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E d u a r d o C a b
a l l e r o C a l d e r ó n
Nació en Bogotá en 1910. Periodista, historiador, y novelista.
Autor de varios ensayos sobre Colombia y América Latina. Fue
nombrado académico de la lengua a los 34 años, considerado como el
académico más joven del mundo. Entre sus novelas se destacan
|Siervo sin Tierra (Ediciones del Alcázar, 1954),
|El
Cristo de espaldas (Losada, 1952),
|La Penúltima Hora
(Guadarrama, 1955),
|El Buen Salvaje, (Destino, 1966-Premio
Eugenio Nadal). Escribió un libro de carácter autobiográfico,
|Memorias Infantiles (Bedout, 1968), rico testimonio de una
época. Ejerció diferentes cargos públicos y diplomáticos, entre
otros: Agregado cultural en España, Embajador de Colombia en la
UNESCO, Alcalde de Tipacoque. Fue además, comentarista y crítico en
los periódicos
|El Tiempo y
|El Espectador, donde
firmaba con el seudónimo de Swann. Dirigió junto con Eduardo
Carranza el suplemento literario de
|El Tiempo en 1942. Dejó
de escribir en 1987 y murió en 1993. Escribió una serie de cuentos
históricos para niños, titulada
|Historia en Cuentos y
publicada por primera vez en 1953 en Madrid, por la Editorial
Guadarrama, fundada por él. Posteriormente, en 1993, estos cuentos
fueron reeditados por Carlos Valencia Editores en 5 volúmenes, con
el mismo título. Cabe citar:
|El Almirante Niño,
|El
Caballito de Bolívar, El Zapatero Soldado, Todo por un florero, El
sargento de 12 años, entre otros.
De allí fue tomado el cuento
|La Princesita
|Isabel
para la presente Antología de los Mejores Relatos Infantiles.
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La Princesita
Isabel
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Madrigal de las Altas Torres es una aldea de Castilla a medio
camino entre Salamanca y Segovia. Flota en un mar de trigo que
embadurna de verde la primavera, dora el estío, el otoño, tiñe de
ocre y en el invierno está cubierto de nieve. Es domingo y la plaza
está llena de labriegos y cortesanos. Estos vinieron a caballo o en
carreta, en compañía de sus damas, y aquéllos a pie, al frente de
sus rebaños de ovejas. Finalmente, con su dueña tiesa y bigotuda
llega la princesita de ojos azules y cabellos rubios, que vive en
el castillo que corona el pueblo. Mientras ora ante el altar y
cortesanos labriegos la miran orar, tañen las campanas en la torre,
en el presbiterio repica la campanilla para la elevación y
tintinean las esquilas de las ovejas en la plaza.
De vuelta al castillo la reina madre le pregunta a la dueña:
– ¿En qué sueña mi hija, la princesa Isabel?
– Antes que reina en Castilla la señora fue princesa de
Portugal. Yo no sabría decir qué sueñan las princesas cuando
todavía no son reinas.
Un Domingo de Resurrección a la salida de misa abordó a Isabel
un buhonero judío que se encaminaba a Compostela. En su caja
colgada al hombro cargaba telas, encajes, lienzos, dijes y
baratijas. Era un anciano tuertero cuya barba grisácea le llegaba
al pecho. Y cuando le preguntó la princesa – "¿Qué me
queréis, buen hombre?"–, éste se inclinó hasta el
suelo y le ofreció una cinta para adornarse el cabello. Era una
cinta suave y brillante, de seda carmesí, más hermosa que la banda
que llevaba al cinto al arzobispo de Segovia que confiesa a su
madre. Pero he aquí que el buhonero le dice a la princesa que la
cinta es suya, y esto para que su alteza se acuerde de los pobres
judíos cuando sea reina de Castilla. Y como ella le preguntara si
acaso los judíos no son ricos, él le replicó que eso sería mientras
ella fuera princesa. Cuando se coronara reina los arrojaría de sus
tierras a pesar de que entonces les debería mucho dinero y no
podría pagarlo.
– ¿Y para qué habré de pedir dinero prestado a los
judíos?
– Los reyes son ingratos, princesa.
Los mendigos que toman el sol en el atrio a las puertas de la
iglesia y piden limosna por el amor de Dios, suelen cantar bellos
romances. El de don Rodrigo que perdió a Toledo, el de la infanta
doña Alba, el del Mío Cid camino de Valencia. Aunque le gusta
todavía más el que le improvisó aquella mañana, recostado al muro
de la iglesia, un moro ciego, casi negro, que tenía una voz grave y
melancólica.
– Un día, y no habrán de verlo mis ojos cerrados a la luz
del sol desde hace tantos años, un día la reina Isabel y su marido
don Fernando...
– ¿Don Fernando, dices? ¿Don Fernando de Aragón?
– Reinará el rey Boadill, llamado el Chico, desde las
cumbres de la Sierra Morena hasta las playas del Mediterráneo. En
su palacio de la Alhambra, sentado a la morisca en el estrado y
sobre un tapiz más vistoso que el arco iris, contemplará las danzas
de sus odaliscas y escuchará los cantos de sus cantaoras. Su madre
le acariciará los ensortijados cabellos, negros como el carbón, que
se le escaparán del turbante. Este tendrá engastada, por el lado
del frente, una medialuna de plata cuajada de diamantes.
– ¡Díos mío! ¿Qué son los broncos reyes castellanos
vestidos de hierro, ante ese rey moro que dices?
– Ahora oigo el estruendo de los arcabuces. Una nube de
caballeros y de infantes cristianos cerca las murallas y soldados
levantan tiendas de campaña en la vega de Granada, a las orillas
del Genil. Sobre el real listado de rojo y gualda, ondean los
pendones de los Reyes Católicos.
– ¿Y cómo lo sabes? –preguntó la princesa. El
respondió que más sabía el diablo por viejo que por diablo y mejor
leía un ciego el destino en la escritura luminosa de las estrellas
que un vidente en la palma de su propia mano.
– ¿Pero qué dice este hombre? –preguntó Isabel y la
dueña le contestó que acaso estaría componiendo un nuevo romance,
pero mejor sería volver a casa. Una princesa de Castilla no debe
hablar en la calle con mendigos y nigromantes, mayormente si ellos
son moros.
Tres eran los pretendientes de Isabel. Primero, el duque de
Guyana, hermano del rey de Francia, pero era de miembros tan flacos
que parecían deformes y ojos tan débiles y llorosos que lo hacían
inepto para toda empresa caballeresca. Eso rezaba un informe
secreto de la Cancillería. El segundo era don Alfonso V de
Portugal, pariente suyo, pero tan gordo que no había caballo ni
mula que lo soportara. Con sus cincuenta y cinco años bien contados
podría ser el abuelo, más que el novio de Isabel, que no llegaba a
los quince. El tercer pretendiente era don Pedro Girón, favorito
del rey, hombre ambicioso y avaro, descendiente de judíos
conversos. El primero se la llevaría a Francia, el segundo la
retendría en Portugal, y el tercero la encerraría en una torre.
Pero Isabel sólo amaba, desde niña, al príncipe don Fernando de
Aragón. Al unir sus vidas se confundirían los dos reinos y en el
pendón real algún día se estamparía la leyenda "Tanto
monta, monta tanto Isabel como Fernando".
Acosada por su medio hermano el rey don Enrique, Isabel huyó una
noche del palacio. A caballo y a campo traviesa por las soledades
de Castilla, llegó a refugiarse en Madrigal de las Altas Torres y
el pueblo en masa salió a recibirla con gallardetes y pendones.
A las puertas del castillo de Valladolid, tiempo después golpeó
un fraile descalzo y harapiento que venía de lejos. Al preguntarle
la dueña quién era y para qué venía, respondió que eso no
importaba. Necesitaba hablar con la princesa.
Conviene recordar que mientras ella andaba en la Corte, antes de
huir a Madrigal de las Altas Torres y luego a Valladolid, había
muerto su hermano. Poco después llegó al castillo un correo de la
Corona, reventando cinchas y desjarretando caballos. Cubierto de
polvo y de sudor desde el morrión hasta los espolines, el correo se
postró en el patio de armas ante la princesa.
– ¡Don Enrique ha muerto! –le dijo con la voz
quebrada–. ¡Viva la reina Isabel!
Más con los ojos de iluminado que con los labios quemados por la
fiebre, el fraile descalzo le decía a la sazón a la princesa:
– Desde hace un tiempo vaga por los caminos de Europa,
golpeando a las puertas de los poderosos, un hombre alto de cuerpo,
rubicundo, pecoso, de ojos encandilados por una extraña quimera.
Este hombre que digo es dueño de un secreto que desempolvó en
pergaminos italianos y conoció de labios de marinos portugueses.
Cuando pasó una noche en el convento de La Rábida a donde llegó a
pedir posada por el amor de Dios, le dijo al prior: Puesto que la
tierra es redonda, si contorneamos el mar
|Tenebroso en
dirección al poniente, por fuerza hemos de llegar al fabuloso reino
de las especies.
La princesa le escuchaba embobada. Pero lo más extraordinario
del caso era que aquella misma noche Cristóbal Colón, que así se
llamaba el hombre, soñó que una reina de Castilla apretaría en el
puño todas las villas y reinos de la península, desterraría a los
judíos, arrojaría a los moros de Granada y lo escucharía cuando
llegara a verla.
– ¿Es cierto lo que dices?
– No es sino un sueño –respondió el fraile– pero
Dios habló a Jacob en un sueño y le prometió la tierra donde
nacería el Cristo.
No se sorprendió, pues, cuando en medio de una polvareda llegó a
Valladolid una embajada de nobles caballeros para conducirla a
Segovia.
– Cuando queráis. Estoy presta –les dijo al poner el
pie en el estribo.
Y más tarde, al sentir en la catedral de Segovia que la corona
de Castilla le ceñía las sienes y ante ella se prosternaban duques
y arzobispos, no pudo menos de recordar la cinta del buhonero
judío, el romance del mendigo ciego y el misterioso sueño de Colón
que le había relatado el fraile. Ella ya no soñaba. Así como unos
vienen a este mundo para morir sin haber vivido, ella había nacido
para reinar y para plantar en las remotas playas del Nuevo Mundo el
pendón rojo y gualda de Castilla: "Tanto monta, monta
tanto, Isabel como Fernando".