Nuestra tierra era verde y muy fértil, toda ondulada cruzada por quebradas cristalinas ríos encañonados. Veíamos, no muy lejos, varios nevados: Ruiz, Cisne, Quindío, Tolima y Santa Isabel. El volcán del Ruiz nos asustaba a veces, botando cenizas con gran estruendo.

Eramos 60.000 quimbayas y vivíamos en pequeños poblados, situados arriba en la serranía, sobre las colinas y abajo en las vegas de los ríos. Cada poblado estaba formado por muchas casas dispersas y tenía su propio jefe.

Las casas eran redondas, con techo de hojas de palma y soportes de guadua.

El fogón para cocinar quedaba bajo otro techo cercano. Dormíamos en hamacas o sobre esteras.

No muy lejos de mi casa, vivían nuestros parientes y vecinos y cuando queríamos visitarlos, atravesábamos las sementeras por angostos caminos que cruzaban el poblado.

Cada año cultivábamos un pedazo de tierra mientras otro lo dejábamos descansar para que más tarde diera una cosecha mejor.

Los hombres quemaban primero la vegetación, luego tumbaban con hachas lo que quedaba parado. Después, cavaban con palos formando surcos donde las mujeres sembraban maíz, arracacha, fríjol, fique y yuca. Los hombres aplanaban las laderas más pendientes para formar terrazas y las separaban con zanjas angostas, por donde corría el agua lluvia. Así, la tierra no se rodaba y se podía sembrar.

 





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Textos: Carmen María Jaramillo
Ilustraciones: Nicolás Lozano
Asesoras: Clemencia Plazas y Ana María Falchetti

Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales
BANCO DE LA REPÚBLICA