le arranqué los pétalos a la flor. Me arrimé
al campanario abandonado pero no encontré consuelo entre los
murciélagos, que se alejaron al anochecer. Atrapé una pulga en mi
barriga, la destripé con rabia y esparcí al viento los pedazos.
Empujando la bicicleta, con el peso del desprecio en los huesos y
el corazón más desmigajado que una hoja seca pisoteada por cien
caballos, fui hasta el pueblo y me tomé unas cervezas.
"Bonito disfraz", me dijeron unos borrachos, y
quisieron probárselo. Esa noche había fuegos artificiales. Todos
estaban de fiesta. Vi a Caperucita con sus padres debajo del samán
del parque. Se comía un inmenso helado de chocolate y era
descaradamente feliz. Me alejé como alma que lleva el diablo.
Volví a ver a Caperucita unos días después en el camino del
bosque.
– ¿Vas a la escuela? –le pregunté, y en seguida caí en
la cuenta de que nadie asiste a clases con sandalias plateadas,
blusa ombliguera y faldita de juguete.
– Estoy de vacaciones –dijo–. ¿O te parece que
éste es el uniforme?
El viento vino de lejos y se anidó en su ombligo.
– ¿Y qué llevas en el canasto?
– Un rico pastel para mi abuelita.
– ¿Quieres probar?
Casi me desmayo de la emoción. Caperucita me ofrecía su pastel.
¿Qué debía hacer? ¿Aceptar o decirle que acababa de almorzar? Si
aceptaba pasaría por ansioso y maleducado: era un pastel para la
abuela. Pero si rechazaba la invitación, heriría a Caperucita y
jamás volvería a dirigirme la palabra. Me parecía tan amable, tan
bella. Dije que sí.
– Corta un pedazo.
Me prestó su navaja y con gran cuidado aparté una tajada. La
comí con delicadeza, con educación. Quería hacerle ver que tenía
maneras refinadas, que no era un lobo cualquiera. El pastel no
estaba muy sabroso, pero no se lo dije para no ofenderla. Tan
pronto terminé sentí algo raro en el estómago, como una punzada que
subía y se transformaba en ardor en el corazón.
– Es un experimento –dijo Caperucita–. Lo llevaba
para probarlo con mi abuelita pero tú apareciste primero. Avísame
si te mueres.
Y me dejó tirado en el camino, quejándome.
Así era ella, Caperucita Roja, tan bella y tan perversa. Casi no
le perdono su travesura. Demoré mucho para perdonarla: tres días.
Volví al camino del bosque y juro que se alegró de verme.
– La receta funciona –dijo–. Voy a venderla.
Y con toda generosidad me contó el secreto: polvo de huesos de
murciélago y picos de golondrina. Y algunas hierbas cuyo nombre
desconocía. Lo demás todo el mundo lo sabe: mantequilla, harina,
huevos y azúcar en las debidas proporciones. Dijo también que la
acompañara a casa de su abuelita porque necesitaba de mí un favor
muy especial. Batí la cola todo el camino. El corazón me sonaba
como una locomotora. Ante la extrañeza de Caperucita, expliqué que
estaba en tratamiento para que me instalaran un silenciador.
Corrimos. El sudor inundó su ombligo, redondito y profundo, la
perfección del universo. Tan pronto llegamos a la casa y pulsó el
timbre, me dijo:
– Cómete a la abuela.
Abrí tamaños ojos.
– Vamos, hazlo ahora que tienes la oportunidad.
No podía creerlo.
Le pregunté por qué.
– Es una abuela rica –explicó–. Y tengo afán de
heredar.
No tuve otra salida. Todo el mundo sabe eso. Pero quiero que se
sepa que lo hice por amor. Caperucita dijo que fue por hambre. La
policía se lo creyó y anda detrás de mí para abrirme la barriga,
sacarme a la abuela, llenarme de piedras y arrojarme al río, y que
nunca se vuelva a saber de mí.
Quiero aclarar otros asuntos ahora que tengo su atención,
señores. Caperucita dijo que me pusiera las ropas de su abuela y lo
hice sin pensar. No veía muy bien con esos anteojos. La niña me
llevó de la mano al bosque para jugar y allí se me escapó y empezó
a pedir auxilio. Por eso me vieron vestido de abuela. No quería
comerme a Caperucita, como ella gritaba. Tampoco me gusta vestirme
de mujer, mis debilidades no llegan hasta allá. Siempre estoy
vestido de lobo.
Es su palabra contra la mía. ¿Y quién no le cree a Caperucita?
Sólo soy el lobo de la historia.
Aparte de la policía, señores, nadie quiere saber de mí.
Ni siquiera Caperucita Roja. Ahora más que nunca soy el lobo del
bosque, solitario y perdido, envenenado por la flor del desprecio.
Nunca le conté a Caperucita la indigestión de una semana que me
produjo su abuela. Nunca tendré otra oportunidad. Ahora es una niña
muy rica, siempre va en moto o en auto, y es difícil alcanzarla en
mi destartalada bicicleta. Es difícil, inútil y peligroso. El otro
día dijo que si la seguía molestando haría conmigo un abrigo de
piel de lobo y me enseñó el resplandor de la navaja. Me da miedo.
La creo muy capaz de cumplir su promesa.