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L i
l i a S e n i o r d e B a e n a
Nació en Bogotá en 1911, aunque su juventud la vivió en Barranquilla. Desde el año 1942 hasta 1966 vivió en
Nueva York. Colaboró en periódicos nacionales y extranjeros con
cuentos y poemas. Con el relato infantil
|El Osito Azul
obtuvo el Premio Espiral en 1942. Es un libro compuesto por tres
partes: Exégesis de los siete coloquios, Coloquios, y el cuento
propiamente dicho. De su vida nos quedan pocos datos y tampoco se
conocen otras obras. Sin embargo, este delicado cuento vale la pena
conservarse para la historia de la literatura infantil colombiana
por su belleza y originalidad. Sobre este cuento escribe Olga
Castilla Barrios: "El estilo es terso, sin estridencias,
ni siquiera en las páginas grises de los Coloquios. Hay una clara
transparencia en la forma, inclusive cuando orilla el misterio de
lo infinito, y acusa una observación amable de las cosas. Deliciosa
y original es por ejemplo las escena de la pieza en el cuento final
cuando el Hada Silencio anima las cosas del cuarto y en la que con
un comentario casual caracteriza cada objeto"*.
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El
Osito Azul
Había una vez un oso, un osito con la piel de lana color azul
celeste, que vivía con un niño rubio, muy blanco, de pupilas muy
verdes y sonrisa clara, tan clara, que parecía un hilito de agua
ahondando pocitos sobre sus mejillas.
Una día, cuando los luceros del alba comenzaban a parpadear
entre las sombras, el niño aquel cerró los ojos y se fue de
viaje.
No sabía el osito a dónde ni por qué; lo que sabía era que había
quedado solo, inmensamente solo. Ya nadie lo alzaba de la pequeña
mecedora en donde la señora le sentó cuando el niño partió. Nadie
le daba apretujones, ni besos, ni abrazos, ni lo bajaba al patio a
jugar con los chicos del vecindario, ni salía de paseo en el
carrito de madera en el cual solía su amito dar unas vueltas por el
parque.
Permanecía el día entero allí sentado en el mismo sitio,
inmóvil, hastiado, mirando siempre las mismas cosas, sin aire, sin
sol, sin la risa ni el juego de los rapaces que fueron durante un
tiempo sus compañeros de retozo.
Una noche en que entró la luna a pintar de blanco todas las
cosas de la alcoba, halló al osito despierto y cabizbajo con los
ojos redondos cuajados de lágrimas de vidrio y el corazón colmado
de una tristeza de aserrín.
Se sorprendió el astro que siempre lo había visto dormido o
tranquilo y mientras se ocupaba en platinarle el pelo le preguntó
qué le ocurría.
El osito le contó su cuita. Fue tanto lo que dijo y tanto habló
de sus pesares, que la luna tuvo que guiñar los ojos para que el
llanto no apagara la luz de su cara.
– Si fueras un niño, un día u otro te reunirías con
el...
– Pero no soy un niño.
Y era verdad; era sólo un osito de tela con lana rizada color
azul celeste y el cuerpo relleno de virutas de aserrín.
– Si fueras un hada podrías convertirme... –replicó el
osito un poco molesto por no ser humano; y la luna llena, que
tampoco quería parecer a menos, le contestó en seguida.
– Yo soy el Hada de la Luz Nocturna y aunque no puedo
convertirte en ser de carne y hueso, sé de una manera como podrías
llegar hasta donde está el niño... No, no puedo decírtela,
–agregó apresuradamente al notar que el osito estaba pronto a
preguntarle–, si te la dijera, la gente y muchos hombres de la
tierra, querrían imitarte...
Mas ese osito adujo que ningún hombre iba a saberlo. El
guardaría el secreto en lo más íntimo del alma y cuando ya se
hubiera ido, nadie sabría ni a nadie le importaría por qué ni cómo
había salido del dormitorio.
Le repitió llorando sus desventuras y la luna, que era un tanto
romántica y el infortunio de los otros le conmovía hondamente,
terminó por decirle:
– Cuando yo me haya ido, crecerá la sombra por el
firmamento; yo volveré entonces con mi hoz dorada para segar esas
tinieblas y me iré convirtiendo en una barca de oro que bogará por
el espacio toda la noche. Espera ese día y embárcate en mi esquife.
Te llevaré alto, muy alto, cada vez más alto y después lejos, muy
lejos, cada vez más lejos hasta que llegue la alborada. Entonces,
por la primera rendijita de sol que abra una herida en el
horizonte, cuélate al cielo y allí entre muchos otros, encontrarás
al niño.
El osito le hizo notar la dificultad de subir a bordo de la
barca de oro porque estaría muy alta.
– Yo te alzaré con un rayito de luz y te subiré hasta
ella.
Y así convenido, el osito de felpa le dio las gracias muchas
veces y terminado el plenilunio se fue también la luna. Todo se
volvió negro como un gran cofre de azabache; y el osito comenzó a
contar los días que pasaban.
Pero es el caso que como no sabía mucho de números, perdió la
cuenta; mientras más se esforzaba por hacer un cálculo aproximado
del tiempo transcurrido, más se ofuscaba y su angustia crecía en
miedo de que llegara el día esperado y no viera en el cielo la
barca de oro de la luna.
En su afán le parecía que el tiempo no corría o había corrido
demasiado y principió a desesperarse y a interrogar a todos los
objetos del cuarto.
Era el caso que allá en la medianoche, cuando la oscuridad
hechizaba el lugar y el Hada Silencio con su varita mágica les
otorgaba a todos la facultad de hablar, la estancia se convertía en
una tertulia muy amena.
Unicamente la soñolienta lámpara que vestía una falda color de
rosa era quien tenía sueño después de apagada. Le incomodaba un
poco la charla de los otros y a veces protestaba, pero ya nadie le
hacía caso. Cuando insistía en rezongar, el florero de loza cuya
semblanza con la discreta lámpara le había proporcionado más de un
disgusto solía criticarla con el vecino más cercano. Aquella noche
comentó al respecto:
– ¿No es ridículo usar esa pantalla desproporcionada en vez
de adornarse simplemente con flores?
– Quizá es peor necesitar de ellas para verse completo...
–replicó la lámpara que alcanzó a oírle–, cada vez que te
dejan el cuerpo vacío parece que te hubieran cortado la cabeza.
Las figulinas de porcelana japonesa que adornaban el tocador de
la señora reían con su risita delicada que amenazaba volverse
añicos a cada instante. Les divertía grandemente la vieja rencilla
del florero y la lámpara.
– En vez de casarse... –apuntó una de ellas.
– Tendrían una linda familia de floreritos con pantallas y
lamparitas florecidas...
Y aunque algunos celebraron la ocurrencia y acogieron la agudeza
como una idea factible, el florero protestó indignado. Nunca sus
parientes se habían mezclado con plebeyos; su linaje era puro,
acrisolado en hornos donde cocían el barro hasta trocarlo en
porcelana, mayólica, en vidrio o en tantos otros nombres que
apellidaban su familia de estirpe preclara...
El relojito despertador la interrumpió para inquirir por el
significado de aquella palabra.
– ¿Preclara?... es algo que se puede usar para todo,
–intervino la pluma que acostumbraba a apresurarse a dar
explicaciones–, yo lo he visto escribir mucho a la señora:
agua clara, tinta clara... día claro...
Mas el diccionario no podía permitir que se confundieran de esa
manera los vocablos y de un solo tirón se abrió en la página en la
cual se encontraba el susodicho término e interrumpió a la pluma
para leerles.
– Preclara, adj., insigne, ilustre, digno de admiración y
de respeto...
Los objetos del cuarto se miraron entre sí guardando un
significativo y prudente silencio. Unicamente el alfiler de
cabecita arguyó que él había frecuentado aristocráticos salones en
donde se reunía la más alta nobleza; había ido prendido a los
vestidos de las señoras aristrocráticas y ninguna de ellas era de
loza, ni de vidrio, ni de barro cocido. Pero su voz era tan
delgadita que se ahogaba en el fondo del costurero. Además, parecía
que a nadie le interesaba tales observaciones; ni siquiera el osito
prestó atención a sus palabras y su ilustrada mediación le llenó de
esperanzas. Indudablemente el docto volumen podría informarle
cuándo llegaría al cielo la barca de oro de la luna. Con mucha
decencia le interrogó al respecto y el libro después de oírle
atentamente, volvió a abrir sus hojas hasta encontrar en otra de
ellas: Luna, satélites de la tierra, cristal de un
escaparate...
¡Más le hubiera valido al osito no haber lanzado esa
pregunta!... la respuesta del cultísimo tomo causó un disturbio
general, pues tanto el espejo del armario como el del tocador y
hasta el de mano, protestaron a coro.
¿Cómo podían parangonar la belleza permanente de sus láminas
azogadas con la anémica fase que por breves ciclos argentaba a la
luna?...
El alfiletero objetó que ésta era una explicación muy deficiente
y añadió en voz baja que el léxico presente debía ser muy malo,
pues cualquier otro diccionario habría ofrecido una definición más
explícita. Y oído esto por el libro fue tan de su enojo, que al
cerrarse de un golpe en señal de protesta, cayó al suelo
estrepitosamente y casi se desencuaderna.
Todos los útiles del escritorio intervinieron para apaciguarle.
La pluma con suma diplomacia, le hizo ver que el alfiletero era un
viejo neurótico de tanto pinchazo y que los espejos estaban
infatuados de tanto copiar la vanidad humana que se miraba en
ellos.
El reloj agregó que debía desdeñarse la opinión de enseres
superfluos, ociosos, sin otra ocupación que satisfacer presunciones
mundanas, y era tal su elocuencia que el osito fascinado con los
juicios del sentencioso mediador, resolvió dirigirle a él la misma
pregunta.
El reloj no sabía. ¿Cómo iba a saberlo si pasaba ocupado las
veinticuatro horas del día, dando vueltas y más vueltas para medir
el tiempo?... ¿En qué momento iba a dedicarse a contar los días que
pasaban entre luna y luna?... Cuando la existencia se consagra a un
deber, a un solo deber como el suyo, cualquier otra cosa estaba
desprovista de valor y de mérito y los niños, la luna, los juguetes
y demás futilezas similares, carecían absolutamente de importancia.
¡Si por lo menos la luna le hubiera dicho exactamente en horas los
días que faltaban!...
– O en pulgadas... –terció el metro que permanecía
enroscado como un caracol de guarismos, dentro del costurero.
Era verdad, era verdad... El osito de tela con piel azul celeste
sintióse avergonzado y se le humedecieron los ojos de vidrio.
– Tal vez un almanaque puede informarte –sugirió la
polvera de plata que aunque nunca se dignaba conversar sino con el
joyero, el cepillo y el peine de su misma clase, se sintió
enternecida por las penalidades del osito. Y éste se llenó de
esperanzas, mas inmediatamente volvió a entristecerse. ¿Dónde
conseguirlo?... no lo había en el cuarto, no lo había en la sala,
no lo había en la casa entera. Alguien criticó a la señora: ¿cómo
podía vivir sin almanaque?... pero el reloj determinó que con saber
la hora ya era suficiente.
– Quizás las rosas del florero... –insistió la polvera
con su voz perfumada.
Y éstas se balancearon negativamente sobre sus tallos frágiles.
¡Qué iban a saber ellas que eran tan jóvenes!... desde que
comenzaron a abrir sus capullos lucieron tan bellas que el
jardinero las cortó para adornar la casa. Todo el mundo se
maravillaba de sus hermosuras, todo el mundo...
Y el osito cada vez más acongojado, comprendió que en la alcoba
como en la especie humana, cada cual se creía superior a los otros
y cada quien sentíase demasiado importante para ocuparse de una
cuita o de los intereses que no fueran propios.
Con gran desaliento resolvió asomarse por la ventana abierta y
escudriñar el cielo. Vio las nubes densas, vio unas estrellitas
como hechas de fuego y en el jardín divisó los geranios que
florecían como rubíes en sus macizos de esmeraldas. Inclinó el
cuerpo para preguntarles:
– ¿Saben ustedes, cuándo llega la barca de oro de la
luna?...
Hasta él llegaba el aroma dulce de los botones entreabiertos;
podía percibir los aterciopelados pétalos color cereza, pero no oía
las vocecitas que le contestaban.
El osito azul se inclinó tanto en su ansiedad, que se fue de
bruces y cayó entre los setos de lilas florecidas.
Pasado que hubo el primer instante de susto y la sorpresa
consiguiente y cuando estuvo un tanto recuperado del golpe
recibido, el osito contó a los arbustos lo que había ocurrido y
rompió a llorar amargamente.
Lloraba por lo sucedido y por lo que había de suceder si lo
encontraba el jardinero y lo conducía al ama; ella, para que no
volviera a acaecer una segunda vez, lo encerraría con llave adentro
del armario a donde el rayito de luz de la luna no podría enlazarlo
para subirlo hasta la barca que habría de llevarlo en busca del
niño.
Las plantas conmovidas le fueron consolando con besos menudos y
tiernos que olían a savia y a resina verde. Ellas lo esconderían,
prometieron, le cubrirán con su espesura para que ninguno pudiera
encontrarlo y mientras tanto preguntarían al jardín entero, si
alguno sabía cuándo comenzaría a segar la sombra la hoz dorada de
la luna.
De hoja en hoja se repitieron la pregunta hasta llegar a la copa
de los árboles más altos que negativamente movieron su fronda con
un sincero desaliento.
– Preguntaremos al rocío... –prometieron las hojas y
al llegar la aurora todas abrieron sus manitas y recogieron en sus
palmas una gotita de diamante. En tanto las acunaban en sus cuencos
verdes, fueron consultándoles y ellas temblaban como lágrimas
porque lo ignoraban.
Entonces las gotas pensaron que tal vez el sol podía informarles
y cuando el primer rayo comenzó a evaporarlas, le interrogaron.
El sol sabía menos; cuando él aparecía por el horizonte la reina
blanca se ocultaba; nunca se encontraron; además, ¿para qué
deseaban el rocío y las hojas saber aquello?
– Tal vez los pájaros...
Insinuó en tono despectivo después de oírlas y hasta las flores
contagiadas de esperanza, embalsamaron el aire con su mejor
fragancia. Evidentemente, los pájaros que volaban tan alto y
llegaban cerca de las nubes, tenían que saberlo.
Mas, ¡oh, terrible desconsuelo!, las aves respondieron que a
ninguna de ellas les agradaba la claridad lunar. Una vez, contaba
la leyenda, la luna enojada con un pajarillo que le picó en la cara
creyendo que era una flor del cielo, le condenó a vivir lejos del
sol, ciego a la luz del día, los ojos redondos abiertos a la
sombra, las uñas negras, el pico encorvado en busca de roedores
pequeños para alimentarse o sorbiendo aceite y cortando la noche
con su graznido conocido como un augurio próximo de mala suerte.
No, no querían los pajarillos del jardín convertirse en lechuzas,
ni en búhos, ni en mochuelos o animal parecido.
Por eso, cuando la tarde comenzaba a empolvarse con un color
ceniza, las pequeñas aves corrían a cobijarse en el ramaje de los
árboles; hundían los picos debajo de las alas y no sabían, ni
querían saberlo, a qué hora llegaba ni a qué hora se iba, la
Hechicera de la Luz Nocturna.
– Es un Hada... –les explicó el osito defendiéndola,
pero los pajarillos movieron sus plumitas dudosamente y se fueron
piando de rama en rama.
El jardín quedó convertido en un activo círculo de
interrogaciones. De labios de las hojas pasó a las rosas y de éstas
al oído de las mariposas; se congregaron las libélulas que
conocieron al niño, desplegaron sus alas versicolores y llevaron la
pregunta más allá del pensil, hasta los juncos que crecían en las
riberas del lago.
El lago se estremeció de orilla a orilla con una dulce
palpitación azul como si dentro, muy dentro, le hubiera latido
fuertemente el corazón. Y era que se decía que él siempre había
estado enamorado de la luna, aunque en realidad no se sabía a
ciencia cierta si era la luna quien estaba enamorada de las aguas
azules, se sumergía en su cristal, o si era el lago quien
apasionadamente se cristalizaba para poseerla.
El caso era que en los plenilunios, ella solía hundirse en el
reposo de las aguas y permanecía inmóvil, redonda, como una medalla
de oro caída en el fondo de un estuche de algas. Pero ni aun por
eso pudo el lago indicarles cuándo arribaría la barca de oro de la
luna.
Se consultó a los gusanillos, a los escarabajos, y hasta las
hormigas que trabajaban afanosamente sin querer perder tiempo en
aquellas averiguaciones. Si se hubiera tratado de la lluvia!... le
argumentaron al osito, entonces sí sabrían decirle porque ellas
olfateaban los aguaceros, ¿pero la luna?... no, no sabían nada de
la luna.
En tanto la señora se asomó a la puerta. Parecía que la pérdida
del pequeño osito había causado una profunda conmoción en la casa
entera. Se consultaba al jardinero, se interrogaba a las criadas,
se interpelaba a los chiquillos del vecindario.
Una de las fámulas acusó al muchachito que compraba los frascos
vacíos. El osito recordó que al niño le gustaban los vendedores
ambulantes que recorrían las calles modulando pregones y entre
ellos, el rapazuelo desgreñado, de pies descalzos, la ropa sucia y
rota y un saco a la espalda, lleno con botellas que repiqueteaban
como marimbas:
– Coomproo frajcoo e booteeellas... Agua e colooonia...
aceiitiiii... i... ricinooo...
Y el niño salía corriendo hacia la puerta para regalarle los
envases de vidrio que hubiera en la casa. Rememoró el osito que la
primera vez que el niño dijo al muchachito que los frascos vacíos
no valían un céntimo, le miró desconfiado de no haber entendido;
los tomó de prisa, aceleró el paso y se alejó volteando de rato en
rato, con nervioso recelo de haberlos robado. Después, ya sabía que
el niño lo hacía de acuerdo con su madre y le gritaba desde
lejos.
– ¡Eh! tú, ¿no tienes botellas?...
Al niño no parecía enojarle la descortesía; si las tenía se las
daba y el otro las tomaba sin retornar las gracias; sino, seguía su
andar sin rumbo, silbando entre las pausas que rompían brevemente
su cantinela de cristal.
Siguió el osito recordando que las criadas le tenían
desconfianza; ahora le acusaban; se ensañaban en el inculpado como
posible responsable a juzgar por la miseria de su ropa y la
expresión taimada de sus miradas. Y la señora con los ojos húmedos
no encontró razones para defenderlo.
La cocinera, que tenía aficiones detectivescas, sugirió que se
buscara entre los arbustos a ver si al halarle –porque
indudablemente le habían sacado con un gancho por la ventana
abierta– había caído entre las lilas.
El osito tembló, y temblaron las hojas que se curvaron contra el
muro para resguardarle bajo su espesura. Afortunadamente para
ellos, la doméstica comisionada para la búsqueda se encontró de
paso con el jardinero y entablaron una charla tan entretenida, que
se olvidaron de las lilas, del oso, del niño, y del botellero.
Más tarde la holgazana contestó a la señora que no, que no había
nada entre los setos florecidos. Y sonrió el osito con su hocico de
seda y sonrieron las hojas y hasta las hormigas se detuvieron a
sonreír y a criticar la indolencia y la haraganería de la doncella
del servicio.
Aquella mañana, al pasar el mozo con su cesto colmado de frutas
tropicales, hubo un nuevo motivo de sobresalto. Se acercó a la
verja como siempre hacía; cuando el niño vivía, solía permitirle
que hundiera sus manitas blancas dentro de la canasta pletórica de
sabores y aromas, para que él escogiera a su antojo; luego le daba
de ñapa un manguito de azúcar, la cáscara encendida en su color de
llama y cuando el niño hincaba sus dientecitos en la carne madura y
gustosa, sonreía complacido al ver cómo chorreaba por su cara el
jugo de oro.
Mientras la señora contaba al muchacho lo que había pasado, éste
seleccionó por sí mismo las mejores naranjas y las tendió a la
dueña entre sus manos ásperas color canela. No se atrevió a
ofrecerle el manguito de azúcar; tomó la cesta grávida de color y
fragancias y se alejó despacio, embalsamando el aire con sus
agridulces pregones frutales.
Así fue que pasado el primer peligro, los arbustos se dieron a
la tarea de consultar a las arañas, a los lagartos y mosquitos y a
cuantos insectos cruzaban por sobre la corteza de sus troncos.
Ninguno sabía.
Al llegar la tarde se habló a las palomas de picos azulados y
plumaje pizarro que regresaban al palomar. Algunas eran blancas,
muchas tenían los pies calzados con plumillas negras; otras las
patas rojizas, y todas los cuellos vibrátiles con reflejos
metálicos de un verde ácido que se amorataba como un vino tinto
sobre sus pechos opulentos.
Antes de recogerse bajaban al patio y picoteaban en la tierra; a
menudo se inflaban y esponjadas, se iban rondando unas a otras con
un arrullo blando, triste y amoroso que llenaba la hora de
melancolía.
Tampoco sabían nada. Se interrogó a las luciérnagas y a las
cigarras que preparaban su diario concierto, con gran entusiasmo.
Todo en vano; ambas se entregaron a una disertación de orden
personal en vez de contestar directamente la pregunta; hablaron de
una perfecta acústica y el admirable fondo que hacía la sombra a
sus voces y luces, y como los arbustos insistieran en saber de la
luna, se manifestaron francamente extrañados. ¿La luna?... no
realmente la luna no les interesaba.
Mas he aquí que a medianoche, cuando la oscuridad comenzó a
formar cuevas de miedo entre los árboles, en los recodos de los
caminos, en torno de las piedras y bajo el alar de los tejados, un
ratoncito gris, ágil y nervioso cruzó por enfrente del osito que
tenía el pelaje color azul celeste y se detuvo sorprendido.
Se quedó mirándole detenidamente y dijo:
– Yo te he visto a ti en alguna parte...
Le brillaban mucho los ojillos estrechos como pepitas de
azabache. Las hojas desconfiadas se estrecharon contra el pequeño
osito y relataron al ratón las dificultades que atravesaban. El
roedor encomió los sentimientos del pequeño osito, ponderó la
abundancia de aserrín que revelaba su panzudo cuerpo y prometió
ayudarles. Preguntaría al almanaque de la casa vecina en qué fecha
debía llegar la barca de oro de la luna y con una mirada llena de
codicia que llenó de miedos al oso de tela, se escurrió como había
llegado, sin ruido, liviano, veloz y hábilmente.
Cundió el regocijo entre los que oyeron la grata nueva. Las
flores y las hojas mecían su contento movidas por un soplo de brisa
húmeda que también parecía regocijada con la buena esperanza. Hasta
los pajarillos entreabieron los párpados bajo las plumas de sus
alas.
Tornó el ratoncito. Marcaba el almanaque el cuarto creciente
dentro de siete días pero anunciaba para antes grandes tormentas y
le aconsejaba al osito de lana que fuera razonable y volviera a su
casa si no quería pasar muy malos ratos.
Después de prometerles volver cuando el tiempo se lo permitiera,
se despidió el ratoncito y antes de que las lilas tuvieran
oportunidad de comentar las sospechosas miradas y las equívocas
intenciones del informante, comenzaron a caer grandes
goterones.
– El cielo está llorando... –murmuró el osito–,
parece que las nubes se han puesto tristes.
Las hojas de los arbustos no contestaron porque efectivamente
sentían que rodaba sobre su verdura, algo así como lágrimas.
El osito con lana color azul celeste empezó a sentir frío; se lo
dijo a las ramas y éstas se apresuraron a curvarse con la intención
de resguardarlo, pero aquello no servía de nada; antes, por el
contrario, cada una de ellas dejaba caer más gotas de llanto sobre
la piel de seda.
De rato en rato, como si Dios lanzara serpentinas de fuego, se
iluminaba el ámbito; todo se veía claro como en la luz del día. Las
nubes se agrupaban densas e hinchadas sobre el firmamento; el
viento rugía y arqueaba las ramas altas de los árboles; el
estampido de los truenos hacía temblar de espanto a todos los seres
y el agua, la dulce agua nacida del fuego, caía... caía...
caía...
Al principio el osito trató de reanimarse con las palabras de
los setos que le infundían aliento, pero cerca del amanecer perdió
toda esperanza de que escampara y aterido y yerto, cesó de
quejarse.
Se hizo de día sin que el sol asomara por el horizonte. Una
neblina pálida cubría el espacio amortiguando los colores y helando
el aire que soplaba intensamente frío.
La señora se asomó al alféizar de la ventana. Con un papel en
blanco que tenía entre las manos, hizo un barquito y desde arriba,
lo arrojó hasta el patio.
La navecilla flotó un instante; luego se fue llenando de lluvia
y de fango y finalmente naufragó bajo el espejo de agua que
formaban los charcos.
El osito sintió que todo el llanto de su alma afluía a sus ojos
y se transparentaba en sus pupilas de cristal. Las hojas conmovidas
le preguntaron:
– ¿Quieres que te dejemos al descubierto?...
Así la señora podría avistarlo y le recogería... pero el osito
no convino en esto. Movió tercamente su gran cabezota. Si la señora
lo encontraba tal vez podría arreglarle y lo guardaría bajo llave
dentro del armario, ¿cómo podía entonces la luna llena enlazarlo
con su rayito de luz pálida para izarlo hasta la barca de oro que
habría de llevarlo en busca del niño?... No, no podía ser, aunque
estuviera calado hasta la médula y le dolieran de frío las entrañas
de aserrín.
Y así pasó el día. Casi todas las rosas se deshojaron
silenciosamente; los pájaros permanecieron inmóviles bajo la fronda
húmeda; las mariposas no acudieron a libar en las flores; las
abejas se mantuvieron recogidas en sus colmenares; el botellero, no
pasó, ni acudió el jardinero, ni hubo otro ruido en el jardín que
el caer del agua hilando cortinas de melancolía.
Por la tarde aún llovía torrencialmente y por tres días
consecutivos continuó lloviendo. Unas veces más, otras veces menos,
con ligeras treguas, pero al osito ya no le importaba cómo fuera.
Tenía empapado hasta la última viruta de sus adentros, las cuales
comenzaron a esponjarse más y más hasta que reventaron las costuras
de lienzo donde estaba urdido el pelaje crespo de su preciosa piel
de luna.
Sobre la espalda se abrió una brecha honda que sangraba aserrín;
algunos de sus miembros se dislocaron; las orejas se desprendieron
del cuerpo y cayeron al suelo sus bellísimos ojos de vidrio
ambarino.
Ahora estaba ciego; ciego como el pájaro que le había picado la
cara a la luna; ciego como el viejecito que pedía limosna; ciego
como el enfermito que vivía enfrente de la casa del niño. Y el
osito de lana color azul celeste, ni siquiera pudo llorar su
desgracia.
En la madrugada del cuarto día, la aurora vertió sus rosicleres
allá en lontananza y paulatinamente se inundó el cielo de
colores.
Pasaron corriendo los dos muchachitos que vendían periódicos y
se detuvieron exactamente en el lugar donde estaba tumbado el
maltrecho osito.
– ¿Quieres que te dejemos descubierto?... –instaron
las lilas, pero el osito rechazó obstinadamente y se alejaron
corriendo los dos muchachos, mientras voceaban sin tomar
aliento.
– Prensaa... y Heraldo.o...
Aparecieron las hormigas listas y habilidosas, al parecer muy
contentas con el tiempo que pronosticaba el aire seco, parloteaban
con todos y se acercaron al osito a preguntarle cortésmente cómo le
había ido durante el temporal.
Su sorpresa no tuvo límite al hallarlo en estado tan lamentable.
¿Qué le había pasado?... ¿qué sucedió a su pelo color celeste?...
¿se lo tiñó la bruma de los días pasados?... ¿qué fue de sus ojos
de iris ambarino? ¿quién le hirió tan hondo en el costado?...
Con una gran curiosidad se fueron subiendo por sus patas, por la
hinchada panza, por la gran cabezota mojada y sin ojos y se
asomaron por la brecha, cuchicheando entre sí.
Al osito no le gustó nada aquel hormigueo. Hablaban muy bajo,
rozando entre ellas sus diminutas cabecitas negras, pero aun
estando ciego y no oyendo nada, podía presumirse lo que discurrían.
Antes que nadie lo maliciaron las hojas que ya sabían por
experiencia propia de la voracidad inescrupulosa de aquellos
insectos.
Afortunadamente, a poco de suscitarse la amenazante invasión
llegó una hormiga de mayor tamaño que revestía todo aspecto de
capitanear al batallón de neutras y con ciertas órdenes modificó
los malintencionados cuchicheos. Había una gran cantidad de
animaluchos ahogados que era necesario recoger, almacenar cuanto
antes; pronto llegarían los pájaros, las sabandijas y algunos otros
camaradas que se dispondrían a darse un banquete con los bichos
muertos y había que apresurarse para ganar la delantera.
Así pues se dieron a la tarea de cargar con todas las víctimas
del aguacero y el osito alentó la esperanza de que el sol secara
sus entrañas, se contrajeran nuevamente las virutas mojadas y la
herida cicatrizara antes de que volvieran.
Fueron sucediéndose uno tras otro los habituales hechos
cuotidianos; pasó el botellero con su mirada socarrona y sus
marimbas de cristal; el jardinero podó unos rosales, recortó los
juncos de la enredadera de Capitanes de oro y se evitó el reguío
porque el césped estaba completamente húmedo.
A eso del mediodía llegó el carbonero. Era un zagalote que había
mimado al niño. Cuando estuvo presente le subía de un golpe sobre
el borriquete y le hacía galopar alrededor del patio.
Los ojos del niño se dilataban de alegría y de miedo y el asno
trotaba y trotaba con paso alegre como si supiera que sobre su lomo
iba una carguita blanca con peso de espuma, de lirio o de
nieve.
Las lilas tuvieron un momento de ilusión porque cuando el
muchacho se internó en la cocina a dejar el carbón, el pollino dio
muy lentamente la vuelta al patio, se detuvo un instante donde
estaba el herido y las hojas creyeron que acaso ahora sí dejaría el
osito que lo descubriera. Pero el osito no aceptó y el burro siguió
paso a paso con su gris cabeza un poco inclinada, un mucho
afligida, como si comprendiera que esta vez no llevaba a cuestas la
carguita blanca de la alegría del niño.
Y llegó la noche. Las estrellas abrieron sus ventanitas y la luz
del cielo se asomó a ellas titilando.
El ratoncito no apareció sino hasta muy avanzada la sombra. A
todos complacía el volver a verle porque traería noticias seguras
sobre el tiempo que aún faltaba para que arribara la barca de oro
de la luna. Mas aquel regocijo trocóse pronto en pesadumbre, pues
el ratoncito, después de lamentar la ceguera del osito, el
deterioro de su preciosa piel y la herida profunda abierta en su
espalda, manifestó sus deseos de extraer algunas virutas del
costado abierto.
Fue inútil que las lilas se indignaran de aquello; que los
rosales protestaran; que el osito olvidando su agradecimiento, se
negara a ello. El ratoncito, con argumento de orden facultativo,
fue poniendo en práctica sus buenas razones. ¿No había sido por
demasiado lleno que se había reventado?... pues bien, unas
partículas menos le servían de alivio. El había escuchado que en
medicina, ésta experiencia se llamaba sangría. Una sangría de
aserrín que él aprovechaba. Después de todo, el estado general del
osito hacía presumir que moriría pronto.
El osito no comprendió bien el sentido de aquellas palabras,
pero las flores, que sabían de la vida breve y la temprana muerte,
se balancearon tristemente.
Al llegar el día, exhausto y medio vacío, el osito lloró por los
huecos donde habían estado sus ojos de vidrio, pensando que la luna
no le reconocería en aquella situación ni que quizá tampoco querría
que él subiera a bordo de su barca de oro.
Las hojas trataban de reanimarle con el breve plazo que señalaba
el almanaque: ellas le contarían al Hada de la Luz Nocturna lo que
había pasado; pero el osito sentíase irremediablemente atribulado y
ninguna palabra conseguía confortado.
Volvió a reanudarse la vida diaria. Los pájaros piaron desde sus
nidos, los capullos cerrados abrieron su sonrisa de rosas plenas,
las hormigas tornaron con sus pequeñas cabecitas negras, y con
ellas, la de mayor tamaño que las dirigía.
Ahora sí había llegado la hora esperada. Se habían terminado los
insectos muertos; el aserrín del osito se hallaba menos húmedo,
precisamente lo que ellas querían para aligerar el paso y cargarlo
hasta el hormiguero, pues precisamente les urgía un poco de madera
para algunos arreglos que necesitaban en sus viviendas
subterráneas. ¿Qué mejor ocasión podía presentarse?...
El jardín entero protestó del abuso. Las mariposas indignadas
revolotearon con actitud amenazadora; las abejas rezongaron a coro;
eso era un atropello, una injusticia, una sirvengüenzura de las
hormigas.
Pero fueron protestas estériles; ladridos de perros a la luna.
Ya se sabía que las hormigas no se paraban en mientes para llevar a
cabo sus activos propósitos y que siempre sostenían sus laboriosos
principios.
En pequeños grupos, cuadruplicaba la fuerza de sus cuerpecillos,
fueron arrastrando viruta por viruta, el aserrín que había llenado
la hermosa figura del panzudo osito.
Durante el proceso, se oyó a lo lejos el aguzado sonar de una
flauta que anunciaba al viejo afilador.
Aunque el osito ya no podía verle, sintió cuando el hombre
allegóse a la puerta, echó a dar vueltas la dura piedra de amolar
que hacía saltar una lluvia de estrellitas de fuego. El osito
recordó cuánto le gustaba al niño darle de sus cuchillos y tijeras
por mirar el aro de chispas doradas.
Una vez, evocó el osito, había pasado otro afilador con un
organillo y un monito rucio con casaca roja, sombrero de pana y una
pandereta donde recogía el dinero que los curiosos le daban en pago
de sus gracias.
Aunque el mico era a simple vista un animalucho desabrido y feo,
con los ojillos lacrimosos y la piel deslustrada, el niño se había
fascinado con él e hizo que la señora le diera unas cuantas monedas
para que el infeliz, dándole vueltas al manubrio del organillo,
repitiera algunas tonadas populares de aires melifluos y
llorones.
El osito siguió recordando, no sin cierta especie de íntimo
bochorno, que había sentido celos. Celos del movimiento y de la
vida de aquel miquillo desabrido y feo. Y añorando aquello fue tal
su nostalgia, que las hojas notándola le repitieron:
– ¿Quieres que te dejemos al descubierto?...
Era una buena oportunidad. El viejo manco le vería, revelaría su
hallazgo y la señora contenta lo recogería. Las hormigas...
No, no quería el osito semejante cosa y con gran entereza siguió
moviendo la cabeza en un gesto negativo hasta que se perdió a lo
lejos la cadencia metálica del caramillo del afilador.
Esa misma tarde, una tarde color rosa que hacía del firmamento
un inmenso pétalo, apareció en lontananza algo así como una tajada
ligeramente más rosada que parecía a distancia una torreja de
melón.
Al crecer las sombras fue precisando sus contornos y volvióse
una hoz dorada que comenzó a segar la oscuridad. El espacio se fue
azulando poco a poco, cada vez más, un poco más, y más y
más, hasta que el cielo semejó un cóncavo de planta y por él,
subiendo lentamente, avanzó la luna como una barca de oro
pálido.
La piel del ratoncito que había llegado en ese instante,
temblaba como azogue mientras las hojas que también parecían
láminas de argento contaban a la luna lo que había ocurrido: el
osito temía que el Hada de la Luz Nocturna no lo quisiera a bordo
de su esquife de oro; temía que así deshecho no lo reconociera el
niño, es más, podría hasta no gustarle destrozado, ciego sin su
preciosa piel de seda; pero el Hada Nocturna sonrió a estos temores
y les explicó a las hojas:
– Esa es la vestidura que Dios le puso para cubrir su
alma...
Y arrojando un rayito de luz, enlazó al osito por la mitad del
cuerpo y lo izó hasta a bordo de su barca que seguía rumbo al
infinito, por el añil intenso de un espacio sin límites.
Cuando alumbró el alba, los arbustos se inclinaron sobre el
guiñapo que había sido en un tiempo un osito de tela con lana color
cielo y lloraron todas las gotas de diamante que dejara el rocío
sobre la ternura de sus hojas verdes. Luego enderezaron su ramaje y
en la mañana muy temprano, la señora que había bajado al patio a
cortar unas rosas para colocarlas junto al retrato del niño, vio
debajo de los setos de lilas, los restos haraposos del pequeño
osito.
Hubo una nueva agitación en toda la casa. Acudió el jardinero;
se avergozaron las criadas; se envaneció la cocinera por su
acertada hipótesis y al fin, cuando quedó a solas, en un rinconcito
del jardín, la señora misma le cubrió de tierra y sembró en ella
florecillas.
Días más tarde, sobre unos pétalos que parecían de terciopelo
azul celeste, guiñando los ojos con maliciosa complicidad, se
detuvo un instante la luna llena que sonreía en silencio con su
ancha bocaza de plata.