Me llamo Javier. Mi mamá dice que los
niños Coguis somos como una semilla que cae a tierra, sin que se sepa si crecerá o no.
En la fiesta del bautizo, nuestro gran sacerdote
el Mama, nos pone en la muñeca las seguranzas o hilos de algodón para que crezcamos
fuertes y sanos.
Nuestra casa es circular, con techo de
paja y paredes de barro. No vivimos mucho tiempo en el pueblo porque vamos a trabajar en
nuestras parcelas. En las de tierra fría sembramos papa, batata, cebolla ... y en las de
clima cálido plátano, ñame, aguacate, maíz, frutas, caña de azúcar.
Los niños ayudamos en todas las labores.
Mi mamá le enseña a mi hermana a tejer
mochilas, en fique y en algodón.
Mi papá y yo hacemos la panela y
beneficiamos el café.
Mi papá me enseña a tejer en telar.
Sólo los hombres pueden usarlo.
Mientras teje, piensa en las enseñanzas
y adquiere sabiduría y conocimiento.
Cuando el Mama nos llama para ceremonias,
fiestas y otros acontecimientos, nos reunimos en el pueblo.
Durante días y noches enteras, en la casa ceremonial, los hombres cantan las
historias de nuestros antepasados, los Tayronas.
El templo tiene en lo alto un heuco
redondo, por donde entra el sol. La luz que se refleja en el suelo, va cambiando de lugar
durante el año. A los mayores les sirve como calendario.
Ellos pasan mucho tiempo observando el
cielo, por eso saben tanto de los astros.
Las mujeres tienen un templo aparte.
El Mama tiene el conocimiento de los
antiguos. Dirige nuestras vidas, toma decisiones, nos reune para trabajos comunales,
castiga a quienes no cumplen con sus deberes.
Pasa mucho tiempo pensando y rezando en
el templo.
Gracias al Mama, se mantienen las
costumbres y el saber indígena de la Sierra.
Algunas veces, indígenas Ijcas o
Arhuacos, vienen a estudiar con él.
Los Coguis somos los hermanos mayores y
tenemos la misión de cuidar a nuestros "hermanitos menores", que son todos los
otros hombres.
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