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BALADAS

 
I
 
EL TRISTE

La vista del joven pálido
A todos causa tristeza,
Pues lleva escrita en el rostro
La intensidad de su pena.

Los céfiros compasivos
La ancha frente le refrescan,
Y amor sin trabas le brinda
Más de una altiva doncella.

Del ruido de las ciudades,
Huye al fondo de la selva,
Donde susurran las hojas
Y los pájaros gorjean.

¡Mas cesan luego los trinos,
Y callan hojas y yerbas,
Cuando el Triste de los Bosques,
Meditabundo se acerca!
 

II LA VOZ DE LA MONTAÑA

Del hondo valle el áspero sendero
Desciende a paso lento, un caballero:
«¡Ay! ¡Quién me espera al término del viaje!
Dice con voz que el sufrimiento entraña-,
«¿Será mi amor?... ¿Será la obscura tumba?»....
Y respondió la voz de la montaña:
¡La obscura tumba!

Y sigue el caballero cabalgando,
Y gime en tono lastimero y blando:
«¡Cuán pronto bajo al seno de la muerte!
¡Mas, ay, tras esta lucha de la tierra,
Al menos hallaré paz en la tumba!»
Y respondió la voz desde la sierra:
¡Paz en la tumba!

Lágrima ardiente de amargura brilla
Del pálido viajero en la mejilla:
«¡Sé bienvenida, exclama: a divisarte,
Apenas, ay, alcanzo en mi horizonte,
Oh, paz del corazón-, sólo en la tumba!»....
Y tornó a repetir la voz del monte:
¡Sólo en la tumbal
 

III LOS DOS HERMANOS

Entre rocas escarpadas,
La noche envuelve el castillo,
Mientra en el valle, cruzadas,
Lanzan eléctrico brillo,
Las hojas de dos espadas.

Hermanos son que un insano
Furor al combate lanza;
¿Por qué, decid, el hermano
Sobre el hermano así avanza
Con el acero en la mano?

Los ojos arrobadores
De la condesa Dolores
Prendieron la intensa llama;
Y los dos, ébrios de amores,
Arden por la noble dama.

¿A cuál de los dos, empero,
Brinda con su amor la vida,
Y es en su pecho el primero?...
Pues nada hay que lo decida-,
¡Ven a decidirlo, acero!

¡Ay de vosotros, profanos!
¡Ay de ti, valle sangriento!
Y cayeron los hermanos,
Rindiendo el último aliento,
Con el arma entre las manos.

Más de cien generaciones
Con los siglos han pasado,
Y aun se yergue, triste, aislado,
Sobre los altos peñones,
El castillo abandonado.

Mas, por la noche, un misterio
En el valle a los villanos
Asombra: a las doce, insanos,
Vienen desde el cementerio
A batirse los hermanos.
 

IV EL POBRE PEDRO I

Con ruidoso contento, en dulce nudo
Unidos, bailan Margarita y Diego;
En tanto, Pedro, silencioso y mudo,
Pálido yace, cual extinto fuego.

Novios son los danzantes, y galanos,
Lucen de boda el traje lisonjero,
Mientras Pedro, mordiéndose las manos,.
La ropa viste del humilde obrero.

Mirólos con tristeza largo rato,
Y luego dijo así, para su pecho:
«¡Si no fuera tan cuerdo y tan sensato.
Algo horrible y fatal ya hubiera hecho!»
 

II

Un torcedor dentro del alma llevo
Que el pecho, sin piedad, me martiriza;
Y a donde quiera que la planta muevo
Me sigue, me tortura y me esclaviza!

Impéleme el dolor al lado suyo,
Como si en ella el bálsamo se hallara;
Mas, cuando llego y la contemplo, huyo
Triste y veloz, de su belleza rara.

«Subo, a veces, del monte al pico erguido,
Su paz buscando y silencioso encanto:
Y al verme allí, del mundanal rüido
Lejos y solo-, me desato en llanto.»
 

III

El pobre Pedro, taciturno y lento,
Como sombra espectral, vaga sin tino;
Y al ver que se aproxima-, sin aliento,
Se detiene la gente en su camino.
Y al oído se dicen las doncellas:
«¡Es un muerto del féretro fugado!...»
- ¡Os engañáis os engañáis, oh, bellas...
No huye... va a la tumba el desdichado!

Perdió su amor, su luz y su alegría,
Y hora, el sepulcro es el mejor asilo
Do el triste pueda hasta llegar el día
Del juicio universal, dormir tranquilo.
 

V ELLA

Se amaban con amor profundo y tierno:
Eran ambos ladrones, gente impía;
El forjaba ganzúas, y ella, en tanto,
Tendida sobre el lecho se reía.

Pasaba el día alegre, y por las noches
En sus brazos gozaba -mas un día
Se lo llevaron preso, y ella, ella,
Asomada al postigos, se reía.

«¡Oh, ven Conmigo, ven, no me abandones!»,
El en su desventura le decía,
«Vivir sin ti no puedo.» Mas la ingrata
Meneaba la cabeza y se reía

A las ocho lo ahorcaron, - a las nueve
Bajaba al fondo de la tumba fría;
A las diez... a las diez su idolatrada
Apuraba champagne y se reía.
 

VI LA OCASION

Más de una hora, en el jardín sombrío
Estuvimos los dos,
Y llenos de ternura platicamos
De nuestro dulce amor.

Cien veces nos juramos uno a otro
Nuestra eterna pasión...
Más de una hora en el jardín sombrío
Estuvimos los dos.

Pasó de la Ocasión la diosa rara,
Voluptuosa y veloz,
Nos vió de pie, diciéndonos ternezas,
¡Y, riendo, se alejó!
 

VII LOS DOS GRANADEROS

De Rusia, do cayeran prisioneros,
A su Francia querida,
Volvían dos valientes granaderos;
Y al cruzar la alemana
Frontera, el alma de dolor rendida
Sintieron vacilar, a la tirana
Nueva infeliz del patrio cataclismo:
¡Vencida Francia ëra!
¡Perdido el Grande Ejército, y el mismo
Emperador, cautivo en extranjera
Desolada ribera!...

Con la frente oprimida entre las manos,
Lloraron los gloriosos veteranos;
Y uno dijo: «¡Oh, dolor! Recrudecidas,
Siento abrirse de nuevo mis heridas!»
Y respondióle el otro, cabizbajo:
- «Muriera yo contigo, si de fijo
No perecieran, ¡ay! sin mi trabajo,
Los que dejé en mi hogar, esposa e hijo!»

- «¡Qué me importan a mí ni hijos ni esposa!
¡Algo más triste en mi dolor concibo!...
Que mendiguen su pan... ¡oh, horrible cosa!...
¡Mi Emperador! ¡Mi Emperador... cautivo!
Hermano,- cuando muera,
Ejecuta mi súplica postrera:
¡A Francia lleva mi cadáver frío,
Y entiérrame en el caro suelo mío!
Fija a la cinta roja,
Prende la cruz sobre mi pecho, hermano,
Cíñeme al cinto mi templada hoja,
Y el invicto fusil pon en mi mano.

«Así en la tumba seguiré sirviendo,
Guardia montando, atenta:
Hasta que el ronco estruendo
Y la carga violenta
De los cañones y corceles sienta.

¡Y al pasar por mi tumba, ya en olvido,
Mi Emperador, entre el marcial rüido
De aceros y de bronces,
De mi sepulcro surgiré yo entonces
A defender mi Emperador querido!»
 

VIII EL MENSAJE

¡Pronto, paje! Ensilla y monta
Mi más ligero corcel,
Y a través de selva y llano
Vuela al palacio del Rey.

Para en la cuadra y pregunta
Al caballerizo fiel,
Cuál es la que hoy se desposa
De las dos hijas del Rey.

Si dijere: «La morena»,
¡Corre la nueva a traer!
Si: «La rubia»,... no hay apuro,
No corras, no hay para qué.

Mas, de paso, cuando vuelvas,
En la tienda te detén
Del cordelero, y callado,
Cómprame y tráeme un cordel.
 

IX EL REGRESO

Solo no iré, dulcísirno amor mío;
Conmigo has de venir al triste y frío
Salón artesonado,
En el antiguo caserón amado,
Donde mi madre, en el portal, la tarda
Vuelta ansiada y feliz del hijo aguarda.

- «¡Vete! - ¿quién te llamó?...
¡De mí desiste, Hombre lívido y triste!...
Tu aliento quema, tu mirada brilla,
Hielo es tu mano, y nieve tu mejilla...
¡Yo sólo vivir puedo en un ambiente
De rosas y de sol resplandeciente!»

- «Deja a las rosas derramar su aroma,
Y al sol su luz, ¡oh, célica paloma!
Ciñe el velo nupcial de nieve y oro,
Las cuerdas pulsa del laúd sonoro,
Y al nocturno compás del cierzo frío,
Entona el triste epitalamio mío.»
 

X DON RAMIRO

«¡Doña Clara! ¡Doña Clara!
¡Perpetuo amor de mi vida!
¡Sin piedad, sin piedad has pronunciado
La sentencia fatal de mi rüina!

«¡Doña Clara! ¡Doña Clara!
¡Dulce es el don de la vida,
Y temible el no ser, y pavoroso,
En la tiniebla de la tumba fría!

«¡Doña Clara! ¿Estás contenta?...
¡En el altar de la dicha
Serás, mañana, de Fernando esposa!...
¿Por qué,-dime,-a la boda no me invitas?»...

- «¡Don Ramiro! ¡Don Ramiro!
¡Tus palabras son amargas,
Más que el fallo crüel de las estrellas
Que así burla mis dulces esperanzas!

¡Don Ramiro! ¡Don Ramiro!
La tristeza de ti aparta,-
Que otras hay en el mundo, y Dios se opone
A la amorosa unión de nuestras almas.

«¡Don Ramiro, tú que, bravo,
Tanto moro en las batallas
Has vencido, hora véncete a ti mismo,
Y al baile de mis bodas ven mañana!»

-«¡Doña Clara, acepto y vengo!
Júrolo por mi palabra:
Vendré mañana y bailaré contigo...
¡Buenas noches, señora!... ¡Hasta mañana!»

Al pie del balcón cerrado,
Inmóvil como una estatua,
Quedóse triste largo tiempo,- y luego
Partió en la obscuridad como un fantasma.

Luego también, tras la sombra
De la noche, vino el alba
A iluminar a la imperial Toledo,
Que, cual nido de flores, despertaba.

Baña el sol en rayos de oro
Sus espléndidos palacios,
Y de sus templos las erguidas cúpulas
Brillos despiden y reflejos áureos.

Como zumbador enjambre
De abejas, los bronces santos
El himno entonan de nupcial ventura,
En lo alto de los templos voltëando.

¡Mirad! ¡Mirad! ¡Qué gentío
El que se agita allá abajo!...
De la capilla, en tumultuosas ondas,
Fuera se va la multitud lanzando.

¡Cuánto galán! ¡Cuánta hermosa!
¡Cuánto vestido gallardo!.-
El aire alegran los sonoros bronces
Y las notas del órgano sagrado.

Entre saludos corteses,
La multitud cruza, en tanto,
La joven y hermosísima pareja:
Doña Clara gentil y Don Fernando.

Hasta el palacio del novio
El cortejo se abre paso,
Y allí principia la gozosa fiesta,
A usanza fiel del esplendor pasado.

Entre el ruido de los juegos
Y los goces de la mesa,
Dulces vuelan y rápidas las horas,
Hasta caer la nocturnal tiniebla.

Al salón de baile pasan
Las bulliciosas parejas
Y al vivo resplandor de las bujías
Sus espléndidas galas centellean.

En alto sitial de flores,
Los novios juntos se sientan;
La hermosa Doña Clara y Don Fernando,
Que de tiernos amores se requiebran.

En oleaje gracioso,
Los grupos giran y ondean:
Y resuenan los rítmicos timbales,
Y vibran, clamorosas, las trompetas.

- «¿Por qué la vista, señora,
Clavas con tanta fijeza
En el ángulo opuesto de la sala?»
Sorprendido, el galán dijo a la bella.

- «¿No ves, Fernando, aquel hombre
Que la negra capa lleva?»...
Y el caballero respondió, entre risas:
«Es una sombra que la luz proyecta»...

Aproximóse la sombra
En el negro manto envuelta,
Y conociendo a Don Ramiro, al punto
Lo saludó, turbada, la doncella.

- «¿Vienes?» - «Vengo, Don Ramiro;
Seré tu rauda pareja,-
Mas no debiste nunca haber venido
Así embozado en esa capa negra.»

Una mirada profunda
Fijó Ramiro en la bella,
Y ciñéndole el talle, así le dijo:
«¡Tu misma me exigiste que viniera!»

En el tumulto del baile,
Los dos, girando, se alejan;
Y resuenan los tímpanos sonoros,
Y vibran, clamorosas, las trompetas.

-«Pálido estás como nieve»,-
Dijole, temblando, ella;-
Y tornó a responderle Don Ramiro:
«¿Tu misma me exigiste que viniera!»

Y resplandecen las luces,
Y la muchedumbre ondea,
Y resuenan los tímpanos sonoros
Y vibran, clamorosas, las trompetas.

- «Qué frías tienes las manos!»
Murmura la hermosa, trémula,
Y en la turba perdiéndose, de nuevo
Torna a escuchar la singular respuesta.
- «¡Vete! ¡Vete, Don Ramiro!
¡Tu hálito de muerte hiela!»...
Y otra vez resonaron las palabras:
«¿Tú misma me exigiste que viniera»...

Y cruje el suelo y reluce,
Y alegre vibra la orquesta,
Y en fantástico y raudo torbellino,
Gira, Veloz, la muchedumbre inquieta.

- «¡Vete! ¡Vete, Don Ramiro!»
En el tumulto resuena;
Y Don Ramiro, sin cesar, repite:
«¡Tú misma me exigiste que viniera!»

«¡En nombre de Dios, retírate!»
Con voz fuerte, Clara dijo;
Y apenas pronunciara estas palabras,
Despareció de súbito Ramiro.

Con la muerte en el semblante
Y los ojos de horror fijos,
Clara quedó paralizada y yerta,
Como pendiente de insondable abismo.

Pasó al fin el trance raro,
Y abrió los ojos marchitos,
Mas, de sorpresa y de terror, al punto
Volvió a entornar sus párpados divinos;

Que desque el baile rompiera,
No dejó nunca su sitio,
Y de Fernando aun se hallaba al lado,
Que le decía con afán solícito:

- «¡Qué pálida estás!... ¿Qué tienes?...
¿Por qué esos ojos sombríos?»...
- «¿Y Ramiro... do está?»... balbuceó Clara-
E inmutada quedó de espanto y frío.

Contrajo el novio las cejas,
Entre adusto y pensativo:
«¡Señora! ¿A qué inquirir sangrientas crónicas?...
¡Esta tarde fué muerto Don Ramiro!»
 

XI BALTAZAR

La media noche a más andar venía,
Y Babilonia en soledad dormía:
Sólo en el real palacio
Llenaban el espacio
Las voces de la regia servidumbre
Que al amor de la lumbre,
En nocturnal orgía,
El mismo Baltazar juntado había.

En la rëal estancia,
La palaciega turba el vino escancia
En chispeante raudal; suenan las copas,
Rugen los pechos y ábrense las ropas;
Y feliz y risueño,
Se muestra entonce el imperioso dueño.
Fuego de insania brilla
Del ebrio soberano en la mejilla,
Que el vino en él provoca
Temeridad fatal y audacia loca,
Llevando su osadía
Hasta ultrajar a Dios con lengua impía.
Y blasfema, y blasfema, y cada instante
Su impiedad es mayor; y delirante,
La cortesana multitud lo aclama.

Con imperioso acento,
El Rey sus fieles servidores llama,
Y un mandato pronuncia, que al momento
Fué obedecido.- Con ligeros pasos,
Los fámulos volvieron,
Trayendo a cuestas los sagrados vasos
Que al templo de Jehová robados fueron.

Con sacrílego intento temerario,
Llenó el Monarca un cáliz del sagrario
Y hasta las heces lo apuró de un sorbo.
Luego, arrogante y torvo,
Con empapada boca, gritó recio:
«¡Jehova! ¡Jehová! Yo te desprecio,
¡Yo soy de Babilonia el Soberano!»...

Mas, apenas vibró la frase impía,
Miedo en el corazón sintió el tirano;
Y cesó la sacrílega alegría,
Y silencio mortal reinó en la sala...
¡Mirad! ¡Mirad! El pecho se estremece...
Una mano aparece
Que en la pared resbala,
Y con letras de fuego
Escribe, escribe.., y desparece luego.

El Rey, como un cadáver, palidece
Y en su sitial, temblando, permanece.
La turba palaciega,
Muda y de espanto helada,
A las angustias del pavor se entrega,
Puesta en el muro la tenaz mirada.

Los Magos del Imperio
Llamados fueron a romper el broche
Que ocultaba el terrífico misterio;
Mas, fueron vanos sus esfuerzos, vanos...
Y aquella misma noche,
Fué asesinado Baltazar a manos
De sus propios, infames cortesanos.
 

XII LOS TROVADORES

De los cantos al torneo,
Los trovadores se lanzan,-
¡Ay!- ¡Qué torneo tan raro!...
¡Ay!- ¡Qué arena tan extraña!

La espumante fantasía
Es su corcel de batalla,
El arte, su fuerte escudo,
Y el verso su limpia espada.

Desde los empavesados
Balcones miran las damas...
¡Ay! - ¡Sólo falta la hermosa,
Y con ella, la guirnalda!

Otros, al entrar serenos
Al redondel, sanos se hallan;
¡El trovador siempre lleva
Herida de muerte el alma!

¡Y aquel que, rasgado el pecho,
Aquel que, triste, derrama
Mas sangre de poesía,
Es el que vence, el que gana
De la más divina boca,
La más dichosa alabanza!
 

XIII DESDE EL BALCÓN

Por los balcones de la hermosa Elvira,
Pasaba Enrique, el pálido mancebo,
y al divisarlo, la doncella exclama:
«¡Aquél, Dios me socorra, es un espectro!»

Hacia el balcón de la espantada Elvira,
Vuélvese el triste con amante anhelo,
Y en red de amor la hermosa aprisionada,
Pálida se tornó, como un espectro.

Asomada al balcón la triste Elvira,
Los días pasa en amoroso acecho,
Y al fin, en brazos del doncel, las noches,
A la hora en que aparecen los espectros.
 

XIV EL CABALLERO HERIDO

Conozco una vieja historia
Que es un eco de aflicción:
Era un caballero amante
A quien su amada engañó.

Por traidora despreciaba
A la que fuera su Dios
Y por afrenta tenía
La tortura de su amor.

A los demás paladines
A la arena convocó:
«¡Salga al frente el que indicare
Una mancha en mi pasión!...»

Todos callaron en torno,
Menos su propio dolor,
Y a si volviendo su lanza,
Se la hundió en el corazón.
 

XV LA PARTIDA

Apoyado al mástil, cuento
Cada ola en sucesión:
«¡Adiós, patria, hermosa mía!...
¡Navega, barco veloz!»

Pasé frente a sus ventanas,
Y en ellas ví resplandor;
¡Ay!- por más que abrí los ojos,
No ví un signo ni un adiós...

¡Salid de mis ojos, lágrimas!
No me turbéis la visión;
¡Y tú, corazón enfermo,
No te rompas de dolor!
 

XVI CANCION DEL ARREPENTIMIENTO

Cabalgaba el doncel por la espesura,
Al rítmico murmullo del follaje,
Cuando vió una hermosísima figura
De mujer que cruzaba entre el boscaje.

«¡Ella es, ella es!» - dijo el mancebo,-
«La radiante beldad que me acompaña
Adonde quiera que la planta muevo,
Ya sea en la ciudad, ya en la montaña.

Dos rosas de verano son sus labios,
Frescos, amantes, deliciosos, bellos...
¡Mas, ay, que son terribles los agravios
Que a veces brotan, punzadores de ellos!

»Se asemeja su boca a los lucientes
Indios rosales de inmortal frescura,
Donde anidan mortíferas serpientes
Que silban en la lóbrega espesura.

»Ese, que en su mejilla deslumbrante,
Lindo se ostenta, seductor hoyuelo,
La tumba fué, do me lanzó expirante,
El de mi amor enloquecido anhelo.

»Esos dorados, ondulantes rizos
Que ornan su sién de majestuosa calma,
Fueron la red de mágicos hechizos
Donde Luzbel aprisionó mi alma.

»Esos, cual onda transparente y pura,
Azules ojos de mirar tan tierno,
Puertas juzgué de la celeste altura,
Mas fueron sólo puertas del infierno.»

Y el caballero en la espesura avanza,
Al triste susurrar de la maleza;
Y otra figura a divisar alcanza,
Pálida imagen de mortal tristeza.

«¡Oh, madre!, exclama el joven: ¡madre mía!
¡Eres tú, tú, que tanto me quisiste;
Tú, a quien yo, con acción y voz impía,
Torné la vida miserable y triste!

«¡Ah, si pudiera yo secar tus ojos
Con la candente llama de mis penas!....
¡Si pudiera tornar tus labios rojos
Con la encendida sangre de mis venas!»

Y avanza el caballero en la montaña,
Y empieza a obscurecerse el bosque umbrío:
Oyense voces de armonía extraña,
Y sopla el viento de la noche, frío.

Oye el jinete sus acentos graves
Repercutirse en el confín desierto;
Y de la selva las parleras aves
Rompen al punto el gárrulo concierto:

Es la canción del pecho arrepentido
La que con dulce voz canta el mancebo,
Mas al morir el último sonido,
Será no más... para empezar de nuevo.»
 

XVII LA CANCION DE LOS DUCADOS

¿Dónde te escondes, rico tesoro
De mis queridos ducados de oro?...

¿Estáis, acaso, entre los áureos peces
Que en el arroyo, en divertido bando,
Brincan y saltan, a la luz nadando?-

¿Estáis, acaso, entre las flores de oro
Que altivas lucen, junto al claro río,
La frente orlada en matinal rocío?-

¿Estáis, acaso, entre las áureas aves
Que en la cerúlea inmensidad del cielo
Radiantes giran, en tranquilo vuelo?-

¿Estáis, acaso, entre los astros de oro
Que por la noche, en la sidérea cumbre,
Besos envían de celeste lumbre?...

¡Ah, mis queridos ducados de oro!
No en el arroyo nadáis en coro;

Ni junto al río lucís donaires;
Ni andáis volando por esos aires,

Ni de los astros enviando besos...
Mis Maniqueos os tienen presos;

¡Os tienen presos mis acreedores,
Entre sus cofres devoradores!-
 

XVIII MOLINOS DE VIENTO

¿No oyes, dí, lejanos sones,
Como de violas y flautas?...
Giran allí muchas bellas
En alas de alegre danza.»

- «Caro amigo, te equivocas:
No hay tales violas ni flautas;
Lo que escucho es el porquero
Que ya vuelve con su piara.»

- «¿No escuchas sonar los cuernos
De los que van a la caza?...
Miro los corderos, y oigo
De los pastores las gaitas.»

- «Ay, amigo, te equivocas:
No hay tales cuernos ni gaitas:
Lo que miro es el cabrero
Que conduce su manada.»

- «¿No oyes, di, lejanas voces
De trovadores que cantan?...
¡Parece cual si los ángeles
Batieran sus níveas alas!»...

- «Lo que tan dulce te suena,
Trovas no son ni cantatas:
Son los gansos, que ya vuelven
Conducidos a la granja.»

- «¿Las campanas, di, no escuchas
Vibrar, sonoras y claras?...
Los fieles marchan, contritos,
A arrodillarse ante el ara.»

- «Eso que oyes es la esquila
De los bueyes y las vacas,
Que al establo del cortijo,
Paso a paso, vuelven tardas.»

- «Ves aquel velo flotante
Y aquel Ondular de fada?...
¡Es la hermosa, que me envía
Entre suspiros, su alma!»

- «Yo, querido, lo que veo
Es la mendiga, es la Paca,
Que atraviesa en sus muletas,
Andrajosa y descarnada.»

- «Ahora, amigo, que has reído
De mis sueños a tus anchas:
¿Tendrás también por visiones
Lo que siento yo en el alma?»
 

XIX HUYAMOS

¡Huye conmigo, huye y sé mi esposa!
¡Ven sobre el pecho mío a reposar,
Y en extranjera tierra más dichosa,
Para ti, niña hermosa,
Será mi corazón patria y hogar!

¡Ah! Si no vienes, el mortuorio lecho
Me espera, y triste y sola quedarás...
Que aun al abrigo del paterno techo,
Lejos, ¡ay! de mi pecho,
Como en extraño suelo te hallarás!
 

XX ¡DESISTE!

Ama el día a la noche tenebrosa,
La primavera al nebuloso invierno,
La vida al hondo sueño de la fosa,
Y tú a mi, niña hermosa,
Con inocente amor sencillo y tierno.

Mas, ¿sabe que es «amarme» tu inocencia?...
¡Es descender hasta la sombra oscura,
Es marchitar tu dulce florescencia,
Es ahogar sin conciencia,,
En un lago de sangre tu alma pura!

¡Oh! ¡Desiste de mi! Tu fantasía
En pos se lance de la alondra bella
Que se baña en la luz del claro día,
Y huye de mi, alma mía,
Y de mi infausta y maldecida estrella...

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