La noche de un día muy largo
    Margarita Reyes
    Instituto Colombiano de Antropología
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    LA
    NOCHE
    DE UN
    DIA
    MUY
    LARGO


    Margarita Reyes



    - Butaregua ... Butaregua! irás conmigo a buscar frutas y hormigas? - gritaba mientras corría hacia él.

    - Sí, pero tendrás que esperarme un rato mientras termino de cortar la leña para el fogón.

    - Mira, mira! lo que acaba de caer! viejitos!, qué rico podremos comer hormigas esta noche!.

    Gritaba Irapire, feliz, al tiempo que traba de agarrarlos.

    - Me da tristeza pensar que estos animalitos por coquetear en el aire con las hormigas, más tarde se mueran de amor ... Aunque es una muerte linda, no deja de ser triste.

    Exclamó. Butaregua un poco melancólico.

    Felices continuaron por las altas montañas. Irapire corría con gran agilidad.

    Butaregua la seguía intentando darle alcance.

    -ˇIrapire!... Irapire no subas más espera! -pero ya la había perdido de vista.

    Preocupado miró a su alrededor y se dió cuenta que faltaba poco para salir del bosque. El y su prima sabían de la existencia de los lugares sagrados, pero también les enseñaron que tendrían que esperar pacientemente la edad de iniciación. Butaregua, al presentir que estaba cerca, sintió mucho temor de continuar, pero no podía dejar abandonada a Irapire. Dudó por un momento, y decidió ir en busca de su prima. Al salir del bosque, el niño quedó maravillado ante la belleza y tranquilidad de aquel sitio sagrado, supo entonces que no podía existir en el mundo un lugar más hermoso en el cual su gente viviera feliz después de la muerte. Un fuerte resplandor, seguido de un trueno, hicieron reaccionar al niño. Hacía mucha brisa y comenzaban a caer las primeras gotas de lluvia. El cielo se oscurecía cada vez más y Butaregua angustiado, llamaba a su prima sin obtener ninguna respuesta. El sabía que, pese a las arriesgadas actitudes a la tempestad. Las gotas comenzaron a caer y en pocos minutos la lluvia y la brisa eran tan fuertes que el niño no podía ver con claridad ni avanzar rápidamente. La manta de algodón que cubría su cuerpo quedó totalmente empapada y le impedía moverse con facilidad.

    Después de titubear y dar varios pasos en falso, logró ver, por fin, unas orcas de gran tamaño. Eran las piedras en donde se hallaba la entrada a la cueva. Al acercarse a ellas, vio allí a Irapire, acurrucada detrás de una roca, protegiéndose con sus manos. Ahora era imposible regresar, pues con la tormenta había oscurecido más temprano y se dificultaba encontrar el camino de regreso. Correrían menos riesgo si se quedaban a pasar la noche en aquel lugar. Sólo quedaba esperar el amanecer o que alguien fuera a buscarlos, lo que era poco probable, ya que se encontraban en un lugar prohibido. El frío y la oscuridad eran cada vez más intensos, tendrían que buscar fuego, Irapire había pensado en ello desde antes de salir de su bohío, pues sabía, que si lograban encontrar la cueva, necesitarían buscar la forma de iluminar para poder entrar. Irapire, jamás había imaginado tener que pasar la noche en aquel lugar y menos aún, soportar el castigo de una tempestad tan fuerte.

    Butaregua trataba de dominar su preocupación y su enojo para tranquilizar a su prima, mientras ella intentaba obtener fuego con los palitos que había traído en su mochila y con algunas ramas y hojas secas que logró recoger. No se atrevían a internarse en la cueva, sabían que una de las costumbres de su pueblo, era dejar los cuerpos momificados de sus caciques muertos, con sus mejores atuendos, adornos y armas. Cuando el sueño y el cansancio los dominó, un ruido ensordecedor los despertó.



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