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A m i
r a d e L a R o s a
Nació en Barranquilla en 1903 y murió en 1974. Su verdadero
nombre era Amira Arrieta McGregor, pero firmaba con el seudónimo de
Amira de la Rosa. Es escritora reconocida en el acontecer literario
nacional e internacional. De sus incontables textos se destacan sus
piezas teatrales
|Madre Borrada, Piltrafa y
|Las viudas de
Zacarías, escenificadas en España, Venezuela y Colombia.
También escribió para niños. Sus relatos fueron recogidos en un
volumen titulado
|La luna con parasol, una serie de cuentos
cortos, llenos de poesía y delicadeza. Algunos de estos cuentos
son, más que historias donde sucedan hechos y acontecimientos,
verdaderas imágenes poéticas. Los recuerdos de su tierra natal
parecen inspirarle estas imágenes y los pequeños cuadros en los que
los niños y los objetos no son protagonistas, sino el motivo para
deleitarse con el placer de la creación y recreación del
lenguaje.
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El Jazmín de la Princesa
La princesa tenía un jazmín que vivía con su mismo aliento. Se
lo había regalado la luna.
La princesa tenía ocho o nueve años pero nunca la habían dejado
salir sola de palacio. Y tampoco la llevaban donde ella
quería.
Un día dijo a su flor:
Jazmín, yo quiero ir a jugar con la hija del carbonero sin
que lo sepa nadie.
Ve, niña, si así lo quieres. Yo te guardaré la voz mientras
vuelves.
La niña salió dando saltos. El carbonero vivía al principio del
bosque.
Pronto la Reina echó de menos a su hija y la llamó:
Margarita, ¿dónde estás?
Aquí, mamá dijo el Jazmín imitando la voz de la
princesa.
Pasó un rato y la Reina volvió a llamar:
Margarita, ¿dónde estás?
Aquí, mamá contestó el Jazmín.
El principito, hermano de Margarita, llegó del jardín. Era mayor
que su hermana y ya cuidaba de ella.
Mamá ¿no está Margarita?
Sí, hijo.
¿Dónde?
La Reina llamó a su hija y el jazmín contestó como siempre.
El príncipe se dirigió al lugar de donde venía la voz pero no vio
a nadie.
La Reina repitió la llamada y el jazmín contestó. Pero pudieron
comprobar que la niña no estaba, ni allí ni en ninguna parte.
Avisaron al Rey. Vinieron los cortesanos. Llegaron los guardias y
los criados. Todo el palacio se puso en movimiento. Había que
encontrar a la niña. La gente corría de un lado para otro en medio
de la mayor confusión. La Reina lloraba. El Rey se mesaba los
cabellos.
La Reina volvió a llamar esperanzada.
Margarita, ¿dónde estás, hija?
Aquí, mamá.
Se dieron cuenta de que la voz salía de la flor.
El Rey dijo que echaran el jazmín al fuego porque debía estar
embrujado; pero la princesa llegó a tiempo para recogerlo.
Su hermano le dijo autoritario:
¡Entrega esa flor!
¡No la doy! Es mi jazmincito. Me lo regaló la luna. Y
lo apretó contra el pecho.
Una flor que habla tiene que estar hechizada dijo un
palaciego.
No la doy.
El Rey ordenó:
Quitadle la flor a viva fuerza.
Y la niña, rápidamente, se la tragó. El jazmín, no se sabe cómo,
se le aposentó en el corazón. Allí lo sentía la niña.
Todos lloraban porque decían que la princesa se había tragado un
misterio. Y que vendrían muchos males a ella y al Reino. Pero no.
Sólo que, a la Princesa Margarita, se le quedó para toda la vida la
voz perfumada.
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La LLuvia
A Margarita le entraron unas ganas desesperadas de saber
contar.
Le enseñaban con garbanzos y ella se aplicaba:
Uno, dos, tres... veinte... treinta...
¿Y ahora qué sigue?
Y así un día y otro?
Cuarenta, cincuenta... y ya contaba de corrido hasta ciento.
Estaba feliz.
Un día aparecieron nubes en el cielo. Ella se sentó junto a la
ventana de su cuarto sin hablar. A todos les extrañó verla con la
vista fija sobre los cristales.
Empezó a llover y ella soltó por el aire sus números, los que
había aprendido, como si fuesen globos de colores.
Uno, dos, tres... Contaba apresuradamente con ansiedad.
Apretaba la lluvia y ella casi se ahogaba porque el agua podía más
que su ligereza.
Sesenta... setenta... noventa... cien...
Y soltó a llorar.
¿Qué te pasa?
Se me acabaron los números. Ya no puedo contar más.
¿Qué contabas?
Eso... eso... Yo quiero saber cuántas gotitas tiene la
lluvia.