|
E
u c l i d e s J a r a m i l l o
Nació en Pereira, (Viejo Caldas) Caldas, en 1910. Abogado,
novelista, político, periodista. Hombre de múltiples facetas.
Siendo aún muy joven fundó en la Universidad Libre el periódico
|Mala Sombra. Entre sus obras se destacan:
|Memorias de
Simoncito, Biografía económica de Armenia, Cosas de Paisas, Mi
Amigo Adolfo y
|El Suicidio.
|La extraordinaria vida de
Sebastián de las gracias, aunque no fue escrita específicamente
para niños, está muy cerca de la imaginación infanto-juvenil por la
mezcla de aventuras reales y fantásticas que vive el personaje. Es
una obra que se entronca con la tradición picaresca española y
parece haber sido contada y cantada por la cultura tradicional
antioqueña. El libro
|Cuentos del pícaro Tío Conejo editado
en 1950 fue ilustrado por dos niños de 10 años, Hernán y Marietta,
y tiene una doble dedicatoria, una para los niños y otra para los
adultos. "Pequeño lector: Todo lo que aquí se dice es
cierto, cuando, como Hernán y Marietta se tiene menos de 10 años,
es cierto.
Grande lector: Todo lo que aquí se dice, cierto o no, es más
viejo que la matraca de Pácora. Lo encuentra usted en cuanto libro
hay. Así que léalo si quiere, pero no crea que va a descubrir la
pólvora".
Otro libro con sabor a recuperación de tradiciones es
|Talleres de la infancia en el que recoge juegos, rondas y
cantares.
|
Presentación de Tío Conejo
|
¿Recuerda Ud., paisa lector, Cuentos de Tío Conejo? Seguramente
de niño Ud. los oyó relatar en más de una ocasión y... ¡claro que
los recuerda!
Tío Conejo malicioso, marullero, andariego, risueño, vivaz,
pendenciero, bromista consumado, aparece como personaje principal
en mil y una leyendas, en cientos de fábulas, en decenas de
aventuras, que aún están vivas en la mente de una generación, que
quizás las hayan recogido muchos libros y que es grato conocer y
rememorar en todo momento, porque ello nos trae una deliciosa
nostalgia de la niñez.
Con infinito cariño recuerdo al viejo del Rigoberto, el más
antiguo de los jornaleros de la finca de mi padre, y quizás también
el más viejo, con su alta y fornida silueta, sus pantalones
anudados con bejucos tripeperro arribita de los tobillos como
remedando polainas, su delantal de lona, su raída gorra de caña, su
camisa con muchos remiendos, tantos que jamás se supo cuál había
sido la tela original con que había sido confeccionada, sus
zamarros o rodilleras de cuero de guatín, su carriel de nutria con
siete secretas y reata de ojaletes niquelados y, en fin, toda su
inconfundible indumentaria traspasada de sudor, erizada de cadillo,
tapizada de amorseco.
Ya a la oracioncita llegaba del corte a la planta baja de la
casa de la finca, colocaba su calabozo contra la chambrana y luego
se sentaba en la tarima que había en el corredor a esperar allí a
que le fueran servidos sus frisoles con garra y hogado.
Los otros peones así que iban llegando se dirigían directa y
afanosamente a la cocina, impacientes de hambre, deseosos del calor
del fogón, extenuados de fatiga por la dura jornada del día, y
dejando tras de sí ese olor característico de desmatona y rocería
que de regreso del corte expiden los trabajadores de la montaña. Se
oían sus voces apremiando a la cocinera y denunciando su anhelo de
comer.
Rigoberto permanecía sin reclamar, sin solicitar nada y sólo de
cuando en vez levantando los ojos para mirar a la parte alta de la
casa como tratando de descubrir algo, como si esperara a alguien.
Era a nosotros, a los chiquillos del patrón, sus amigos, que al
divisarlo bajábamos en ruidoso tropel por las escalas y nos le
acercábamos empezando a quitarle los cadillos, al mismo tiempo que
le hacíamos un montón de preguntas tontas, le pedíamos que al
domingo siguiente nos fabricara unos puchadores de naranjo para las
calles de trompos y le rogábamos con gran algarabía que nos contara
cuentos.
Lindos y muy largos cuentos de princesitas cautivas, palacios
encantados, patojos valientes y triunfadores, hijos malos que
recibían su merecido castigo al final de la narración, e hijos
buenos para los cuales siempre llegaba la apetecible recompensa con
el consabido final de "se casaron, tuvieron muchos hijos y
fueron muy felices" o con ese otro gracioso y alegre de
"en ésas me vine yo", cuando no con aquel de
"y a mí me dieron mi sancochito, pero me lo echaron en un
colador, se salió el caldo y sólo me quedaron los
platanitos". O cachos de los marinillos, tan tontos, tan
arrevesados en su obrar, tan simploretes en su modo de ser. O
cuentos de los animales, travesuras de los Tíos, entre los cuales
sobresalían por valiente, por temerario, por audaz, por astuto y
por guasón Tío Conejo, y por malvada, por cruel, por perversa y por
infame Tía la Zorra.
La comida de Rigoberto aún no le había sido servida, y ya
nosotros medio lo enloquecíamos inquiriéndole por los cuentos,
preguntándole por los animales del monte, por mil cosas que
nosotros deseábamos escuchar de nuevo, porque ya en otras tantas
mil ocasiones seguramente nos las había dicho. El nos sonreía con
cariño y entonces, todas las veces, invariablemente nos decía:
– Dequiún rato, cuando me haya zampado mis frisoles y
calmado está gurbia, les cuento un cuento. Por ahora, carajitos,
sepan que esto eran Tío Tigre, Tío Lión, Corroncholión y el Sapo,
que bailaban el bambuco todos cuatro.
Miraba hacia el crepúsculo que lentamente se borraba tras los
platanales, y con dulzura empezaba a contemplarnos y a pedirnos
buen comportamiento como recompensa de nosotros para sus cuentos.
Parecía se hiciera la ilusión allá muy adentro de su alma, de que
nosotros éramos sus hijos, sus nietos, esos retoños de su vida que
seguramente tenía en tierras lejanas, o que con dolor infinito
deseó tener para darle alegría a su vejez.
Más tarde, ya al oscuro, de Rigoberto no divisábamos más que el
punto luminoso del cosechero que fumaba, o de cuando en vez las
chispas que producía su yesca contra el eslabón para encender la
mecha.
El viejo hablaba y nosotros, apretujados contra él, silenciosos,
anhelantes por conocer el final, escuchábamos deliciosamente
narradas las aventuras de Tío Conejo, ese diablillo invencible, ese
patecera malicioso, ese ñeque astuto, ese guatín inteligente y
burletero, ese, en fin, personaje casi real en nuestro simple vivir
de niños de entonces, tan bien imaginado por nosotros, que luego
tras de cualquier recodo del camino campesino creíamos hallar
durante nuestros paseos fingiéndose muerto, tal como lo hiciera en
cierta ocasión para robarle un tarro de miel y una jiquerada de
masitas a un desprevenido, simplorete y crédulo montañero.
¿Recuerda Ud., paisa lector, los Cuentos de Tío Conejo? ¡Claro
que los recuerda! Ese picarón del Tío Conejo es un personaje
inolvidable. Porque el recuento de sus travesuras alegró nuestra
niñez. Porque nuestra infancia lo conoció perfectamente y lo supo
amar. Porque él fue el preferido entre los héroes de nuestros
primeros cuentos aprendidos en el hogar paterno. Más querido por
nosotros que el Patojo vencedor y que el bobalicón del marinillo de
las otras narraciones. Porque él fue siempre un bandido bueno que
protegió al débil y se burló del fuerte.
Porque, eso sí, para travieso y pícaro y vividor el zambo del
Tío Conejo. Y las malas pasadas que a todas horas le estaba jugando
a Tía Zorra que, dándoselas de refugada y sabida, no era más que
una pobre e infeliz criatura de mi Diosito frente al marrullero
guatín al cual ni de catimbas le ganaba una parada. Porque no era
gracia, ni pite, lo que hacía Tío Conejo con la pobre Tía Tortuga
tan lenta, tan parsimoniosa, tan culta, o con Tía la Pata siempre
tan sorombática, o con Tío Pericoligero, tan entelerido y tan
maniático. Pero ya tratándose de la malvada Tía la Zorra las cosas
cambiaban. Por eso Tío Conejo tenía su valor, tenía su encanto como
héroe.
¿Los recuerda? Sí o no, aquí están algunos que yo rememoro ahora
para Hernán y Marietta y que hago lo posible por relatar tal y
conforme me lo contaba el bueno de Rigoberto, allá en la casa
grande de la finca de mi padre cuando yo era un chiquillo apenas si
en vísperas de tener uso de razón.
|
Tío
Conejo Bebe Miel y Come Queso
|
Así empezaba siempre a narrar Rigoberto:
Esto eran Tío Tigre, Tío Lión,
Corroncholión y el Sapo que bailaban el bambuco todos cuatro.
Y luego, tras de darle una intensa chupada a su cosechero
hundiendo las mejillas casi hasta juntarlas dentro de la boca y
ablandar muy bien con los dedos la punta del tabaco para que diera
más humo, continuaba:
Bueno, muchachitos. Una vez... iba Tío Conejo rastrojiando por
un cañero a la orilla de un camino y buscando algo que comer,
aunque fueran raicecitas de murrapa. Se conformaba con tan poca
cosa porque sabía que no podía ir al platanal de Tío Hombre, ya que
por esos lados lo estaban atisbando desde un andamio para matarlo
con una escopeta de fisto, y a él lo horrorizaba el pensarse
convertido en chuleta de guatín. Así que, sin comer platanitos ni
arracachas desde hacía muchos días, iba tan pasado que la
barriguita casi se le pegaba al espinazo. Estaba más delgadito que
silbido de culebra y en comparación con él tenía más carne una
guasca de amarrar quesitos.
De pronto, por entre unas pencas de platanilla Tío Conejo vio a
un montañero quiba pal pueblo llevando una jíquera con masitas y un
tarro de miel, y el patecera, babiándose y relamiéndose sólo de
pensar en lo que llevaba el ñuco, se dijo:
– ¡Ah bueno y lo que lleva pa la Nochebuena de su casa ese
monta! ¡Lo ques a Tío Hombre le robo yo esas cosas tan sabrosas o
no me llamo Tío Conejo!
Entonces se puso a pensar cómo haría para cumplir su palabra y
echarle a su estómago manjares tan exquisitos, y se le ocurrió lo
más peligroso del mundo, lo más arriesgado de la pelota. Claro, con
tanta gurbia como la que tenía el pobre, se veía obligado a hacer
cualquier cosa.
Sin que se diera cuenta Tío Hombre, el Patecera se entró un
poquito más pal monte y se las encumbró siguiendo la dirección que
llevaba el montañero. Más adelantico dejó el rastrojo, salió al
camino, y en medio de éste se patasarribió haciéndose el
muerto.
Cuando el montañero llegó a donde estaba Tío Conejo, apenas lo
vio se detuvo a curiosearlo y entonces dijo como si le estuviera
hablando a otro hombre:
– ¡Veeee un conejito muerto! ¡Qué pesar! ¿Quién lo mataría?
¿O sería que se murió de peste? Hijue el bueno pa unos zamarros.
Pero, ¿yo qué saco con un solo cuerito? No me alcanza. Porque pa
comer no sirve este guatincito, pues pudo ser apestado que se
murió. Por cierto que está hasta muy flaquito. Se le pueden contar
todas las costillitas.
Tío Hombre hizo a un lado con un caragualo que llevaba a Tío
Conejo y siguió su camino. Cuando iba más adelantico y así que ya
no podía verlo, Tío Conejo se levantó con mañita, volvió a meterse
entre el cañero, se las emplumó a todas las que tenía para salirle
adelante al ñuco, y otra vez salió al camino haciéndose el
muerto.
Cuando Tío Hombre llegó a donde él estaba y lo encontró, se
detuvo observándolo y dijo:
– ¡Veeee otro guatincito muerto! ¡Qué cosa tan rara! Y ya
van dos que me he topado. Los precisos para unos zamarros
macuencos. Pero no los cojo. Seguramente por aquí anda una peste
espantosa y lo fijo es que la llevo a la casa pa que se me infesten
todos los animales.
Haciéndole el asco lo apartó para un lado con el caragualo y
siguió su camino dejando otra vez metido a Tío Conejo. Pero éste no
era de los que se daban por vencidos así como así, y mucho menos
ahora que había güelido de cerca los quesitos y la miel y que con
mayor razón se babiaba por esos manjares tan sabrosos.
Así que otra vez y apenas iba Tío Hombre medio lejitos y no lo
podía ver, cogió el monte lo mismo que lo había hecho antes
echándole travesía al montañero para salirle adelante y se le
volvió a aparecer patasarribiado en medio camino como si estuviera
muerto. Pero como había oído lo que dijera Tío Hombre de la peste,
antes de salir del rastrojo se refregó unas moras maduras en toda
la barriga para hacerle creer que eso era sangre y que se había
muerto más bien matado que de pura enfermedad.
Cuando el montañero llegó a donde estaba Tío Conejo y lo vio,
abrió tamaños ojos y muy sorprendido, como asustado o arisco de
encontrar tanto guatín muerto, se le acercó de medio lado
diciendo:
– ¡Veeee otro conejito muerto! Y ya van tres que me he
topado. Qué cosa más particular, hombre! Y no hay tal peste, sino
que han sido matados por algún chandoso que anda por ahí haciendo
ochas. Seguro que no reparé bien en los otros, porque a éste se le
ve patente la sangrecita de los mordiscos. Yo siempre es que me
vuelvo por los que dejé atrás. Voy a echarlo en la jíquera antes de
que pase otro cristiano menos sorombático que yo y se lo lleve. Y
para no cargar de vuelta con tanto joto, voy a esconder todo esto
mientras vuelvo. Pueda ser que no se los haya llevado nadie. Qué
bobada la mía no haberlos cogidos todos.
Y dicho y hecho: Recogió el montañero a Tío Conejo, que casi no
respiraba, lo metió entre la jíquera en la que llevaba los quesos y
el tarro de miel, y fue a esconder ésta debajo de un montón de
chilcos que había en una chamba. Entonces el muy zopenco dejó allí
todo y se volvió dizque a traerse los otros guatines.
Cuando Tío Hombre desapareció en una vuelta del camino, Tío
Conejo, que lo estaba viendo por entre las cabuyas de la jíquera,
se levantó a toda carrera, se salió como pudo de donde lo habían
metido, se echó al hombro las cosas del montañero, y se abrió a
todas las que tenía por un rastrojo abajo. Por allá muy lejos, al
pie de un nacedero, se detuvo y sentándose muy contento sobre una
raíz del árbol, comió quesito y bebió miel hasta que casi se
revienta. Cuando estuvo que ya casi se lo tocaba todo con el dedo
de puro lleno, vio que le sobraba mucha miel y entonces, pensando
en meterles un buen susto a todos los demás animales del monte, se
la echó encima y se puso a revolcarse en el hojarasquero que había
debajo de los árboles. Todas las hojas y palitos secos que allí
había se le pegaron al cuero y quedó grandote como un marrano, muy
parecido a un erizo y más feo quel Enemigo Malo.
Entonces echó a correr y viendo a Tía Zorra que en esos momentos
atisbaba a unos pobres pinches que le daban de comer a dos lempos
de chamones, le gritó cambiando de voz:
– ¡A un lado, partida de enteleridos y rangalíes que aquí
va el mismísimo Gran Charamusquín del Monte en persona!
Y Tía la Zorra y todos los animales que iba topando en su
camino, salían como alma que persigue el Patas muertos de la
terronera al ver eso tan raro que iba como rodando falda abajo.
Otro día les cuento, carajitos, el Cuento de Tío Conejo y el
muñeco de cera –terminaba diciendo Rigoberto– mientras se
levantaba medio entumecido para dirigirse al cuarto de los avíos en
el cual, por una concesión especial para él, tenía su lecho con
colchón de gualdrapas y costales. Y añadía, ya desde la puerta de
su habitación, dirigiéndose a nosotros que subíamos la escala de la
casa alumbrada por una vela que desde lo alto levantaba mi madre
que nos esperaba:
– Muy juiciocitos, muchachos. Y por ahora sepan y entiendan
que esto eran Tío Tigre, Tío Lión, Corronchilón y el Sapo, que
bailaban en bambuco todos cuatro.
Poco más tarde todos dormíamos soñando con las deliciosas
picardías del zambito del Tío Conejo.