En
medio de un bosque muy espeso, Irapire y Butaregua jugaban persiguiendo pequeños animales
de monte. Los niños salían a recoger frutos silvestres y buscar las apetecidas hormigas.
Butaregua era un niño muy tranquilo, educado para reemplazar a su tío, el cacique.
Irapire, su prima, disfrutaba descubriendo sitios apartados y extraños así, con su
curiosidad, siempre lograba meter en problemas a Butaregua.
En Quyty, donde ellos vivían, había
lugares encantadores y misteriosos, pero quedaban muy lejos del poblado y a los niños se
les prohibía entrar. Irapire sentía deseos de conocerlos y se ingeniaba la forma de
convencer a su primo a seguirla.
Una mañana, Irapire se levantó muy
temprano para ayudar a sus padres en las tareas diarias, así la dejarían salir y podría
ir en busca de Butaregua. Su madre, que la conocía como a la palma de su mano, la miraba
con una sonrisa cómplice y le decía: -Estás pensando en salir hoy con tu primo, verdad?
- Sólo iremos a recoger frutos silvestres, además anoche llovió, y es
posible que hoy salgan las hormigas. Puedo ir mamá?
- Está bien, pero ten cuidado.
Aunque se sentía orgullosa de la viveza
de Irapire, le preocupaba que su curiosidad la llevara cometer alguna imprudencia.
Aquel día, la niña pensaba ir hasta una
cueva de la que había escuchado hablar a la gente mayor de su pueblo. Decían que para
llegar allí era necesario atravesar un espeso bosque y pasar por un lugar sagrado donde
vivían los sabios de su pueblo después de la muerte. Desde allí, podría ver los
bohíos que formaban su pueblo y algunos cultivos de sus alrededores después encontraría
unas piedras enormes con pinturas, y detrás de una de ellas, se vería la entrada a la
gran cueva.