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Prólogo
La presente antología es un intento por reunir los relatos de
algunos de los autores de la literatura infantil colombiana. Sin
embargo, al hacer un recorrido por las diferentes épocas
encontramos una dificultad: el hecho de escribir específicamente
para los niños con una intención estética es un acto propio del
siglo XX. Es más, sólo en los años 30 empezamos a encontrar
escritores que se plantean las letras para la niñez como algo
independiente de la pedagogía, de las intenciones didácticas,
moralistas o afectivas. Esto no quiere decir que la presente
selección sólo se haya limitado a la producción contemporánea,
debido a que, de todas maneras, los niños colombianos, como todos
los niños del mundo, han nutrido su espíritu y su imaginación con
diversas creaciones culturales.
Por un lado, está la rica cantera popular, fuente inagotable de
mitos, leyendas, cuentos, anécdotas, juegos, trabalenguas,
retahílas, en fin, todas aquellas manifestaciones de la tradición
oral que han sido recreadas en los espacios propios del ámbito
familiar coti-diano. Por otro lado, está aquella producción escrita
que muchos adultos han concebido, ya como homenaje a los niños, ya
con inten-ciones formativas, ya por móviles afectivos, pero que por
su cali-dad estética y literaria y por su temática, ha alcanzado
sentido y significación para los lectores infantiles. Este inmenso
|corpus es lo que los teóricos de la literatura para niños
han denominado
|literatura ganada: es decir, aquella que
aunque no fue escrita deliberadamente para los niños, ellos se la
apropiaron por la vía de la institución escolar o por las lecturas
hechas en el hogar.
Aunque este libro no pretende ser un inventario historiográfico,
sí ha procurado recuperar –en una búsqueda bibliográfica
cuidadosa, aunque todavía inacabada– una producción específica
a través del tiempo, con varios propósitos: uno, devolver a los
pequeños lectores la literatura que les pertenece y que, a pesar
del paso implacable de los años y las épocas, podría procurarles
placer estético. Otro, enriquecer su imaginario con personajes,
sentimientos, situaciones y paisajes, pertenecientes a las
manifestaciones más propias de nuestra cultura. Y por último, un
propósito para el lector adulto: acercarlo a esa transformación de
la noción de la infancia que las diferentes generaciones de
intelectuales, escritores y poetas han reelaborado durante los
diferentes momentos históricos.
La tradición oral
Nuestra tradición oral, como la de los demás países de América
Latina, es resultado de la simbiosis de tres vertientes culturales:
la indígena, la africana y la española.
Conviven así, en nuestra memoria colectiva, los mitos indígenas,
desafortunadamente empobrecidos por el adoctrinamiento de los
españoles. La rica cantera de arrullos, nanas, canciones y relatos
propios de la cultura africana, recreada por los negros esclavos y,
finalmente, los romances, los cuentos antiguos y los juegos propios
de la tradición hipánica, quizás el legado mayor, recibido por
generaciones enteras de colombianos.
La tradición española es, tal vez nuestra herencia más
legitimada, pero también la más reelaborada a través de las
instituciones educativas, gubernamentales y religiosas encargadas
de fusionar esa mezcla cultural y devolverla intencionalmente
depurada a las jóvenes generaciones.
En la región cundiboyacense, por ejemplo, la narrativa de
tradición española se fija a raíz de la fundación de Santafé, a
través de la institución de la Encomienda. Elisa Mujica, en su
estudio sobre
|Las raíces del cuento popular en Colombia, les
atribuye un papel importante a las mujeres españolas en esta
difusión, quienes se vienen a América detrás de sus esposos,
hermanos, padres y familiares y comienzan, ellas también, a manejar
las encomiendas. Dice:
"Es fácil suponer que en los atardeceres, concluido el
adoctrinamiento y las labores ordinarias, se reunieran las señoras
con sus subordinados, para enseñar a las indias a confeccionar
sayos y jubones y a preparar platos de cocina a usanza de
Castilla... De los labios de las españolas saltaría el cuento, o
‘poesía narrativa’ como ha sido denominado, hermano del
romance, que había sido contado a su vez por las abuelas en las
noches de invierno españolas..."1.
Estas historias se fueron mezclando con los mitos y cuentos
propios de los aborígenes y con las imágenes y personajes de la
religión católica, hasta generar un mestizaje cultural que empezó a
tener características propias y que produjo narraciones en las que
se hace evidente la transculturación:
Fray Pedro Simón en sus
|Noticias Historiales (citado por
Elisa Mujica) cuenta que mientras desempeñaba en Sogamoso y Tunja
su labor doctrinal, se enteró de una historia corriente entre los
nativos: "Dos hijas vírgenes del cacique de Guachetá
habían adoptado la costumbre de subir, apenas comenzaba a amanecer,
a una de las colinas que rodean el pueblo donde esperaban a que
subiera el sol. Al cabo de unas semanas el demonio –con
permiso de Dios– hizo que una de ellas quedara embarazada por
obra y gracia del sol. A los nueve meses dio a luz una grande y
valiosa ‘guacata’ que en su lenguaje es una esmeralda.
Envuelta en algodón, la colocó entre sus senos, donde se transformó
en poco tiempo en una criatura viva".
O la versión que cita Rocío Vélez de Piedrahíta en su
|Guía de
literatura infantil y juvenil, de un cuento popular chocoano,
en el que la fusión se hace desde la perspectiva cultural del
hombre negro, y el cual relata el origen de los hombres
blancos:
"...empieza diciendo que Dios creó al hombre a su
imagen y semejanza, por lo tanto lo hizo negro. Sigue relatando en
la forma usual la aparición de Eva y la conducta de Caín y Abel.
Cuando Caín mató a Abel, temeroso del castigo divino quiso
esconderse: corría y más corría, pero Dios lo seguía, lo seguía.
Lleno de pánico se cubrió de sudor y empezó a palidecer, cada vez
más, hasta quedar totalmente blanco. De ahí provienen los hombres
blancos: del miedo."2.
En esa mágica fusión propia de las leyes de la tradición oral,
van surgiendo seres fantásticos, con poderes provenientes ya de
Dios, ya del diablo, ya de las fuerzas de la naturaleza, ya de
otros dioses, seres que forman parte esencial de nuestra cultura,
como la madremonte, la patasola, el mohán, el hojarasquín, los
cuales son creaciones auténticamente americanas, propias del
mestizaje cultural.
Es así como los personajes y las estructuras de los cuentos
maravillosos y de los cuentos más antiguos de Europa, Africa y
América, se armonizan con los hábitos, paisajes, costumbres y
creencias locales, creando una fuente propia, casi inagotable de
historias, leyendas, poemas narrativos, mitos, legado del cual se
han apropiado los niños de generación en generación.
Algunos autores han recogido estos relatos con la intención de
recuperar esa riqueza y variedad del folclor colombiano. Sería una
labor no sólo demasiado extensa, sino que excedería los propósitos
del presente libro, el reseñar los trabajos de los diferentes
recopiladores y folcloristas. Por eso nos hemos limitado a
seleccionar algunas narraciones que podrían ser del agrado de los
niños, tanto por su temática como por la sencillez con la que
fueron reescritas, o aquellas que se han editado pensando
específicamente en los niños como receptores.
De esta forma, la tradición oral, no solamente es devuelta al
ámbito cultural, de donde proviene, sino que se convierte en una
corriente de la literatura y el libro infantiles, y es recreada con
intenciones estéticas, por varios escritores, aumentando su
producción a medida que desaparecen los espacios propios de la
recreación oral.
Entre ellas, hemos seleccionado una del escritor Rafael
Jaramillo Arango, tomada del libro
|Los mejores cuentos del
mundo, colección de relatos de la tradición oral antioqueña, en
la que se mezclan el ingenio paisa con el imaginario religioso, y
otras que recrean las aventuras del Tío Conejo y Tío Tigre. Además
una narración del escritor José Antonio León Rey,
|El Pájaro
Malver, que hace parte de su recopilación de cuentos del
oriente de Cundinamarca.
En esta línea cabe destacar el libro de Euclides Jaramillo
Arango,
|Las aventuras del pícaro tío conejo, personaje
popular que sólo necesita de la astucia y el ingenio para
sobrevivir. Mago en ardides y trucos ingeniosos para conseguir su
alimento o para escapar de las trampas que le ponen el tigre, la
zorra, el león o el hombre. Este libro fue publicado por primera
vez por la editorial Iqueima, en 1950, habiendo recibido en 1949,
mención honorífica en el concurso literario convocado por la Caja
Colombiana de Ahorros. El narrador de los cuentos es Rigoberto,
campesino paisa, recordado por el mismo Euclides de esta
manera:
"Con infinito cariño recuerdo a Ribogerto, el más
antiguo de los jornaleros de la finca de mi padre, allá en el Viejo
Caldas, con su alta y fornida silueta, su rostro arrugado por los
años, sus manchados pantalones anudados con bejucos tripeperro
arribita de los tobillos como semejando polainas, su delantal de
lona, su raída gorra de caña, su camisa con muchos remiendos,
tantos que jamás se hubiera podido saber la tela original con que
fue confeccionada, sus zamarros cortos de cuero de tatabra, su
carriel de nutria..."3.
Y quizás sea porque estas historias alimentaron su infancia
campesina que Euclides Jaramillo logra recrearlas con gran
vivacidad. Se trasladan a los cuentos giros del habla campesina
paisa, pero sin caer en lo dialectal. Con la gracia del narrador
oral, va recreando las aventuras del pícaro conejo, quien, al
hablar con expresiones locales, cobra vida y enriquece la trama
narrativa.
El libro está ilustrado con dibujos de dos niños de 10 años:
Hernán y Marietta, y tiene una doble dedicatoria: una para el niño
y otra para el adulto, lo que nos evidencia un propósito deliberado
de llegar al niño como lector.
Otro esctritor que se destaca en este esfuerzo por recuperar la
tradición oral es Leopoldo Berdella de la Espriella, muerto muy
joven, pero quien deja una pequeña obra hecha con cuidado y con
acierto por el lenguaje sencillo y la reelaboración de mitos y
relatos populares expresados en estructuras modernas. Es el caso de
|Juan Sábalo, mitos y cuentos de los zenúes, personificados
por Juan Sábalo.
|Los cuentos del tío conejo, ensamblados uno
tras otro con la continuidad de una novela, o
|Koku-Yó, mensajero
de los dioses.
Quizás el trabajo más destacado en esta recuperación de la
oralidad sea el de Hugo Niño, quien ha logrado transformar el
relato mítico en texto literario, combinando una gran pulcritud en
los recursos narrativos con el respeto por la cosmovisión aportada
por los mitos. De su obra afirma el crítico cultural Carlos Rincón:
"El etnotexto de Hugo Niño, como se aprecia en
|Los
mitos del Sol (1993) es trabajo poético de autor que es
transcriptor y que es intérprete intercultural guiado por el
propósito ético de escribir al otro y su memoria con sus propias
categorías".4.
A diferencia de Hugo Niño, quien se nutre de fuentes vivas,
Gonzalo España reconstruye acontecimientos del pasado a partir de
fuentes de carácter histórico. De esta forma se remonta a las
épocas precolombinas y reelabora en amenos relatos, acontecimientos
de la historia de los aztecas, mayas e incas, valorando una
tradición que aunque violentada y silenciada, no por eso carece de
historia.
Otro escritor que ha reelaborado
relatos y leyendas de la tradición oral caldense y antioqueña es
Hernando García Mejía. Muchos de sus cuentos tienen elementos
tradicionales que se mezclan con un realismo social, heredero del
costumbrismo. Crea historias con personajes de pueblo, en las que
se describen las costumbres de sus habitantes a través de la
personificación de conflictos sociales vividos por seres
desamparados o marginados. Entre sus cuentos se destacan La vara de
Bochica y El Mohán y el pescador.
La tradición literaria
infantil
Al contrario de la tradición oral, cuyos orígenes se pierden en
la fusión de las culturas y en ese tejido de voces que viene
viajando desde tiempos inmemoriales, la tradición literaria
infantil en nuestro país es tan joven como lo puede ser el
reconocimiento del niño como un ser con un universo cultural,
afectivo e imaginario propio, independiente del mundo de los
adultos. Si en Colombia el surgimiento de una literatura nacional
que dé cuenta de una mirada y una percepción auténtica se ubica
apenas a mediados del siglo pasado (sin desconocer algunos
antecedentes importantes, por supuesto), el origen de una
literatura infantil es un hecho que no logra –aún hoy en
día– surgir con la fuerza que se desearía y que ha tenido en
otros países latinoamericanos como Cuba, Brasil y Argentina.
Detrás de la creación literaria para los niños está subyacente
una concepción de la infancia. Y al hacer el recorrido en busca de
esa literatura creada para ellos en Colombia, encontramos que el
niño es el gran ausente durante la época colonial; es sólo un
esbozo, una idea o una noción que se pierde en la nostalgia de la
propia infancia durante el siglo XIX; apenas empieza a
materializarse como ser independiente en las primeras décadas del
siglo XX, logrando finalmente cuerpo y presencia a través de
algunos autores contemporáneos.
Una literatura infantil durante la época colonial es algo
impensable. Si el imaginario de los adultos estaba colonizado y
controlado a través de mecanismos tan rígidos y violentos como el
Santo Tribunal de la Inquisición, o el adoctrinamiento a través de
la lectura de libros piadosos y edificantes, vidas de santos, de
varones ilustres, sermones, etc., ¡qué diremos de los niños!
En un curioso libro publicado en 1928, titulado
|Literatura
colonial y popular
|de Colombia, el escritor Gustavo
Otero Muñoz, hace una interesante relación entre la Inquisición y
la producción literaria en la Nueva Granada.
Al referirse a la conformación del Santo Tribunal de la
Inquisición en Cartagena de Indias en 1610, dice:
"Este suceso no debe pasarse en silencio en nuestra
historia literaria. Sabido es que aquel tribunal tenía en sus manos
la vigilancia para que se diera estricto cumplimiento a la
prohibición de introducir en América no sólo los libros heréticos y
condenados, sino también ‘los de romance de historias varias o
de profanidad, como son de Amadis y otros de esta calidad’. El
oficio de tales prelados llamábase santo por definición y su
autoridad se cernía por encima de la del obispo y la del
gobernador..."5.
En una pormenorizada relación de los autores de esa época,
encontramos en su mayoría libros religiosos: biografías de santos,
cuadernos de rezos, relación de milagros, en fin, obras de carácter
doctrinal escritas en su mayoría por sacerdotes. Si la libertad,
espacio propio de la imaginación y del arte, estaba sometida y
controlada para los adultos, mucho más control se debía ejercer
sobre el niño, el gran colonizado en todas las épocas:
"...Al estruendo de los combates, siguieron las
pacíficas tareas de la enseñanza; al ruido de las armas, el suave
murmullo de los niños indios que se instruían y recitaban sus
primeras oraciones..."6.
Sólo en las postrimerías del período colonial, cuando
influenciadas por la renovación que viven España y Francia en su
vida económica y cultural, las "provincias de
ultramar" viven una verdadera explosión cultural,
científica, literaria y artística. Llegan las primeras imprentas,
aparecen los primeros periódicos, se construyen teatros, se
clasifican las plantas y los animales, se descubren raíces y
plantas medicinales, y surgen científicos, sabios y dibujantes en
nuestras propias tierras7.
Todo este movimiento no sólo da lugar a la independencia, sino
que despierta en los habitantes la necesidad de volver los ojos
hacia el propio medio con sus características singulares:
personajes, costumbres, paisajes, etc. Esta es la herencia recibida
por los escritores costumbristas, quienes en la continuación de una
búsqueda de la identidad nacional vuelven los ojos hacia el detalle
minucioso, describen la superficie de las cosas, del paisaje, etc.,
creando sus cuadros de costumbres.
Los escritores costumbristas se aglutinan alrededor de las
tertulias y la publicación de un periódico,
|El Mosaico, el
cual se ha considerado no sólo como el primer salón o agrupación
literaria de importancia que se da en nuestro país, sino como el
surgimiento de lo que se puede denominar una literatura nacional.
En
|El Mosaico se publican por entregas algunos capítulos de
|Manuela, de Eugenio Díaz Castro, considerada como la primera
novela verdaderamente nacional.
Alrededor de
|El Mosaico se reúnen y se expresan
escritores como José María Vergara y Vergara, José David Guarín,
Ricardo Silva, Manuel Pombo, Eugenio Díaz, José Manuel Groot, entre
otros. Es dirigido y editado por José Joaquín Borda y aunque se
publica durante sólo dos años, con el subtítulo de Periódico de la
Juventud, tuvo una resonancia cultural importante no sólo para el
pensamiento intelectual del momento, sino para la literatura
colombiana. Es el comienzo de una nueva mirada a las
manifestaciones de la propia cultura y una valoración de nuestras
expresiones más auténticas.
En la presentación del primer número se expresa, casi como un
manifiesto, esa necesidad de mirarnos y reconocernos y de
trascender las luchas políticas y sectarias tan características de
la época. Es un llamado a la reconciliación nacional a través del
arte y la literatura, pero también un llamado para entregar a las
generaciones jóvenes una visión cultural propia:
"A los que estamos separados de esa lucha enconosa de
las pasiones públicas nos toca trabajar con ahínco por hacer
conocer el suelo donde recibimos la vida i donde seguirán viviendo
nuestros hijos. A nosotros nos toca el elogio de las grandes
acciones, la pintura de nuestros usos y costumbres. A nosotros nos
toca también, aunque indirectamente, despertar esa multitud de
corazones jóvenes, llenos de savia i de vigor, que solo necesitan
de una mano que los impulse para estallar en himnos inmortales, de
una palestra en donde puedan recoger guirnaldas vistosísimas...
"Las cuestiones políticas y los odios personales los
dejamos para mejor ocasión; por ahora publicaremos únicamente lo
que se nos envíe relacionado con las ciencias y las glorias del
país donde nacimos."8.
Aunque desde una perspectiva actual no podemos hablar de una
literatura creada específicamente para los niños, sí podemos
considerar a los escritores costumbristas como el antecedente más
significativo de la literatura infantil colombiana, en la medida en
que su escritura no sólo era en su conjunto un proyecto de
formación estética y cultural para las generaciones más jóvenes,
sino también, en que ese conjunto de cuadros, relatos, crónicas,
cuentos y novelas está escrito en un lenguaje sencillo, cotidiano,
lleno de imágenes vivas y pintorescas muy cercanas a la percepción
y al gusto de los jóvenes lectores.
Al respecto, dice Rocío Vélez:
"En ese conjunto aparecen como un mosaico literario
todos los temas y estilos –del siglo XIX, claro está–
imaginables: descripción de viajes, por tierra, por ríos, entre
montes, tres o cuatro descripciones del Tequendama, regiones,
habitantes, costumbres del campo y el Bogotá de entonces; relatos
históricos, cuentos; en estilo descriptivo, realista, costumbrista,
humorístico, burlón..."9.
Uno de los mayores obstáculos causantes del desconocimiento y
olvido de la literatura costumbrista y de su valoración, por parte
de los niños y jóvenes, es la utilización que ha hecho de ella la
institución escolar. Infortunadamente, esta literatura se ha
transmitido a través de los programas de español y literatura y se
ha convertido en objeto de estudio y "análisis"
prefabricados, antes que en fuente de lectura y placer estético.
Esta no es más que una manera de prohibirla e impedirle la
resonancia cultural que, por su importancia y su calidad, ha debido
tener.
Rafael Pombo, el padre poético de
los niños
Los cuentos de Rafael Pombo pueden hacer parte, de igual manera,
de una antología del relato infantil como de una antología de
poesía, pues estos son cuentos rimados y, a la vez, son poemas
narrativos. Esta fusión se explica como algo natural: para escribir
sus textos infantiles, Pombo bebe de la tradición oral inglesa. Su
obra viene de las manifestaciones tempranas de la cultura oral
sajona: los cuentos de la mamá Oca, los
|Nursery Rimes. Y en
la tradición oral, las fronteras genéricas se funden en una sola
voz: la que cuenta y la que canta. Pombo vierte esas historias en
romance, en coplas, en décimas. Las entrega en las estructuras de
la versificación usadas en la época, y también transforma los
personajes, los espacios y el lenguaje, con sentimiento y expresión
de colombiano. Un colombiano culto, aristócrata, escritor de
profesión y oficio diplomático, quien durante su estadía en Nueva
York es contratado por la editorial Appleton para traducir unos
cuentos ingleses. Pombo no se limita a traducir. Glosa y recrea las
diferentes rimas, y lo hace de una manera tan original y con un
estilo tan propio, que se vuelven producto de su propia
cosecha.
Sin embargo, Pombo también ha sido víctima de la escolarización
de su obra. Hoy en día, sólo nos llega un débil susurro,
caricaturizado, por demás, en las recitaciones del
|Rin Rin
Renacuajo y
|Simón el Bobito, en los homenajes patrios de
las escuelas.
El Pombo que conocemos no tiene nada que ver con el hombre de su
tiempo. Fue un autor prolífico con una injerencia en la vida
cultural de sus contemporáneos y una resonancia muy grande en toda
América Hispánica. Hasta mediados del presente siglo las poesías
infantiles de Rafael Pombo aún no habían quedado prisioneras
únicamente del recinto escolar y se leían a los niños en las noches
familiares.
Prueba de ello es un bello soneto de Isabel Lleras Restrepo,
publicado en la revista
|Senderos de la Biblioteca Nacional,
en 1935, como homenaje en la celebración del centenario de su
nacimiento:
"El pasado, la infancia, la abuelita relata
a los nietos los cuentos que pidieron en coro
y a la luz de la lámpara mis cabellos son oro
y a la luz de la lámpara sus cabellos son plata.
Un turbión de preguntas al final se desata:
¿Quién guardó de la pobre viejecita el tesoro?
Cuando el gato bandido enjugando su lloro
el perdón solicita, ¿lo perdona la gata?
Y a las pobres ovejas, ¿quién sus colas les trajo?
cuando ve que no vuelve el Rin Rin Renacuajo,
abuelita, ¿no sale a buscarlo la rana?
Y ella a todo responde con su voz temblorosa,
mientras besan sus labios mis mejillas de rosa:
esta noche ya es tarde, te lo cuento mañana..."10.
El 20 de marzo de 1893, estando aún vivo el poeta, se publican
como parte de la Biblioteca Popular con destino a las escuelas del
país, las
|Fábulas y verdades, los
|Cuentos pintados y
|Cuentos morales para niños formales. En 1912, el Congreso
Nacional dictó una ley para honrar su memoria, muerto el 5 de mayo
de ese mismo año, y en ella dispuso que las obras literarias del
poeta se imprimieran por cuenta de la Nación, bajo la dirección de
la Academia de la Lengua.
El caso de Rafael Pombo, en relación con su influencia en la
producción literaria infantil, es extraño y digno de reflexión.
Desde la perspectiva de la recepción, es indudable su influencia en
el imaginario colectivo. ¿Qué colombiano, aún hoy en día, no tiene
como imágenes primordiales de la infancia al
|Rin Rin
Renacuajo, la colección de trajes y vestidos de
|La Pobre
Viejecita o las colas de las ovejas de la Pastorcita? Pero, a
pesar de su popularidad y de su resonancia cultural, su obra
infantil no logra transformar dinámicamente la producción para los
niños como podría esperarse, y lo que es más extraño, no genera una
valoración de la poesía infantil como expresión cultural digna de
ser imitada y superada. Tenemos que esperar hasta los años 50 de
este siglo para que poetas como Carlos Castro Saavedra o Fanny
Osorio escriban una poesía de alta calidad lírica para los niños.
Quizás esto se deba a esa manía tan colombiana de canonizar figuras
y detenerlas en el tiempo, o al conocimiento tan fragmentario que
se tiene de su vida y su obra.
Rafael Pombo era un hombre de una cultura amplia y universal.
Fue poeta romántico, escritor del amor y la naturaleza, pensador,
pedagogo, traductor y fabulista. Era aficionado a la música y a las
artes plásticas. Era además un incansable lector, y los libros de
su biblioteca estaban llenos de notas y observaciones. Todo este
refinamiento cultural se mezcla con un gusto y conocimiento
profundo de la música popular. Esta fusión entre lo culto y lo
popular se refleja en muchas de sus poesías. Considerado poeta del
amor, enamorado del "eterno femenino", escribe
innumerables versos a mujeres diferentes. Para los niños no se
limita a publicar los tres libros de cuentos, ya mencionados, sino
que hace numerosas traducciones de fábulas de autores clásicos.
Pombo renueva la fábula en nuestro país, no sólo al adaptarla a
un lenguaje más sencillo y propio de la infancia, sino que recrea
motivos y personajes. Es así como
|
"da carta de
ciudadanía a nuestro caimán, que pasó por derecho propio a figurar
en la fauna fabulística tradicional."11
"Largo, ojiverde y más feo
que un podrido tronco viejo
pero veloz cual trineo
a pesar del bamboleo
con que anda el animalejo".
Elaboró, además, un método de lectura, que llamó
|El Nuevo
Método, y una cartilla de lectura
|"en forma de
retahíla traviesa y caprichosa, en verso..." con la
confianza que tenía en el niño y en su fuerte sentimiento del ritmo
y del gusto por la poesía.
En la presentación de
|El Nuevo Método, dice:
"Este nuevo método para enseñar a leer, y para asentar
desde temprano por medio de la lectura las bases de la educación y
de la conducta de la vida, es una combinación completamente nueva y
original basada en la observación de los rasgos de carácter y
aptitudes naturales distintivas de la infancia.
"...Así como el camello parece gozar con el canto de la
caravana o de su solo guía, y mientras oye el canto es infatigable,
y aun dicen que ajusta su andar al ritmo de ese canto, el niño
notoriamente gusta del canto de su nodriza, se duerme con él, y los
cambios de su ritmo lo perturban mientras no está en profundo
sueño"12.
El legado que el siglo XIX le deja a la literatura infantil
colombiana se reúne, básicamente, en las obras de Rafael Pombo y en
aquellos cuadros y crónicas costumbristas, que se convierten en
antecedentes importantes para la producción literaria destinada a
los niños en el siglo XX. Sin embargo, encontramos algunas obras
sueltas que vale la pena mencionar, ya porque se erigen en
antecedentes de producciones posteriores, o ya por su singularidad.
Es el caso de
|El romancero colombiano, de una pequeña y
amena colección de narraciones titulada
|Historia y cuentos para
los estudiantes del Colegio del Rosario, de monseñor Rafael
María Carrasquilla, y algunos relatos de Tomás Carrasquilla, que
aunque no escribió especialmente para los niños, es un heredero de
los escritores costumbristas y un autor de transición que se
proyecta hacia el siglo XX.
|El romancero colombiano, publicado en primera edición en
1883 por la imprenta La Luz, surge como un homenaje a la memoria de
Simón Bolívar en el día de su centenario. Por iniciativa del
Enviado Extraordinario chileno José Antonio Soffía, se escriben en
romance los episodios más significativos de la independencia
colombiana. Se convoca a los poetas más reconocidos del momento, se
reúnen las creaciones de cada uno y se publica el libro.
En este curioso y bello homenaje participaron escritores como
Rafael Pombo, con dos romances: "Sucre derrotado"
y "Queseras del Medio"
|. También
escribieron Jorge Roa, José Caicedo Rojas, Ricardo Carrasquilla,
Miguel Antonio Caro, Diego Fallón y José Manuel Marroquín.
En 1889, se publica una segunda edición de
|El romancero,
en la cual se sugiere que haga parte de la lectura en las
escuelas.
|El romancero colombiano puede ubicarse como un digno
antecedente de lo que podríamos llamar la corriente del relato
histórico en la literatura infantil y aunque haya sido concebido
con la intención pedagógica de entregarle a la infancia los sucesos
y acontecimientos más relevantes de la historia nacional, logró en
muchos textos una dimensión estética y literaria de calidad, por la
amenidad en las narraciones, la caracterización de los personajes,
el dramatismo de las situaciones, en fin, todos los elementos
propios del lenguaje narrativo, pero teniendo como referente el
hecho histórico.
El otro libro,
|Historias y cuentos para los estudiantes del
Colegio del Rosario, aparece como una curiosidad literaria
sobre todo para la época y por la intención con la que fueron
compilados. Aunque fue editado en 1915, recoge los relatos escritos
en la revista del Colegio durante los años de transición entre los
dos siglos, en los que monseñor Carrasquilla fue rector de esta
institución. Algunos son originales y otras traducciones recreadas
a manera de "variaciones" de Jules Lamaitre y
recreaciones de la novelista andaluza Cecilia Böhl de Fáber,
conocida en el mundo literario como Fernán Caballero.
En su presentación al lector, escribe monseñor Carrasquilla:
"Aquí tienes, lector amigo, el inventario de lo que
contiene este librillo, con expresión del haber y el debe, de lo
mío y de lo ajeno. Si logra servirte de recreo y descanso de la
metafísica y del derecho civil, habré logrado mi objeto al
publicarlo. ¡Y mira si seré yo vanidoso! ¿Pues no he llegado a
imaginarme que estos cuentos pudieran ser leídos en familia, y
reemplazar para algunas niñas los peligrosos novelones de moda y
aun verse en manos de algún hombre de estudio y hacerle desarrugar
el agrio sobrecejo y plegarle los labios con una sonrisa de
agrado?"13
Y aunque están explícitamente dirigidos a los jóvenes, más que a
los niños, su lectura resulta tan amena en unos cuentos y tan
fantástica en otros, que bien pueden ser disfrutados en familia,
por chicos y grandes, como lo deseaba su autor.
De Tomás Carrasquilla hemos seleccionado el cuento
|Simón el
Mago, sobre todo porque el personaje es un niño que no
solamente nos cuenta acerca de la manera como fue criado, de las
costumbres cotidianas de la época, sino que además se empeña en un
deseo muy propio de la imaginación y el universo infantiles: ¡ser
brujo! Pero de la misma forma se pudo haber seleccionado otra de
sus narraciones, porque Carrasquilla, en este sentido de la
literatura para chicos o para grandes, resulta inclasificable. Sus
historias están tan llenas de humor, de picardía, de reflejo de las
expresiones más cotidianas y están contadas con tanta agilidad y
movimiento, sin detenerse en largas descripciones, que también
pueden ser disfrutadas por niños y adultos. De su genialidad como
escritor costumbrista dice el maestro Rafael Maya: "...su
poder de observación es infinito. Tiene mil ojos para ver, escrutar
y juzgar detalles, pequeñeces y nimiedades de la vida social de las
poblaciones antioqueñas, y lo ofrece todo con pintoresco
movimiento, con absoluta verdad humana, con increíble sagacidad de
aná-lisis..."
La entrada al siglo XX
En las primeras décadas del siglo XX, la literatura para los
niños sigue siendo obra de algunos autores que esporádicamente
incursionan en ésta, más con móviles afectivos o pedagógicos, que
estrictamente literarios. Es el caso del escritor Santiago Pérez
Triana.
De Santiago Pérez Triana nos queda un hermoso libro de
narraciones, titulado
|Cuentos a Sonny, creado para su hijo
cuando vivían en Inglaterra, con el propósito de acercar al niño al
conocimiento de su tierra. El libro fue escrito en inglés, y
posteriormente traducido al español por Tomás Eastman, pues el
mismo autor confesaba, no poder traducir a un idioma lo que había
escrito en otro.
Su primera edición en español data de 1907, por la imprenta y
estereotipia de Ricardo Fe, en Madrid. Al ser escrito para un niño
que no tiene referentes sobre lo que se está contando, está lleno
de explicaciones aclaratorias acerca de la manera de ser de los
habitantes del otro lado del océano, que en lugar de entorpecer el
relato, le dan una curiosa perspectiva de comunicación y asombro a
un lector nativo.
En "La tierra del Dorado", por ejemplo, a
medida que narra, va ubicando también al receptor en ese
desconocido espacio geográfico, logrando una cercana comunicación:
"El pueblo chibcha vivía en una llanura extensa, situada
en el corazón del vasto continente sudamericano. La llanura se
halla en aquella parte del globo donde los rayos del sol caen
verticalmente como el agua de las nubes..."14
No todos los cuentos son de carácter histórico, hay algunos
cuyos personajes son animales, como sucede en "De cómo la
familia Chimp llegó a la ciudad", lleno de humor, ironía y
cierta elegancia inglesa en la construcción de los personajes.
|Cuentos a Sonny, compuesto por seis relatos, es un libro
escrito con mucha pulcritud, con un lenguaje preciso, contenido, en
el que no sobran las palabras, con mucho acierto en las
descripciones y con un excelente manejo en la construcción
narrativa. Juega con el tiempo presente, creando dramatismo, para
remontarse a los hechos pasados.
Podríamos ubicar los finales de los años veinte y los años
treinta, como la época en que las letras para los niños empiezan,
aunque tímidamente, a insertarse en los espacios propios de la
cultura literaria.
Aparecen cuentos como los de Eco Nelly, destinados al lector
infantil, en los que varios de sus personajes son muchachos que
viven conflictos familiares o sociales, y en los que no se hacen
concesiones frente a los temas tratados para los niños, ni frente a
la calidad y los recursos estéticos y estilísticos del lenguaje. Ya
empezamos a vislumbrar una producción literaria que se destina a
los niños como lectores capaces de disfrutar de una obra sin mediar
esa obsesión por dejar una enseñanza, dar una lección, inculcar
valores patrios, o hacer un homenaje, en fin todos aquellos móviles
que hasta ese momento han caracterizado la creación de los adultos
cuando piensan dirigirse a la infancia. Muchos de sus cuentos son
herederos del costumbrismo literario, otros caen en un idealismo un
poco sofisticado, pero los mejores podrían calificarse de realismo
social.
De los años treinta data también la revista
|Chanchito
(1933-34) editada y dirigida por Víctor Eduardo Caro, y quizás una
de las publicaciones infantiles más importantes que se haya editado
hasta ahora en el país.
|Chanchito fue un verdadero vehículo
cultural para los niños colombianos. Cada número conservaba una
estructura más o menos similar, con ligeras variaciones. Una de las
secciones que debió tener más atractivo para sus destinatarios era
la de cuentos y novelas por entregas; en ella, los niños pudieron
seguir, número a número, lecturas como "Espadas y
Corazones" de Edmundo de Amicis; "Una invernada
entre los hielos"
|, de Julio Verne; "Simbad
el Marino", cuento de
|Las mil y una noches, etc.
Había una página de juegos tradicionales y de mesa, donde los
chicos podían recordar "El gato y el ratón",
"Cuclí, Cuclí", "El puente está
quebrado", "La Gallina Ciega"...; otra
de poesías, donde podían leer y descubrir poemas de Rafael Pombo,
Ismael Enrique Arciniegas, Diego Fallón, José Asunción Silva,
Longfellow... Una sección informativa entregaba artículos referidos
a temas diversos y que pudieran despertar la curiosidad y el
asombro de los niños: "El olfato y el oído de los
murciélagos", "Curiosidades de
Australia", "El Sapo"...
En fin, una revista literaria infantil sin antecedentes en
nuestro país, tanto por la calidad de la selección del material, lo
que demuestra una respetuosa valoración del niño como lector, como
por su estructura, que denota una deliberada intención formativa,
en el más amplio sentido del término.
Insertándose en la corriente de la narrativa histórica, iniciada
por
|El romancero colombiano, encontramos dos curiosos
títulos. Uno de ellos
|es El romancero de la conquista y la
colonia, de Ismael Enrique Arciniegas
|, editado en 1938
por la sección de publicaciones del Ministerio de Educación
Nacional, escrito como ofrenda a Bogotá en el cuarto centenario de
su fundación.
Esta obra traslada a la forma del romance temas relacionados con
Bogotá, como la llegada de los conquistadores a la altiplanicie,
después de su viaje heroico por el Magdalena; el sojuzgamiento de
la raza chibcha; la fundación de Santa Fe por Jiménez de Quesada y
una serie de cuadros santafereños en incidentes ocurridos en la
capital del Nuevo Reino de Granada, durante la vida colonial.
Su intención era poética más que didáctica, como lo expresa el
mismo autor en el prefacio, al señalar los errores de otros
romanceros hispanoamericanos que se limitaron a trasladar a
octosílabos, casi literalmente, los relatos de los historiadores o
de cronistas.
Y el otro libro,
|Vida de Simón Bolívar para los niños,
que puede considerarse como la primera biografía para pequeños
lectores de la vida del Libertador, escrita por Simón Latino,
seudónimo de Carlos H. Pareja. Es una obra, que aunque exalta
demasiado la figura del héroe, tiene el mérito de recrear por
primera vez la dimensión humana de un ser que había sido presentado
sólo como prócer a través de datos y hechos sueltos en los libros
de historia escolar.
Otro autor que recreó la historia nacional para los niños es el
historiador Guillermo Hernández de Alba, quien escribía para la
revista
|Chanchito diferentes acontecimientos de la conquista
y la colonia y firmaba con el seudónimo de Tío Remiendos.
Posteriormente fueron recogidas estas narraciones en dos
volúmenes, con el nombre de
|Retazos de historia, publicados
en 1938 por la editorial Centro de Bogotá, en la Biblioteca del
Maestro y dedicados a los niños de Cundinamarca.
En el segundo volumen, aparece a manera de
"Ofrecimiento" una presentación para los lectores
firmada por Gabriel Anzola Gómez que dice:
"Las hermosísimas lecturas de la primera serie sobre
temas de la conquista española están hoy seguidas de amenos relatos
de la vida colonial en que el autor, con gran destreza y
originalidad, hace desfilar los personajes, entreteje las escenas
enseñando y deleitando a los niños ávidos de seguir esta
maravillosa aventura de los conquistadores, encomenderos, señores
de noble apariencia, soldados, capitanes y frailes que fundaron la
rica y grande heredad que hoy es nuestra amada
Colombia"15.
En esta corriente histórica, la producción literaria ha tenido
cierta continuidad. Cabe citar los
|Cuentos tricolor, de
Oswaldo Díaz Díaz;
|La historia de Colombia para los niños,
de Eduardo Caballero Calderón, reeditada en 1993, en cuatro
volúmenes, por Carlos Valencia Editores;
|Cuentos para niños de
La Candelaria, de Elisa Mújica, Carlos Valencia Editores, 1996,
y
|Galería de piratas y
|bandidos de América, de
Gonzalo España, Ediciones Gamma, 1993.
Quizás la figura más destacada de los años cuarenta en las
letras infantiles, sea Oswaldo Díaz Díaz. Historiador, dramaturgo y
cuentista, que ejerce la escritura para niños con gran valoración y
acierto. Entre sus libros sobresalen
|El país de Lilac, Otra vez
en Lilac, Cambam Bali y
|Cuentos tricolores. Sus cuentos
se nutren de diferentes fuentes: los hay fantásticos,
tradicionales, con elementos de los cuentos maravillosos,
históricos, animistas. Son relatos que han logrado separarse de la
nostalgia del tiempo de la infancia, y crear situaciones y
personajes vivos, desprendidos de la mano de su autor,
inscribiéndose en una tradición literaria universal.
Díaz Díaz es uno de los primeros escritores que reflexionan
públicamente acerca de la literatura infantil como un campo
específico de la literatura en general. Es así como en la
|Revista de las Indias, importante publicación de la época,
dirigida por Germán Arciniegas y con un cuerpo de redacción
conformado por escritores como Baldomero Sanín Cano, Tomás Rueda
Vargas y Eduardo Carranza, entre otros, da a conocer un artículo
sobre el tema. En este trabajo se pregunta sobre cuál debe ser su
definición y qué elementos debe tener una literatura escrita para
los niños. Cita como un elemento fundamental el contenido moral del
escrito, aclarando que no se trata de una moral mojigata, ni de
didactismo ejemplarizante, ni de un modelo virtual. Para Oswaldo
Díaz lo moral en la literatura infantil es "la lección de
energía, de entusiasmo, de educación personal, de propio
conocimiento, que el niño extrae por sí mismo de lo que ha
leído"16, lo moral es aventurar de Mowgli, el protagonista
de
|El libro de la selva, de Kipling, por la jungla, sin
otros maestros que el oso, la pantera y la serpiente.
Otro aspecto indispensable es lo maravilloso, pero no el
concepto que tiene el adulto, como los gnomos y las hadas, sino el
que explica como "el que de la semilla brote la planta,
que de la cascada resulte la iluminación eléctrica, que los aviones
vuelen y los submarinos se sumerjan. Lo maravilloso es que Bolívar
fue un niño que jugó con manos inexpertas y con espadas de carrizo
y que tenía un aya negra que lo arrullaba por las
noches..."17
Estos dos elementos deben estar unidos a una lógica de la
fantasía, sumados a dos adjetivos: el movimiento y el color.
Defiende el final feliz, pero cuando sea necesario. Si el cuento es
reflejo de la vida, puede tener un final triste, siempre y cuando
deje una luz de esperanza, o al menos transmita una serena
tranquilidad. Critica el lenguaje infantilizado y pueril, abogando
por uno que sea serio, sencillo y de gran precisión. Después de
criticar los textos escolares, por estar hechos con exceso de
academicismo y de didactismo, hace un llamado de intercambio
cultural entre los pueblos de América, a través de las literaturas
nacionales, otorgándole un papel fundamental a la literatura
infantil.
Realmente es un artículo no sólo visionario, sino que cincuenta
años después resulta tan fresco y tan esclarecedor, que bien haría
su lectura a muchos de nuestros escritores actuales.
Por esta misma época se ubica un libro que resulta una verdadera
curiosidad.
|El Osito Azul, de Lilia Senior de Baena. Parece
un cuento digno de Andersen. Está compuesto por tres partes:
"Exégesis de los siete colores",
"Coloquios" y el cuento "El Osito
Azul"
|. Ganó el premio Espiral en 1942, concurso
auspiciado por la Editorial Iqueima y organizado por la revista
mensual de artes y letras
|Espiral.
El libro comienza con una dedicatoria que dice:
"Al oído de todas las madres en la tierra y a la
memoria de mis hijos Eugenio y Jaime".
La "Exégesis de los siete colores" es una
descripción romántica y edulcorada del hijo, contando, además, los
paseos que hacía con su madre y con el osito de peluche. Esta parte
parece preparar al lector para los coloquios, una serie de
conversaciones entre la madre y el hijo, que para ese entonces ya
está muerto. Aunque son diálogos de un romanticismo almibarado,
logran conmover al lector y le crean un ambiente triste y
nostálgico a la hora de comenzar el cuento, el cual es realmente lo
que merece conservarse como delicada pieza de escritura romántica
para los niños.
En los años cincuenta y sesenta sobresalen tres escritores:
Carlos Castro Saavedra, Fanny Osorio y María Eastman. Los dos
primeros se destacan sobre todo en el ámbito de la poesía para
niños, pero también incursionaron en el cuento. Carlos Castro
Saavedra escribió más de ochenta cuentos que eran publicados en
fascículos por la editorial Bedout en su colección Chispirín. Son
relatos escritos en el tono de la narración oral, algunos recrean
personajes populares colombianos, otros presentan figuras
alegóricas, como la mujer que cuida las esmeraldas llamada
Colombia, los hay con niños y adultos campesinos pobres y
trabajadores como personajes. Se trata de historias bien narradas,
pero con una evidente intención moralizadora que hace perder fuerza
a la creación estética. En muchas, se refleja la preocupación del
escritor por la situación política del país, sobre todo por la
violencia en los campos colombianos. Sin embargo, Castro Saavedra
alcanza su mejor expresión para los niños en la poesía.
Los pocos cuentos de Fanny Osorio, recogidos hasta ahora:
|Milagro de Navidad, editado en 1956;
|El Ratoncito
estudiante y
|Copito de Canela podrían ubicarse en una
corriente romántica e idealizada de la infancia. La autora se
desenvuelve mejor en el género poético.
Las narraciones de María Eastman son muy didácticas y pretenden
dejar siempre una lección de moral. Otras se pueden enmarcar dentro
de un realismo social en defensa de los más desfavorecidos.
Estos primeros sesenta años del siglo XX son realmente de
silencio y olvido para la literatura infantil colombiana. Aunque no
estamos frente a ningún movimiento fuerte, ni frente a una
conciencia colectiva con relación a esta modalidad como
manifestación cultural independiente, sí hubo una producción
relativamente importante como para generar una corriente literaria
con continuidad. Sin embargo, todos estos escritores parecen ser
asunto del pasado y han quedado "dormidos" en las
bibliotecas o son simples referentes históricos en unos pocos
artículos que se conocen sobre el tema.
Quizás por ese manto de olvido es que los años setenta y ochenta
se presenten como el momento del surgimiento de la literatura
infantil en Colombia. Aunque es cierto que la producción crece
respaldada por el Premio Enka de Literatura Infantil, también es
verdad que los autores se profesionalizan como escritores para
niños, pero esto responde más que todo a un impulso editorial, que
a una conciencia o a un proyecto literario por parte de los
creadores como conjunto, grupo o movimiento.
De este llamado "boom" editorial hubo algunos
que no volvieron a incursionar en el tema, después de un asomo
esporádico, otros no alcanzaron la calidad deseada y unos cuantos
quedaron atrapados por el afán de publicar y han desmejorado
muchísimo la calidad de su creación.
Entre los autores más representativos que surgen en las décadas
de los setenta y los ochenta están: Jairo Aníbal Niño, Celso Román,
Triunfo Arciniegas y Luis Darío Bernal, quienes en la actualidad
continúan escribiendo para la infancia.
De Jairo Aníbal Niño hemos seleccionado un relato de un libro
que no está específicamente publicado para niños, aunque bien puede
ser leído por ellos. Esto se debe a que lo mejor de su producción
no está precisamente en los cuentos para niños, sino en algunas
obras de teatro, o en la poesía y la novela. Por ejemplo, el libro
|La alegría de querer, es un hermoso y delicado poemario para
jóvenes.
Celso Román ha incursionado en la novela y en el cuento con
acierto, a pesar del evidente didactismo o el afán de dar una
lección de buenos sentimientos o del mensaje ecológico que hay en
algunas de su obras. Quizás lo más logrado sea su libro
|Las
cosas de la casa, en el que abre una posibilidad creativa para
llegar a los niños lectores: la poética de las cosas. Cada cosa en
el mundo, cada objeto, tiene una historia, una vida, una biografía.
Esta misma idea es explorada en
|Los animales domésticos y
electrodomésticos, publicado por Carlos Valencia Editores.
Los cuentos de Triunfo Arciniegas se sostienen en su mayoría con
el tono de la oralidad. En ellos la acción de los personajes hace
que la obra avance, marcando un ritmo rápido y ágil, propio del
relato oral. Muchas de sus narraciones retoman los motivos y las
estructuras de los cuentos maravillosos y los recrean con humor,
con cierta perversidad, haciendo uso del recurso de la
actualización de elementos, como es el caso de Caperucita Roja en
bicicleta, de las princesas buscando novio a través de los avisos
del periódico y de los cursos de besos por correspondencia.
Del realismo social y del romanticismo un poco dulzón que
caracterizó algunas obras en los años cincuenta y sesenta, se pasa,
en las dos décadas siguientes, a una búsqueda de lo fantástico. En
muchas ocasiones, se concibió la fantasía como la suma de aventuras
ilusorias unas veces, absurdas, otras, desconociendo su relación
entrañable con la realidad, y el poder liberador y transgresor que
tiene cuando se concibe como una visión arraigada en lo más
profundamente humano. Algunos de estos relatos se convierten en una
enumeración de acontecimientos irreales, sacrificando la
verosimilitud y el carácter simbólico. Muchas de estas novelas
están montadas sobre la estructura del viaje, propia de la novela
de aventuras o del cuento maravilloso. Este es un recurso que ha
sido utilizado con cierto facilismo por muchos autores que han
participado en el premio Enka, fruto quizás de una escritura rápida
plegada a las bases del concurso.
Sin embargo, el ejercicio de la escritura para niños y su
reconocimiento dentro del círculo editorial y cultural dado a
través del premio Enka sirvió no sólo como impulso y motivación
para la producción literaria dirigida a la infancia, sino que
preparó el camino para búsquedas posteriores y, lo que es más
importante, legitimó la literatura infantil (al menos en el campo
editorial) como una creación con ámbito y características propias,
independiente de la literatura para adultos.
En los años noventa, aunque la producción ha disminuido en
cantidad con relación a las décadas anteriores, surgen algunos
autores que finalmente se desprenden de los afanes pedagógicos y
crean obras que logran insertarse en la corriente cultural propia
de la expresión estética, es decir, en la literatura como arte del
lenguaje y de la creación de mundos posibles. También se evidencia
una apropiación de la literatura para niños como un universo que
puede dar cuenta de la percepción infantil. Surgen así algunas
obras que no sólo exploran nuevas posibilidades literarias, sino
que además tienen en cuenta al niño como receptor.
Entre estos escritores se destaca: Gloria Cecilia Díaz, quien ha
explorado la novela y la poesía con gran delicadeza y acierto.
Tiene una novela de carácter fantástico,
|El valle de los
Cocuyos, y otra de corte realista,
|El sol de los
venados, ambas publicadas por S.M. Editores, de España.
Con
|El sol de los venados se abren nuevos caminos para la
novela infantil y juvenil en nuestra literatura. Por primera vez se
logra un acertado manejo del realismo desde el punto de vista del
personaje infantil. No se trata únicamente de un recurso técnico
bien utilizado, sino de una perspectiva de visión. Jana, una niña
de diez años, es la protagonista que cuenta su vida familiar, nos
va entregando su percepción del mundo de los adultos, unas veces
injusto, otras afectuoso, hasta desembocar en la muerte de su
madre. Lo que la muchacha cuenta no es algo ajeno a su visión de
las cosas y del mundo. Esta novela logra que la voz narrativa del
autor desaparezca por completo, dándole la palabra al personaje. De
esta manera, el libro se inserta en una corriente de la literatura
infantil explorada por los escritores más contemporáneos –al
menos dentro del ámbito realista– , que es la de la realidad
interior de los niños.
Esta perspectiva también es trabajada por Irene Vasco en su
novela
|Paso a paso, en la que una joven de quince años es
quien relata el secuestro de su padre.
En el ámbito del relato infantil se destacan los trabajos de
Evelio Rosero Diago, Yolanda Reyes e Ivar Da Coll, cada uno con un
estilo muy propio, pero con búsquedas novedosas y
exploratorias.
Los cuentos de Evelio Rosero, sobre todo aquellos reunidos bajo
el título
|El aprendiz de mago, demuestran, no sólo oficio
como escritor, sino que exploran un tema poco abordado en nuestra
literatura para niños: el misterio y el terror. Son historias
escritas con humor negro, con ironía, las que, aun cuando han sido
concebidas para los niños, no hacen concesiones ni en los temas ni
en el estilo.
El volumen de cuentos de Yolanda Reyes,
|El terror de sexto
"B", también marca una pauta en la creación
de obras para niños. Siete narraciones desenfadadas, que describen
situaciones –unas divertidas, otras románticas, algunas
terribles– que les suceden a diferentes niños o adolescentes
en el colegio. Es una obra "transgresora" para el
rígido y solemne mundo de los adultos, en la medida en que las
historias están contadas desde la perspectiva, a veces perversa, a
veces crítica, de los protagonistas.
Pero, quizás, el quehacer más coherente y depurado sea el de
Ivar Da Coll, quien crea sus libros apelando a un doble lenguaje:
el literario y el de la ilustración. A partir de recursos tomados
de la dramaturgia, concibe personajes inolvidables para los niños y
los pone a vivir conflictos tan sencillos como la dificultad de
guardar un secreto, el miedo a los monstruos antes de dormir o el
olvido del cumpleaños de un amigo. A través de los dibujos
conocemos a los protagonistas y vemos la escenografía, como si
fuera un teatrino, y por medio del texto narrativo se nos propone
el conflicto y su resolución. Muchos de sus cuentos están armados a
partir de las estructuras del juego tradicional, pero con una gran
sutileza, de tal manera que como recurso no se hace evidente, pero
sí logra atrapar la atención de los niños más pequeños. Sus
personajes expresan ternura, solidaridad y afecto por los
familiares y amigos cercanos, creando una poética de la amistad y
la solidaridad, para quedarse a vivir en el corazón de los pequeños
lectores.
A pesar de la ya apuntada reducción en la producción de libros
para niños, en la década del noventa, se logran y se consolidan
otros espacios que son fundamentales para que la literatura
infantil logre conquistar su autonomía y ensanche su
"frontera indómita", como con acierto la denomina
la escritora argentina Graciela Montes. "...Zona de
libertad, el primer y último reducto, lo que no se rinde... No es
un adorno sino un territorio necesario y saludable, el único en el
que nos sentimos realmente vivos, el único en el que brilla el
breve rayo del sol de los versos de Quasimodo, el único en el que
se pueden desarrollar nuestros juegos antes de la llegada del
lobo..."18.
Este territorio tiene que ver no sólo con la escritura para los
niños, sino también con lo que se ha llamado la animación de la
lectura, es decir, ese "hálito de vida" que el
lector adulto le infunde a las obras para que despierten y sean
leídas por sus destinatarios; tiene que ver, también, con las
revistas y demás medios de divulgación, reflexión y crítica de una
literatura que, aun hoy en día, sigue considerándose en muchos
medios como "subliteratura" y que debe seguir
luchando por ensanchar sus fronteras. En este campo cabe destacar
varias publicaciones: la revista
|Espantapájaros, que ya no
circula, pero que contribuyó a que los niños lectores conocieran
textos de autores contemporáneos y que divulgó las primeras
creaciones de escritores que están dedicados a la literatura
infantil en la actualidad.
O las revistas
|La lleva y
|La barra, para niños y
jóvenes, respectivamente, publicaciones de Fundalectura que aunque
también dejaron de circular (siempre por razones de fuerza mayor:
los costos), divulgaron textos y autores de la literatura infantil
universal, desconocidos hasta entonces en el país, y generaron en
muchos de sus receptores el deseo de leer libros de calidad. Otras
revistas que cumplen una labor importante en la divulgación y en la
formación en el área, dirigidas a los adultos, son
|Hojas de
lectura, publicación de Fundalectura, y la
|Revista
latinoamericana de literatura infantil y juvenil, del IBBY
(International Board on Books for Young People), editada por
Fundalectura.
Tiene que ver también con los organismos y las personas que se
dedican a divulgar y dar a conocer la literatura infantil como un
universo que, a estas alturas del siglo XX, ya ha alcan-zado vida y
movimiento propios: la biblioteca infantil de la Fun-dación Rafael
Pombo, la librería Espantapájaros, las bibliotecas infantiles de
las cajas de compensación familiar, organismos in-ternacionales
como el Cerlalc, que difunden el libro infantil y juvenil en
América Latina, la Red Prolectura, grupo de entidades que promueven
la lectura en el país, las áreas culturales del Banco de la
República, la Fundación para el Fomento de la Lectura,
Fun-dalectura; los programas de formación de maestros en esta área,
en algunas universidades; las salas de lectura para niños en
algunas de las bibliotecas públicas del país... en fin, todo un
movimiento que, poco a poco, va ganando terreno en su esfuerzo por
ensanchar las fronteras.
En este contexto, la presente antología se convierte en un
esfuerzo más por conservar vivo y libre ese territorio de la
infancia y defenderlo de las huestes del olvido y de la mano
domesticadora del adulto, y poder así decir –junto con
Graciela Montes–: "Vale la pena aprovechar que al
lobo se le ha hecho tarde, para jugar un buen juego, vale la pena
sentirse entibiado por un rayo del sol antes de que se lleguen la
noche y el silencio".
Beatriz Helena Robledo
Santa Fe de Bogotá, 15 de noviembre de 1996
|
1 MUJICA, Elisa.
|Raíces del cuento popular en Colombia.
En: Boletín de la Academia Colombiana. Tomo XXXIV. Nº 146. Bogotá,
1984.
|
|
2 VÉLEZ DE PIEDRAHÍTA, Rocío.
|Guía de literatura
infantil. Secretaría de Educación y Cultura de Antioquia.
Medellín, 1983.
|
|
3 JARAMILLO, Euclides.
|Las
aventuras del pícaro tío conejo. Editorial Iqueima, Bogotá,
1950.
|
|
4 RINCÓN, Carlos.
|La no
simultaneidad de lo simultáneo. Editorial Universidad Nacional,
Bogotá, 1995.
|
|
5 OTERO MUÑOZ, Gustavo.
|Literatura colonial y popular de Colombia. La Paz, Bolivia,
1928.
|
|
6 OTERO MUÑOZ, Gustavo. Idem.
|
|
7 REYES, Carlos José.
|Manual de
literatura colombiana. Tomo I. El costumbrismo en Colombia.
Bogotá, Editorial Planeta-Procultura, 1988.
|
|
8 NÚÑEZ SEGURA, José A. S. J.
|Literatura colombiana.
|Sinopsis y comentarios de autores
representativos. Editorial Bedout, Bogotá, 1953.
|
|
9 VÉLEZ DE PIEDRAHÍTA, Rocío.
Idem.
|
|
10 LLERAS RESTREPO, Isabel. Revista
|Senderos. Vol. III, Nº 12. Biblioteca Nacional, Bogotá,
1935.
|
|
11 CASTILLA BARRIOS, Olga.
|Breve bosquejo de la literatura
infantil colombiana. Aedita Ltda., Bogotá, 1954.
|
|
12 GÓMEZ RESTREPO, Antonio.
|Poesías completas.
|Rafael Pombo. Aguilar, Madrid,
1957.
|
|
13 CARRASQUILLA, Rafael María.
|Historias y cuentos para los estudiantes del Colegio del
Rosario. Arboleda y Valencia, Bogotá, 1915.
|
|
14 PÉREZ TRIANA, Santiago.
|Cuentos a Sonny. Imprenta y Estereotipia de Ricardo Fe.
Madrid, 1907.
|
|
15 HERNÁNDEZ DE ALBA, Guillermo.
|Retazos de historia. Editorial Centro, S.A., Bogotá,
1938.
|
|
16 DÍAZ DÍAZ, Oswaldo. La literatura infantil. En:
|Revista
de las Indias. Bogotá.
|
|
17 Idem.
|
|
18 MONTES, Graciela.
|La frontera indómita o donde se ponen
los cuentos. Conferencia leída en el Seminario de Evaluación de
la Red Prolectura celebrado en Piedras Blancas, Antioquia, en
septiembre de 1996.
|