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J o a q u í n P i ñ e r
o s C o r p a s
Nació en Soacha, Cundinamarca, en 1915 y murió en Bogotá en
1958. Abogado de profesión, ejerció la cátedra y la diplomacia.
Cronista y ensayista, colaboró en periódicos como
|El Tiempo
y en la
|Revista Arco.
Publicó varios dramas, una novela titulada
|Quiriley y un
precioso texto titulado
|Toche Bemol.
El cuento escogido para esta antología fue tomado del libro
|Chichigata y otros cuentos, 1992. Como preámbulo a los
cuentos y a manera de Testimonio escribe Augusto Espinosa
Silva:
|"Aproximarse por primera vez al universo de
Joaquín Piñeros Corpas constituye una experiencia vital de singular
importancia. Es un universo mitológico propio, lleno de todos los
valores eminentemente colombianos y universales, que lo hacen
propio, nuestro, como tal vez ninguno otro. Allí están Quiriley,
los zapcuas, Jijita la rana, uchuvas, cubios e hibias, el gallardo
Fomagata, la legendaria Furatena, como regalo de nuestros muiscas
ancestrales. Está también el español distinto que puso en el
vientre de la india el orbe nuevo, las fábulas criollas y los
cuentos, iluminados por el sutil resplandor de Chuchigati, y el
Toche Bemol. Están nuestras maravillas de fauna y flora, nuestra
música, desde las más arcaicas y populares manifestaciones, hasta
los sonidos de nuestros contemporáneos".
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La Oveja
Negra
La prudencia tiene ojos y lengua, eso nadie puede dudarlo.
Lástima que casi siempre ande cabizbaja y bale en chino. Esta
pudiera ser la introducción a la historia de la oveja negra,
precisamente escogida por el tigre para apoderarse del rebaño.
Resulta que como por el colorido oscuro recibía los topones de sus
com-pañeras y la propia madre parecía quererla menos que a las
blan-cas, esta ovejita tonta vivía amargada y resentida. Por eso le
quedó sonando lo que le dijo el tigre, deslizado un atardecer hasta
el tunal o conjunto de tunos en donde nacía la
"mana", de modo que el agua y la fresca sombra
formaban un bebedero incomparable.
– Ovejita triste: para soportar golpes y desprecios, mejor
estarías en los cerros, sin pastor que te trasquile y sin colegas
blancas que te joroben la vida.
– Pero si yo me fugo de aquí, me vas a comer en cualquier
matorral.
– Ovejita mal pensada –contestó el felino, haciéndose
el disgustado–. Inténtalo y te convencerás de que nunca has
tenido mejor amigo, te doy mi palabra. Además, para tu tranquilidad
te informo que la carne de cordero se me indigesta: lo mismo debe
pasar con la de oveja.
Entonces la ovejita negra pensó que aquella propuesta se la
hacía, de la mejor buena fe, un poderoso señor, instalado en
espléndida casa, a la entrada del páramo. Y ya sin la menor
desconfianza, se escapó del corral de tablas y del potrero cercado
con alambre de púas, y se perdió en los charrascales del cerro en
donde, en verdad, no escaseaba el pasto.
Las primeras noches tuvo miedo de la soledad y del tigre, pero
después de una semana comenzó a gozar de los privilegios de su
nueva vida. Saltaba alegre debajo de los tunos, se echaba al sol en
los gramales, se quedaba dormida junto a la quebrada, oyendo el
rumor del agua, y se paraba a balar en lo más alto del cerro, como
proclamándole al mundo su contento.
Una mañana se encontró con el tigre, que la saludó de esta
manera:
– Buenos días, doña ovejita distinta. Y te digo así porque*
en poco tiempo de buena vida eres realmente otra. Antes
impresionabas por lo flaca y desmirriada. Ahora luces gorda,
imponente, hermosa. Además de que en el balido se te notan la salud
y el buen genio.
– En realidad me siento distinta de lo que era
–contestó la oveja.
Y eso, ¿a quién se lo debes?
– A ti, buen amigo.
– Es apenas justo que lo reconozcas –observó el
tigre–. Y agregó:
– Valdría la pena que te vieran las otras ovejas: las que
se quedaron en el fétido corral.
– Estoy seguro de que se morirían de envidia.
No se necesita mucha malicia para adivinar que esa misma tarde
la oveja fue a visitar a sus antiguas compañeras, sin pasar,
naturalmente, la cerca de púas.
– ¡Qué llena y fuerte estás! –le dijo la oveja que más
la mortificaba con los topones.
– Es increíble tu cambio –le confesó la oveja
madre–. Me parece que ahora eres la mejor de la familia.
– ¡Qué doncellota estás! –fue el piropo del carnero
que nunca antes había puesto en ella los ojos.
– Que te ves muy bien ni lo dudo, observó la oveja de ojos
claros que por el exceso de lana era llamada La Mechuda. Ahora, lo
importante es saber a qué se debe tan ventajoso cambio.
– A la vida libre del cerro, a la hierba fresca y al agua
limpia disfrutada a voluntad, explicó la oveja.
– Y ¿el tigre? –preguntaron con afán más de dos
baladoras a la vez.
– Esos temores los han creado los chismes del pastor, para
que no nos alejemos del potrero –respondió la
aventurera–. Puedo jurar que el tigre es un buen amigo
nuestro. Si les dijera que justamente es él quien me indica en
dónde están los mejores pastos, ustedes no lo creerían.
– La conducta del tigre con nuestra hermana negra me parece
bastante sospechosa. Yo no me movería de aquí –afirmó La
Mechuda, cuyos reparos pusieron recelosas a muchas ovejas.
Habló así, entonces, La Motosa, la de los rulos en la lana, que
por continuo mirar a las lejanías del páramos tenía fama de
clarividente:
– No niego que el tigre sea uno de los riesgos de la
libertad: pero, ¿qué es preferible: la pradera abierta con tigre o
el corral perpetuo?
Después de este concepto, la oveja negra no tuvo necesidad de
aclarar que al tigre le hacía daño la carne de cordero, porque
dejando a La Mechuda con su desconfianza, el resto del rebaño
atropelló la cerca de alambre y se perdió por los cerros en busca
de pastos en flor.
No es difícil imaginar que las ovejitas estuvieron muy contentas
durante los primeros días de hierba fresca y de libertad; pero no
así cuando comenzaron a notar que ciertas madrugadas desaparecía
una de ellas y cada vez el tigre se volvía más gordo y
dormilón.
Y colorín colorado,
que este cuento se ha acabado.