Los alrededores del poblado estaban cubiertos por guaduales, árboles frutales y palmas reales. Salíamos a recoger frutas y regresábamos con canastos llenos de guamas, pitahayas, guayabas, aguacates y caimitos.

Además mis hermanos se subían a las palmas reales donde cortaban hojas y ramas gruesas que servían para cubrir los techos y tejer canastos y esteras. De la fruta de la palma, sacaban manteca para prender las lámparas.

No había un solo jefe para todos los quimbayas, sino 80 caciques independientes, de los cuales 5 eran los principales. Algunos eran ancianos sabios, otros eran jóvenes emprendedores. Cada uno gobernaba en su poblado, castigaba ladrones y traidores y era capitán en la guerra.

Desde pequeños, como a todos los hijos de gobernantes, les alargaban el cráneo y les recortaban los dientes para que se vieran más imponentes.

Los caciques eran tan importantes que no podían tocar el suelo. Por eso, siempre los cargaban en andas y se sentaban sobre sus mujeres. A todas partes, iban acompañados por esclavos, músicos y guerreros. Usaban mantas largas y adornos de oro.

Con frecuencia, nos invitaban a su casa, la más amplia y lujosa del poblado, para ofrecernos un gran banquete. Nosotros trabajábamos para ellos y les dábamos tributos de alimentos, mantas y sal.







 

   







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Textos: Carmen María Jaramillo
Ilustraciones: Nicolás Lozano
Asesoras: Clemencia Plazas y Ana María Falchetti

Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales
BANCO DE LA REPÚBLICA