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L
u i s D a r í o B e r n a l
Nació en Bogotá en 1950. Realizó estudios de Derecho en la
Universidad Externado de Colombia. Ha sido consultor de Cerlalc
para la promoción de la lectura y la divulgación de la literatura
infantil y juvenil en América Latina. Ha colaborado con distintas
revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha dirigido
talleres sobre metodología, promoción de la lectura, y literatura
infantil y juvenil. Es coautor del libro
|Promoción de la lectura
en la biblioteca y en el aula, publicado por Cerlalc-UNESCO.
Entre sus libros de ficción se destacan
|Catalino Bocachica,
Premio Nacional de Novela Infantil, 1979.
|La batalla de la luna
rosada, finalista del Premio Casa de las Américas de Literatura
Infantil y Juvenil, 1990, publicado por el Fondo de Cultura de
México.
|Rimas y bromas para maromas, Tres Culturas Editores,
|Coralito y
|Frasquito y su sueño de navidad,
publicados por Ecoe Ediciones.
|Números y Palabritas y
|Ka
ta plum plam plum, publicados por Tinta, Papel y Vida de
Venezuela.
|Fortunato, editado por Santillana, 1993.
El relato escogido para esta Antología de los Mejores Relatos
Infantiles fue tomado del libro
|Frasquito y su sueño de
navidad, de Ecoe ediciones.
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Frasquito y su Sueño de Navidad
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Era una tibia madrugada de diciembre. El sol se disparaba contra
los ventanales del viejo edificio de la Calle Real. Estrellitas de
colores chispeaban sobre el dorado rostro de Frasquito, el antiguo
ascensor de elegantes rejas y rectangular ojo de vidrio.
Como todas las mañanas, don Juan abrió el sobretodo metálico del
elevador:
– Buenos días –dijo el anciano celador.
– Muy buenos, don Juan. Y usted, ¿cómo amaneció?
–preguntó Frasquito alargándose de rejas. Así se
desperezaba.
– Regular, hijo, regular. A mi edad es difícil estar
bien
–aclaró colocándose su gorra azul de terciopelo.
Aún con sueño, Frasquito comenzó a trabajar. Sabía de memoria su
recorrido matinal: repartir aseadoras por las oficinas. Luego bajar
y subir una y mil veces repleto de personas. Frasquito siempre
cumplió su labor. Don Juan, quien envejeció con Frasquito, hacía
revisar cada mes el complicado mecanismo del elevador. En treinta
años su corazón, un potente y bien engrasado motor alemán, jamás
falló. En cambio, los colegas de Frasquito –tres orgullosos
ascensores de cierre automático, controles electrónicos y
velocidades de miedo– se dañaban a menudo. Unas veces se
trababan sus puertas. Otras, saltaban enloquecidos como carros
chocones. Cuando los frenaban, los pasajeros descendían con los
pelos parados como si hubiesen visto a Satanás. Algunos salían con
las corbatas en los bigotes. O con las gafas en la nuca. Las damas
perdían sus tacones o bajaban con los collares bailándoles
alrededor de las orejas.
Al verlos, Frasquito se agarraba la barriga para no soltar la
carcajada. Luego recogía a los pasajeros ya recuperados, quienes no
cesaban de elogiarlo:
– Este sí es un ascensor decente –comentaba una
viejita.
– Yo he dicho que los aparatos de antes eran mejores que
los de ahora –sentenciaba un señor.
– ¡En mi vida vuelvo a subirme en estos mugrosos bichos!
–gritaba furiosa una señora calva que no había podido
reacomodar su peluca.
Frasquito escuchaba los comentarios. Su ojo de vidrio sudaba. Su
nariz, un grueso mango de acero dorado, brillaba de tanto ajetreo.
Esa mañana de aguinaldos, sin embargo, todo transcurría
normalmente. Cada elevador trabajaba sin sobresaltos. De pronto, a
eso del mediodía, cuando Frasquito pasaba delante del piso 13,
sintió una terrible picada en el estómago. Uno de sus piñones
chilló como frenada de locomotora.
Don Juan lo apagó al instante. Preocupado por Frasquito corrió a
la administración. Como no soportaba la velocidad ni el encierro de
los otros ascensores, bajó las escaleras de emergencia a todo lo
que daban sus piernas y pulmones. Ya en la oficina, fatigado, contó
lo que había escuchado en las entrañas de Frasquito. Al rato, don
Juan regresó acompañando al elevador. Un ingeniero, el
administrador y un técnico con un estuche metálico penetraron en su
cabina.
Frasquito sintió cosquillas. Una pistola eléctrica hizo brincar
sus tornillos. Hizo esfuerzos para no reír. Experimentó escalofrío.
Lo desnudaron quitando las láminas de su espalda. Por la abertura
pasaron el ingeniero y su asistente. Al momento, mientras Frasquito
y don Juan se miraban de reojo, volvieron los expertos:
– Sacó la mano, doctor –afirmó el técnico–, el
eje sinfín está roto.
– ¿Verdad? –indagó incrédulo el administrador mirando
al ingeniero.
– ¿Sí? Y lo peor es que esa pieza ya no la fabrican
–puntualizó el profesional.
– ¿Y qué podemos hacer? –le insistió pensativo.
– Lo que siempre te dije. Modernizar este aparato.
– Ya parece un ejemplar de museo –se rió ante la
estructura de Frasquito. Apesadumbrado, don Juan salió del elevador
lleno de presentimientos.
Así pasó. En vísperas de navidad, Frasquito amaneció estrenando
de todo. Inclusive ascensorista. Don Juan fue jubilado. Y Frasquito
convertido en un velocísimo aparato.
Sus puertas, de doble hoja, cerraban herméticamente. Su
acogedora cabina era ahora un cuarto frío y sin espejos. Frasquito
no vio más hacia el exterior. Perdió su amplio ojo de vidrio. Y sus
rejas doradas desaparecieron. Ya ni pereza pudo hacer. A las seis
de la mañana un control computarizado lo lanzó al abismo de 15
pisos a una celeridad endemoniada. A las 10:00 p.m., agotado, lo
apagaron. Todo el día transportó cajas. Ninguna persona. Esa noche
la pasó en vela. Y amaneció profundamente triste: añoraba los
bombillos de colores que le colgaban en Navidad. El oloroso baño de
espuma que recibía por esa época. Las cosquillas que lo hacían
brincar cuando le secaban las rejas. La alfombra nueva con su
nombre grabado, con la que despertaba cada 24 de diciembre. Recordó
el juego de aguinaldo entre secretarias y ejecutivos. La alegría de
la gente. Los paquetetotes de regalos que le gustaba cargar. Los
destellos de pólvora que siempre deseó compartir con los niños en
las calles y que contemplaba con don Juan desde la azotea.
Al evocar a su viejo amigo desfalleció. La fuerza lo
abandonó.
– ¿Qué diablos pasa? ¡Aparato mañoso! –gritó el joven
ascensorista con un tono que ofendió a Frasquito. De inmediato lo
dejó en el piso 6º. Allí permaneció todo el día. A oscuras.
Pensativo.
Al caer la tarde, el edificio se alumbró. Frasquito estaba muy
animado. Había planeado algo que le devolvió los bríos. Pasadas las
11 subió el operario con un señor.
– ¿Entonces qué, compadre, le hacemos el intento? Todavía
queda un rato para la medianoche –precisó mirando el
reloj.
–¡ Préndalo de una, hermano! Quiero sentir la
potencia
–pidió el nuevo técnico. Frasquito arrancó a toda máquina
rumbo a la terraza. Descendió con igual ímpetu. Funcionó a la
perfección para impedir que lo apagaran.
– No le veo nada raro –comentó el experto.
– Sííí... No sé qué pasó. Le juro que no funcionó esta
mañana –confesó el muchacho mirando con sorpresa a su
amigo.
– ¿No serían las cervecitas de anoche? –repuso burlón
su compañero ofreciéndole un cigarrillo. Finalmente rieron.
Salieron del elevador. Se dirigieron al portón. Frasquito quedó
abierto de par en par, iluminado y a pocos metros de la calle real.
¡Pum pum pum! retumbaban afuera los cohetes. Miles de luces
dibujaban un ballet de figuras en el aire. Rombos de colores
ascendían por el cielo como pajaritos de fuego. ¡Pi pi pi! las
bocinas de los carros pitaban. ¡Slll! las sirenas de las fábricas
silbaban. Todo era algarabía en la ciudad.
Frasquito no soportó más la soledad del edificio. Ni la
nostalgia por don Juan. Quería participar de la fiesta. Recorrer
las calles iluminadas. Ver las sonrisas de los niños. Escuchar la
música. Observar la noche coloreada. Ser libre. Las roncas y
monumentales campanas de la catedral iniciaron el concierto. Luego,
todos los templos lanzaron al vuelo sus voces de bronce. De
repente, la construcción comenzó a vibrar. Temblaba como gelatina.
Parecía presa de un terremoto. Las luces del barrio se apagaron de
golpe y Frasquito absorbió una inmensa energía en su cuerpo.
Resplandecía.
Cuando los relojes iniciaron el conteo regresivo, Frasquito
soltó un ruido ensordecedor. Cerró sus puertas con fuerza. Se meció
impetuoso y despegó en medio del humo a velocidad supersónica. Su
cuerpo, ahora incandescente, atravesó en un instante los 15 pisos.
La claraboya de la azotea saltó en mil pedazos. Libre y pleno de
felicidad, Frasquito remontó el firmamento al filo de las 12. Había
llegado la Navidad. Y nacido un nuevo Frasquito. La fricción del
ascenso y el frío de la atmósfera lo transformaron. Perdió sus
esquinas y sus paredes se hicieron transparentes. Su interior
despedía una rojiza luminosidad. Semejaba un barrilito de mermelada
de frambuesa.
Desde aquella noche, Frasquito olvidó para siempre la tristeza.
Hoy es un mensajero de paz y alegría.
Todos los niños del mundo son sus amigos. Cuando lo divisan en
los cielos azules y despejados, Frasquito los saluda soltando
destellos a los cuatro vientos.
Querido lector, ¡deja ya estas páginas! Nuestro amigo no demora.
¡Rápido, corre a la ventana! ¡Saluda a Frasquito! Verás como te
sonríe.