Me llamo Marco. Vivo en la comunidad de Mojaudó, a orillas del río Bojayá.
Estudio en la escuela de mi comunidad, y aprendo en nuestra lengua y en español.
Cuando no tengo clases voy al río con mis amigos o acompaño a mi mamá a la chagra, porque me gusta treparme a bajar los plátanos y los chontaduros.
Cuando sea más grande, aprenderé a reconocer las huellas de los puercos salvajes en el monte. A distinguir los ruidos que se producen en la selva cuando se acerca un tigre. A reaccionar cuando encuentre una serpiente. Sólo entonces, podré internarme en el bosque a perseguir un animal y a esperarlo atento y sin moverme.
En algunas comunidades indígenas, el bosque es ahora más pequeño. Sus tierras han ido disminuyendo, por la construcción de carreteras, la tala del bosque y la extracción de oro y platino.
Mis hermanas aprenden a tejer canastos con las fibras de palma, que a veces tiñen con achiote y tierra.
Construimos nuestros tambos en madera, guadua y palma, sobre pilotes para que no se inunden cuando llueve mucho.
Los muchachos y muchachas se arreglan mucho, especialmente cuando celebran el comienzo de la adolescencia.
Se bañan en aguas con hojas perfumadas. Detrás de las orejas se colocan ramitas que huelen.
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