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O s w a l d o D í a z D í a
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Nació en 1910 en Gachetá, Cundinamarca. Estudió Derecho y
Ciencias Políticas en la Universidad Nacional de Bogotá. A través
del radioteatro infantil de la Radiodifusora Nacional, dramatizaba
sus obras y narraba biografías de personajes célebres. Fundó y
dirigió por esa misma época los grupos de teatro del Colegio
Nacional de San Bartolomé y del Gimnasio Moderno en Bogotá. En 1948
fundó el colegio Libertad y Orden, del cual fue director. En 1951
ganó el Premio Espiral con su obra
|Y los sueños, sueños son.
Historiador, dramaturgo, cuentista, dedicó parte de su trabajo
literario a los niños y fue de los primeros en hacer un
reconocimiento de la literatura infantil como género digno de ser
trabajado con seriedad. Es así como en los años 40 publicó en la
|Revista de las Indias un lúcido y visionario artículo sobre
la literatura infantil en el que se pregunta por su definición y
por los elementos que debe tener una literatura escrita para los
niños. Entre sus obras para los niños se destacan los libros de
cuentos
|El país de Lilac en el que crea un país imaginario
para los niños sin los tabúes de la educación.
|Cuentos
Tricolor, relatos de carácter histórico en los que recrea
acontecimientos de la historia de Colombia;
|Calam Balim,
reeditado por Colcultura en su Colección Popular, de donde hemos
escogido el cuento
|Rómpelo-todo. Y una obra para teatro de
muñecos
|Blondinnete, a través de la cual hace una dura
crítica al nazismo. De su capacidad como cuentero y dramaturgo dice
Olga Castilla Barrios: "Maneja el cuento y el teatro para
niños con perfecta soltura. Es, además, un mago prodigioso: un
pedazo de palo, que por muy corto no sirve para hacer de él un
cucharón, una hojita aturdida que se deja robar por el viento,
cobran vida en sus manos, y se lanza a correr aventuras deliciosas.
No es cuentista infantil por accidente sino por decidida y
cultivada vocación...".
Murió en 1967.
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Rómpelo-Todo
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Este es el cuento de Marta Rómpelo-Todo.
Marta vivía, como han vivido muchos de los niños de los cuentos,
con su madrastra. Esta madrastra se llamaba doña Policarpa del
Pésimo-Carácter y con esto está dicho que era mujer de un genio
avinagrado y lleno de malas intenciones. Naturalmente con la sola
compañía de doña Policarpa, la vida de la pobre Marta estaba muy
lejos de ser amable o cómoda. Servía de criada única a la señora y
hacía para ella cuanto el trajín doméstico exigía; desde por la
mañana con el canto del gallo en el corral, hasta la noche con el
barrer de las cenizas de la hornilla de la cocina, la pobre Marta
no tenía descanso.
Marta, como su madre muerta, tenía los ojos de inocencia, la tez
de durazno recién madurado y el cabello negro recogido en dos
trenzas. Esta semejanza con la anterior esposa de su marido era lo
que más odiosa la hacía a los ojos de su madrastra. No es cierto
que Marta rompiera demasiadas cosas. Alguna vez, a la hora de
fregar los platos, uno de ellos se hacía añicos en el suelo, pero
es que la pobre niña tenía los dedos resbalosos de grasa o de jabón
y las manos cansadas de hacer oficio. Otras veces las ropas de tan
traídas y llevadas se le caían a pedazos. Cierto que un día dejó
quebrar una de las fuentes de porcelana y que por treparse al
duraznero de la huerta desgajó dos de sus ramas mejores, pero esto
sucede a todos los niños, mucho más si tienen tanto qué hacer y no
tienen ni un solo juguete propio para entretenerse.
El carácter endiablado de doña Policarpa hacía crisis cuando
recibía el anuncio de alguna visita. Tales días la voz áspera no
cesaba un momento de reñir y los pellizcos mordían la piel de
Marta, y los bofetones sonaban sobre sus mejillas de durazno
maduro. Una mañana que doña Policarpa del Pésimo-Carácter esperaba
la visita de los parientes ricos, sucedió entre ella y Marta
Rómpelo-Todo lo que va contarse.
Quería la señora lucirse ante los suyos y sacó del fondo del
cofre, para adorno de la mesa, el botellón de cristal labrado con
tapa de plata que era herencia de su abuela y orgullo de toda su
vida. Traía Marta la preciosa vasija entre las dos manos, con la
misma reverencia que se lleva una reliquia, andando paso entre paso
y sin quitar los ojos de él ni un solo momento; de pronto, dio doña
Policarpa una de esas órdenes suyas a pleno pulmón, Marta tuvo un
sobresalto, el jarrón vacilón entre sus manecitas y se hizo añicos
sobre las baldosas del pasadizo. Marta quedó muda de espanto e
inmóvil del terror.
– ¡Maldita! ¡El diablo haga que no puedas volver a romper
nada en tu vida! –hipó casi ahogada de furia doña
Policarpa.
– Permítalo Dios –respondió desde el cielo la voz de
la madre angelical y buena de Marta.
La niña sollozaba sin intentar siquiera detener el golpe que con
el rodillo de amasar las pastas y con toda la fuerza de su ira le
propinó su madrastra. Todo esto es un poco triste, pero es
necesario para comprender la maravilla de este cuento.
Pegaba doña Policarpa, y Marta no lloraba ni respondía palabra.
Y no lloraba porque no podía romper en lágrimas, y no gritaba,
porque no podía quebrar el silencio. Desde ese día en adelante, por
mal deseo de la señora y por intercesión de su buena mamá, Marta no
podía romper nada.
Admiróse doña Policarpa de la tranquilidad con que Marta recibía
el castigo y paró de golpearla. A todas estas ya iban a llegar los
familiares y era necesario apresurar los preparativos para el
agasajo.
– Anda, descocada, y prepara la tortilla.
Fue la niña a la cocina, tomó los huevos y fue a romperlos, como
siempre, contra el borde de la sartén. El primer golpe, falló, el
segundo tampoco dio resultado. Sin duda –pensó Marta–
estas gallinas están comiendo mucha tierra con cal, porque la
cáscara está muy dura. Tomó un cuchillo por la hoja y con el cabo
golpeó con fuerza. Inútil. Marta no podía romper siquiera la
cáscara de un huevo. Quiso ir a informar a doña Policarpa, pero no
podía –ya lo hemos dicho– romper el silencio. Fue a la
despensa, trajo el martillo de partir la panela y golpeó los huevos
con toda su energía, sin ningún efecto. En esto vino doña Pola, vio
a Marta con el martillo y pensó que estaba jugando en vez de hacer
el oficio.
– ¿Dónde está la tortilla?
– No he podido quebrar los huevos.
– Perezosa, malmandada. –Y tras sacudirle, de paso un
bofetón, la señora tuvo que partir los huevos y batir la
tortilla.
– Anda a la huerta y tráeme una ramita de perejil.
Fue Marta a la huerta, se arrodilló cerca al perejil para no ir
a dañar la matica, trató de desprender una de sus ramas, pero fue
inútil.
Hizo un esfuerzo mayor, sin que la ramita cediera. Se levantó y
con las dos manos agarró un manojo de tierno perejil y haciendo
toda la fuerza sobre sus talones trató de arrancarlo. Nada, como si
el perejil estuviera agarrado a una roca con raíces de acero. Fue
doña Pola a la huerta y con el solo esfuerzo de la punta de sus
dedos arrancó la ramita y se volvió para la casa echando tufos y ya
intrigada con lo que venía sucediendo. Nunca la niña había sido tan
desobediente.
– Marta, parte un poco de leña.
Marta fue por el hacha, apoyó con cuidado un trozo de madera en
el cabezal, midió el golpe, levantó el hacha y la dejó caer con
todo su vigor. Era un leño seco y quebradizo, fácil de romper, pero
el hacha salió rebotando por encima de las tapias y cayó en el
predio vecino. Marta fue por ella e intentó un nuevo golpe, con los
mismos efectos. Vino doña Policarpa, tuvo que rajar por sí misma la
leña y así terminó aquel día, sin otras novedades, fuera de que
Marta no podía hablar mientras su madrastra no le dirigiera la
palabra y que ésta estaba ya molesta con la manera como se estaban
presentando las cosas en su hogar, antes tan bien organizado.
A la mañana siguiente Marta Rómpelo-Todo fue a la cocina,
todavía a oscuras, para encender el fugo. Frotó la cerilla contra
la caja, sin resultado; probó a rasparla contra una piedra áspera,
pero tampoco dio lumbre, y así acabó con cuantas había en la caja
sin provecho alguno. Marta no podía romper la oscuridad y hasta
cuando salió el sol no pudo hacer fuego. Fue a sacar agua del
pozuelo; pero, como no podía quebrar la superficie límpida y pareja
del agua quieta, el cuenco rebotaba contra el agua como si ésta
fuera una lámina de metal transparente. Subió el desayuno a doña
Policarpa en una fuente, penetró en la alcoba y como no podía
llamar a la señora con palabras porque la alcoba estaba en
silencio, trató de despertarla moviendo las mantas y tomando la
mano de doña Pola. Pero, ya lo comprenderán mis lectores, Marta no
podía romper el sueño de su madrastra. El desayuno quedó ahí sobre
la mesita de noche, hasta cuando doña Policarpa se despertó, bien
entrada la mañana. Azotó a Marta con una cuerda mojada, pero la
niña no lloraba ni decía una palabra de queja.
El asunto exigía resoluciones radicales. Doña Policarpa del
Pésimo-Carácter no quería mantener en su casa una muchacha inútil y
que sólo era una boca para comer, que no acertaba a hacer sus
oficios y ni siquiera a decir una palabra. Fue al miserable
cuartucho en donde dormía Marta, reunió las ropas del camastro y
las de la pobre chica en un hatillo y, con un último pellizco,
colocó a la huérfana de patitas en la calle, creyendo que una mujer
tan inútil pronto moriría de hambre.
La madre angelical y buena de Marta estaba mirando todo esto
desde el cielo. Apenas su hija hubo salido de la dura y cruel
tutela de su madrastra, dejó de pesar sobre ella la maldición de la
vieja, y la niña pudo romper en cantos de alegría, que acompañaban
con sus voces los pajaritos de la enramada y las ranas de los
charcos que bordeaban el camino. De un arbusto oloroso quebró sin
ningún trabajo una rama, hizo con ella un bastón de caminante y de
él colgó el hatillo de sus ropas. Y así, cantando y riendo, se
lanzó a la ancha y abierta vida a buscar el sustento que bien sabía
ganar siendo hacendosa y buena. Desde entonces doña Policarpa hace
por sí misma todos los oficios de su mezquina casa, no tiene con
quién hablar y debe volverse contra ella misma cuando se le rompe
algún cachivache.
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