CUITAS JUVENILES
1817-1821
SUEÑOS
I
Soñé una vez con férvidos amores,
Con rizos de oro y ramas florecidas,
Con dulces labios, con amargas quejas,
Y con himnos de triste melodía.
¡Volaron, ay, los sueños!... ¡Para siempre,
Mi más cara visión también es ida!...
Quedó no más lo que, ardoroso, un tiempo
Exhalé de mi pecho en débil rima.
Quedaste tú, huérfano canto-¡Vuela,
también!-y a la visión perdida
Busca, y dile en mi nombre, al encontrarla,
Que la saluda, amante, el alma mía,
Y que a su sombra vaporosa, en tanto,
Su vaporoso aliento le dedica...
II
Un sueño pavoroso tuve un día,
Que me llenó de espanto y de alegría;
Y ante mi vista, aun, hoscas se mecen
Mil visiones que el pecho me estremecen:
Por un jardín fantástico y ameno,
Vagaba yo con ánimo sereno;
Las flores me miraban con ternura,
Y rebosaba mi alma de ventura.
Entre las ramas, las parleras aves
Modulaban de amor trovas süaves;
Y el rojo sol, entre áureos esplendores,
Sus matices de luz daba a las flores.
Las balsámicas hierbas de las lomas
Vertían en los aires sus aromas;
Todo brillaba y sonreía en torno,
Brindándome las glorias de su adorno.
Bañaba aquella tierra peregrina
Una fuente de mármol, cristalina;
Y en ella ví una cándida hermosura
Que lavaba una blanca vestidura.
Su rubia faz y púdica mirada
Eran de santa virgen retratada;
Y aunque por vez primera la veía,
Creyó reconocerla el alma mía.
Canta la hermosa al exprimir la tela,
Y dice así su extraña cantinela:
«¡Corre! tu linfa toda mancha borre
De este blanco cendal,-corre, agua, corre!»
Tímido, entonces acerquéme a ella,
Y así le dije: «¡Oh mágica doncella!
¡Oh, hermosa niña, la del dulce canto!
Di, ¿para quién ese nevado manto?»
Y respondió: «¡Prepárate a tu suerte;
Lavando estoy tu túnica de muerte!»
Y esto al decir, como vapor sombrío,
Desvanecióse el cuadro en el vacío.
Por magia, al punto me encontré en un yerto
Profundo bosque lóbrego y desierto;
Los árboles se erguían,.-y yo, en tanto,
Absorto, meditaba ante el encanto.
Súbito, rasga el aire sordo eco,
Cual de un hacha lejana el golpe seco;
Corro, y salvando breñas y maraña,
A un claro llego, al fin, de la montaña.
En medio del verdor, enhiesto, inmoble,
Su copa eleva gigantesco roble.-
Y, ¡oh, sorpresa!-Con hacha reluciente,
Hiende el tronco la niña de la fuente.
Y mientras golpe sobre golpe apura,
Blandiendo el hacha sin cesar, murmura:
«¡Acero relumbrante, acero noble!
¡Lábrame un arca de este duro roble!»
Rápido, entonces acerquéme a ella,
Y así le dije: «Oh, mágica doncella,
Di, ¿para quién esa funesta caja
Del árbol secular tu acero taja?»
-«¡Corto es el tiempo, dijo, y transitorio:
Labrando estoy tu féretro mortuorio!»
Y esto al decir, como ligera espuma,
Desvanecióse el cuadro entre la bruma.
¡Espesa lobreguez el bosque inunda,
Y en torno es todo soledad profunda!...
Lo que por mí pasó... decir no puedo;
Sólo sé que de horror temblaba, y miedo.
Alcé la vista y divisé a lo lejos.
De albo cendal los cándidos reflejos;
Lánzome en pos de la ondulante huella,
Llego, y... qué miro, ¡oh Cielos!... ¡era ella!
Allí, armada de fúnebre piqueta,
La tierra ahondando está con mano inquieta;
¡Yo, en tanto, a verla apenas me atrevía,
Tan hosca y bella a un tiempo parecía!
Canta la hermosa, la piqueta alzando,
Y así decía con acento blando:
«¡Piqueta de metal puro y sin mancha,
Una fosa bien honda, ábreme, y ancha!»
Trémulo, entonces acerquéme a ella,
Y así le dije, en tímida querella:
«¡Oh mágica beldad! ¡Oh, niña hermosa!
Di- quién esa profunda fosa?»
«¡Silencio!» a responderme se apresura:
«¡Cavando estoy tu helada sepultura!»
Y apenas dijo así, lóbrega y fría,
Se abrió la tumba ante la vista mía.
Quise en su fondo ver, mas al instante
Sudor de hielo me cubrió el semblante,
Y en la tiniebla sepulcral, sin vida
Caí rodando... y desperté en seguida!
III
En sueños una vez me ví de gala
Vestido: negro frac, veste de seda,
Puños de encaje, en fin, cual convidado
Que a la fiesta nupcial ansioso vuela.
Cerca de mí, la amada de mi alma,
Tierna, lucía su sin par belleza:
Inclinéme y le dije: Sois la novia?...
Mil venturas mi espíritu os desea!»
Dije,-y al punto, cual dogal tirano,
La horrible frase mi garganta aprieta;
Llanto de hiel se desprendió a raudales
De los divinos ojos de la bella,
¡Llanto que me ocultó su faz hermosa!...
¡Oh, dulces ojos, del amor estrellas!
¡Cuántas veces en sueños y en vigilias
Me engañásteis!... ¡Mas, ay, el alma ciega
Fía en vosotros a pesar de todo,
Y amante, se complace en su creencia!
IV
En sueños, otra vez, ví un hombrezuelo
Que andaba a trancos, estirado y pulcro;
Blanco lino gastaba y rico traje,
Mas alma y corazón llevaba sucios.
Por dentro era vulgar y repulsivo;
Por fuera, distinguido y de buen gusto:
Y hablaba del valor con desenfado,
Cual hombre en lances y proezas ducho.
-«¿Sabes quién es?-Pues, mira aquí-me dijo
El dios del sueño,-y descubrióme al punto
Vivida escena en encantado espejo:
El y mi amada en un altar columbro:
¡Si!-dicen ambos,-y con risa infame,
¡AMEN!-responden mil demonios juntos...
V
¿Qué es lo que agita mi irritada sangre?
¿Qué ígneo volcán me quema el corazón?
Hierve mi sangre en inflamadas ondas,
Y arde mi pecho en fuego abrasador.
Arde.., porque de un sueño pavoroso
Vuelve a la mente la fatal visión:
Vino el pálido hijo de la noche,
Y en sus alas sombrías me llevó.
Llevóme a una mansión resplandeciente
Do todo era bullicio animador;
Y al brillo de las fúlgidas antorchas,
Y al son del arpa, penetré al salón.
Era una boda; los gozosos huéspedes
Al triunfo liban del pequeño Dios;
Tendí la vista a la feliz pareja,
Y, ¡oh, tortura!... ¡La novia era mi amor!
¡Era mi amada, sí!... mas, ¡ay, el novio
Era un desconocido!... En tanto, yo
Tras el palio nupcial corrí a ocultarme,
Y allí me estuve inmóvil y sin voz.
¡Rompió la orquesta!... y yo no me movía;
Aquel ruido feliz me entristeció;
Y ELLA gozaba, mientras EL, dichoso,
La mano le estrechaba con pasión.
Llenó el novio la copa; bebió en ella,
Y, galante, después se la ofreció...
Bebió la hermosa y sonrió... ¡Dios mío!...
¡Era mi roja sangre aquel licor!
Dióle ella entonces una manzana linda,
Y él la partió, con su cuchillo, en dos...
¡Atroz tortura!... aquel herido fruto
Era- ¡Oh dolor! mi propio corazón...
Tiernamente, uno a otro se miraron:
El, de sus labios en la roja flor
Un ósculo imprimió... y al mismo instante
A mí la helada muerte me besó!
Cual plomo abrumador sentí la lengua,
Y articular no pude ni una voz...
Rompió la orquesta, y la pareja hermosa
Lanzóse de la danza en el turbión.
Y mientras, mudo, en mi redor veía
Girar la sala en círculo veloz,
Algo le dijo el novio, que a su frente
Trajo el rubor... mas el enojo, ¡no!
VI
¡Oh, encantada visión! ¡Oh, dulce sueño!
A mi humilde desván, pobre y pequeño,
Vino una noche silenciosa y fría,
Por encanto de amor, la amada mía.
Quedé extasiado ante su faz de diosa,
Y tiernamente me sonrió la hermosa;
Su dulce risa me hechizó al instante,
Y audaz le dije, en explosión amante:
«Todo, todo mi bien, cuanto poseo,
Es tuyo, tuyo es,-sólo deseo
Tu amante ser,- dicha embriagadora!
Desde la media noche hasta la aurora.»
Miróme con insólita extrañeza,
Llena a un tiempo de amor y de tristeza,
Y así me dijo con profunda calma:
-«Dame, no más, la salvación de tu alma.»
-«Mi dulce juventud, mi vida entera,
Mi sangre generosa por ti diera
Gozoso, ¡oh, virgen de mi amor querida!...
Mas, ¡nunca mi esperanza en la otra vida!»
Nada valieron mis palabras; bella
Aun más que nunca, la sin par doncella
Tornó a decirme con la misma calma:
-«Dame, no más, la salvación de tu alma.»
Fúnebres resonaron en mi mente
Estas palabras, y en raudal candente,
Bajaron de mi alma al hondo abismo!..
Faltóme el aire y el aliento mismo.
De ángeles níveos se pobló la estancia,
De áureo esplendor y célica fragancia;
Y al mismo tiempo, una legión sombría
De negros duendes el espacio hendía.
Lanzáronse en batalla a los querubes,
Que, vencidos, perdiéronse en las nubes;
Y, al fin, huyó también en la tiniebla
La obscura hueste, como frágil niebla.
Yo, en tanto, extasiado de ventura,
Estrechaba en mis brazos su hermosura,
Y ella, cual cierva tímida, en mi pecho
El rostro hundía en lágrimas deshecho.
Yo que sabía la razón del llanto,
Besé sus labios por calmarla un tanto:
«¡No llores más, mi bien, calma tu duelo...
Cede a la llama de mi amante anhelo!»
«¡Cede a la llama de mi amante anhelo!»
Dije,-y mi sangre se convierte en hielo;
Ruge la tierra, y tiembla y se levanta,
Y un abismo se abrió bajo mi planta.
La hosca legión, de la profunda grieta
Brotó al instante; y mi adorada, inquieta,
Huyó veloz de mi amoroso lado,
Dejándome sin luz y abandonado.
En fantástica ronda, en torno mío,
Saltando gira el escuadrón sombrío;
Y el círculo infernal cerrando aprisa,
El aire llenan de estridente risa.
Y más y más el circulo se estrecha,
Cantando siempre su fatal endecha:
«¡Cediste el cielo a su pasión traidora,
Y ya eres nuestro para siempre ahora!»
VII
¡Qué bien estás en mis brazos!
¡Qué bien en mi corazón!
¡Yo soy tu cielo infinito,
Tú, mi más amado sol!
A nuestras plantas se agita
La turba loca y feroz,
Y gruñen, gritan y rabian
Por lo que llaman honor;
Y suenan los cascabeles
De sus gorras de bufón,
Y a culatazos se rompen
La crisma que es un primor...
¡Qué felices, lejos de ellos,
Somos a un tiempo los dos,
Cuando la frente en tu cielo
Escondes, amado sol!
VIII
De la mansión bendita
Do el dulce dueño de mi amor habita,
Salí una vez, a la hora en que su broche
Abre la flor al nocturnal misterio;
Y vagando, sumido en las pavuras
Y en el hondo pensar de media noche,
Ví al cruzar el obscuro cementerio,
Que moviendo sus tétricas figuras,
Me llamaban las blancas sepulturas.
La tumba del cantor, que recibía
El rayo de la luna macilento,
Abrió su losa fría,
Como en señal de mudo llamamiento,
Y un susurro se oyó, que dijo: «Hermano,
Al punto vengo»-y cual vapor liviano,
Salió el alma del triste monumento.
Era el cantor, que, al túmulo trepando,
En la piedra más alta tomó asiento;
Y del laúd las cuerdas rasgueando
En ímpetu violento,
Así cantó con estentóreo acento:
«¡Ea! ¡Cuerdas sin voz! ¿La antigua y tierna
Canción no recordáis, que ardiente un día
daba al pecho calor?
Los ángeles lo llaman dicha eterna,
Los demonios, satánica agonía,
Y los hombres, Amor!»
Apenas resonaron sus últimas palabras,
Abriéronse las tumbas en torno del cantor,
Y en círculo de sombras, los pálidos fantasmas
Rodeándolo, cantaron en coro atronador:
«¡Amor, Amor! Tu poder
Nos trajo aquí a reposar,
Y los ojos nos cerró...
¿Por qué ahora, di, querer
En nuestra noche evocar
El dolor que ya pasó?»
En rauda batahola, gimieron y silbaron,
Y aullaron y rugieron los hijos del pavor;
Y en torno, enloquecidos, del músico giraron
Que al punto hirió las cuerdas con lúgubre furor.
«¡Bravo! ¡Bravo!-¡Siempre locos!
¡Bienvenidos sed, hermanos,
Que tan pronto comprendisteis
La palabra del encanto!»
Encerrados aquí estamos,
Año viene y año va,
Y es preciso que hoy gocemos;
Mas, primero, ved que estemos
A cubierto del mortal:
Locos fuimos en el mundo,
Cuando dimos en gastar
Nuestras locas energías
En las falsas alegrías
Del afecto terrenal,
Cuente ahora cada uno
Lo que le hubo de pasar:
Sus terrores, su agonía,
En la ardiente cacería
Del amor y la beldad.
Del círculo, al instante, cual ráfaga ligera,
Salió una sombra pálida que habló de esta manera:
«Aprendiz de sastrería
Era yo en mi edad primera,
Y mejor que yo, no había
Con la aguja y la tijera;
Pero vino, ¡oh, suerte impía!
Del maestro la heredera,
Y me hirió en el pecho un día,
Con la aguja y la tijera.
Rompieron los espectros en risa placentera;
Salió otra sombra lívida, y habló de esta manera:
Muchas glorias de este suelo
(Cual Rinaldo Rinaldini,
Carlos Muro y Orlandini),
Me sirvieron de modelo;
De aquellos héroes a usanza,
Adorar quise a una bella,
Y a la más linda doncella
Mi amor rendí y mi esperanza.
De tanto amar perdí el tino,
Y al yerme en apuro urgente,
Metí la mano, impaciente,
En la bolsa del vecino.
Y el guardia civil reía,
Diciendo que yo quería
Las lágrimas de mi anhelo
Enjugar con el pañuelo
Que mi vecino traía.
Y no satisfecho el tal,
Llevóme a lugar más santo,
Do en regazo maternal,
Me acogió bajo su manto
La mansión correccional.
Junto a la rueca vivía,
Pensando en mi amor sin calma,
Hasta que la sombra impía
De Rinaldo, cierto día,
Vino y cargó con mi alma.
Rompieron los espectros en risa placentera;
Salió un tercer espíritu, y habló de esta manera:
Era yo rey del proscenio,
En el papel de galán:
Cuántas veces clamé: «¡Oh dioses!»
Y cuántas Suspiré: «¡Ay!»
Era MORTIMER mi fuerte,
Por su dama sin rival;
Mas, pasó lo de costumbre:
Me desdeñó la beldad;
Y una vez, al fin del acto,
«¡Oh María!» al exclamar,
Un poco más de lo justo
Me hundí en el pecho el puñal.
Resuena la algazara, el cuarto se adelanta
Que, envuelto en un sudario, sus cuitas así canta:
Hablando el catedrático, quedéme yo dormido;
Tan larga era su tesis, tan árida y prolija.
Mil veces, ay, mil veces hubiera preferido
Soñar entre los brazos divinos de su hija.
¡De lo alto de sus rejas, amante, me veía
La rosa de las rosas, mi fúlgido lucero!...
La rosa de las rosas, empero, pasó un día
Del árido Magister a un necio con dinero.
Maldije de las hembras, del oro y de su estrago;
Mezclé en el vino amarga, letal adormidera;
Después llamé a la muerte, y echamos un buen trago:
«¡Salud! me dijo, y ¡vamos!, conmigo no hay espera!»
Colgándole, fatídica, la cuerda a la garganta,
En medio de las risas el quinto se adelanta:
Frente a una bota de vino,
Jactábase el conde, un día,
De sus magníficas joyas
Y de su cándida hija.
-«¿Que me importan, condezuelo,
A mí tus alhajas ricas?...
¡Mucho más me llena el alma
La hermosura de tu niña!»
Tras cerrojos y altos muros,
Guardaba joyas e hija;
Y una larga servidumbre
El castillo defendía.
¡Qué me importan, a mí, llaves,
Ni murallas, ni vigías...
Sin temor, trepé las gradas
De la escalera... y ¡arriba!
Llegué firme a la ventana
Del encanto de mi vida,
Cuando, abajo, escuché voces
Que entre pestes, me decían:
«¡Ea, amigo! Que yo quiero
Ser también de la partida,
Pues tampoco me disgustan
Las preciosas prendas finas...»
Burlóse el conde a sus anchas,
Y me echó la garra encima,
Mientras en torno los criados
Me formaban una grita.
«¡Id al demonio, canallas!
¡Ladrón no soy, a fe mía!
¡Sólo deseaba llevarme
A la que es luz de mi vida!»
No valió defensa alguna;
Mis protestas nada hacían;
Y sin pararse en razones,
Me echaron la cuerda aprisa.
Cuando el sol en el oriente
Prendió su llama divina,
Asombróse al contemplarme
Pendiente de la horca impía.
Del circulo de risas, avanza con presteza
El sexto, entre las manos trayendo la cabeza:
Para distraer las penas
De mi infortunado amor,
A cazar, fusil en mano,
Salí al bosque una ocasión;
Y el ave de mal agüero
Lúgubremente gritó:
«
|¡Ya-
|acabó! ¡Ya-acabó!»
|
(1)
¡Ay, si encontrara una tórtola
Para llevarla a mi amor!...
Así pensaba, y el bosque
En redor espiaba yo
Con el ojo penetrante
Del experto cazador...
¿Qué arrullo es ese que oigo?...
-Cabal: ¡dos palomas son!
Deslicéme con cautela
Por entre el fresco verdor;
Armo el fusil y... ¡qué miro!...
¡Era mi tórtola, oh, Dios!
¡Era mi novia dorada
En brazos de otro amador!...
Hora, cazador: buen ojo,
Y apunta con precisión:
Disparé-y el extranjero,
Bañado en sangre rodó.
Poco después-del verdugo
El cortejo aterrador,
Conmigo al frente, cruzaba
El bosque a paso veloz;
Y el ave de mal agüero
Desde la selva graznó:
«
|¡Ya-acabó! ¡Ya-acabó!
Llegó su vez al trovador nocturno,
Que, después del reír, dijo a su turno:
Yo también canté un día
De la pasión impía
Los triunfos y rigores;
Mas, por fortuna, mi canción de amores
Ya olvidada se halla;
Que si en el pecho el corazón estalla,
Lo mejor, según veo,
Es mandar las canciones a paseo.
La. turba, en raudo remolino corre,
Mientras su risa atronadora zumba...
Sonó «la una» en la vecina torre,
Y hundiéronse los muertos en la tumba...
IX
En tranquilo y sereno
Sueño feliz a todo mal ajeno,
Surgió ante mí, como radiante diosa,
La visión, entre todas, más hermosa.
Como níveo alabastro,
Pálida es, y pura como un astro;
Suelto lleva el cabello, y su pupila
Fulgor de perla y de zafir rutila.
Con süave armonía,
La marmórea doncella se movía;
Y tierna, reclinándose en mi lecho,
Blando nido su frente halló en mi pecho.
¡Cómo, ardiente, latía
Mi corazón, de pena y de alegría!...
¡No el suyo así, que frío como nieve,
Ni late, ni palpita, ni se mueve!
-«Mi corazón de hielo,
Me dijo, no se agita en hondo anhelo;
Mas no por eso del amor ignoro
El mágico poder, ni su tesoro.»
«Roja sangre no enciende
Mi corazón, ni en mi mejilla prende
Vivo carmín; mas oye y no te asombres:
¡Eres mi preferido entre los hombres!»
Hasta el dolor agudo,
Ciñóme, ardiente, en voluptuoso nudo...
Cantó el gallo, y sin ruido, en el ambiente
Despareció la hermosa de repente.
X
Tanto y tanto los muertos he invocado
Al mágico poder de mi conjuro,
Que vinieron al fin-y hora al nublado
No quieren retornar de su antro oscuro.
La fórmula que rompe los encantos,
Olvidé en mi terror-, y hoy, ellos mismos
Los muertos son, que a su mansión de espantos
Me llaman, y a sus lóbregos abismos...
¡Atrás! ¡Atrás! ¡Maldita muchedumbre!
¡Demonios! ¡Alejáos de mi presencia,
Que aun goces puede haber bajo la lumbre
Del sonrosado sol de la existencia,
Y he de luchar, hasta alcanzar un día
La flor de mi soñada venturanza!...
¿Qué fuera de la triste vida mía,
Si en su amor no cifrara mi esperanza?
Una vez nada más, con ansia loca,
Quiero estrechar su cuerpo peregrino;
¡Sólo tina vez, en su purpúrea boca
Libar el néctar del dolor divino!
Una vez, de su labio oír deseo
La confesión de su alma enamorada...
Y después, oh, fantasmas del Leteo,
Seguiros al abismo de la nada...
Oyéronme los muertos, y sus sienes
Inclinaron en muda cortesía:
-«¡Astro de mi esperanza! aquí me tienes;
Dí-¿me amas, me amas, vida mía?
CANCIONES
I
Al despuntar el alba me incorporo
Y digo: ¿Vendrá hoy mi dulce encanto?
Baja el sol a su ocaso, y gimo y lloro;
¡Hoy tampoco vendrá la que amo tanto!
Llega la noche; crece mi amargura,
Y en vano invoco el sueño en mi agonía,
Y, soñando despierto, a la ventura
Paso vagando en soledad el día...
II
De un punto a otro la ansiedad me impele;
En breve, en breve al ser idolatrado
Habré de ver, la bella entre las bellas;
¡Corazón, corazón, no latas tanto!
¡Qué lentas, qué tardías son las horas!
En soñoliento y perezoso bando,
Se deslizan, se arrastran indolentes...
¡Oh, bando perezoso, apresuráos!
En vano en mi impaciencia me revelo;
Nunca amaron las horas, nunca amaron;
Y unidas en secreto, en liga odiosa,
Se burlan, ay, del triste enamorado.
III
Vagaba yo entre los árboles,
A solas con mi dolor;
Vino el sueño de otros tiempos,
Y se entró en mi corazón.
-¿Quién, pajarillos del cielo,
Esa frase os enseñó?
¡Callad! que cuando la escucho,
Se renueva mi aflicción.
-«La cantaba una doncella
Al pasar por este alcor.
Y fué así que aprisionamos
La dulcísima canción.»
-No volváis a repetirla,
Pájaros de dulce voz;
Queréis robarme mi pena,
Mi pena que es, ay, mi sol,
¡Mas, yo de nadie me fío,
Pajarillos del alcor!
IV
Tu mano apoya contra el pecho mío;
¿Oyes de un rudo golpe la inquietud?...
Es que hay adentro un carpintero impío
Que labra mi ataúd.
Y no cesa un instante el golpe fiero,
Y en vano intento al sueño recurrir...
¡Acaba, acaba pronto, carpintero,
Y déjame dormir!
V
Bella cuna de mis penas,
Bella tumba de mi calma,
De mi ser suaves cadenas,
¡Adiós os dice mi alma!
¡Adiós, adorados lares
Que amparáis a la hechicera!
¡Adiós, benditos lugares
Do la ví por vez primera!
A no haberte conocido,
Reina de mi corazón,
Jamás hubiera sufrido
Esta insondable aflicción.
Ni moverte a simpatías,
Ni implorarte fué mi intento
Sólo en paz vivir quería
Do se exhalaba tu aliento.
Mas, me expatrió tu desvío,
Dejando tu acerbo labio
En mi mente el desvarío,
Y en mi pecho eterno agravio;
Y hoy arrastro el pie indolente,
Tras el bordón del romero,
Hasta reclinar la frente
Allá, en sepulcro extranjero.
VI
Aguarda, piloto, aguarda;
Aguarda y no te impacientes,
Que antes quiero despedirme
De dos hermosas mujeres:
De Europa y de la adorada
Que reina sola en mi mente.
Destila sangre mi cuerpo,
Y Sangre mis ojos vierten,
Para que escriba con sangre
De mi corazón doliente,
La historia de una alma triste
Que entre martirios perece.
¿Por qué, dime, vida mía,
Por qué tiemblas hoy al verme
Pálido y bañado en sangre?...
¿Por ventura, es hoy que adviertes,
Después de tan largos años,
La desgracia que me hiere?...
¿La leyenda no conoces
De aquella pérfida sierpe
Que con el falso regalo
De una manzana luciente,
A nuestros primeros padres
Sumió en lágrimas por siempre?...
¡Ay! ¡Cuánto mal en el mundo
De las manzanas procede!...
Eva la muerte nos trajo,
Eris trajo las ardientes
Llamas de Troya; tú, ambas:
¡Tú, las llamas y la muerte!
VII
Reflejan a la par monte y castillo
Del Rin las aguas, como claro espejo,
Y boga en tanto mi fugaz barquillo
Que baña el sol con su inmortal reflejo.
El juego de las ondas y los vientos,
Silencioso, en la prora observo en calma,
Y despiertan en mí los sentimientos
Que duermen en el fondo de mi alma.
Convidando al placer, ostenta el río
Su albo cristal... mas, ¡ay, que no me engaña:
Arriba es luz, pero en su centro frío
La muerte esconde y la tiniebla entraña.
Gozo en la superficie; abajo insidia...
¡Raudal, tú eres la imagen de mi amada!
Ella también oculta su perfidia
Bajo su dulce y cándida mirada.
VIII
Al principiar mi tortura,
Casi me desesperé,
Pues nunca, nunca juzgué
Soportar tanta amargura.
Empero, la soporté...
«¿Cómo? diréis por ventura...
-¡Ah, no aumentéis mi tortura,
No preguntéis cómo fué!
IX
Con rosas y adelfas y clavos de oro,
Debiera este libro adornar;
Y en él, como en una mortuoria, el tesoro
Guardar de mi estro fatal.
¡Quién, ¡ay! quién pudiera también a la fosa
Lanzar el amor infeliz!...
Del almo descanso la flor misteriosa
Despliega sus hojas allí.
Allí los mortales, tras dura existencia,
En pos de su aroma se van...
Mas, ¡ay! cuando llegue mi turno, su esencia
Será para mí nada más.
Son estos los cantos que un tiempo sin calma,
Cual lava que el Etna arrojó,
Brotaron ardientes del fondo del alma,
En chispas de vivo fulgor.
Y hoy pálidos yacen sin brillos ni galas;
Mas pueden dejar su ataúd,
Si Amor extendiendo sobre ellos sus alas,
Los vuelve a la vida y la luz;
Y un algo secreto me dice que un día
Amor en su auxilio vendrá,
Y que estas estrofas, lejana alma mía,
Al fin hasta ti llegarán.
Y entonces la magia del canto, rompiendo
La valla que el arte le alzó,
Hará que las letras te miren sonriendo,
Y frases te digan de amor.
|
(1)
|
En el texto alemán es el cuervo el
que figura, imitando con su lúgubre graznido las palabras alemanas
|Kopf-ab! Kopf-ab! que traducidas literalmente dicen:
«¡Cabeza fuera!» o «¡Abajo la cabeza!»-lo que no tendría sentido en
el verso castellano, pues el graznido del cuervo no reproduce
ningún sonido que se asemeje a esas palabras en nuestro idioma. En
este escollo han tropezado todos los traductores de esta pieza, los
cuales han tenido que, o suprimir el verso, alterando por completo
la estructura de la estrofa, o traducirlo literalmente con una nota
explicatoria, lo que desvirtúa el magnífico efecto concebido y
realizado por el autor. Toca ahora al lector decidir si yo he
logrado o no salvar la dificultad con la sustitución del cuervo del
original por nuestro
|Ya-
|acabó! americano, ave agorera
de que habla el sabio Codazzi en su Geografía, y de la cual dice el
vulgo que modula siempre su canto fatídico en las cercanías de los
que van a morir.
«El
|Ya-
|acabó! es
también un pájaro del género de los hormigueros, que en su canto
triste pronuncia la voz que le da el nombre: suele cantar también
de noche, y en los bosques parece una voz humana.»-CODAZZI,
|Geografía, pág. 195.
(
|Nota del traductor.)
|