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G o n z a l o C a n a l R
a m í r e z
Nació en Gramalote, Norte de Santander, en 1916. Novelista,
ensayista y columnista de periódicos. Ocupó cargos en el gobierno y
la diplomacia. Sin embargo, consagró la mayor parte de su vida a
las artes gráficas, realizando trabajos tanto en el país como en el
exterior. Fue director del Centro Regional para el Fomento del
Libro en América Latina y el Caribe, Cerlalc.
Los relatos escogidos para la presente Antología de los Mejores
Relatos Infantiles
fueron tomados del libro
|Relatos para Muchachos, publicado
por Carlos Valencia Editores, 1982. Estos relatos se escribieron
como homenaje al niño en su día internacional, sobre todo al niño
campesino, el gran olvidado. Canal Ramírez se inspira en su
infancia campesina y a partir de ésta reconstruye los doce relatos
que componen el libro.
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Con una Rana en el
Bolsillo
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Aquel día el alcalde municipal nos visitó en nuestra comarca
campesina para inaugurar la nueva escuelita rural de techo pajizo y
suelo de tierra apisonada. En su discurso citó esta definición:
"El niño es la verdad con la cara sucia, la sabiduría con
el pelo desgreñado, la esperanza del futuro con una rana en el
bolsillo".
Pascualito aprendió la frase y la repitió mentalmente muchas
veces. "La cara sucia". El siempre la tenía así.
Y eso lo entendía muy bien. "El pelo
desgreñado...". Pascualito se peinaba raras veces y sus
mechones revueltos se lo hacían comprender... "Con una
rana en el bolsillo...". ¿Dónde estaba la rana? Pascualito
nunca había tenido una rana en el bolsillo. Sí, él era la verdad
porque tenía la cara sucia... él era la sabiduría porque tenía el
pelo desgreñado... pero no era la esperanza porque le faltaba la
rana... ¿y la rana?
Terminada la ceremonia de inauguración de la escuelita rural,
Pascualito se fue derecho al pantano vecino a su rancho a buscar la
rana... Ya allí, con el barro a media pierna, entre croar y croar,
empezó su cacería. Unas saltaban antes de estar al alcance de su
mano, otras grandes, casi como sapos, le daban miedo... Aquélla,
agarrada a un bejuco, qué linda era. Y, a los últimos rayos del
sol, cómo brillaban sus matices de verde, marrón y azul, cuántos
tonos tornasolados de nácar y plata, como los del sagrario del
templo parroquial, donde Pascualito aspiraba a ser monaguillo, si
ganaba una beca para la escuela urbana del cura.
La ranita, Pascualito y el crepúsculo continuaban allí, sin
atreverse a echarle mano, no fuera que también saltara como las
demás. Pascualito hacía su plan: le hablaría cariñosamente, le
pondría el nombre de Juanita, como el de la niña del rancho cercano
con la cual jugaba.
Juanita... no te vayas. ¿Por qué no te vienes conmigo? Esta
noche hará frío aquí en el pantano y, si llueve, te vas a
mojar.
Juanita parecía oírlo, inmóvil en su junco. Cuando Pascualito
resolvió atraparla, Juanita fue más rápida, saltó y
desapareció.
El sol se había ocultado y la oscuridad se insinuaba ya. Pascual
corrió a su rancho, donde nadie había notado su retardo,
acostumbrados todos como estaban a las causas de sus demoras:
correr tras de algún armadillo, quedarse bajo los chipios en
cosecha admirando los colores de los pájaros, irse en busca de
moras o piñuelas silvestres, o tenderse boca arriba a contemplar
las nubes y adivinar sus figuras.
Al verlo llegar tan de carrera, la madre le preguntó:
– ¿Qué fiera te persigue?
– Ninguna, mamá. Es que yo soy la verdad con la cara sucia,
la sabiduría con el pelo desgreñado. Pero no soy la esperanza,
porque no tengo una rana en el bolsillo.
– ¿Qué qué? ¿Qué qué?
– Sí, mamá, nos lo dijo el alcalde esta mañana en la
escuela. Y tú me explicarás qué son la verdad, la sabiduría, la
esperanza.
– Por la verdad irás mañana, después de la escuela, a
preguntar a Agapito. La sabiduría es eso que los sabios saben. La
esperanza es eso que sentimos cuando le rezamos a la Virgen pa-ra
que llueva, o cuando sembramos, o cuando florece el café, o cuando
vamos al pueblo a vender algo, por si nos lo pagan mejor.
– Mamá, y cuando vemos esas nubes tan bonitas allá sobre el
cerro y queremos ir a ellas, ¿eso también es la esperanza?
– Sí, y la que tú tienes de llegar a tener una beca en la
escuela en el pueblo y ser monaguillo para ayudar a la misa... ¿Se
lo dijiste ya a la maestra?
– Sí, mamá, y se lo he dicho muchas veces.
Al otro día, Pascualito, impaciente, apenas terminó la escuela
corrió al rancho de Agapito, el viejo patriarca, yerbatero,
sanalotodo y oráculo de la región, que vivía entre hierbas,
ungüentos y mariposas prendidas con alfileres a las paredes. Decía
que con el polvillo de sus alas curaba las penas de amor.
Ante la pregunta de Pascualito "¿qué es la
verdad?", Agapito, mesándose la barba blanca,
respondió:
– Me haces la misma pregunta que alguien le hizo a Cristo.
Hay la verdad del alma que enseñan los sacerdotes, la verdad del
cuerpo que enseñamos nosotros los médicos; y la verdad de cada uno.
Tú, por ejemplo, Pascual, tú también eres la verdad.
– Pero me falta la rana.
– ¿Cuál rana?
– Una rana en el bolsillo que tengo que tener y me voy a
buscarla.
Juanita estaba en el pantano, en el mismo junco. Pascualito
reflexionó: esta vez no me voy por el lado descubierto, porque
Juanita se me pierde entre el juncal. Me voy por el lado opuesto y,
si Juanita salta, saltará en descubierto y la agarraré.
La táctica fue buena y Pascualito salió del barrial con Juanita
en el bolsillo repitiéndose a sí mismo: "Soy la verdad, la
sabiduría y la esperanza".
Pocos días después, el párroco vino a bendecir el nuevo local de
la escuelita rural y la maestra le habló de Pascualito, de su
aspiración a una beca y de su ambición de monaguillo. También de
sus méritos de alumno. El cura no tenía becas libres en la escuela
parroquial, pero luego de un examen a Pascualito, le dijo:
– No hay vacantes ahora. Pero te voy a abrir un campo en la
escuela de la parroquia. Preséntate el próximo domingo. Las monjas
te lavarán la cara, te peluquearán, te harán abandonar esa rana del
bolsillo. De esa escuela puedes salir para el bachillerato,
luego... Pascualito corrió de la entrevista a comunicarle la
noticia a su madre, cabizbajo y pensativo.
– ¿Te vas, hijo? Eso es bueno para llegar a ser doctor,
cura o general. Debes irte.
– No, mamá. No me voy. Me quedo a tu lado.
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El fabricante de
juguetes
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Jugar nos compensaba de las privaciones impuestas a nosotros
niños campesinos por la pobreza. El tiempo libre dejado por la
escuelita y el trabajo de colaboración con nuestros padres era para
el juego. Ante todo el juego con la naturaleza. Teníamos muchas
horas para verla, contemplarla y amarla. La naturaleza era nuestro
mejor espectáculo y, a veces, nuestro único espectáculo... El
agua... jugábamos con el agua, haciendo canales, pozos, represas, y
con ingeniería hidráulica de nuestras propias manos, hacíamos
deshacíamos y volvíamos a hacer. Pero sobre todo retozábamos en las
aguas de la quebrada como peces, o nos aventurábamos en medio de la
lluvia, como árboles ambulantes.
El fuego... la piromanía nos fascinaba. Hogueras, fogatas,
caminos de candela, guardarrayas. Eramos unos volcanes instintivos,
salvo cuando el incendio en el bosque nos aterraba, con llamas de
muchos metros, con crepitar infernal.
El aire... el impulsor de nuestras cometas, el motor de los
follajes a donde trepábamos para ser mecidos por él.
La tierra... con ella hacíamos pirámides y otras figuras de una
geometría más inventada que conocida. Amasada con agua, era la
materia prima de una rústica alfarería y cerámica que nos divertía.
Hasta llegamos a hacer con barro una réplica minúscula de la aldea,
iluminada con aceite de higuerilla, extraído por nosotros también
con el "tártago" o ricino en lámparas de barro,
normalmente también de nuestra fabricación.
Todo esto en comunidad infantil que el juego convocaba,
seleccionaba, comunicaba y hacía convivir en grupo. En
"pandilla". La pandilla, por sí misma, era el
juego. En realidad el gran juego eran nuestras manos que tenían que
hacerlo todo para jugar. Nuestra pobreza no nos permitía comprar
juguetes. O los hacíamos nosotros, o nunca tendríamos nada.
Donde nuestras manos más se lucían era en la fabricación de
trompos, jaulas, arcos, flautas de bambú o caña brava
"runrunes" con botones o tapas de cerveza,
rodajas y piola, cornetas, escopetas de madera, cocas. Una buena
gama de productos de nuestra propia marca para jugar.
El mejor fabricante de la pandilla era el Manco Pastor Castro,
de once años. Era casi inexplicable cómo con un trocito de naranjo
seco, un bejuco, un alambre, un tubo viejo, en su mano derecha un
cuchillo, ayudado por el muñón de la izquierda, Pastor fabricaba
juguetes impecables: trompos de bailar "sedito";
fusiles, arcos, arpones, flechas, y como con unas
"vendas", engrudo y papel periódico producía las
cometas más voladoras, sin que nuestras manufacturas en tal sentido
pudieran competir. Sin embargo, cada uno hacía lo suyo o no
jugaba.
Los de la pandilla nos estimulábamos en mejorar nuestro ingenio.
Una vez estuvimos medio día apostados en silencio en un matorral
esperando que un turpial cayera en la trampa de Pastor Castro, y
otra trampeamos una ardilla que luego encerramos en una jaula de
Pastor, quien la regaló a la pandilla. Propiedad comunal, teníamos
derecho a llevarla por unos días, y por turnos, a nuestras
casas.
Pastor nunca regateaba, era generoso y abierto. El, como casi
todos los de la pandilla, dábamos lo que nuestras manos hacían,
pues no teníamos más que dar. Pero nos dábamos todos los unos a los
otros con compañerismo, interrumpido por alguna bravata y disputa
transitoria, con reventones de narices y reconciliación.
La pandilla empezó un día a ser menos alegre. Rumores extraños
empezaron a correr: que si rojos, que si azules... que si de la
oposición... que si del gobierno... que don Juan no le habla a don
Pedro... que si el asalto, que si la guerrilla, el ejército o la
policía... que mataron a Luis Gómez de la tienda del Alto... que en
el pueblo el alcalde está contra el cura...
Y fuimos informándonos indirectamente de "los
contras"... Cuál contra quién... y quién contra cuál... La
comunidad de la tierra, el hombre y el animal, tan práctica en
nuestra comarca, fue rompiéndose. Apareció entre los hombres la
palabra "violencia", que nosotros los niños
creíamos aplicable solamente a las fieras. Y hasta nosotros mismos,
sin darnos cuenta, comenzamos a ser violentos en nuestros juegos de
"rayuela" donde intentábamos
"rayar" el trompo perdedor, y en las guerras de
cometas-enredar en los aires, una con otra y no dejar caer la
propia. En la escuelita la maestra se entristecía cada vez más al
no poder apaciguarnos siempre. Y la pandilla empezó a disminuir,
pues algunos padres prohibieron a sus hijos participar en ella.
Un día hirieron al papá de Pastor Castro. Al curarse, la familia
de Pastor se fue a otro municipio y la pandilla definitivamente se
disolvió. La violencia había llegado.