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C a r l o s C a s t r o
S a a v e d r a
Nació en 1924 en Medellín, Antioquia. Estudió en el Colegio San
Ignacio y en el Liceo Antioqueño en Medellín. Ocupó diversos cargos
públicos, los cuales combinó con su oficio de escritor y de pintor.
En 1953 estuvo exiliado en Chile durante el gobierno de Gustavo
Rojas Pinilla. Colaborador en diferentes periódicos y revistas del
país. Comenzó a escribir a los 9 años. A los 15, fue publicado su
primer soneto en
|Jueves Antológico del periódico
|El
Colombiano (1939). Fue un escritor prolífico, lo que se
demuestra en sus 37 obras publicadas en diversos géneros: novela,
poesía, obras de teatro y prosa. Fue columnista en varios
periódicos del país en los que firmaba con diferentes seudónimos:
Omar, Saulo, Cromos 33, Juan Diego. Es considerado, después de
Pombo, el gran poeta de los niños colombianos. Escribió para ellos
numerosos poemas entre los que se destacan
|Matrimonio de
Gatos y
|Los Dos Caballos. Aunque se le recuerda más por
sus poemas que por sus cuentos, escribió alrededor de 80 cuentos
infantiles, publicados en cuadernillos sueltos por la Editorial
Bedout, en su colección Chispirín, 1958. Escribió además varias
canciones infantiles, la cuales fueron publicadas por la Extensión
Cultural del municipio de Medellín, en 1969 y musicalizadas por
maestros de la música colombiana como Gustavo Adolfo Rengifo, Noel
Salazar Giraldo y el maestro Mario Gómez Vignes, entre otros. De su
visión del mundo y del ser humano dan testimonio sus palabras
publicadas en
|El Colombiano en 1970: "Los temas más
salientes de toda mi realización literaria son los que hacen
relación a la justicia social y al amor, entendido este último como
solidaridad humana y convivencia pacífica entre todos los seres del
mundo, y además como simple manifestación de amor mismo entre el
hombre y la mujer".
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Los Zapatos del
Diablo
Un día el diablo, con voz ronca y fea, le dijo a un diablito que
estaba a su lado: "Tengo ganas de pasear. Estoy cansado de
vivir en este hueco del infiermo, y me voy a conocer mundo, a
viajar en aviones y en trenes, a montar en buque y en burritos
orejones. Quiero recorrer la tierra toda, y sembrar el mal por
donde vaya pasando". El diablito a quien dijo el diablo
todas estas cosas, no respondió nada, pero movió la cola, como para
decir que no le importaba que el diablo grande se fuera. Pasados
algunos días de mucho calor, pues eran días pasados en los mismos
infiernos, el diablo comenzó a viajar, con su cara de diablo, y con
una maleta llena de espejitos y chucherías para engañar a los niños
y a los hombres. Pero antes de partir, el demonio dejó todas sus
cosas muy bien arregladas en el infierno. Dejó hasta la dirección
de los hoteles y los países que iba a visitar.
El diablo llegó a la tierra no se sabe cómo. Dicen algunos que
llegó montado en un paila voladora, en una paila con alas y sonido
de avión. Pero parece que lo cierto fue que llegó en sus paticas,
por un túnel muy largo y muy negro, que él mismo abrió con los
cuernos debajo de la tierra. En todo caso, la verdad fue que llegó,
y comenzó a andar por caminos y caminos; hasta que tocó en un país
muy hermoso, donde los días eran como catedrales de oro, y las
noches como mujeres negras con estrellas en la cabeza. El cielo de
aquel país era azul, azul, y la tierra era verde, verde.
El diablo, al verse en una tierra tan linda, en una tierra igual
al paraíso, pensó que lo mejor era quedarse un tiempo allí y
dedicarse a la maldad. Lo primero que hizo fue matar una mariposa
que pasó a su lado. Después, con un carbón encendido que tenía
guardado en el bolsillo, quemó a un niño que estaba recogiendo
flores en el campo, y más tarde, a la entrada de un pueblo, le robó
el sombrero a un ciego que estaba sentado al borde del camino.
Finalmente, el diablo entró al pueblo, sin dejarse ver de la gente
que a esa hora estaba rezando o cantando, y se escondió en la
alcaldía, debajo de unas escopetas que estaban recostadas a la
pared. Allí pasó la noche haciendo planes para el día siguiente, y
comiendo sapos, ratones, cueros de tigre, y pedazos de cementerio.
Nadie se enteró aquella noche de que el diablo estaba en el pueblo,
y todos los habitantes durmieron tranquilamente. Algunos hasta
soñaron con ovejitas blancas y velas encendidas a los pies del Niño
Jesús, porque era diciembre y por todo el cielo se veían pasar
ángeles con resplandores en las alas.
Pero volvamos a los pasos del diablo. El enemigo malo, como
dicen algunas viejitas arrugadas y cariñosas, después de pasar la
noche en la alcaldía, se levantó muy temprano y se dirigió a la
zapatería del pueblo: Como era muy temprano y el zapatero no había
llegado aún, el diablo tuvo que esperar un buen rato, y resignarse
a que las personas que pasaban para misa lo miraran extrañamente.
Al fin llegó el zapatero, recién bañado, y con un bigote muy grande
y muy gracioso sobre la boca. El diablo saludó al recién llegado
con mucha simpatía, y le dijo que necesitaba unos zapatos nuevos.
El zapatero, que era un hombre bueno, y que estaba enseñado a
tratar con gente honrada, le respondió al diablo que lo iba a
atender con gusto, y lo invitó a entrar a la zapatería. El demonio
se sentó en un taburete de cuero y empezó a medirse zapatos de
todos los tamaños, y al fin se quedó con unos grandotes, que
parecían fabricados con cuero de elefante. Después pagó la cuenta,
con billetes manchados de sangre, y salió con los zapatos puestos.
El zapatero se quedó en la puerta de la zapatería, acariciándose el
bigote con una mano, y con la otra rascándose la nuca.
El diablo empezó entonces a recorrer todo el país donde el cielo
era azul, azul, y la tierra era verde, verde. Donde pisaba con los
zapatos nuevos, el demonio dejaba una quemadura roja que secaba la
hierba y hacía llorar a los arbolitos recién nacidos. Era tanta la
maldad de este forastero, y eran tan bandidos y tan despiadados sus
zapatos, que toda la tierra de aquel país maravilloso empezó a
sufrir. Por todas partes se veían las pisadas del diablo, y se
veían pasar muchachitos con lágrimas en los ojos, y con sombreritos
de paja, tristemente puestos sobre la cabeza.
El cielo azul, azul, poco a poco se fue volviendo negro, y la
tierra verde, verde, poco a poco también, se fue poniendo del color
de la ceniza. Cuentan las personas que les tocó vivir en aquella
época, que los platos amanecían quebrados en las cocinas de las
casitas campesinas, y que las golondrinas no volvieron a volar por
la tarde sobre las torres de las iglesias. Las mismas personas
dicen que las muñecas con que juegan las niñas no volvieron a decir
papá ni mamá, y los gallinazos parados en los tejados de las casas,
se aburrían como señores serios. Ciertamente el diablo estaba
haciendo de las suyas en aquel país. Por la noche se oían las
pisadas infernales en los corredores de las fincas, en las calles
empedradas de las aldeas, y en el piso de las pesebreras, donde los
caballos comen hierba, y hacen espuma con la boca.
Pero la noticia de que el diablo estaba en aquel país de ríos
largos y de madres dulces, se extendió rápidamente por ranchos,
pueblos, palacios y ciudades. Nadie se quedó sin saber que era el
mismo diablo el que estaba pisando los caminos, las flores, las
hormigas, las cabecitas de los grillos, y los ojitos de las
lagartijas. Nadie se quedó sin saber, tampoco, que el demonio
estaba calzado con unos zapatos grandotes y crueles, y que estos
zapatos echaban chispas y olían a pólvora y a muerto. Entonces los
hombres, las mujeres, los niños, y hasta los viejos que tienen que
apoyarse en un bastón para poder caminar, se juntaron para
perseguir al diablo y acabar con él. Los hombres abrieron huecos en
los caminos para que el patas se cayera en ellos. Las mujeres se
pusieron a rezar y a quemar ramo bendito en todos los rincones de
las casas. Los niños, con gorros de papel, se montaron en sus
caballitos de madera, y se fueron a cuidar los nidos de los
azulejos. Y los ancianos clavaron los bastones en las montañas,
como espadas, para indicar que ellos también estaban en la guerra
contra el demonio.
Cuando el diablo se dio cuenta de que toda la gente de aquel
país, con palos y con piedras y con gritos, lo estaban
persiguiendo, se amarró bien los zapatos, y empezó a caminar más
rápidamente, y a mirar para atrás, como los ladrones que temen ser
alcanzados por los policías. Desde entonces la vida del diablo fue
muy dura. No pudo volver a dormir ni a descansar. Día y noche
andaba y andaba, día y noche sufría caídas y tropezones, día y
noche mordía polvo y piedras puntiagudas. Sin embargo, el diablo no
dejaba de hacer el mal, y por donde pasaba, como era su costumbre,
pisaba los maizales, y los dejaba envueltos en llamas, en humo y en
azufre.
Pero de tanto caminar, de tanto huir a través de desiertos y
bosques, los zapatos del diablo se fueron gastando. Llegó un
momento en que perdieron el brillo y el poder para matar las
hojitas de la hierba. Ya no sonaban como el día en que se los puso
por primera vez, como el día en que se los compró al zapatero, y
empezó a dar pasos orgullosos y destructores. Todas las noches, con
la luz de la luna y de las estrellas, el diablo miraba sus zapatos,
y comprendía que muy pronto se iba a quedar descalzo. Mientras
tanto, la gente de aquel país lo seguía persiguiendo, y en los
periódicos salían noticias alarmantes para todos, pues se decía en
aquellas noticias que iba a ser imposible alcanzar al diablo,
porque este disponía de muchos recursos para burlar a sus
perseguidores, y además sus zapatos, más que caminar, volaban sobre
el polvo de los caminos.
Pero la verdad era que los zapatos del diablo se seguían
gastando. Con los tropezones las costuras se reventaron,
finalmente, y las suelas se doblaron como lenguas de vacas tristes.
El diablo, casi descalzo, seguía corriendo, y dejando en el suelo
pedazos de sus zapatos rotos. Hasta que empezaron las espinas a
herir los pies del fugitivo. El pobre diablo ya no sabía qué camino
tomar. Constantemente se detenía para descansar un poco, pero
haciendo un esfuerzo terrible, y acosado por los perseguidores, que
prácticamente lo tenían sitiado, lograba reanudar la marcha. Al
fin, el diablo perdió todas sus fuerzas, y cayó al suelo
pesadamente, y con la cara llena de sudor y de lágrimas.
Los habitantes de aquel país maravilloso encontraron al diablo
casi muerto, y con los pies desnudos, pues definitivamente había
perdido los zapatos. Pero nadie se atrevió a rematar al infeliz con
pedradas y golpes de culata. Un viejo muy hermoso, que parecía ser
el jefe de todos, dijo simplemente: "al diablo se lo llevó
el diablo". Después, el mismo viejo, pidió a sus amigos
que regresaran a las casas a hacer una vida pacífica y
feliz".