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V i c
t o r E d u a r d o C a r o
Ingeniero, intelectual y poeta. Se le conoce sobre todo por su
poesía, la cual parece que llegó a ser lengua casi natural en su
infancia. Hijo de Miguel Antonio Caro, uno de nuestros presidentes
poetas más cultos y eruditos. Cuentan los biógrafos de Víctor E.
Caro que en una época, entre los hermanos Caro hubo una epidemia
sonetil, que alcanzó a sus parientes y amigos. Se practicaba el
sonetismo para todo, para bromear con asuntos domésticos, para
traducir originales de otras lenguas, para hacer poesía.
Publicó durante varios años una de las revistas más importantes
que se han editado en Colombia para los niños: la revista
|Chanchito. Autor de poemas tan conocidos como
|El Pollo
Chiras y
|La Gallina Nicaragua.
Pero leamos mejor su biografía escrita por el mismo:
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Autobiografia
Nací en Bogotá, calle de Santa Ana (6 de marzo de 1877), en
época de lágrimas: el país se hallaba ensangrentado por la guerra.
Mi madre, gravemente enferma y mi padre perseguido y escondido. Fui
un niño débil, pálido, esquivo y tímido. A los seis años aprendí a
leer solo en las columnas de
|El Conservador.
Entre los diez y los veinte años, pasé por las escuelas de la
Hermana Himelda y por el Colegio de Colón de don Víctor Mallarino,
de los cuales salí sin saber nada, pero sin haber perdido la
inocencia. Hice, o me soñé hacer viaje al exterior. En Milán
conversé con César Cantu, en París compartí un pan con Verdi, y en
Roma fui acariciado por León XIII.
Entre los veinte y los treinta años tuve un momento de prestigio
social y padecí una crisis de romanticismo. Bailé mucho, hice malos
versos, lloré a escondidas y me enamoré perdidamente de algunas
beldades, cuyos nietos leen hoy a
|Chanchito. Trabajé unos
meses al lado de Alfonso López.
Entre los treinta y los cuarenta vi partir de este mundo a las
prendas que más he amado, y llegar a él a las que más amo. Publiqué
(1911) una traducción del italiano y un tomo de sonetos (1915), que
no se vendieron, pero que se agotaron.
Entre los cuarenta y cincuenta dirigí (1922-23), sin ser
ingeniero, la Escuela de Ingeniería, e ingresé, sin ser literato
(1923) en la Academia Colombiana: cosas de esta tierra. Estuve al
frente, por cinco años, de
|Santa Fé y Bogotá (1923-28) y
tuve en su dirección por compañeros a Raimundo Rivas, Daniel Samper
Ortega, Eduardo Guzmán Esponda, Daniel Arias Argáez y Marcelino
Uribe Arango.
Me encuentro entre los cincuenta y los sesenta, y aún no sé para
qué nací. Hace un año fundé a
|Chanchito. Tengo una pequeña
propiedad
|El Mochuelo; un tesoro, mi familia; un orgullo,
mis amigos; y un doble culto: el de los muertos y el de los niños.
Gracias a las oraciones de éstos y a las influencias de aquéllos,
espero cuando muera, entrar al cielo sin hacer antesala en el
purgatorio. Amén.
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Un drama en un corral
¿No saben ustedes lo que ha sucedido en un gallinero?
Es horrible, ¡horrible!
La que así hablaba era una gallina que se hallaba en un lugar a
donde todavía no habían llegado los ecos de la tragedia.
– Sí –decía la gallina–; ¡es horrible! Tanto que
no voy a poder pegar el ojo en toda la noche. Menos mal que somos
muchas; si llego a estar sola, ¡qué miedo!
Y empezó a contar la terrible historia; y al cacarear, su voz
temblaba de espanto, de tal modo que a las gallinas que le
escuchaban se les erizaron las plumas, y el gallo que las
acompañaba se le encogió la cresta.
Pero a lo mejor tampoco vosotros que me leéis, estáis al
corriente de los acontecimientos. Empecemos, pues, por el
principio.
La cosa sucedió en un gallinero situado en un barrio de la
ciudad muy alejado de éste en que estábamos hace un momento.
Caía la tarde; el sol se ponía y las gallinas tomaban sus
posiciones para la noche.
Una de ellas, una gallina blanca, de patas cortas, que era una
persona de lo más respetable que cabe, de esas que ponen su huevo
con toda regularidad, en cuanto se hubo colocado en el sitio que le
correspondía, se puso a rascarse, según solía hacer todas las
noches antes de dormirse.
Al efectuar esta pequeña operación se le cayó una plumita.
– ¡Vaya, una menos! –dijo. Y añadió: –Aunque se
me caigan algunas plumas, no por eso dejo de estar guapa.
Esto lo dijo con tono alegre, pues era una gallina de muy buen
humor, siempre dispuesta a reír, a divertirse y a echarlo todo a
broma, lo cual no impedía que, según ya hemos dicho, fuese una
gallina perfectamente respetable.
Luego se quedó dormida.
Ya la oscuridad era profunda y las gallinas apretujadas unas
contra otras, se iban durmiendo. Pero la que estaba junto a la
gallina blanca, no se dormía. Había oído lo que dijo su vecina,
pues ella sabía oír sin parecerlo.
Y le faltó tiempo para comunicárselo a su otra vecina; ahora que
naturalmente lo varió un poco:
– ¿Ha oído usted lo que acaban de decir? –le
preguntó–. Yo no quiero nombrar a nadie, pero es el caso que
aquí hay una gallina que se quiere quedar sin plumas para estar más
guapa. ¡Qué atrocidad!
Precisamente encima del gallinero moraba la familia búho: el
papá, la mamá y los pequeños búhos.
Tenían todos los oídos tan finos, que no perdieron una palabra
de lo que dijo la gallina.
Sus ojos, que ya de por sí eran redondos, se redondearon más que
de costumbre, y la mamá búho exclamó, abanicándose con las
alas:
– ¡No escuchéis esas cosas, hijos míos; demasiado sabéis
ya. Lo he oído con mis propios oídos, y Dios sabe si en este mundo
se oyen atrocidades antes de que a uno se le caigan las orejas de
horror!
Y añadió, dirigiéndose a su esposo, el señor búho:
– ¡Ya ves tú qué cosas pasan! Hay en el gallinero de abajo
una gallina que se ha olvidado de la educación y de las
conveniencias, hasta el punto de arrancarse las plumas para estar
más guapa, sin duda para ver si así logra llamar la atención del
gallo y que se case con ella.
– Ten cuidado –dijo el papá búho–; no son cosas
para hablarlas delante de los niños.
– Tienes razón –dijo la mamá búho–; pero al menos
se lo iré a contar a la lechuza del frente; también ella me viene a
contar todo lo que oye.
Y se fue volando.
– ¡Huuuuuuu! ¡Huuuuuu! Estuvieron charlando las dos
comadres cerca de un palomar.
– ¡Huuuuuu! ¡Huuuuuu! ¿Se ha enterado usted?
Allí hay una gallina que se ha arrancado las plumas para ver si
así pesca marido. ¡De fijo que lo que así pesca será una pulmonía!
¡Si es que no se ha muerto ya de frío! ¡Huuuuuu!
– ¡Rrrrrrucu! ¡Rrrrrrrucu! –dijeron unos pichones al
oírlas–. ¿Dónde ha sido eso? ¿Dónde, dónde?
– Ha sido en el corral del vecino –contestaron unas
palomas que también habían oído–. Tan seguro es, ¡como si lo
hubiéramos visto con nuestros ojos! Da vergüenza contarlo, y sin
embargo no cabe duda de que así es.
– ¡Ah! ¡Claro que no cabe duda! ¡No cabe duda ninguna!
–dijeron los pichones.
Y se fueron con el cuento a otro corral; pero con el cuento un
poquito corregido, naturalmente.
– Allí hay una gallina, y puede que sean dos, que han
tenido la desvergüenza de arrancarse todas las plumas para
distinguirse de las demás, llamar la atención del gallo y casarse
con él. ¡Han caído enfermas de frío!
– ¡Kikirikí, ¡kikirikí! –dijo el gallo de este
gallinero; y volvió a encaramarse a lo alto de la tapia. Desde allí
se puso a cantar:
– ¡Tres gallinas se han muerto por haberse arrancado todas
las plumas para agradar al gallo! ¡Qué horror! ¡Es preciso que todo
el mundo se entere de esta historia!
– ¡Sí, sí, que se enteren, que se enteren! –silbaron
los murciélagos. Y los gallos y las gallinas corearon.
– ¡Que se enteren, que se enteren! –De este modo la
historia circuló de corral en corral, y cada vez aumentada un
poco.
Así volvió al lugar de donde había salido.
Pero en qué forma llegó, Dios santo.
–Cinco gallinas –decían– se habían propuesto cada
una casarse con un gallo. Tan enamoradas de él estaban las cinco,
que se arrancaron las plumas para demostrar lo flacas que se habían
quedado. Cuando estuvieron completamente desplumadas, se pelearon,
se hirieron a picotazos, se ensangrentaron y se mataron unas a
otras. Sus respectivas familias están desesperadas; y más
desesperado todavía está el dueño del corral, que ha perdido de un
golpe cinco hermosas gallinas.
La gallina blanca a la que se le había caído una pluma, oyó esta
trágica historia. Naturalmente como estaba "algo"
desfigurada no la reconoció.
– Qué cosas pasan en el mundo, Señor –exclamó juntando
sus patitas con indignación. ¡Qué gallinas más locas! Gracias a
Dios, en este corral nuestro no pueden suceder atrocidades
semejantes. Pero es preciso que se entere todo el mundo de esta
historia para que sirva de ejemplo. Y, tal como ella lo había oído,
se lo refirió todo a cierta cotorra, que era la encargada de
redactar la
|Gaceta del Corral.