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L e o p o l d o B e r d e l l
a D e L a E s p r i e l l a
Nació en Cereté (Córdoba) en 1951 y murió en Cali en 1988.
Inició su carrera de periodismo en la agencia de noticias Tay de
Montería. Publicó cuentos en suplementos de periódicos na-cionales
y regionales y en diferentes revistas culturales. Fue profesor
visitante en las universidades de Medellín, de Antio-quia, del
Quindío, y en la Surcolombiana de Neiva. Fue catedrático en la
Universidad Libre de Cali, donde dirigió el taller literario. Ocupó
la dirección del Instituto Departamental de Be-llas Artes, en Cali.
En 1985 representó a Colombia en el Primer Seminario de Literatura
Infantil que se llevó a cabo en Medellín.
Dedicó parte de su labor literaria para niños a recopilar y
recrear mitos y leyendas de la tradición oral, publicando con este
tema varios libros como:
|Juan Sábalo, con el que ganó el
primer premio en el concurso Enka de Literatura Infantil, 1983.
|Travesuras de Tío Conejo, Koku-yó mensajero del sol,
publicados por Carlos Valencia Editores.
|Bolívar, hombre y
guerrero (1983) y la colección de cuentos
|A golpes de
esperanza (1981).
El cuento escogido para esta Antología de los Mejores Relatos
Infantiles fue tomado del libro
|País de cuentos,
|selección colombiana de literatura infantil pu-blicado por
Tres Culturas Editores, colección Los Sapitos Vaqueros, 1988.
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Historia de la Niña que Queria Tener su Propio
Mar
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- "Primero estaba el mar..."
- A Jorge Raúl Garzón Tello.
Triste, acongojada, la niña le había dicho varias veces a su
padre que quería tener su propio mar.
– Te llevaré de nuevo un día de estos a la playa –le
decía su padre, tratando de consolarla.
– ¡No! –replicaba ella furiosa–: ¡Yo quiero que
me traigas el mar hasta aquí! ¡Quiero tener un lindo mar para mí
sola, en el jardín de la casa!
El hombre no sabía qué hacer. Por mucho que pensaba y pensaba,
no encontraba la manera de explicarle a su hija que el mar no tiene
dueños, y menos la idea de traerle uno para ella sola. "Se
regala una flor, un mango de corazón, un banano o una sarta de
huevos de iguana... pero, ¿un mar? ¡Eso es imposible!",
pensaba.
Una tarde, un azulejo lo vio cabizbajo, sentado sobre un tronco.
A cada momento se llevaba las manos a la cabeza y dejaba escapar
una que otra queja en voz alta.
Lloraba.
Curioso, el azulejo se le acercó.
– ¿Por qué tan triste? –le preguntó, posándose en las
ramas más bajas de un arbusto cercano.
– Mi hijita Irene quiere un mar para ella sola
–contestó el hombre, desconcertado.
– ¿Es eso todo? –inquirió el azulejo.
– Todo... –musitó el hombre metiendo la cabeza entre
las manos–. ¡Pero yo no sé cómo traerle un mar hasta aquí!
– ¡Espérame un momento! –le ordenó el azulejo–:
¡Trataré de conseguir a alguien que quiera traerle un mar a tu
hija!
Y se fue.
Al rato, el hombre oyó un intenso aleteo, miró hacia el cielo y
vio al azulejo y a tres gaviotas bajar hasta el arbusto.
– Te traemos el mar que deseas para tu hija –dijo una
de las gaviotas–: Azulejo nos contó de tu pena y del deseo de
ella de tener su propio mar, y hemos decidido complacerla
–agregó.
– ¿Mar? –exclamó el hombre, decepcionado–: ¡Pero
si eso no es un mar! ¡Es un simple caracol...!
– Escucha... –le porfirió una gaviota blanca de copete
negro que había permanecido silenciosa–: ¡Aquí está el mar!
¿Lo oyes? Y le extendió el caracol.
Incrédulo, el hombre tomó el caracol y lo acercó a su oído.
– Sí, lo oigo –respondió–. Pero mi hija no lo
quiere allí, dentro de un caracol. Lo quiere en su jardín, para
bañarse en sus aguas para corretear en sus arenas blancas.
– ¡Tu hija es muy exigente! –chilló la gaviota más
joven–: ¿Sí lo merecerá?
Y voló hacia un cámbulo florecido. Las otras gaviotas y el
azulejo la siguieron.
Un buen rato duraron cavilando.
– ¡Es una niña muy exigente! –insistió la gaviota más
joven.
– Todos los niños lo son –aclaró la del copete
negro–: Pensemos en una solución...
– ¡Ya...! ¡Ya...! ¡La tengo...! –graznó la más
veterana de las gaviotas–: Su hija...
– ¡Irene...! –exclamó el azulejo, frotándose las
alas.
–... su hija Irene tendrá su propio mar, porque así lo ha
deseado.
Y volvieron donde el hombre.
– Tu hija tendrá un mar –dijo la más veterana de las
gaviotas–. Pero habrá una condición.
– ¿Cuál? –preguntó el hombre.
– Tendrá que, con los días, empezarlo a compartir con todas
las aves del contorno.
– ¡Lo hará! –aseguró el hombre, radiante–. Y no
sólo con las aves, sino también con los insectos y las plantas. ¡Y
con sus vecinos!
– Bien –dijo la más veterana de las gaviotas–:
Toma el caracol que te hemos dado, llévalo a tu casa, y siémbralo
en el jardín.
– ¿Sembrarlo en el jardín? –objetó el hombre,
confundido.
– ¡Claro! –insistió la gaviota– ¿Acaso no hay que
sembrar para recoger?
Y levantó el vuelo, las otras dos y el azulejo levantaron
también el vuelo, siguiéndola de cerca.
Desconcertado, el hombre se llevó el caracol para su casa. Pero
una vez allá, comenzó a dudar. No sabía si colocarlo de adorno en
su mesita de noche, si usarlo para que las puertas no se cerraran
de golpe, o sembrarlo en el jardín, conforme se lo había aconsejado
la gaviota. "¿Sembrarlo en el jardín?", pensaba:
"Nunca había escuchado tanta necedad...".
– ¡Yo quiero un mar! ¡Yo quiero un mar! –gritaba su
hija, inconsolable.
– Lo sembraré en el jardín –decidió el hombre–:
Al fin y al cabo, nada se pierde con probar.
Y lo sembró en todo el centro del jardín, marcando el sitio de
siembra con una estaca.
Pasaban los días, y la tristeza de Irene aumentaba. A pesar de
sus exigencias, su padre guardaba silencio. A veces se le veía
intranquilo, sobre todo cuando por las tardes se dirigía al
jardín.
Una noche, un ruido extraño despertó al hombre. Rápidamente se
dirigió al jardín. El ruido lo ocasionaba un topo que, escarbando,
había dado con el caracol, y se disponía a hacerlo trizas.
–¡Ea! ¡Deja eso ahí! ¡Es mío! –le gritó el hombre,
visiblemente alterado.
Asustado, el topo se alejó por entre los matorrales, dejando el
caracol al lado de un rosal, de donde el hombre lo rescató para
volverlo a sembrar.
– Esta vez lo sembraré bien hondo –dijo el hombre.
Y lo sembró.
Otro día, fueron las hormigas. Presurosas, llevaban el caracol
en andas, buscando la manera de meterlo en uno de los tantos
agujeros que tenían en el jardín.
– ¡Váyanse a otro lado! –les ordenó el hombre
arrebatándoles el caracol–: ¡Conténtense con las hojitas y los
tallos tiernos!
Desde entonces, decidió montar vigilancia en el jardín, sobre
todo en las noches, que era cuando más peligro corría el caracol de
desaparecer.
Pero nada sucedía en el jardín. Salvo el desplazarse sigiloso de
una ardilla, el vuelo de una torcaza, el canto de las cigarras al
atardecer o el ruido imperceptible de una flor abriéndose a la
vida, nada extraordinario sucedía en el jardín. Aquélla siempre
parecía condenada al fracaso.
Una mañana, cuando ya Irene había perdido las esperanzas de
tener su propio mar, un aleteo intenso la despertó bien temprano.
La niña saltó de la cama, se frotó los ojos y se encontró con que
tres bellas gaviotas –una de ellas con un copete negro–
se habían posado suavemente en el alféizar de su ventana. Una brisa
ligera movía las cortinas y llenaba la estancia de un olor a
trópico.
– ¡Levántate, Irene! –le ordenaron las gaviotas en
coro–: ¡El mar que deseabas ya está aquí!
– ¿El mar...? –preguntó la niña intrigada.
– ¡Sí! ¡El mar! –respondieron en coro las
gaviotas–: ¿Acaso no lo pedías? ¿No querías tener un mar para
ti sola, en el jardín de su casa?
Irene no pudo responder. Emocionada, se dirigió al jardín: ¡Todo
su jardín se había convertido en un inmenso oleaje azul, con
palmeras y arenas blancas, alcatraces, cangrejos y corales, y, a lo
lejos, la vela blanca de un barquillo se recortaba contra el
cielo!
¡Allí estaba el mar, su mar!
Presurosa, la niña corrió a la habitación de su padre, que
dormía profundamente en su catre, después de otra noche de vela en
el jardín.
– ¡Padre! ¡Padre! –llamó–: ¡El mar! ¡El mar! ¡Por
fin tengo un mar para mí sola, en el jardín de la casa!
Y con una alegría que le salía por todo el cuerpo, agradeció a
su atónito padre el que le hubiese permitido tener su propio mar,
allí mismo, en el jardín de su casa.
– ¡Tendrás que compartirlo con las aves del contorno, los
insectos, las plantas y tus vecinos! –alcanzó a decirle el
hombre.
Irene ya no oía. Descalza, con el cabello suelto, corría por la
tibia arena detrás de un cangrejo ermitaño que presuroso, volvía a
su guardia en el brote rojizo de un hermoso coral.
Santiago de Cali, febrero de 1988.