INDICE




EL REGRESO
1823 - 1824

 
I

En mi oscura vida un tiempo
Brilló una dulce visión;
Desvanecióse la imagen,
Y entre tinieblas estoy.

¡Los niños, cuando en la sombra
Los sobrecoge el terror,
Para librarse del miedo,
Cantan luego en alta voz!

Yo, pobre niño, en la sombra,
Miedoso, cantando voy;
No será dulce mi canto,
Mas me libra del terror.

II

No sé que me pasa; ignoro
Por qué tan triste me Siento,
Y una leyenda pasada
Gira y gira en mi cerebro.

Avanza fría la tarde;
El Rin ondula sereno,
Y el pico del monte brilla
Del sol al rayo postrero.

Sobre una peña, una hermosa
Se alcanza a ver a lo lejos,
Que de áureas joyas prendida,
Peina sus áureos cabellos.

De oro es el peine que usa,
Y un canto modula, tierno;
Canto de tal melodía,
Que embarga los sentimientos.

El barquero, en su barquilla,
Oye la canción, suspenso,
Y no ve los arrecifes,
Fija la vista en el cielo.

Presa fueron de las ondas
Al fin, barquilla y barquero,
y fué el canto de la ninfa,
La causa de aquel siniestro. | (1)

III

Muy triste está mi corazón, muy triste,
Y Mayo alegre su fulgor derrama;
Yo en tanto, a un tilo reclinado, sueño,
Del antiguo bastión en la explanada.

Debajo miro deslizarse, azules,
Del ancho foso las serenas aguas,
Y un niño en ellas, que en ligero esquife
Tiende la red y descuidado canta.

A la distancia, alegres se divisan,
Al sol luciendo sus brillantes galas,
Quintas, jardines, campesinas gentes,
Y rebaños y prados y montañas.

En el remanso, las campestres mozas
Lavan y alegres en el musgo saltan;
Y del molino la zumbante rueda
En lluvia de diamantes se desata.

En el antiguo torreón pardusco,
Del centinela la garita se alza,
Y junto a ella, sin cesar va y viene
Un rudo militar, montando guardia.

Y el fusil manejando se divierte
Que al sol reluce cual bruñida plata;
Y yo lo observo en mi dolor, y digo:
¡Ojalá que de un tiro me matara!

IV

Voy por el bosque sumergido en llanto.
Y en lo alto de las ramas el zorzal
Vuela y modula en melodioso canto:
«¿Por qué tan triste estás?»

-«Las pardas golondrinas, tus hermanas-
Avecilla,-decírtelo podrán;
Ellas, que hacen su nido en las ventanas
De mi dulce beldad.»

V

Está la noche tempestuosa y fría;
De luceros vacía
La bóveda del cielo;
Y yo, entre tanto, por la selva umbría,
Perdido vago a solas con mi duelo.

De una luz el reflejo vacilante
Alcanzo a ver distante,
En la cabaña oscura
Del cazador... Prosigue, caminante;
Que allí también hay sombra y desventura.

La anciana abuela, en su sillón de cuero,
Ciega y de aspecto austero,
Sentada está, cual ruda
Marmórea efigie en ademán severo,
Rígida, inmóvil, olvidada y muda.

Del guardabosque el hijo pelirrojo,
Dando voces de enojo,
Va y viene-la escopeta
Apoya al muro, y su brutal antojo
Y su labio soez nada respeta.

La hermosa niña, en tanto,
Hila, y el lino moja con su llanto,
Mientras a sus pies tendido,
Presa también de su mortal quebranto,
Lanza el lebrel del padre triste aullido.

VI

Ven, ¡oh, linda pescadora!
Acerca el bote a la tierra,
Ven y siéntate a mi lado
Y hablemos de cosas tiernas.

Reclina en el pecho mío
La cabeza, y nada temas;
¡Tú, que diariamente fías
Al rudo mar tu existencia.

Como el mar, mi pecho agitan
Flujo y reflujo y tormentas,
Y en su fondo oscuro yacen
Escondidas muchas perlas.

VII

La luna en los espacios ascendía,
En luz bañando el onduloso mar;
Y yo en los brazos de mi amor, sentía
Su corazón y el mío palpitar.

Mi aliento confunciendo con su aliento,
Reposaba a la orilla de la mar.
«escuchas, dime, en el gemir del viento,
Que hace tu blanca mano así temblar?»...

-«No es la voz de la brisa gemidora;
Es de la ondina el canto singular...
¡Son mis hermanas que, en infausta hora,
A sus abismos arrastró la mar!»

VIII

Su cinturón de nubes desciñendo,
Su blanco cinturón, el viento avanza;
Las olas bate con poder tremendo,
Y el mar rugidos espantosos lanza.

En las alturas lóbregas, su broche
Las nubes rompen con furor insano:
Dijérase que está la vieja Noche
Luchando por ahogar al viejo Oceano.

En el tope del mástil, la gaviota
Lanza su grito en la región oscura,
Las alas bate, y su estridente nota
Algo siniestro y pavoroso augura.

IX

La tormenta al baile invita
Con su rugir y silbar.
¡Ay! ¡Cómo danza la nave!
¡Qué alegre la noche está!

Montañas de hirviente espuma
Forma el escrespado mar;
Ya aquí en abismo se abre,
Ya se eleva al cielo allá.

Votos, quejas y plegarias
Suenan en la oscuridad;
Y yo, asido al mástil, pienso:
¡Quién estuviera en su hogar!

X

Las vespertinas nieblas
Bajan y el mar envuelven en tinieblas,
Y en misterioso murmurar, las ondas
Sus crestas ciñen de nevadas blondas.

De ellas, una sirena
Surge y se sienta junto a mi en la arena;
Su níveo seno la flotante gasa
Que su hermosura vela, hinche y traspasa.

En amoroso nudo,
Me enlaza ardiente, hasta el dolor agudo;
«Es tu abrazo de fuerza abrumadora,
¡Oh, hermosa ninfa, de la mar señora!»

-«Si en mis brazos te estrecho,
Es porque busco en tu ardoroso pecho
El dulce alivio del calor del día
En esta noche nebulosa y fría.»-

«Pálido luce el astro
De la noche entre nubes de alabastro,
Y húmedos por el llanto están y rojos,
¡Oh, hermosa ninfa de la mar, tus ojos!»

-«¡No es llanto lo que brota
De mis ojos-me dijo;-es una gota
Del mar que en ellos se quedó prendida
Al surgir de las sombras a la vida!»-

«Su penetrante nota
Lanza en el mar rugiente la gaviota;
Y tu pecho se agita en honda pena,
¡Oh, de la mar bellísima sirena!»

-«¡Mi corazón palpita
Y en honda pena sin cesar se agita,
¡Porque te adoro con amor sin nombre
En el mundo mortal, hijo del hombre!»-

XI

Cuando, por las mañanas, dulce niña,
Paso frente a tu casa,
Mi corazón rebosa de contento
Al verte en la ventana.

Con tus Oscuros, insondables ojos,
Me preguntas callada:
¿Quién eres, triste y pálido extranjero?
¿Qué sientes en el alma?...

¿Quién Soy?-Bardo germano, en Alemania,
De todos Conocido:
Cuando se citan los más altos nombres,
También se cita el mío.

¿Qué siento? que sienten en mi patria
Muchos por cruel destino:
Cuando se citan los dolores grandes,
También se cita el mío.

XII

Resplandecían las marinas olas
Al sesgo rayo del Poniente sol;
Del pescador en la cabaña, a solas
Silenciosos estábamos los dos.

Las nieblas apagaron los reflejos;
Revolaban los pájaros del mar;
Y de tus ojos, del amor espejos,
Las lágrimas brotaron en raudal.

Yo las ví descender sobre tu mano,
Y cayendo de hinojos a tus pies,
Como puro rocío en lirio ufano,
Sediento, aquellas lágrimas libé.

Desde el instante aquel, de hondo quebranto
Expira y de ansiedad, mi corazón...
¡Ay! La desventurada, con su llanto
Para siempre jamás me envenenó.

XIII

En el lejano horizonte,
Como paisaje de nieblas,
La ciudad, con sus cúpulas y torres,
Brilla en la luz crepuscular envuelta.

Una brisa húmeda y fría
Las pardas ondas subleva,
Y triste, el marinero en mi barquilla
Con movimiento acompasado rema.

Por última vez su brillo
El sol al hundirse ostenta,
Y una vez más me enseña aquellos sitios
Donde perdí el amor de mi existencia...

XIV

¡Salve, misteriosa y noble
Ciudad que brindaste un día
Asilo, tras de tus muros,
Al dulce amor de mi vida!

Responded, torres y puertas;
¿Dónde está la hermosa niña?...
Os la confié, y de guardianes
Debisteis siempre servirla.

Culpa no tienen las torres,
Que tras ellas no podían
Correr, cuando la dorada
De la ciudad huyó a prisa.

Y las puertas la dejaron
Pasar ufana y tranquila;
Que toda puerta se abre
Cuando lo quiere una niña.

XV

Entré en la sala aquella
En que su fe me prometió la bella;
Y allí donde sus lágrimas ardientes
Dejaron una vez húmeda huella,
Se arrastran hoy mortíferas serpientes...

XVI

Serena está la noche, la calle silenciosa;
Es esta la morada que mi ángel habitó;
Ha tiempo que la hermosa partió del lar nativo;
La casa, en tanto, ocupa la misma posición.


Ante ella un hombre observo que mira hacia lo alto,
Torciéndose las manos de angustia y de dolor;
¡Horror! La clara luna su rostro me revela,
Y en él mi propia imagen contemplo, es otro yo...

¡Oh, sombra de mi sombra, visión descolorida!
¿Por qué, por qué remedas la angustia de mi amor,
Aquel suplicio agudo que en estos mismos sitios
Hirió mi alma en noches de un tiempo que pasó?

XVII

¿Cómo puedes dormir tan descuidada,
Sabiendo que aún existo...
Que puedo, si despierta el viejo encono,
Romper el yugo impío?...

¿La popular leyenda no conoces,
De aquel muerto que vino
A media noche y se llevó a la novia
A su sepulcro frío?

Pues, créeme, hermosa niña, y no lo dudes,
Que es cierto lo que digo:
Vivo aún, y más fuerte soy que todos
Los muertos reunidos.

XVIII

Duerme la niña, la callada luna
Trémulo rayo al aposento envía,
Mientras afuera resonar se öye
De un vals la cadenciosa melodía.

Asómase la hermosa a la ventana
Por ver quién turba su tranquilo sueño,
Y un esqueleto ve que el valse toca
En un violín, con pavoroso empeño.

«Me ofreciste una vez bailar conmigo,
Y tu promesa aguardo todavía.
Baile en el cementerio hay esta noche;
Ven, y allí bailaremos, alma mía!»

Vivo deseo al punto se apodera
De la niña infeliz-fuera se lanza,
Y al esqueleto sigue, que cantando
Y tocando el violín al frente avanza,

Y los desnudos huesos traqueändo
Con pavoroso y áspero crujido,
Al rayo de la luna, horribles gestos
Va haciendo con el cráneo carcomido.

XIX

Sumergido en hondos sueños,
Contemplaba tu retrato,
Y poco a poco, su dulce
Rostro por el amor se fué animando.

Una angélica sonrisa
Plegó sus divinos labios,
Y lágrimas de ternura
En sus ojos espléndidos brillaron.

Rodó también a torrentes
Por mis mejillas el llanto...
¡Ay, por más que pienso en ello,
Que te he perdido a comprender no alcanzo!

XX

¡Atlas mísero soy! Un mundo entero,
El mundo del dolor,
Sobre mis hombros llevo; su tremenda,
Su insoportable gravedad me agobia,
Me rompe el corazón.

¡Soberbio corazón, tú lo has querido!
La ventura sin fin,
La eterna dicha, o la desgracia eterna...
Eso deseabas, corazón soberbio,
¡Y ya eres infeliz!

XXI

Los años vienen y expiran,
Caen en la tumba las razas,
Sólo el amor nunca muere
Que mi corazón entraña.

Una vez más desearía
Verte y postrarme a tus plantas;
Y moribundo decirte:
«¡Te adoro!»-y rendir el alma...

XXII

Era en sueños; tristísimas brillaban
La luna y las estrellas,
Y a la ciudad me transporté do habita
Mi amada, a muchas leguas.

Llegué a su casa; las marmóreas gradas
Besé de la escalera:
Aquellas gradas que sus pies rozaron
Y su falda de seda.

Era una noche del invierno, larga
Y de frialdad intensa,
Cuando de pronto apareció una forma
En la ventana abierta:

Era la forma silenciosa y pálida!
De la hermosa doncella,
Que al rayo de la luna aparecía
Luminosa y serena!

XXIII

¿Qué quiere esa solitaria
Lágrima que mi pupila
Nubia, tornando a mis enjutos ojos
Del fondo obscuro de pasados días?

Muchas trémulas hermanas
Tuvo, hoy ya desvanecidas;
Regadas con mis penas y venturas,
perdidas en las sombras y las brisas.

Las estrellas se apagaron
De sus azules pupilas,
Que en el fondo del alma en otros tiempos
A mis dichas y angustias sonreían.

¡Ay! También, cual vano aliento,
Voló el amor de mi vida!...
¡Lágrima solitaria, corre, corre...
Disípate también en mi mejilla!

XXIV

La blanca media luna del otoño
Su disco asoma entre vapores pálidos,
Y cabe el triste cementerio alumbra
La solitaria habitación del párroco.

La madre lee la Biblia; el hijo clava
los ojos en la luz por largo espacio;
Medio dormida, la mayor se estira,
Y la menor exclama con enfado:

«¡Ay, Dios! ¡Qué días estos que uno pasa
Aquí, tan aburridos, tan pesados!...
Sólo cuando a enterrar llevan a alguno,
Es entonces no más que vemos algo»...

Sin dejar de leer, la madre observa:
«Te engañas, solamente han muerto cuatro
Desde que sepultaron a tu padre
Allí junto al portón del camposanto.»

Dando un bostezo la mayor-«No quiero»-
Dice- «morirme de hambre en estos campos;
Mañana mismo voy casa del Conde,
Que es muy rico y está de mi prendado.»

Con estúpida risa el hijo exclama:
«Bebiendo en la taberna he visto a cuatro
Que saben hacer oro, y el secreto
En estricta reserva me han confiado.»

Ardiendo en honda indignación, la madre
Le tira al flaco rostro el libro santo:
«Blasmefo del Señor, ¿qué es lo que dices?
¿Convertirte en ladrón quieres, acaso?»

En esto alguno a la ventana toca,
Y moviéndose allí, vese una mano:
Es el difunto padre que los mira
Desde afuera en su traje de eclesiástico.

XXV

Se adoraban los dos, mas su secreto
Ninguno confesaba;
Mirábanse cual fieros enemigos,
¡Y el amor los mataba!

Separáronse al fin, y sólo en sueños,
A veces se veían...
¡Hacía largo tiempo que en la tumba
Sin saberlo, dormían!

XXVI

¡Hombre!-¡Respeta al diablo!-
¡Corta es la vida,
Y del infierno el eternal castigo,
No es sueño que forjó la fantasía!

¡Hombre!-¡Paga tus deudas!-
¡Larga es la vida,
Y de pedir prestado en este mundo
Tendrás, como otras veces, todavía!

XXVII

¡Te acuerdas?-Eramos niños,
Y las horas se pasaban,
Ya trepando al gallinero,
Ya escondidos en la paja.

Remedábamos del gallo
La voz penetrante y clara,
Con habilidad tan suma,
Que la gente se engañaba.

De los cajones vacíos
Que en el corral se hacinaban,
Con improvisados muebles,
Nos hicimos una casa.

Del vecino, con frecuencia,
Visitábanos la gata,
Y le hacíamos, corteses,
Los honores de la casa.

Por su salud inquiríamos
Con solícitas instancias;
(Como después lo hemos hecho
Con más de una vieja gata).

Hablábamos, otras veces,
Como personas ancianas,
Quejándonos de los tiempos
Tan ruines que nos rodeaban;

De cómo ya no existían
Ni fe, ni amor, ni confianza;
De lo caro de los frutos,
Y lo escaso de la plata...

Pasaron ya aquellos juegos,
¡Ay! Como al fin todo pasa...
¡El oro, el tiempo y el mundo,
Y fe, y amor, y confianza!

XXVIII

En sueños la ví sumida
En ansiedad y quebranto,
Marchitas ya aquellas formas,
De belleza, antes, dechados.

En brazos llevaba un niño,
Y otro guiaba de la mano,
Revelando su infortunio
En traje, mirada y paso.

La encontré, vagando, triste,
Por la plaza del mercado;
Me vió-y le dije sereno,
Mi conmoción ocultando:

«Ven a mi casa conmigo,
Que enferma estás, sin amparo;
Allí el pan tendrás seguro,
Con mi industria y mi trabajo.»

«También cuidaré a esos niños
Que estrechas entre tus brazos;
Pero a ti más que a ninguno,
¡Pobre ser desventurado!»

«Nunca habré de recordarte
Mi pasado amor,-y cuando
Mueras, sobre tu sepulcro
Iré a derramar mi llanto.»

XXIX

A tiempo que del seno de un nublado,
La luna entre esplendores ascendía,
Del fondo tenebroso del pasado
Surgió un recuerdo ante la vista mía:

De rauda nave al movimiento blando,
Bogábamos del Rin en la corriente,
Sus márgenes frondosas contemplando
Bañadas en la luz del sol poniente.

A los pies de una dama hermosa y pura
Iba sentado yo, forjando un sueño,
Viendo en su dulce y pálida hermosura
Del sol jugar el resplandor risueño.

¡Cuánta dulce canción! ¡Cuánto donaire!
¡Era todo, en redor, paz y alegría!...
¡Cada vez más azul brillaba el aire,
Y de contento el corazón se henchía!

Cual mágica visión, desenvolviendo
Se iba el Rin del bello panorama...
¡Y yo todo copiado lo iba viendo
En las pupilas de la hermosa dama!

XXX

¡Oh, no perdáis la paciencia,
Si del antiguo dolor,
Un ¡ay! resuena vibrante
En mis últimos cánticos de amor!

¡Esperad, que ha de extinguirse
El eco de mi aflicción,
Y una nueva primavera
De cantos brotará mi corazón!

XXXI

Tiempo era ya de abandonar, sensato,
Aquellos devaneos;
Pues la comedia del amor, contigo,
Representando estuve largo tiempo.

Eran los bastidores de un estilo
Romántico, soberbio;
Mi manto señoril bordado en oro,
Y de excelsa bondad mis sentimientos.

Y hoy, después que esa locas ilusiones
He roto por completo,
Sigo siendo infeliz, pues todavía,
Sin cesar, la comedia represento.

¡Ay, Dios!... Que sin quererlo, de mi alma
He confiado el secreto;
Pues estoy, con la muerte en el espíritu,
De moribundo gladiador haciendo!

XXXII

Cuando en las sombras envuelto,
Tendido en el lecho estoy,
Entonces, ante mi vista
Flota una dulce visión.

Cuando los ojos, apenas
Me cierra blando sopor,
En mi sueño, dulcemente,
Se desliza la visión.

¡Mas al rayar de la aurora,
No se desvanece, no...
Y durante todo el día
La llevo en el corazón!

XXXIII

¡Niña de los claros ojos,
La de los labios de rosa;
Dulce bien que eternamente
En mi pensamiento moras!

¡Qué larga noche de invierno!...
Quisiera pasarla toda
A tu lado, en los coloquios
De la confidente alcoba.

Tu nívea mano quisiera
Oprimir contra mi boca,
Y humedecer con mi llanto
Tus dedos de nieve y rosa.

XXXIV

¡Puede la nieve amontonarse afuera;
Puede el granizo y la tormenta fiera
En mis ventanas golpear sin calma;
Y jamás una queja de mi alma
Saldrá, mientras entrañe el pecho mío
La imagen celestial de mi hechicera,
Y con ella el rocío
Y la luz de la tibia primavera!

XXXV

A San Pedro y a San Pablo ruegue el uno,
Ruegue el otro a la Madre del Señor;
Yo sólo a ti te ruego, vida mía;
A ti no más, mi deslumbrante sol,
 

Ten piedad de mi mal, sé bondadosa,
Concédeme tus besos y tu amor,
¡Oh, sol el más hermoso bajo el cielo!
¡Oh, cielo el más hermoso bajo el sol!

XXXVI

¿No te revela, acaso, mi semblante
Pálido, el torcedor de mi pasión?...
¿Y quieres, ay, que el orgulloso labio
Se humille a la limosna del amor?...

¡Oh, no; este altivo labio fué creado
Para el beso y la burla nada más;
Y aun expirando de dolor, soberbio,
De risa y de desdén se plegará!

XXXVII

Son tus ojos dos zafiros
De celeste resplandor:
¡Feliz tres veces el hombre
A quien miran con amor!

Tu corazón es diamante
De fulgente irradiación:
¡Feliz tres veces el hombre
Por quien arde con pasión!

Dos rubíes son tus labios,
Como el mundo nunca vió:
¡Feliz tres veces el hombre
Que amor en ellos libó!...

¡Oh, si a ese hombre dichoso conociera!...
¡Oh, si a solas con él me hallase un día
En un bosque tupido y solitario...
Cuán pronto su fortuna acabaría!

XXXVIII

Como una flor eres, niña,
Tan hermosa y pura y tierna,
Y cada vez que te miro,
Siento en el alma tristeza.

Quisiera extender las manos
Sobre tu frente serena,
Y a Dios rogar que te guarde
Siempre tan pura y tan bella.

XXXIX

Largo tiempo me he roto la cabeza
Pensando y maquinando noche y día:
Hasta que, al fin, tus adorables ojos
Solvieron el problema de mi vida.

Y hoy existo no más donde la llama
Dulce y fulgente de tus ojos brilla...
¡Quién hubiera pensado que de nuevo
A amar en este mundo llegaría!...

XL

Reunión en la casa hay esta noche;
Resplandecen las salas,
Y arriba, en los balcones, una sombra
A distinguir se alcanza.

Tú no me ves: oculto en la penumbras
Solo estoy, de la casa;
Mucho menos ver puedes en el fondo
Oscuro de mi alma.

¡Ay! Mi sombrío corazón te adora;
Te adora y se desgarra;
Se rompe, y se desangra y se consume...
Y tú... tú no ves nada!

XLI

Quiero todos mis dolores
En una voz encerrar,
Y en los vientos zumbadores
Echarla luego a volar.

Y que, volando incesante,
Hasta tu oído llegar,
La escuches a cada instante,
En todo tiempo y lugar.

¡Y, por fin, que de fatiga
Tus párpados al cerrar,
Hasta en sueños te persiga
La voz de mi hondo pesar!

XLII

Tienes diamantes y perlas,
Tienes cuanto el hombre ansía,
Tienes los ojos más bellos:
¿Qué más quieres, vida mía?

A tus bellísimos ojos
Compuso mi fantasía
Un raudal de eternos cantos:
¿Qué más quieres vida mía?

Con tus bellísimos ojos
Me hundiste en tal agonía
Que al borde estoy del sepulcro
¿Quieres aún más, vida mía?...

XLIII

Quien ama por vez primera,
Aun sin dicha, es rey del cielo,
Quien ama por la segunda,
Sin esperanza es un necio.

Yo ese necio soy, que amando
Sin retorno estoy de nuevo...
Luna y sol y estrellas ríen...
Yo también río.., ¡y me muero!

XLIV

Sanos consejos diéronme; de honores
Me colmaron, prolijos;
Y ayudado me habrían, según ellos,
A haberlo yo querido.

Mas de hambre hubiera muerto, como todos,
Sus demás protegidos,
A no venir un excelente hombre,
Por fortuna, en mi auxilio.

¿Que hombre tan bueno!... Me libré del hambre;
Lo que jamás olvido...
¡Lástima que no pueda yo abrazarlo,
Puesto que soy yo mismo!

XLV

Para elogiar a este chico
No hay en el mundo palabras:
A menudo con ostiones
Y licores me regala.

¡Qué bien el gabán le sienta,
Y el chaleco Y la corbata,
Cuando; atento, a saludarme
Viene todas las mañanas!

Me habla entonces de mi gloria,
De mi genio y de mi fama;
Y solícito y celoso
Por servirme se desala.

Por la noche, en la tertulia,
Con facha y voz inspiradas
Recita mis inmortales
Poemas ante las damas...

¡Oh! ¡Qué gozo y qué fortuna
Hallar semejante ganga
En estos tiempos en que cada día
Más y más la virtud se torna rara!

XLVI

En Julio me alejé de vuestro lado,
Y ahora torno a encontraros en Enero;
Entonces, de calor os asfixiábais;
Hoy sufrís los rigores del invierno.

Pronto me iré, para volver más tarde,
Cuando ya ni el calor sintáis, ni el hielo...
Y entonces pasaré por vuestra tumba,
¡Ay!, con el corazón cansado y viejo.

XLVII

Estrechado en tus brazos, vida mía,
Libando de tus besos la dulzura,
Pasado hubiera otro dichoso día...
Mas, vino el postillón.., y ¡adiós ventura!

¡Esa, niña, es la vida!... Eterna pena...,
De eterna despedida los enojos...
¡Ay!... ¿Por qué no me hiciste una cadena
Eterna con tus brazos y tus ojos?

XLVIII

Ibamos viajando solos
En la oscura diligencia;
Y entre risas y entre chanzas
Pasamos la noche entera.

Mas, apenas rayó el día,
Entre los dos, ¡oh, sorpresa!...
Vimos sentado a Cupido,
El intruso viajero de la venda. | (2)

XLIX

Como espectros aparecen
Las casas, en larga fila;
Y yo en mi capa embozado,
Silencioso, marcho aprisa.

En la torre dan las doce,
Hora en que la amada mía
Con impaciencia me aguarda
Para rendirme a caricias.

Mi camino iluminando,
La blanca luna es mi guía;
Llego, por fin, a la casa,
Y digo, alzando la vista:

«Gracias, luna confidente,
Que así mi senda iluminas:
¡Adió!... ¡Prosigue en el mundo
Vertiendo tu luz tranquila;

Y si encuentras un amante
Que solitario suspira,
Bríndale el dulce consuelo
Que a mi me brindaste un dia!»

L

¿Es cierto que tanto me odias?
¿Verdad, que has variado tanto?...
¡He de revelarle al mundo
Todo el mal que me has causado!

¡Oh, ingratos labios! Decidme:
¿Cómo podéis tan amargos
Ser con un hombre que un día
Tanto y tanto os ha besado?...

LI

¡Son esos los mismos ojos
Que antes tiernos me veían;
Son esos los mismos labios
Que me endulzaron la vida!

¡Es esa la voz que un tiempo,
Embelesado, yo oía!...
¡Sólo yo no soy el mismo...
Tanto he cambiado en la vida!

Y hoy cautivo entre sus brazos
De belleza peregrina,
Sobre su seno indolente,,
Reclino la sién marchita...

LII

Raras veces me entendisteis;
Yo a vosotros, rara vez...
¡Fué al hallarnos en el lodo
Que nos entendimos bien! | (3)

LIII

Incomoda a los eunucos
El sonido de mi voz,
Y se quejan, afirmando
Que es muy bronca mi canción.

Y ensayando sus delgadas
Vocecillas con primor,
Hacen trinos y gorjeos
De argentina vibración.

Cantan del amor las ansias,
Cantan los goces de amor,
Y las mujeres se anegan
En lágrimas de emoción.

LIV

Cual hostia gigantesca, entre las nubes,
Lentamente la luna se elevaba,
Su resplandor sobre la mar sombría
Bordando en oro relucientes franjas.

Yo, por la playa, silencioso iba,
Donde las blancas olas se estrellaban,
Cuando de pronto oí rumor de voces
Que hablaban dulcemente bajo el agua.

Era larga la noche, y más no pudo
Aquel silencio resistir mi alma:
«¡Ninfas! ¡Salid del mar, y en torno mío
Entonad y bailad la ronda mágica!

En vuestros senos arrullad mi frente;
Mi espíritu y mi cuerpo os rindo, ¡oh, hadas!
¡Cantadme y estrechadme hasta que muera,
Y a dulces besos agotad mi alma!»

LV

En pardas nubes envueltos
Duermen los Dioses ahora:
Oyendo estoy sus ronquidos
En la tormenta horrorosa.

La furia de la borrasca
Ya el pobre barco destroza...
¡Ay, quién enfrena estos vientos,
Ni quién domeña estas olas!...

Y pues evitar no puedo
Que truene y crujan las lonas,
Me envuelvo en mi capa y hago
Como los dioses que roncan...

LVI

Niña, eso fuera tu ruina,
Y por eso pongo empeño
En que tu alma por mi nunca
Sienta del amor el fuego.

Mas, ay, sabiendo cuán fácil
Me fuera lograrlo, pienso
Con tristeza, muchas veces:
¡Ay, si me amaras... qué bueno!

LVII

Es el aire fresco y blando
De Salamanca en los muros,
Y allí, con ella, vagaba
A la hora del crepúsculo.

Mi brazo abarcó su talle,
Tan flexible como un junco,
Y de su seno, mi mano
Sentía el latir profundo.

Pasó en esto por los tilos
Un ominoso murmullo,
Y del molino gemía
Lúgubre, el torrente oscuro:

-«Me dice un presentimiento
Que me va a engañar alguno...
¡Ay, señora!- volvamos
A pasear por estos muros!»

LVIII

Ya sobre la montaña el sol se eleva;
Ya a lo lejos se ven los corderillos;
Mi ovejuela, mi amor, mi sol, mi gloria...
Muéstrame una vez más tu rostro amigo.

¡Adiós, alma de mi alma,-ya me alejo!
¡En vano alzo la vista-en vano espío!...
Ni una sola cortina se entreäbre;
Aún duerme y sueña... ¿soñará conmigo?...

LIX

La estiva noche en su estrellado velo
El bosque envuelve y las floridas lomas,
Y la áurea luna en el azul del cielo
Sus rayos vierte, derramando aromas.

La voz del grillo, un blando movimiento
Que el agua agita y que en el aire suena,
Y un rumor de onda rota, y un aliento
Se oye en la opaca soledad serena.

Allí la hermosa y solitaria ondina
Se baña en el cristal de la laguna,
Y su radiante desnudez divina
Resplandece a los rayos de la luna.

LX

La muerte es la frescura de la noche,
La vida es la solar irradiación...
Ya oscureciendo va; ya siento sueño;
Del día ardiente me rindió el calor.

Sobre mi lecho se levanta un árbol
En cuyas ramas canta un ruiseñor...
Canta las glorias del amor, y en sueños
Oigo yo su dulcísima canción.

LXI

Densa es la noche en extranjero suelo;
Me duele el corazón, siento fatiga;
Mas ya tu blanda luz baja del cielo
Como una bendición, ¡oh, luna amiga!

¡Oh, luna! Con los rayos de tu lumbre
Ahuyentas de la noche los enojos,
Se disipa mi inmensa pesadumbre,
Y se arrasan de lágrimas mis ojos.

LXII

Di, ¿do está la adorada a quien a un tiempo
Dedicaste tu hermosa inspiración,
Cuando la llama célica abrasaba
Con mágico poder tu corazón?...

-Ya se extinguió esa llama; ya mi pecho
Muerto y helado está por el dolor...
Y es este libro la mortuoria urna
Que encierra las cenizas de mi amor.

(1) La Loreley, ninfa de la leyenda germánica, habitadora de las aguas del Rin, que con su canto melodioso y fatal, encantaba a los barqueros ylos perdía en las profundidades del río. La estructura extranjera del nombre y la imposibilidad de traducirlo o adaptarlo convenientemente al castellano, no me permitieron introducirlo en el verso como aparece en el texto. ( |N. del T.)
(2) El verso alemán, traducido literalmente, dice: «El pasajero ciego», lo que además de significar el vendado dios del amor, quiere decir también en lenguaje popular, en Alemania, el viajero que se es curre en la diligencia, barco u otro vehículo o transporte de viaje, sin pagar su pasaje. Esto es; lo que en español corriente llamaríamos el pasajero |de gorra o cosa parecida. Imposible reproducir literalmente el doble sentido que quiso Heme darle al verso. ( |N. del T.)
(3) -Nuestra primera versión decía así:Raras veces me entendisteis;
Yo a vosotros rara vez...
¡En el polvo de la tumba,
Nos entenderemos bien! ( |N. del T.)

 

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