INTERMEZZO
I
En el hermoso y florecido Mayo,
Cuando abren los botones,
Abrió también dentro del pecho mío
La flor de los amores.
En el hermoso y florecido Mayo,
Cuando las aves cantan,
A la que adoro, confesé mi anhelo,
Mis sueños y esperanzas.
II
De mis lágrimas se nacen
Las más perfumadas flores,
Y se convierten mis ayes
En coro de ruiseñores.
¡Ay, si me amaras, oh, niña,
Te enviaría flor tras flor,
Y en tus ventanas oirías
El canto del ruiseñor!
III
El lirio, la tórtola, el sol y la rosa,
Formaron un tiempo mi férvido amor;
Hoy sólo es querida
La dulce, la tierna, la pura, la hermosa
Que es fuente perpetua de toda pasión;
¡La que es a mi vida,
El lirio, la rosa, la tórtola, el sol!
IV
Cuando en tus claros ojos me miro,
De mi alma huyen penas y agravios,
Y alegre y fuerte, feliz me encuentro
Cuando me besan tus rojos labios.
Cuando en tu seno la sién reclino,
Brilla la gloria sobre mi frente;
Mas si me dices: «te amo», entonces
Lloran mis ojos amargamente.
V
No ha mucho que, en sueños, tu rostro veía,
Tu rostro divino de hermosa altivez;
¡Qué angélico y dulce, qué tierno lucía!...
¡Mas, ay, lo bañaba mortal palidez!
Tus labios, apenas, mirábanse rojos,
Mas luego, la Muerte glacial los besó;
Y el rayo celeste que ardía en tus ojos,
De pronto, la sombra fatal extinguió.
VI
En mi mejilla tu mejilla apoya,
Y unidas se desprenden nuestras lágrimas;
Tu seno junta con el seno mío,
Y en una llama nuestros pechos ardan.
Y nuestro llanto, en impetuosa fuente,
Viendo correr sobre la inmensa llama,
Ebrio de amor y delirante anhelo,
Entre tus brazos rendiré mi alma.
VII
De un lirio en el albo cáliz
Hundir el alma quisiera,
Y que del lirio surgiera
Para ella un canto de amor.
¡Trémulo canto, ardoroso,
Como el beso delirante
Que robé en dichoso instante
A su labio embriagador!
VIII
Inmóviles y mudas en el cielo,
Siglos tras siglos las estrellas brillan,
Y amantes se contemplan, rebosando
De ansiedad infinita.
Mudas al parecer, que entre ellas hablan
Una lengua dulcísima y divina:
Idioma que los sabios de este mundo
A comprender no atinan.
Yo lo aprendí una vez: yo si lo entiendo,
Y nunca más lo olvidaré en la vida,
Pues fué mi libro el celestial semblante
De la adorada mía.
IX
Sobre las alas del canto
Quiero conducirte, hermosa,
A un edén que sé escondido
Del Ganges cabe las ondas.
Un pensil allí florece,
Do, a la luna melancólica,
Las flores del Loto aguardan
A su hermana cariñosa.
A las estrellas mirando,
Susurran allí las violas;
Y al oído se recitan
Las rosas cuentos de aromas.
Alegres, corren y saltan
Las gacelas triscadoras,
Y a lo lejos, graves rugen
Del santo río las ondas...
¡Allí nos retiraremos,
Bajo las palmas umbrosas,
Paz y amor a libar juntos,
Y a soñar sueños de gloria!
X
Esquiva la flor del Loto
Del sol los vivos ardores,
E inclinando la cabeza,
Soñando, espera la noche.
Con su luz, la amante luna
Viene a despertarla entonces,
Y la flor enamorada,
Le abre su cándido broche.
Y se enciende, y luce, y mira
A la región de los soles,
Y aromas mil derramando,
Llora, trémula de amores.
XI
Del clásico Rin hermoso,
Reflejan las claras ondas,
Con su catedral inmensa,
A la sagrada Colonia,
En el templo, en campo de oro,
Hay pintada una madona,
Que ha vertido un rayo amigo
De mi vida entre las sombras.
Flores y ángeles rodean
A la célica Señora,
Y sus ojos y mejillas,
Y su roja, linda boca,
Son los ojos y los labios
Y mejillas de mi hermosa.
XII
Tú no me amas, tú no me amas,
Y no me aflijo- por qué?
Porque entretanto tu faz admire,
Más que un monarca feliz seré.
Tú me detestas, -tú me detestas,-
¡Ay! ¡De tus labios yo lo escuché!...
¡Deja que en ellos un beso estampe,
Niña, y mis penas olvidaré!
XIII
Ven y enreda en fuertes lazos,
De mi cuerpo en derredor,
Tus pies de rosa, tus brazos
Y tu talle seductor;
¡Cual enredarse pudiera,
En infinita opresión,
La sierpe más hechicera
Al más dichoso Laocón!
XIV
Bésame y nada jures,-que en la vida
En juramentos de mujer creí.
Es muy dulce tu voz, pero es más dulce
El beso de tus labios de carmín.
Las palabras son aire, y sólo creo
En el habido bien que palpo y veo.
¡Oh! ¡Jura que me adoras! ¡Jura, jura!...
¡Tu palabra es mi fe, mi religión,
Que de tu seno al aspirar la aroma.
El más feliz de los mortales soy,
Y eterno juzgo tu amoroso anhelo
Y mucho más aun, sol de mi cielo!
XV
A los divinos ojos de mi amada,
Con musa enamorada,
Canciones entoné;
Y a sus labios de miel rojos y tersos,
Los más sonoros versos.
De mi estro dediqué.
Al vivo rosicler de sus mejillas
Compuse redondillas
De tierna inspiración;
Y ¡qué soneto al corazón le hiciera,
Si mi dulce hechicera
Tuviese corazón!
XVI
Ciego ës y necio el mundo,
Ciego y necio por demás;
Te condena, vida mía,
Te condena sin piedad.
Es el mundo ciego y necio
Y jamás te apreciará...
¡Qué sabe él de tus caricias
Ni del placer que ellas dan!
XVII
Dime, vida mía, ¿un sueño
De la mente eres, acaso,
De esos que sueña el poeta
En las noches de verano?...
¡No, jamás!-ojos tan bellos,
Tan embriagadores labios
Mujer tan dulce y divina,
Eso nunca soñó el bardo.
Sátiros forja el poeta,
Faunos, dragones, endriagos,
Y vestiglos y otros seres
Puramente imaginarios;
Mas tu encubierta falsía,
Tu rostro lleno de encantos
Y tu mirada engañosa...
¡Eso nunca soñó el bardo!
XVIII
Bella como la diosa
De las espumas de la mar nacida,
Resplandece la hermosa,
Centro de los amores de mi vida.
¡Mas, ay, que por mi daño,
Es hoy la prometida de un extraño!
¡Corazón! Tú que tanto
Supiste soportar en este mundo,
Calla y sufre el quebranto
Que su traición te ocasionó, profundo.
El amor no razona
¡Sufre, pues, corazón,- calla y perdona!
XIX
Aunque de pena y de aflicción henchido
Estalle el corazón, yo no me quejo.
¡Perdido amor! ¡Amor desvanecido!
¡Ni un ¡ay! salir, en mi amargura, dejo!
¡Cuán dichosa apareces a la lumbre!
¡Qué alegre y pura en tus diamantes juega!
¡Mas, ay, de su fulgor ni una vislumbre
A la tiniebla de tu alma llega!
Ha mucho tiempo que lo sé, bien mío;
Que contigo las veces que he soñado,
He visto de la noche el velo umbrío,
Sobre tu triste corazón lanzado.
Y he visto la fatídica serpiente
Que lo devora en su dolor sin calma,
Y he visto que sufrías hondamente,
Y que eras infeliz, ¡luz de mi alma!
XX
Tú sufres, sí, callada,
Y yo... yo no me quejo;
Los dos, en agonía
Vivimos y en tormento;
Y en tanto que la tumba
No venga a socorrernos,
Seremos desgraciados,
Mi vida,- seremos!
La punzadora burla
De tu sonrisa veo;
Y el de tus claros ojos
Relámpago altanero;
Y el indomable orgullo
Que se anidó en tu pecho...
Mas, ¡eres desgraciada,
Como tu amigo eterno!
Que tu sonrisa encubre
Duro penar secreto;
Lágrimas comprimidas
Guardan tus ojos secos;
Y oculta herida sangra
Dentro el altivo pecho...
¡Ay! ¡Qué desventurados
Somos los dos a un tiempo!
XXI
De flautas, arpas y violas
Se oye el rítmico vibrar:
Es la fiesta de sus bodas,
Y ella baila sin cesar;
Y el aire atruenan las trompas,
Y el timbal resonador;
¡Y en el cielo, en tanto, lloran
Los querubes, de dolor!
XXII
¡Ya has olvidado que una vez fui dueño
De tu dulce, engañoso corazón!
Tan dulce, sí; tan falso y tan pequeño,
Que otro hallar como él, fuera ilusión.
Y un amor y un pesar has olvidado,
Que no sé de los dos cuál es mayor,
Pues, al medirlos, por mi mal he hallado
Tan grande mi pesar como mi amor.
XXIII
Si supieran las nítidas flores,
De mi pecho el profundo quebranto,
Por calmar mis agudos dolores,
Con mi llanto vertieran su llanto.
Si supieran las dúlcidas aves
La tristeza que oprime mi alma,
Modularan sus notas suäves
Por volver a mi pecho la calma.
Si supieran mi honda amargura
Las estrellas de öro en el cielo,
Se verían bajar de su altura
A ofrecerme piadoso consuelo.
Ellas, ¡ay! desconocen mi pena;
Sólo sabe mi negra aflicción
La adorada, engañosa sirena
Que cruël me rasgó el corazón.
XXIV
¿Por qué lucen tan lívidas las rosas?
¡Dime por qué, mi alma!
¿Por qué en el verde césped las violetas
Mustias están, y pálidas?
¿Por qué tan tristemente, por los aires,
La dulce alondra canta?
¿Por qué de los balsámicos vergeles
Fúnebre olor se exhala?
¿Por qué derrama el sol en la pradera
Tétrica luz helada?
¿Por qué la tierra está como un sepulcro,
Obscura y solitaria?
¿Por qué yo mismo, agonizante lloro?...
Responde, dime, ingrata:
¿Por qué al olvido sin piedad me diste?
¿Por qué me desterraste de tu alma?...
XXV
Mucho de mi te dijeron
Para robarte la calma;
Lo que nunca refirieron
Fué la angustia de mi alma.
Haciendo un gran embolismo,
Contaron con aire triste,
Que era yo el demonio mismo-,
Y tú... ¡todo lo creíste!...
Mas, ay, mi dolor más recio
Para todos queda oculto,
Pues lo más triste y más necio
Llevo en el pecho sepulto.
XXVI
Floreaban los tilos, cantaban las aves,
Y alegres vertía sus rayos el sol;
Tus labios sellaron los míos, suäves,
Y a mi te abrazaste temblando de amor.
Las hojas caían, el cuervo graznaba,
Y tristes los rayos lucían del sol;
«¡Adiós!» nos dijimos con aire que helaba,
Sin besos, ni abrazos, ni flores, ni amor.
XXVII
Mucho un tiempo nos amamos
Con perfecta propiedad;
Y a «casados» muchas veces
Nos pusimos a jugar.
Nunca golpes ni querellas
Empañaron la amistad;
Al contrario, nos besamos
Y reímos sin cesar.
Mas un día, como niños
De inocencia virginal,
En el bosque «al escondite»
Nos pusimos a jugar;
¡Y logramos escondernos
Con tan rara habilidad,
Que jamás en esta vida
Nos podremos encontrar!
XXVIII
No creo, niña, en el cielo
De que habla el santo pastor;
Yo sólo creo en tus ojos
Que para mi el cielo son.
No creo en el Dios eterno
Que el fraile me predicó;
Mi fe la domina entera
Tu corazón, que es mi Dios!
Ni en demonio ni en infierno
Creo tampoco, mi amor;
¡Yo sólo creo en tus ojos
Y en tu ingrato corazón!
XXIX
Largo tiempo a mi cariño
Permaneciste fiel,
Y me brindaste consuelos
En mi pena y desnudez;
Oro y ropas me buscaste,
Y a tu mesa me senté;
Y, por fin, me conseguiste
Mi pasaporte también.
¡Quiera el cielo protegerte
Contra nieve y sol cruel...
Y jamás te retribuya
Cuanto has hecho por «mi bien!»
XXX
Con avaricia ardiente,
La tierra sus tesoros escondía;
Mas vino de repente,
Mayo pródigo un día,
Y empezó a derrochar a manos llenas...
Era todo sonrisas y alegría
Y atmósferas serenas;
Y ante tanta belleza y tal contento,
Reír quise también; mas... ¡vano intento!
Y flores mil brotaron
De embriagantes olores,
Y sonaron alegres las campanas,
Y como en las leyendas alemanas,
Los pájaros hablaron;
¡Mas, ¡ay! voces y flores
Tedio sólo y fastidio me inspiraron!
El mundo me aburría,
Y hasta el amigo mismo en quien creía;
Todo, porque la niña seductora
Que fué mi amada un día,
De «señorita» se trocó en «señora».
XXXI
¿Qué aconteció? Que mientras yo soñaba
En países lejanos,
A la escogida de mi alma el tiempo
Le pareció muy largo;
Y la corona cándida ciñendo,
Cayó, trémula, en brazos
De un novio que, entre todos los estúpidos,
Es el más acabado.
Mas, ¡ay! ¡cuán bella es la amada mía!...
Siempre, siempre flotando
En mis sueños de amor su rostro veo,
¡Su rostro idolatrado!
Dos azules violetas son sus ojos,
Dos claveles sus labios,
Y sus mejillas, rosas que florecen
En eterno verano.
Cómo de tal amor pude alejarme,
A comprender no alcanzo...
¡Fué a no dudar, la necedad más necia
De cuantas he pensado!
XXXII
Las azules violetas de sus ojos,
De sus mejillas los claveles rojos,
Los lirios de sus manos, sin mancilla:
Todo florece y brilla,
Y eternamente resucita y nace...
¡Sólo su corazón marchito yace!
XXXIII
¡Qué bello luce el mundo, qué azul el alto cielo!
¡Cuán dulce entre las ramas el aura musical!
Las flores ¡cómo brillan, sembradas por el suelo,
Prendidas con las perlas del llanto matinal!
Doquiera que los ojos dirijo, sólo veo
Semblantes que respiran amor, felicidad...
Yo, triste, en el sepulcro yacer sólo deseo,
Teniendo entre mis brazos su pálida beldad.
XXXIV
Cuando reposes solitaria y yerta
En el recinto angosto de la tumba,
Yo bajaré a su seno, vida mía,
A contemplar tu pálida hermosura.
Y allí de besos mil, a ti abrazado,
Tu faz inundaré gélida y muda,
Y al fin, también, de sollozar a fuerza,
Huésped seré de tu mansión oscura.
¡Media noche! ¡Los muertos se levantan
Y en torno de los túmulos circulan!
Sólo tú y yo quedamos abrazados
En el seno de la honda sepultura...
Suena al fin la trompeta, y van los muertos
El fallo a oir de la Potencia suma...
¡Sólo nosotros dos no obedecemos,
Y abrazados quedamos en la tumba!
XXXV
Se alza del Norte en la región helada
Un pino solitario;
Y dormita, del hielo y de la nieve
Bajo el yerto sudario...
Sueña con una lánguida palmera
Que en el lejano Oriente,
Aislada y melancólica, suspira
Sobre una roca ardiente.
XXXVI
¡Aureas estrellas que el celeste velo
Ornáis de resplandores y armonía,
Saludad desde el cielo
A la adorada mía,
Y decidle que sigo en hondo duelo,
Pálido y fiel, y amante todavía!
XXXVII
(Habla la Cabeza).
¡Quién fuera el taburete afortunado
Donde apoya sus pies la amada mía!
¡Bien pudiera pisarme que yo nunca,
Nunca me quejaría!
(Habla el Corazón).
¡Quién fuera el acerico, donde a veces,
Ella sus alfileres asegura!
¡Bien pudiera punzarme, que hallaría
Placer en la tortura!
(Habla la Canción).
Donde coge sus rizos perfumados,
¡Quién fuera, quién, el papelillo estrecho,
Para al oído suspirarle todo
Lo que siento en el pecho!
XXXVIII
¡Huyó la risa de mí
Desque mi bien se alejó;
Más de un chiste necio oí,
Mas, reír no pude yo!-
Desde que mi amor perdí,
En mi el llanto se agotó;
¡Se me parte el pecho, sí!
¡Mas, llorar no puedo, no!
XXXIX
¡De mis grandes
Sufrimientos
Hago cantos Pequeñuelos,
Que van dulces
Y ligeros
A su alma
Sin amor!
¡Van y tornan
En silencio
Que, afligidos,
No osan ellos
Referirme
Lo que vieron
En su ingrato
Corazón!
XL
Jamás olvidar podré,
Niña de mi idolatría,
Que tu alma una vez fué mía,
Y mío tu cuerpo fué.
Hoy mi pecho sólo ansía
Tu cuerpo joven y tierno...
Duerma tu alma el sueño eterno,
Que hay de sobra con la mía.
De ella quisiera verter
En ti la mitad, y hacer
Que en estrecho abrazo unidos,
Formásemos confundidos,
Un cuerpo, un alma y un ser...
XLI
Van los demás luciendo por el bosque
Sus vestidos de fiesta,
Y alegres saltan, admirando todos
La gran Naturaleza.
Con deslumbrados ojos, el romántico
Reverdecer contemplan,
Y la charla sin fin de los gorriones
Sus oídos deleita...
Yo en tanto, los balcones de mi estancia
Cuelgo de ropas negras,
Y entonces mis espectros, mis visiones
A visitarme llegan;
Del reino de la sombras, a mi vista
Mi antiguo amor se ostenta;
Siéntase junto a mi, llora, y el pecho
De suspiros me llena.
XLII
Cuánta imagen de otros tiempos
Surge de bajo su lápida,
A recordarme la vida,
La ingrata vida pasada!...
De día, triste, soñando,
Por esas calles vagaba;
Y las gentes me veían
Como ver a una fantasma.
Era, de noche, distinto,
No se encontraba ni un alma
En las calles, y por ellas
Con mi sombra me paseaba.
Repercutían los ecos
En el puente mis pisadas,
Y la luna, entre vapores,
Asomaba triste y pálida.
Frente a tu casa plantado,
Tus balcones espiäba,
Y una ansiedad horrorosa
Despedazaba mi alma.
¡Ay, cuántas veces me viste,
Niña, desde tu ventana,
A los rayos de la luna,
Inmóvil como una estatua!
XLIII
Un doncel a una doncella
Adoraba con ardor;
Ella a otro, olvidadiza,
Hizo ofrenda de su amor;
Y éste, entonces, a otra dama
Dió su mano y fió su honor.
Despechada la doncella,
Aceptó sin titubear,
Por esposo, al que primero
Prometióla desposar;
Y el doncel quedó sumido
En hondísimo pesar.
¡Es la misma vieja historia,
Siempre nueva en su aflicción,
Que, incesante, se repite
Con la misma conclusión,
Y que siempre, a quien le pasa,
Le desgarra el corazón!
XLIV
El amor, la amistad, la pretendida
Piedra filosofal,
Muchas veces y muchas en la vida
He escuchado alabar.
Yo, a mi turno, también las he elogiado,
Y ansioso las busqué,
¡Mas, ay, por mucho que las he buscado,
Jamás las encontré!
XLV
Cuando la dulce cántiga
Escucho resonar
Que mi adorada, trémula,
Solía modular,
Quiere abrumada el ánima
De angustias estallar.
Secreto impulso llévame
Del bosque al espesor,
Y allí desciende en lágrimas
De malhadado amor
El impetuoso y gélico
Turbión de mi dolor.
XLVI
Soñé con una hermosa
Princesa dolorida,
La faz humedecida,
Sin rosas el color;
Soñé que nos hallábamos
En éxtasis tranquilo,
Sentados bajo un tilo
Jurándonos amor.
- «No el cetro de tu padre
Ni el trono es lo que espero,
Ni su corona quiero
De fúlgido esplendor;
A ti no más, hermosa,
A ti no más aspiro,
¡Sólo por ti suspiro,
Sólo por ti, mi amor!»
- «Jamás será posible,
Jamás!» dijo la hermosa:
«¡Ha tiempo que la a fosa
Bajé con mi dolor;
Y sólo, por las noches,
Del túmulo me evado,
Para traerte, amado,
La ofrenda de mi amor!»
XLVII
Juntos los dos, en trémula barquilla
Y en íntimos coloquios de amistad,
Bogábamos, mi bien, una callada
Noche serena por el ancho mar.
La isla de los Genios descubrimos
A los rayos del astro nocturnal,
Do al compás de fantástica armonía
Danzaban las neblinas de la mar;
Y seguían los mágicos acordes,
Y danzaban las nieblas más y más...
¡Y nosotros pasamos... y seguimos
Inconsolables por el ancho mar!
XLVIII
Del seno de las caras
Fantásticas leyendas de otros días
Surge una blanca y misteriosa mano
Que a una tierra encantada nos envía.
Tierra donde las flores,
A la dorada lumbre vespertina,
Suspiros lanzan de indecible anhelo,
Y unas a otras con amor se miran;
Donde cantan y hablan
Los árboles en pláticas dulcísimas,
Y se desatan cristalinas fuentes
Entre murmurios de cadencias rítmicas;
Y hay música en los aires,
Y cántigas de amor jamás oídas,
Que el alma llenan de visiones de oro,
Y de ternura el corazón agitan.
¡Ay! ¡Quién pudiera en ellas
Al pecho devolverle su alegría,
Y lejos de martirios y pesares
Libre y feliz, saborear la vida!
¡Cuántas veces, en sueños,
Mis ojos ven esa región divina!...
Mas luce al fin el rayo de la aurora
Y como leve bruma la disipa.
XLIX
¡Te he amado y te amo tanto,
Que si el mundo pereciera,
De entre sus ruinas surgiera
La llama de ese amor eterno y santo!
L
Solitario y sombrío,
Iba yo por el campo, a la ventura,
Una hermosa mañana del estío;
Sereno era el azul, el aura pura,
Y sus dulces querellas
Decíanse entre sí las flores bellas.
Con mi dolor a solas,
Desesperado y lívido me vieron,
Y hacía mi dirigieron sus corolas:
«Hombre pálido y triste, me dijeron,
Depón la hiel humana,
Y no guardes rencor a nuestra hermana.»
LI
Aparece mi amor triste, y sin glorias,
En su esplendor sombrío,
Como una de esas trágicas historias
Que se recitan bajo el cielo espléndido
De las noches de estío:
«Por encantado bosque se pasean
Dos callados amantes;
Los ruiseñores, trémulos, gorjean,
Y la luna derrama en la alta bóveda
Sus perlas y diamantes.
Inmóvil como un cuadro está la hermosa,
Y él a sus pies postrado...
En esto surge de la selva hojosa
El gigante, y la dama escapa, trémula,
Cual pájaro asustado...
El caballero cae en sangre tinto,
Y cantando victoria,
Se retira el gigante a su recinto.»...
¡Mi cuerpo en el angosto féretro,
Será el fin de la historia!
LII
A fuerza de martirios me tornaron
Lóbrega el alma, pálido el color,
Los unos con su odio,
Los otros con su amor.
En mi copa, en mi pan, día tras día,
Derramaron veneno röedor,
Los unos con su odio,
Los otros con su amor.
Y ella, la que entre todos, más tormentos
Me causa en esta vida, y más dolor,
Jamás odio me tuvo,
Jamás me tuvo amor.
LIII
Hoy el verano en tu mejilla pura
Sus fulgores ostenta,
Y del invierno la estación oscura
En tu pecho se asienta.
¡Eso, alma de mi alma, no es eterno,
Y un día no lejano,
En tu mejilla reinará el invierno,
Y en tu pecho el verano!
LIV
Cuando dos que bien se aman,
Adiós se dicen, crüel,
Mudos, se estrechan las manos
Una y otra, y otra vez;
Y ambos lloran y suspiran
Con alma triste y fiël.
Nosotros, ¡ay! no lloramos,
Ni suspiramos siquier;
Las lágrimas, los suspiros
Vinieron mucho después;
¡Vinieron cuando era tarde,
Cuando era tarde, mi bien!
LV
Es la hora del té: por todos lados
Del amor se discute la cuestión;
Los hombres a la estética entregados,
Las damas, Como siempre, al corazón.
«Debe ser el amor sólo platónico,»
El grave consejero declaró;
Y, sonriendo con semblante irónico,
La consejera un «¡ay!» aventuró.
Abrió la boca y dijo el prebendado
«No debe ser muy vivido el amor,
Pues siempre ha daño a la salud causado,»
Y una niña observó: ¿Por qué, señor?»
Melancólica, dijo la condesa:
«¡El amor es tan sólo una pasión!»
Y haciendo los honores de la mesa,
Una taza de té pasó al barón.
Allí un lugar desocupado había,
Y vi que en él faltabas, oh, dolor...
¡Qué de cosas tan nuevas, vida mía,
Les hubieras contado de tu amor!
LVI
¡Veneno brotan mis cantos!...
¿Cómo no? si me engañaste,
Y mi vida empozoñaste,
Al primer paso que dí!
¡Veneno brotan mis cantos!...
¿Qué de extraño, qué de nuevo?
¡Si en el alma sierpes llevo,
Y además te llevo a ti!
Mi antiguo sueño a visitarme ha vuelto:
«Una noche de Mayo, bajo un tilo,
Fidelidad eterna nos jurábamos,
Tomando a las estrellas por testigos.
¡Qué protestas aquellas, qué protestas!
¡Y qué charla, qué besos, qué cariños!...
Tanto, que en el ardor de tu entusiasmo
Me mordiste la mano, dueño mío.»
¡Oh, señora, señora de mi alma!
Tus protestas de amor y tus suspiros
Hallé muy naturales-, todo, todo...
Lo que demás estuvo fué el mordisco.
LVIII
Soñadora sentí el alma,
De la montaña en la cima,
Y allí suspiré mil veces:
«¡Ay! ¡Quién fuera una avecilla!»
Si fuera, dulce amor mío,
Una parda golondrina,
Colgara de tus balcones
El nido de mi alegría;
Si un ruiseñor, raudo vuelo
Tendiera a ti, rubia niña
Y desde el tilo, de noche,
Mis canciones te enviaría;
Y si fuera un papamoscas,
Volara a tu pecho amiga;
Sé que te gustan los tontos
Y que sanas sus heridas.
LIX
Rodaba, lento, mi coche
Por entre verdes montañas,
Y por valles florecidos
Que en la luz de los cielos se bañaban.
Yo en tanto, soñando iba
Con la amada de mi alma,
Cuando en esto me saludan,
Moviendo la cabeza, tres fantasmas.
Ya tímidas, ya burlonas,
Gestos haciéndome, saltan,
Y girando como nieblas,
Rïéndose de mí, raudas escapan...
LX
En sueños lloré un día:
Soñé que en el sepulcro te veía;
Y aun después de despierto,
El raudal de mis lágrinas corría.
En sueños he llorado:
Soñé que te alejabas de mi lado;
Y desperté de nuevo,
En lágrimas acerbas inundado.
En sueños lloré un día:
¡Soñé que me adorabas, vida mía!
Y desperté gimiendo,
¡Y mis lágrimas corren todavía!
LXI
Todas las noches, en mis tristes sueños,
A saludarme viene cariñosa,
Y entonces un impulso irresistible
De amor, llorando, ante sus pies me arroja.
Me mira con intensa pesadumbres
Triste moviendo su cabeza blonda,
Y de sus ojos se desprenden lágrimas,
Cual de una flor aljofaradas gotas.
Y una dulce palabra me confía,
Y un ramo de ciprés me da la hermosa,
Y me despierto, y se disipa el ramo,
Y expira la palabra en mi memoria.
LXII
¡Horrible noche! ¡Cómo brama el viento
Y cae la lluvia en hórrido estridor!
¡Ay! en este momento,
¿Dónde estará la niña de mi amor?...
Se me figura verla reclinada,
Triste, a su reja, en llanto y soledad,
Contemplando angustiada,
La fría, la insondable obscuridad...
LXIII
Sacude el viento las ramas,
La noche es fría y sin luna,
Y envuelto en mi negro manto
Voy, sólo, por la espesura.
Conmigo a la par cabalgan
Mil ensueños de fortuna,
Que me guían sonriendo
Al hogar de mi ventura.
Llegó al fin: el perro ladra,
Los criados salen y alumbran,
Y entro, y subo, y mis espuelas
En la escalera retumban.
En un retrete alfombrado
Que con su aliento perfuma,
Me espera la amada mía,
Y mis brazos la circundan...
Suspira el viento en las hojas
Y el alta encina susurra:
¿A dónde vas, caballero,
Soñando tales locuras?...
LXIV
De su celeste esplendor,
Cae una estrella en el suelo:
¡Esa, caída del cielo,
Es la estrella del amor!
Flores y hojas del manzano
Unas tras otras descienden,
Y por el suelo se extienden,
Juguetes del aire vano.
Su canto rítmico y vago,
Nadando, el cisne suspira,
Y canta, y cantando expira
Entre las ondas del lago...
¡Todo es silencio y olvido!...
¡Marchitas, hojas y flores,
La estrella sin resplandores,
Y el canto desvanecido!
LXV
El dios del sueño me llevó en sus alas
A un mágico palacio,
Donde todo era luz, y todo galas
Y aromas que poblaban el espacio.
Por aquel laberinto
De innumerables salas,
Confusa muchedumbre discurría,
Procurando, anhelante,
Con la angustia en el alma y el semblante
La salida encontrar de aquel recinto.
Damas y caballeros,
Allí mezclados a la turba había,
Y yo también en el revuelto centro,
Pugnando por salir me debatía.
De súbito la calma
Sobrevino al tropel, cual por encanto,
Y aislado me encontré- ¡Nadie! ¡ni un alma!
La multitud despareció-de espanto
Sobrecogido, me lancé a las piezas
Que en cadena sin fin se sucedían...
Plomo sentí en los pies, y honda tristeza
Y horrible angustia el pecho me oprimía...
Loco, buscando la salida ansiada,
Llego por fin a la postrera puerta;
Voy a salir... mas ¡ay! ¡a quién, turbada,
Mi vista ¡oh Dios! a percibir acierta!...
Era ella, era ella, el amor mío,
Que, triste, a la salida me esperaba,
Lívido el labio, pálida la frente;
Y con la mano alzada en el vacío
A retornar me instaba...
¿Era mandato o súplica?-Lo ignoro.
Sólo sé que en sus ojos llama ardiente
Ví relucir, que penetró en mi alma,
Brindándome de amor rico tesoro;
Y que al mirarme en calma
Aquellos dulces ojos,
Severos, a la par que sin enojos,
Como siempre, risueño,
Vino el albor y desperté del sueño.
LXVI
Era la noche silenciosa y fría,
Y por la selva umbría,
Solo con mis dolores,
Lanzaba de mi pena los clamores.
De su profundo sueño, los altivos
Arboles despertaron,
Y al verme, compasivos,
Sus copas tristemente columpiaron.
LXVII
Entierran a la orilla del camino
A los que mueren por su propia mano,
Y a la azulada flor que allí se cría
Dan el nombre de «flor del condenado».
¡Ay! ¡Cuántas veces del camino al borde,
Solo, de noche y sumergido en llanto,
Mecerse al rayo de la triste luna,
La fatídica flor he contemplado!
LXVIII
Por doquiera me circunda,
Como fúnebre sayal,
La negrura sofocante
De tiniebla sepulcral,
Desque en lumbre no me baña
Tu pupila celestial.
Los fulgores se apagaron
De la estrella de mi amor,
Y a mis plantas un abismo
Se entreabre de dolor...
¡Arrebátame en tus sombras,
¡Noche lóbrega de horror!
LXIX
Fatídico plomo sellaba mis labios,
Mis ojos cubría tiniebla profunda;
Herida la frente, cuajada la sangre,
Yacía en la estrecha, glacial sepultura.
No sé cuánto tiempo durmiera en su fondo,
Tan sólo recuerdo que en hórrida angustia
De pronto se abrieron mis ojos sintiendo
Que alguno tocaba, tocaba a mi tumba.
«¡Levántate, amado! ¡Levántate, Enrique!
Ya el día infinito despunta;
Los muertos sacuden sus blancos sudarios
Y entreabre sus puertas la eterna ventura.»
- ¡Alzarme no puedo, no puedo, amor mío!
Profundas tinieblas sin fin me circundan,
Que a fuerza de llanto perdieron mis ojos
La luz que las almas alegra y alumbra...
«Enrique, mis besos harán que la noche
Que envuelve tus ojos, rasgándose huya,
Y entonces la Gloria verás, y los brillos
Que lanza del cielo la gasa cerúlea.»
- ¡Alzarme no puedo, no puedo, amor mío!
Aún sangre gotea la herida profunda
Que un tiempo me hiciste con una palabra
Que hirió el pecho mío cual bárbara punta.
«Enrique, mi mano tranquila en tu pecho
Pondré con amante, suäve ternura,
Y entonces la herida verás cómo sana
Y cesa el intenso dolor que te abruma.
- ¡Alzarme no puedo, no puedo, amor mío!
Aún tiñe mi frente la sangre no enjuta
Que el arma funesta brotar hizo a mares
El día en que a otro te unió la fortuna.
«Enrique, mis trenzas vendando tu herida,
Mis trenzas que amaste, por suaves y rubias,
Harán que la sangre de pronto restañe,
Tornando tu frente más tersa que nunca.»
Tan tierno, tan blando, tan dulce era el ruego,
Que no era posible negarme a la súplica,
Y haciendo un esfuerzo, probé a levantarme
Y a unirme a su blanca, serena hermosura.
Mas, ¡ay! mis heridas al punto se abren,
El pecho y la frente la sangre me inundan,
Y abriendo los ojos, de súbito encuentro
Que un sueño fué todo, de muertos y tumbas.
LXX
¡Traedme una inmensa urna,
Que en ella quiero enterrar
Mis canciones y mis sueños
Y otras muchas cosas más!
¡Venga una caja más vasta
Que el tonel monumental
Que de Héidelberg se ostenta
En la clásica ciudad!
¡Traedme al par unas andas
De tamaño colosal,
Mucho más largas que el puente
Que a Maguncia fama da;
Y por fin, doce gigantes
Vengan al punto además,
Mayores que el San Cristobal
De nuestra gran Catedral,
Para que el féretro carguen
Y lo arrojen a la mar,
Que tal ataúd requiere
Por fosa la inmensidad!
¿Sabéis por qué os he pedido
Caja tan descomunal?...
¡Porque en ella enterrar quiero
De otras cosas a la par,
Mis desdeñados amores,
Y mi dolor además!