SONETOS
I
A MI MADRE
Siempre he llevado la cabeza erguida,
Siempre fué mi carácter recio y bravo;
Y aun frente a frente del Monarca mismo,
Nunca mis fieros ojos se bajaron.
Mas, confesarlo debo, ¡oh,. madre mía!:
Si en tu presencia angelical me hallo,
Mi soberbia altivez desaparece,
Y, humilde, tiemblo a tu amoroso lado.
¿Es tu alma, acaso, que en secreto impulso,
Me rinde... tu alma noble que a lo alto
El vuelo tiende, y lo penetra todo?...
¿O es, quizás, el recuerdo de que, ingrato,
Herí una vez tu corazón sensible,
El tierno corazón que me ama tanto?
II
Loco, una vez, abandoné tu lado,
Y al mundo me lancé, tras la divina
Ilusión del Amor, que en mis ardientes
Amantes sueños realizar quería.
Busqué el Amor por todos los caminos;
Lo mendigué con alma adolorida
De puerta en puerta; y sólo obtuve, sólo,
Frío en el corazón, y odios y risas.
Seguí, seguí buscando,.-y nunca, nunca
Logré encontrarlo,-hasta que al fin un día,
Volví al hogar... Saliste a recibirme,
Y, ¡oh, sorpresa feliz, madre querida!...
Ví en tus ojos brillar, eterno y puro,
El santo amor con que soñado había.
III
Á H. S.
Cada vez que abro tu precioso libro,
Vienen a mi, con plácidos recuerdos,
Las doradas visiones de la infancia
Y los primeros juveniles sueños.
La altiva catedral que la germana
Fe levantó, miro elevarse al cielo,
Y las campanas oigo, y las sublimes,
Graves notas del órgano en el templo.
Miro también que maliciosos duendes
Los rosetones rompen de la cúpula
Mas, no importa a la encina majestuosa
puede el hombre robar su pompa augusta,
Que vuelve al fin la fértil primavera
Y otra vez la reviste de verdura!
SONETOS AL FRESCO
I
Ni bailo, ni me humillo con los tontos
Que oro por fuera son, fango por dentro;
Ni al que me tiende en público la mano,
Y por detrás me ataca, se la estrecho;
Ni ante las Circes mágicas que exhiben
Sin pudor su ignominia, me prosterno;
Ni del carro triunfal de ídolo falso
Tiré jamás, uncido con el pueblo.
Bien sé que el roble en la tormenta cae,
Y que el cimbrante junco a alzarse torna,
Mas, ay, después... ¿cuál es el fin del junco?...
- feliz!-de bastón a algún idiota
Sirve primero, y luego se destina
A sacudir el polvo de la ropa.
II
La máscara me dad, que disfrazarme
Quiero de pobre diablo así los tunos,
Que con trajes históricos se visten,
No me tendrán por uno de los suyos.
En el vocabulario y las maneras
Del pueblo vil quiero ponerme ducho,
Dejando atrás toda escogida frase
Como esas de que el pícaro hace uso.
Así, al baile de máscaras grandioso,
Iré, y me rodearán Reyes y Reinas,-
Ya Arlequín me saluda, ya aquel otro
Con la espada de palo me golpea,-
Y aquí está el chiste: me descubro el rostro,
¿Y los bandidos trémulos se quedan!
III
Ríome de los pánfilos idiotas
Que en mí fijan sus ojos de carnero;
Ríome de los zorros solapados
Que me olfatean con hocico hambriento;
Ríome de los monos sabidillos
Que se las cian de jueces del ingenio;
Y me río, por fin, de los cobardes
Que me amenazan con letal veneno.
Que, cuando nuestras dulces esperanzas
Rompe la suerte infiel con mano impía,
Y, en polvo, a nuestras plantas las arroja;
Cuando en el pecho el corazón se agita
Herido, enfermo y desangrado... entonces,
¡Aun nos queda el consuelo de la risa!
IV
Siento rodarme en la cabeza un cuento,
En cuyo cuento una canción resuena,
Y en la canción palpita, y crece, y brilla
Una preciosa y singular doncella.
Un corazón en la doncella late,
Un corazón donde el amor no alberga,
Que en ese pecho indiferente y frío,
Sólo hay orgullo y arrogancia fiera.
¿Oyes cuál zumba en mi cabeza el cuento,
Y cómo gime la canción monótona,
Y la doncella sin cesar platica?...
Temo, ay, que la cabeza se me rompa...
¡Y cosa fuera divertida y triste
Que fuese yo a salir de quicio ahora!
V
Una serena tarde, a mi memoria
Volvieron las canciones ya olvidadas,
Y de mi llanto al par, brotó la sangre
De las viejas heridas de mi alma.
Como en el fondo de encantado espejo,
Ví de mi amor la imagen reflejada,
Que entretenida en su labor de aguja,
En plácido silencio trabajaba.
En esto, se alza de su asiento; corta
De su cabello el más hermoso rizo,
Y, tierna, me lo ofrece... ¡oh gozo inmenso!...
Mas mi dicha Luzbel destruye, impío,
Y tejiendo aquel rizo en fuerte lazo,
En él, por años, me dejó cautivo.
VI
«Cuando, después de un año, volví a verte,
No me besaste a la hora del retorno»,-
Así le dije,-y de su rojo labio
Vino a mi labio el beso más dichoso.
Luego, de un mirto que a la luz crecía
En su ventana, desprendió un retoño:
«Toma-me dijo,-esta florida rama,
Y entre cristales plántala en un soto....»
Ha largo tiempo que la rama guardo,
Ha largo tiempo se secó en el tiesto,
Y hace ya muchos años, muchos años,
Que a la doncella de mi amor no veo;...
¡Mas, ay, el beso que me dió su labio,
Arde en mi alma aun, como un incendio!
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(1)
VII
Guárdate, amigo, de los trasgos fieros;
Guárdate aún más de las serenas hadas;
Una conozco que me envió un besito,
Y al acercarme, me clavó las garras.
Guárdate, amigo, de gatazos negros;
Guárdate aún más de las gatitas blancas;
Una escogí por favorita un día,
Y la mimada me arañó en el alma.
-¿Cómo niña gentil, cómo pudieron
Engañarme tu límpida mirada,
Y tus manitas desgarrarme el pecho?...
¡Ah! Si pudiera la divina llama
Apagar de tus labios, con un beso,
Aunque mi corazón se desangrara!
VIII
Con esos mentecatos, a menudo
Me has visto combatir: asnos de anteojos,
Que denigran mi nombre sin mancilla,
Y con placer me enviaran al demonio.
Has visto los pedantes acosarme,
Y los bufones, ay, volverme loco,
Y de mi pecho, de serpientes cinto,
Brotar la sangre de mi vida a chorros.
Tú, en tanto, firme cual serena torre,
Me serviste de faro en la borrasca,
Y fué tu corazón el puerto mío.-
Fuera del puerto la tormenta brama,
Y es raro el barco que su entrada logra,
Mas, una vez en él,-todo es bonanza.
IX
Llorar quisiera, mas llorar no puedo;
Quisiera remontarme hasta los soles,
Mas no puedo volar.., clavado al suelo,
Tengo de revolcarme entre los hombres.
Quisiera yo cernirme, como un sueño,
En torno de la luz de mis amores,
Y así vivir en su divino aliento...
¡Mas, ay, no puedo... el pecho se me rompe;
Y del herido corazón, a mares
Corre encendida sangre que me ahoga
Y empaña de mis ojos los cristales!...
¡Ay! Sólo ansío a la región nublosa
Tender el vuelo, do en abrazo amante,
Me acojan, tiernas, las mortales sombras!
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(1)
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Este verso final del Soneto VI, es
en el original el último del primer terceto. Tanto por la razón
artística de que con él termina perfectamente el soneto castellano,
cuanto por la recia dificultad de hacer entrar en la versión el
para mí inútil terceto final, me atreví a omitirlo del todo en la
traducción, para darlo luego en esta nota. Ni he alterado, ni mucho
menos corregido; no he hecho más que suprimir, en fuerza de las
razones ya expuestas. He aquí el terceto omitido:«Llévame desde lejos hasta el sitio
donde habita mi amor; paso la noche frente a su casa, y al venir la
mañana me retiro.» (
|N. del T.)
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