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Historia
en Cuentos
Eduardo Caballero Calderón
© Derechos Reservados de Autor
La Princesita Isabel
Madrigal de las Altas
Torres es una aldea de Castilla a medio camino entre Salamanca y Segovia. Flota en un mar
de trigo que embadurna de verde la primavera, dora el estío, el otoño tiñe de ocre y en
el invierno está cubierto de nieve. Es domingo y la plaza está llena de labriegos y
cortesanos. Éstos vinieron a caballo o en carreta, en compañía de sus damas, y aquellos
a pie, al frente de sus rebaños de ovejas. Finalmente, con su dueña tiesa y bigotuda
llega la princesita de ojos azules y cabellos rubios, que vive en el castillo que corona
el pueblo. Mientras ora ante el altar y cortesanos y labriegos la miran orar, tañen las
campanas en la torre, en el presbiterio repica la campanilla para la elevación y
tintinean las esquilas de las ovejas en la plaza.
De vuelta al castillo la
reina madre le pregunta a la dueña:
¿En qué sueña mi
hija, la princesa Isabel?
Antes que reina en
Castilla la señora fue princesa de Portugal. Yo no sabría decir qué sueñan las
princesas cuando todavía no son reinas.
Un Domingo de
Resurrección a la salida de misa abordó a Isabel un buhonero judío que se encaminaba a
Compostela. En su caja colgada al hombro cargaba telas, encajes, lienzos, dijes y
baratijas. Era un anciano tuerto cuya barba grisácea le negaba al pecho. Y cuando le
preguntó la princesa ¿Que me queréis, buen hombre?, éste se inclinó hasta
el suelo y le ofreció una cinta para adornarse el cabello. Era una cinta suave y
brillante, de seda carmesí, más hermosa que la banda que lleva al cinto el arzobispo de
Segovia que confiesa a su madre. Pero he aquí que el buhonero le dice a la princesa que
la cinta es suya, y esto para que su alteza se acuerde de los pobres judíos cuando sea
reina de Castilla Y como ella le preguntara si acaso los judíos no son ricos, él le
replicó que eso sería mientras ella fuera princesa. Cuando se coronara reina los
arrojaría de sus tierras a pesar de que entonces les debería mucho dinero y no podría
pagarlo.
¿Y para qué
habré de pedir dinero prestado a los judíos?
Los reyes son
ingratos, princesa.
Los mendigos que toman el
sol en el atrio a las puertas de la iglesia y piden limosna por el amor de Dios, suelen
cantar bellos romances. El de don Rodrigo que perdió a Toledo, el de la infanta doña
Alba, el del Mio Cid camino de Valencia. Aunque le gusta todavía más el que le
Improvisó aquella mañana, recostado al muro de la iglesia, un moro ciego, casi negro,
que tenía una voz grave y melancólica.
Un día, y no
habrán de verlo mis ojos cerrados a la luz del sol desde hace tantos años, un día la
reina Isabel y su marido don Femando...
¿Don Femando,
dices? ¿Don Femando de Aragón?
Reinará el rey
Boabdil, llamado el Chico, desde las cumbres de la Sierra Morena has-talas playas del
Mediterráneo. En su palacio de la Alhambra, sentado a la morisca en el estrado y sobre un
tapiz más vistoso que el arco iris, contemplará las danzas de sus odaliscas y escuchará
los cantos de sus cantaoras. Su madre le acariciará los ensortijados cabellos, negros
como el carbón, que se le escaparán del turbante. Este tendrá engastada, por el lado
del frente, una medialuna de plata cuajada de diamantes.
¡Dios mío! ¿Qué
son los broncos reyes castellanos vestidos de hierro, ante ese rey moro que dices?
Ahora oigo el
estruendo de los arcabuces. Una nube de caballeros y de infantes cristianos cerca las
murallas y soldados levantan tiendas de campaña en la vega de Granada, a las orillas del
Genil. Sobre el Real listado de rojo y gualda, ondean los pendones de los Reyes
Católicos.
¿Y cómo lo sabes?
preguntó la princesa. Él respondió que más sabía el diablo por viejo que por
diablo y mejor leía un ciego el destino en la escritura luminosa de las estrellas que un
vidente en la palma de su propia mano.
¿Pero qué dice
este hombre? preguntó Isabel y la dueña le contestó que acaso estaría
componiendo un nuevo romance, pero mejor sería volver a casa. Una princesa de Castilla no
debe hablar en la calle con mendigos y nigromantes, mayormente si ellos son moros.
Tres eran los
pretendientes de Isabel. Primero, el duque de Guyana, hermano del rey de Francia, pero era
de miembros tan flacos que parecían deformes y ojos tan débiles y llorosos que lo
hacían inepto para toda empresa caballeresca. Eso rezaba un informe secreto de la
Cancillería. El segundo era don Alfonso V de Portugal, pariente suyo, pero tan gordo que
no había caballo ni mula que lo soportara. Con sus cincuenta y cinco años bien contados
podría ser el abuelo, más que el novio de Isabel que no llegaba a los quince. El tercer
pretendiente era don Pedro Girón, favorito del rey, hombre ambicioso y avaro,
descendiente de judíos conversos. El primero se la llevaría a Francia, el segundo la
retendría en Portugal y el tercero la encerraría en una torre. Pero Isabel sólo amaba,
desde niña, al príncipe don Femando de Aragón. Al unir sus vidas se confundirían los
dos reinos y en el pendón real algún día se estamparía la leyenda "Tanto monta,
monta tanto, Isabel como Femando".
Acosada por su medio
hermano el rey don Enrique, Isabel huyó una noche del palacio. A caballo y a campo
traviesa por las soledades de Castilla, llegó a refugiarse en Madrigal de las Altas
Torres y el pueblo en masa salió a recibirla con gallardetes y pendones.
A las puertas del
castillo de Valladolid, tiempo después golpeo un fraile descalzo y harapiento que venía
de lejos. Al preguntarle quién era y para qué venia, respondió que eso no importaba.
Necesitaba hablar con la princesa.
Conviene recordar que mientras ella andaba en la Corte, antes de huir a Madrigal de las
Altas Torres y luego a Valladolid, había muerto su hermano. Poco después llegó al
castillo un correo de la corona, reventando cinchas y desjarretando caballos. Cubierto de
polvo y de sudor desde el morrión hasta los espolines, el correo se postró en el patio
de armas ante la princesa.
¡Don Enrique ha muerto! le dijo con la voz quebrada. ¡Viva la reina
Isabel!
Más con los ojos de iluminado que con los labios quemados por la fiebre, el fraile
descalzo le decía a la sazón a la princesa
Desde hace un
tiempo vaga por los caminos de Europa, golpeando a las puertas de los poderosos, un hombre
alto de cuerpo, rubicundo, pecoso, de ojos encandilados por una extraña quimera. Este
hombre que digo es dueño de un secreto que desempolvó en pergaminos italianos y conoció
de labios de marinos portugueses. Cuando pasó una noche en el convento de La Rábida a
donde llegó a pedir posada por el amor de Dios, le dijo al prior: Puesto que la tierra es
redonda, si contorneamos el mar tenebroso en dirección al poniente, por fuerza hemos de
llegar al fabuloso reino de las especies.
La princesa le escuchaba
embobada. Pero lo más extraordinario del caso era que aquella misma noche Cristóbal
Colón, que así se llamaba el hombre, soñó que una reina de Castilla apretaría en el
puño todas las villas y reinos de la península, desterraría a los judíos, arrojaría a
los moros de Granada y lo escucharía cuando llegara a verla.
¿Es cierto lo que
dices?
No es sino un
sueño respondió el fraile pero Dios habló a Jacob en un sueño
le prometió la tierra
donde nacería el Cristo.
No se sorprendió, pues,
cuando en medio de una polvareda llegó a Valladolid una embajada de nobles caballeros
para conducirla a Segovia.
Cuando queráis.
Estoy presta les dijo al poner el pie en el estribo.
Y más tarde, al sentir
en la catedral de Segovia que la corona de castilla le ceñía las sienes y ante ella se
prosternaban duques y arzobispos, no pudo menos de recordar la cinta del buhonero judío,
el romance del mendigo ciego y el misterioso sueño de Colón que le había relatado el
fraile. Ella ya no soñaba. Así como unos vienen a este mundo para morir sin haber
vivido, ella había nacido para reinar y plantar en las remotas playas del nuevo mundo el
pendón rojo y gualda de castilla: "tanto monta, monta tanto, Isabel como
Fernando".
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