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R a f a e l J a r a
m i l l o A r a n g o
Nació en Sonsón, Antioquia, en 1896. Perteneció al grupo
literario "Panidas" en Medellín. Miembro fundador
de la Sociedad de Autores y Compositores de Colombia, Sayco, y de
la Sociedad de Escritores y Artistas. Poeta y prosista. Autor de
|Cita a las cuatro, El descubrimiento de América, Margarita
Gutiérrez y de la novela
|Cuaderno de notas de Gabriel
Sandoval. Hizo una selección de cuentos para niños de la
literatura universal titulada
|Los maestros de la literatura
infantil, publicada en 1956. El encanto de este libro es,
además de la cuidadosa selección de cuentos y poemas universales,
la manera como están glosados los textos, entregando a los niños
lectores información sobre los autores y las obras. Escribió,
además, muchos cuentos para niños, publicados en 1959, con el
título
|El ariquipe en el reino de Dios (los mejores cuentos del
mundo).
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El ariquipe en el
Reino de Dios
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Blanda, pura, plácida, sencilla y buena, así era la vida de Juan
Lanitas. Nunca le hizo mal a nadie y, al contrario, todo el empeño
de sus días fue el de hacer el bien, así fuera el de comprar a un
niño todas las golosinas que apeteciera, hasta conseguirle la más
perfecta indigestión, como el de soportar sobre sus propias
espaldas el peso que llevaban los asnos de los campesinos. Estos,
que ya conocían de malicia la buenura de Juan, aprovechaban tales
ocasiones para hacerle más liviano, en compensación, el peso de los
bolsillos.
Juan tenía nueve hijos y siempre estaba agradeciendo la
generosidad y sacrificio de su mujer, porque la mayor parte de
ellos se los había dado durante largos años que duró Lanitas
ausente, como sobrestante de una mina en el Chocó.
El héroe de esta historia no tenía vicio ninguno: ni bebía, ni
fumaba, ni nunca se acercó a una mesa de juego, ni se metía los
dedos en las narices, ni conoció más amor que el de su amada esposa
Poncia, a quien él decía cariñosamente Poncia Pilata.
Para que se conozca hasta dónde llevaba la escrupulosidad y el
orden de su vida, basta con leer el horario, que, fijado en lugar
visible de su alcoba, regía todos los actos de Juan Lanitas. Este
maravilloso documento se recogió y conservó después de su muerte, y
dice así:
5 a 6 a.m. Levantada, abluciones y oraciones del día.
7 a 8 a.m. Santa Misa.
8 a 9 a.m. Lectura del año cristiano.
9 a 10 a.m. Visita a los enfermos.
10 a 11 a.m. Ariquipe.
11 a 12 m. Almuerzo y meditación.
12 a 1 p.m. Paseo y descanso.
1 a 2 p.m. Visita a los presos.
2 a 3 p.m. Visita a los fieles difuntos.
3 a 4 p.m. Ariquipe.
4 a 5 p.m. Lectura.
5 a 6 p.m. Comida y meditación.
6 a 7 p.m. Ariquipe.
A las 8. Juan hacía su última oración y se metía santamente en su
cama estrecha y solitaria, pues por nada del mundo se atrevería a
ocupar el lecho de su esposa.
Juan, por herencia, tenía bienes de fortuna, de los que nunca
quiso disfrutar, porque lo que él decía:
– Para eso, nadie como Poncia Pilata y los niños. Ellos sí
que saben administrar lo que Dios me ha dado y que no
merezco!
Y Poncia y los niños, todos bien mayorcitos, se encargaban de no
dejar a fin de cada mes ni un céntimo de la renta que les venía
gratuitamente.
En el horario de Juan figura "ariquipe" en tres
horas distintas del día, por la mañana, por la tarde y al
anochecer, y obligado como buen historiador, me veo precisado a
explicar lo que esto significa.
La única debilidad, el único punto flaco, la única pasión, el
único vicio, si vicio y pasión pudiera decir esto, era para Juan el
dulce de ariquipe, esa hostigante y repelente conserva de leche y
azúcar. El mismo lo hacía cada semana, con la generosa y noble
aquiescencia de Poncia, siempre que tal menester no distrajera el
uso de la cocina más que la hora por ella señalada.
Era un arraigo de niño que Juan cultivó durante toda su juventud y
que ya en la vejez le era tan necesario como sus oraciones, sus
lecturas y sus visitas. Hacía parte de su propia vida.
Pero todo llega a su fin y un día Juan entregó su alma al Creador,
que se la había dado.
* * *
Decir que Juan Lanitas se fue derechito al cielo es cosa que
sobra: ni siquiera se chamuscó las alas.
Cuando llegó al cruce de los dos caminos que conducen a la
eternidad, Juan no tuvo ninguna vacilación en tomar la senda
estrecha, y llena de zarzas, sin mirar siquiera la otra, que era
amplia y pareja, llena de flores y de pájaros que cantaban
alegremente. A él no lo engañaban las apariencias y sabía de
memoria como la propia doctrina, por dónde se podía llegar al cielo
prometido.
Caminando, caminando, sin cansarse, y por el contrario muy alegre
iba Lanitas: cantando a veces y a veces distraído en contar los
pasos que iban desde un cerro a una hondonada o desde una valle a
una loma, hasta que al fin llegó frente a una puerta de oro, tan
grande como una casa de las de la tierra.
– ¡Tun! ¡tun! ¡tun!
– ¿Quién es? –respondió San Pedro siempre alerta en su
portería.
– Soy yo, San Pedrito...
– ¿Y quién es yo?
– Juan Lanitas, San Pedrito.
– ¡Ah! Espere un momento.
Oyéronse a poco, los pasos del Santo Apóstol, mucho ruido de
llaves y rechinar de cerrojos, y la puerta del cielo entornóse
un
poco hasta dejar paso a la desconfiada calva de San Pedro.
Verlo Juan Lanitas y caer de rodillas, lleno de emoción, todo fue
uno.
– ¡Bueno! –dijo San Pedro malhumorado–, déjese de
boberías y eche para adentro, que aquí no se aguanta el frío.
¡Ocurriósele venir con esta mañana!
Entraron, pues, cerró otra vez cuidadosamente San Pedro, se sentó
en su gran silla de cuero, se caló los anteojos y comenzó a repasar
en gran libro de cuentas, para saber cómo andaba la de aquel
bendito que llegaba ahora:
– A ver... a ver... a ver... Haber, debe.... Haber.... a
ver... Todo está muy bien, hombre, no tiene ningún saldo en contra,
de manera que va a entrar en el Reino de los Cielos.
Tiró San Pedro de una estrellita que hacía las veces de timbre, y
sin que pasara un instante se presentó un querubín con las alas
rizadas y una pequeña boína, galonada con su letrero:
"Portería".
– Oye, querube –dijo el Apóstol–, vas a llevar a
este señor hasta donde San Pablo, con este extracto de
cuenta.
Abrióse otra puerta y precedido del querubín entró Juan al
Cielo.
Por poco sufre un vértigo ante tanta maravilla, que él no había ni
siquiera soñado. Los Santos y los bienaventurados se paseaban
tranquilamente, los unos tocando violín o flauta, mientras que
otros volaban de nube en nube, cantando himnos; había también
algunos grupos donde se jugaba la lotería de figuras, al ping -pong
o al ajedrez. Más adelante encontraron algunos Santos muy serios
que se paseaban dándose frente los unos a los otros, de manera que
la mitad del grupo caminaba hacia adelante y la otra mitad caminaba
hacia atrás, y al contrario. Era mucho lo que había que ver, pero
el querubín tenía prisa y en pocos momentos llegaron a la Oficina
de San Pablo.
Encontrábase éste en tales momentos embebido en la lectura de un
libro, que, según pudo ver Juan Lanitas, era la
|Summa
Theologica de Santo Tomás, muy señalada y comentada a las
márgenes.
Enteróse brevemente San Pablo del negocio de que se trataba, hizo
algunas anotaciones en otro libro y con perfecta cortesía interrogó
a Juan Lanitas:
– Pues, amigo, ya que usted está salvado, dígame: ¿qué es lo
que quiere hacer?
Un momento de perplejidad, pero al fin contestó Juan con un hilo
de voz:
– Lo que usted quiera, San Pablo...
– No: lo que yo quiera, no. Diga qué quiere hacer...
– Pues... lo que usted quiera, San Pablo...
– ¡Caramba con usted, amigo! Yo nada tengo que ver con sus
gustos. Escoja lo que quiera hacer, pero pronto...
– Yo... San Pablo... Lo que usted quiera, San Pablo...
Amoscado el Santo ante aquella pertinaz bobería, preguntó de
nuevo:
– ¿Qué era lo que más le gustaba en la tierra?
Vaciló ligeramente Juan, pero en seguida contestó sin
titubeos:
– Pues, a mí, el ariquipe, San Pablo.
– Llámame un ángel, dijo el Santo al querubín.
Presentóse en seguida el ángel más bello, batiendo dulcemente las
alas y con una sonrisa que no podía describirse.
Hízole acercar San Pablo y llevándolo aparte, conversó algunos
minutos con él, lo que hizo suponer a Juan que se trataba de
resolver sobre su futuro destino, y que pudo confirmar al instante,
cuando de regreso el Santo le dijo:
– El ángel va a llevarlo a su destino eterno. Que Dios lo
acompañe.
Muy contento salió Juan en pos del divino espíritu siguiendo
apenas el rápido vuelo que llevaba su conductor y así atravesaron
una inmensa parte de aquel maravilloso reino. Por fin se detuvo el
ángel, sin decir una sola palabra, entregó a Juan una cucharilla de
oro, tan pequeña como esas que se usan para resolver el azúcar en
el té, lo hizo entrar en un salón y haciendo una leve inclinación
cerró la puerta por fuera...
Quedóse, pues, Juan, en la más absoluta soledad, sin darse apenas
cuenta de dónde se hallaba. Caminando lentamente empezó a recorrer
aquella enorme estancia que no parecía tener límites, al propio
tiempo que sentía algo como un vago recuerdo de la tierra, y en un
momento diose cuenta de que todo cuanto le rodeaba estaba hecho de
ariquipe. Y entonces, apenas, sintió todo el peso de su cobardía y
de su afición desordenada. Los muros, los muebles, las ventanas,
las puertas, todo era de ariquipe. Asomóse por instinto a una
ventana y ¡oh! como llevadas por un leve viento pasaban nubes de
ariquipe.
– Me he condenado –dijo Juan–, y pensó en renegar,
pero solamente acató a decir algunas palabras aprendidas en sus
lecturas cotidianas, tales como córcholis ¡recórcholis! ¡zambomba!
y otras parecidas.
Juan nunca había meditado y resolvió meditar sobre su triste
situación y llegó a concluir con este razonamiento:
– Esto es eterno, es decir, la eternidad, y la eternidad
tiene que durar necesariamente más que un salón de ariquipe. Pues
bien, si desde este momento me pongo a comer ariquipe, que por otra
parte me gusta mucho, algún día habré terminado con el salón y con
todo lo que le rodea. Es todavía temprano y no he desayunado;
entonces, manos a la obra.
Y dicho y hecho, escogió el muro que le pareció más grueso y más
pesado y con la cucharita que le dejó el ángel al retirarse, Juan
empezó con verdadera saña la tarea, pensando desde ahora en lo que
habría de pedir para el futuro. Pasaron las horas, y pasaron y
pasaron, y Juan veía cómo su obra adelantaba consoladoramente. Al
fin, esto no era tan grave como lo creyera al principio.
Al anochecer, Juan Lanitas, tan bueno en la vida como después de
la muerte, ya cansado y pensando en dormir un poco, sintió de
repente un leve ruido de alas que le hizo estremecer.
Era un ángel, el mismo que le acompañara, y que ahora con un gran
cubo de ariquipe, iba resanando los estragos hechos por Juan en los
muros del Cielo.