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Antonio
María Valencia. Obras de cámara y obras para
piano
7 – 8. CHIRIMÍA Y BAMBUCO
SOTAREÑO, para piano [C. G-V 43]
5. Programa impreso
para el jueves 27
de marzo de 1930 en el Teatro Colón
de Bogotá
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Esta
composición fue escrita en Colombia, muy recién llegado el compositor al
país, después de su permanencia en Francia. Valencia anda en plena gira de
conciertos por su patria: Cali, Manizales, Pereira, Cartago, Bogotá.
Durante el mes de enero de 1930 se encuentra en Popayán, donde ofreció dos
recitales en el Teatro Municipal. El segundo de éstos reviste más
importancia por el hecho de que allí va a recibir su consagración una
nueva obra para piano suya, titulada Chirimía y bambuco sotareño, incluida
en el programa como parte de un grupo de Églogas colombianas.
La palabra
chirimía tiene
una doble acepción en el folclor colombiano. Por una
parte,
es un “instrumento de madera casi totalmente desaparecido por causa de su
difícil ejecución; contó con grandes virtuosos en las regiones del Cauca
y particularmente en Popayán. Con sonido bastante aproximado al de la gaita
escocesa, exige un considerable esfuerzo pulmonar habiéndose dicho también
que su sonido lo produce en realidad la garganta del músico”. Pero
chirimía también se llamó al conjunto donde desde muy antiguo figuraba el
instrumento antes explicado, “cuya función melódica estaba reforzada por
las flautas de caña [de tipo travesero]”. Al desaparecer aquel
instrumento, chirimía se llama hoy al conjunto instrumental “popular del
Pacífico y más particularmente de la región del Cauca, constituido por
flautas [traveseras de caña], guacharacas, tamboras, castrueras y
triángulos, que hace su aparición en las fiestas tradicionales de
Popayán, especialmente en los Aguinaldos” [3].
Chirimías, en el sentido de conjuntos instrumentales, existen también en
la región del Chocó, junto al Pacífico, donde intervienen el requinto y
los platillos. En Antioquia, en el pueblo de San Vicente y sobre todo en
Girardota, hubo hasta hace unos años una muy célebre y antigua chirimía,
que consistía en un tambor y dos instrumentos de viento de lengüeta doble,
del tipo de los oboes, fabricados en madera con nueve orificios. Aquí, como
en el ejemplo caucano, chirimía era el nombre del instrumento de viento y
el del conjunto[4].
El origen
de esta composición de Valencia, tal vez su más célebre obra para piano,
se remontaría a unos apuntes a lápiz con brevísimas anotaciones de
melodías de Tierradentro[5]: un villancico de los
indios pijaos y una melodía escuchada en una “especie de oboe” que
constituye el tema central de una chirimía para la fiesta de santa
Bárbara. El tema del bambuco está también transcrito en el borrador ya
referido, en sus primeros compases sin mayores indicaciones de autor ni de
origen. Existe un segundo borrador autógrafo a lápiz, en dos páginas, sin
fecha, en el que figura tan sólo el bambuco, bajo el título de Bambuco
sotareño, mas no en la tonalidad en la que hoy es ampliamente conocido.
Dados los antecedentes anotados, se trata de una tonada anónima tradicional
del Cauca. Sin embargo, este tema es amplia y popularmente conocido como El
sotareño
[6]
, y
nadie pone en duda que su autor sea Francisco Diago Cortaire, abogado y
poeta payanés (1867-1945). Es posible que éste pueda haberlo tomado
también de una fuente popular, como Valencia, o que Valencia lo tomó
directamente de El sotareño de Diago. Para reforzar nuestro aserto
vienen en nuestra ayuda las notas de programa del estreno, redactadas sin
duda por Valencia, donde leemos: “Constituyen típicos ritmos y melodías
indígenas de Novirao y de Sotará, recogidas por el doctor Francisco E.
Diago”. La versión de Valencia es una reelaboración rítmica y armónica
muy compleja del bambuco El sotareño. Es una estilización tratada
en lenguaje de gran piano de concierto. En su breve estudio sobre Valencia,
Andrés Pardo Tovar da como fecha y lugar de conclusión de esta obra
“Popayán, 20 de enero de 1930”.
La
obra consta de dos secciones perfectamente contrastantes: la “Chirimía”
en pausado compás de marcha, a manera de introducción, con una figura
rítmica que evoca los tambores procesionales, y sobre la cual se extiende
una melodía hexáfona de nueve compases citada tres veces. Una transición
muy breve da paso al bambuco. Aquí el contraste con la uniformidad métrica
de la anterior introducción es radical. El “Bambuco” es por entero
irregular en el metro y obedece más bien a la prosodia musical caprichosa
de la danza en manos de los trovadores populares. Los temas de la Chirimía
y del Bambuco, pese a su naturaleza tan antagónica, no dejan de tener
puntos de contacto, como se puede ver en el siguiente cotejo:
El
Bambuco, propiamente tal, consta de dos partes: la primera en modo menor con
ritornelo, y la segunda en modo mayor sin él; es decir, una forma que se da
mucho en la música popular y que proviene de la remota canzó provenzal
del siglo XII. El trabajo de estilización, sobre todo como realización armónica,
no le resta frescura ni gracia picaresca a la obra y antes bien es, a mi
juicio, la composición para piano de corte nacionalista más lograda que
jamás escribió Valencia. Es de sobra conocida la anécdota que contaba
divertido el propio Valencia, referente a que cuando estrenó la obra en su
segundo recital de Popayán, el 22 de enero de 1930, vino Francisco Diago a
su encuentro y le dijo: “Antonio Maria, te ‘tiraste’ en mi bambuco”.
Doce años después,
Valencia hizo de esta obra una versión ampliada para orquesta sinfónica.
6.
SONATINA BOYACENSE, para piano
[C.G-V53]
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6. El compositor visto
al lápiz por Serrano
en 1930
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Gracias
a la amistad que unío a Valencia con Claudio Arrau, vino a nacer la idea de
componer esta nueva pieza dedicada al piano, instrumento para el cual no
componía desde 1930. En efecto, en los primeros meses de 1935, hace su
aparición en Cali el célebre pianista chileno. Viene de Caracas, donde ha
estrenado el año anterior una obra que le ha sido dedicada por su autor, el
compositor Juan Bautista Plaza, titulada Sonatina venezolana. Sin
lugar a dudas, Arrau mostró a Valencia la partitura de esta composición de
su colega caraqueño, porque la elección del compás (tres octavos), el
tempo -Allegro vivo en Plaza, Vivo y entusiasta en Valencia-,
la articulación, el tipo de ritmos binario contra ternario y aun la misma
forma (plan binario simple, como en las sonatas de Scarlatti o de Soler) con
ritornelos limitando las dos grandes secciones, con sus habituales codette
cerrando las secciones, dan a entender claramente que la idea
inspiradora de la Sonatina boyacense arranca de la Sonatina
venezolana de Juan B. Plaza.
Estos
rasgos de identidad, mucho más que casuales, en nada demeritan la obra de
Valencia. Es una composición bien construida, ágil, pianística, aunque no
del todo convincente como, sonoridad y color pianístico. Recupera Valencia
con esta creación ese ascetismo un tanto desnudo que ya dijimos campea en
este nuevo período creador que había sido temporalmente abandonado en aras
de un estilo coral tendiente a un tonalismo demasiado evidente y
claudicante.
Durante el proceso de
composición de esta obra, Valencia recibe una carta de su amigo y colega
residente en Colombia, el pianista español Joaquín Fuster: “He tocado
sus cosas en todos los conciertos, lo mismo en los programas hechos que en
los de niños sin programas. Gustaron mucho y le hago gran cartel -como se
merece; no deje de trabajar, Antonio. Espero la Sonatina (guajira)”. Esto
sin duda es un lapsus de Fuster, queriendo decir “boyacense”.
La
Sonatina boyacense se encuentra en varias copias autógrafas que han
circulado de manera un poco dispersa. En la que tengo ante mí, el
compositor puso una advertencia que copia casi literalmente la que pusiera
D’lndy en su Sonata para piano (edición Durand et fils), cuya
partitura conservaba Valencia. Dice D’lndy: “El autor confía en la
inteligencia del ejecutante para comprender e interpretar sin tropiezos las
combinaciones de ritmos binarios y ternanios”. Magister dixit; por
lo tanto Valencia podía repetir en su obra lo dicho por quien, para él,
era una autoridad inapelable. Dice: “El autor supone al intérprete
suficientemente enterado de las superposiciones rítmicas binarias y
ternarias”. Apostillas del todo innecesarias y un poco pedantes en ambos
autores, toda vez que Stravinski y Bartók -por mencionar sólo dos grandes
inventores de ritmos en el siglo XX- ya habían escrito combinaciones muchísimo
más complejas, sin desestimar la comprensión e inteligencia de sus intérpretes,
haciendo tales advertencias.
La Sonatina
boyacense fue estrenada por Fuster -a quien está dedicada- durante la
misma velada en honor de Valencia (13 de abril de 1935), en la cual se
estrenó el Dúo en forma de sonata ya comentado. En septiembre de
1935, a través de un telegrama de Enrique Uribe White, sabemos que la
revista Pan, dirigida por éste su antiguo rival en lides amorosas
payanesas, publicó la Sonatina, como parte del número de ese mes.
Posteriormente fue publicada en facsímil en Hojas de Cultura Popular
Colombiana, núm. 30, Bogotá, junio de 1953. Con motivo de la visita del
conjunto español llamado Cuarteto Aguilar -cuarteto de laúdes- que actuó
en el Teatro Municipal de Cali, la noche del 1º de julio de 1935, Valencia
elaboró una transcripción de esta obra para ese nuevo medio sonoro,
posiblemente a petición de los artistas visitantes. Es lamentable que la
versión esté inconclusa, de modo que no es ni siquiera probable que haya
sido estrenada.
2. CANCIÓN
DE CUNA, para violín y piano
[C. G-V 60]
La
combinación de violín y piano no es abordada por Valencia desde sus días
de estudiante en la Schola Cantorum. Ahora, no obstante, no se trata de una
amplia estructura de sonata sino de una sencilla pieza en forma ternaria que
el autor tituló simplemente Canción de cuna, reeditándose la
inveterada tendencia suya a evocar sus añorados ensueños infantiles. Pardo
Tovar da como concluida esta obra el 20 de noviembre de 1935 en Buga, en
virtud de la fecha puesta por el compositor al pie de la partitura y una
nota autógrafa que a la letra dice: “El violinista Ismael Posada y el
Autor interpretaron por primera vez esta obra en Buga, en casa del Doctor
Aurelio Ordóñez, asilo reparador de artistas desorientados... Nov.
1935”. El doctor Ordóñez era aquel médico ecuatoriano residenciado, de
oscura memoria para muchos que conocieron de cerca su relación con el
compositor. Ese “asilo reparador para artistas desorientados” es harto
sugestivo dentro de este contexto. Sin embargo, ni el musicólogo Pardo
Tovar ni el compositor Valencia tuvieron en cuenta que el estreno en su
primera redacción para dos violines y piano tuvo lugar en la emisora La Voz
del Valle, el 21 de julio de ese mismo año, 1935, por el autor con Ismael
Posada y Álvaro Mera Tenorio; por lo tanto, su creación quedaría situada
hacia el mes de junio.
Al igual que otras
obras suyas, esta composición ha figurado con diferentes nombres en los
programas; entre ellos Canción de cuna colombiana y Canción de
cuna vallecaucana, denominación esta última que no se deberá
confundir con la de una canción de idéntico título que Valencia compuso
siete años después. La obra que nos ocupa, si bien es tornadiza en su
decurso armónico, no se interna en las audacias que tipificaron sus
producciones anteriores. Con todo, la composición es tierna y evocadora, y
su lirismo íntimo transcurre a través de grandes arcos melódicos. El
autógrafo está dedicado a las hijas del médico Ordóñez, Sonia y
Cecilia.
9
- 10 - 11 – 12.
EMOCIONES CAUCANAS, trío para violín, violonchelo y piano [C. G-V 70]
La
más remota mención de las Emociones caucanas que voy a comentar
está en una carta de Valencia a su madre, desde París, fechada en 5 de
mayo de 1926, y en la cual se refiere al proyecto de composición de un
trío para piano, violonchelo y clarinete. En carta posterior, del 11 de
agosto del mismo año, el músico expresa su ansiedad en la espera del
material que su padre ha prometido enviarle. Una vez llegado a sus manos,
probablemente a finales de agosto o comienzos de septiembre, Valencia
inició la composición de su trío, resuelto esta vez para piano, violín y
violonchelo, como lo conocemos en su forma actual. Con la terminación del
trío se inaugura un período magno de obras maestras que abarca cinco
años, tras el cual, como agostado, el estro creador de Valencia se extingue
y calla. La copia autógrafa más autorizada contiene una dedicatoria que a
la letra dice: “A la memoria de mi hermano Julio”, fallecido exactamente
ocho años antes de completarse la composición que nos ocupa.
Corre
ya el mes de septiembre de 1938. Valencia ha vuelto a revisar de entre sus
apuntes los tres movimientos de un trío para violín, violonchelo y piano
que había escrito entre septiembre y octubre de 1926, en París. Eran los
días dorados en que acababa de recibir su grado de concertista, de sus
temporadas campestres con su querido maestro en Les Éolides y de las
memorables vacaciones junto al mar, frente a la frontera española, en la
grata compañía de Joaquín Nin y su madre. En la pujante fuerza de sus
veinticuatro años, seguro de sí, con un futuro prometedor, Valencia
concibe tres paisajes de su lejana Colombia. La intención, a juzgar por los
títulos de los movimientos, es decididamente pictórica y coreográfica: Amanecer
en la sierra, Pasillo. El tercer movimiento con sus puntos suspensivos,
su signo de interrogación y la cita de una estrofa del romancero hispano,
es aún más sugestivo que los dos anteriores.
No
era del todo desconocida esta música para el público caleño; en uno de
los
conciertos
radiales de 1935 (4 de agosto, por La Voz del Valle) fue escuchado por
primera vez el tercer movimiento del trío con Ismael Posada, Valencia y, en
el violonchelo, su hermano Fernando. Revisando todos estos apuntes en el
retiro de la habitación de su casa en Cali, mirando en retrospectiva el
inmediato ayer y el lejano pasado, ¿cuántos pensamientos gratos e ingratos
acudirían a su mente? Allí, en esos tres trozos completos y finitos se
encierra toda una etapa de su vida; pero ellos mismos, pese a su integridad
particular y a su carácter unitario y cíclico, no alcanzan a constituir
una obra cerrada y entera. Así lo estimó el compositor y, en los meses
centrales del año 1938, se dio a la tarea de escribir un cuarto y último
movimiento que tituló Fiesta campestre. El material básico para la
obra, tomada ya en conjunto, fue, desde luego, escogido de lo que le mandó
su padre a París. Posiblemente muchos de los varios ensayos de
composición, que nunca llegaron a feliz término, pudieron ser primeras
redacciones y bosquejos del contenido de los movimientos de este trío que
él intituló poéticamente Emociones caucanas.
El primer
movimiento -Amanecer en la sierra-
está en un tempo moderato
muy paisajístico, cuyo comienzo en el piano -octavas arpegiadas
ascendentes y descendentes- ilustran, al decir de Gérard Béhague “el
perfil de la cadena montañosa”[7]. Sobre tal
figura ostinato se van desperezando las melodías dialogadas por los
dos instrumentos de arco. La sección central alcanza un clímax expresivo
para retornar al tono principal en una reexposición sumamente libre del
material del comienzo. Luego de una elocuente pausa, sobreviene la coda,
dolorosa, dramática, extinguiéndose el movimiento en reposado pianissimo,
subrayado por los pizzicatti ascendentes del violín.
Pasillo
denominó
Valencia al segundo movimiento en tempo animado-bien ritmado. A la pincelada
acuarelística del primer movimiento suceden los colores más vivos de una
de las danzas andinas más características de Colombia. Sobre un fondo
polimétrico que proveen a la par el violonchelo y el piano, el violín
desarrolla una melodía que pone en evidencia el conocimiento que el autor
tenía del scherzo del Octavo cuarteto de cuerdas, en Mi
menor, de Beethoven (Razumovsky Nº 2), cuyo ritmo, como ya tantas
veces se ha dicho, sugiere un pasillo colombiano. A continuación se
confrontan en cotejo ambos temas:
La
forma de este segundo movimiento es claramente ternaria. El trío o sección
central produce en la parte de piano con exacta literalidad, exceptuando la
tonalidad, veinticuatro compases de una obra que le es contemporánea: los Ritmos
y cantos suramericanos Nº 5 [C. G-V 35]. He aquí una muestra:
Los
puntos de contacto entre estas dos músicas van mucho más allá de tales
identidades; las acerca aún más cierta ingenuidad no exenta de graciosa
elegancia. Un episodio a modo de desarrollo de la idea inicial del
movimiento nos conduce directamente a la literal reexposición que remata en
una primorosa coda.
Valencia
no asoció el tercer movimiento -lento espressivo-
a nombre
ilustrativo alguno, y prefirió dejarlo con unos puntos suspensivos y un
signo de interrogación. Sin embargo, un título no hacía falta porque en
su lugar el autor transcribe como epígrafe una estrofa del cancionero poético
hispano del siglo XVI, que dice:
Por
unas puertas, arriba
de montaña muy oscura,
caminaba un caballero
lastimado de tristura...
La
cita no es enteramente textual ni tampoco “anónima”; como él y Pardo
Tovar lo suponen. En el Cancionero musical español de los siglos XV y
XVI, transcrito y comentado por Francisco Asenjo Barbieri, más conocido
como Cancionero musical de palacio, editado en Madrid en 1890, está,
como es sabido, la obra poética y musical de Juan Del Encina. En la página
87 del códice palaciego, en su edición argentina, leemos estos versos del
poeta citado, consignados bajo el N. ∫ 81:
Por
unos puertos arriva
De montaña muy escura
Caminava el caballero
Lastimado de tristura...
[etc.]
Es
posible que Valencia conociera la edición de Asenjo Barbieri en la
biblioteca de la casa de Rosa Culmell y, sin reparar demasiado en el autor,
memorizó los versos. Es más: en el mismo Cancionero de palacio se
remite al lector a las páginas 327 y 328 (de la edición argentina) donde
encontramos la música que puso a esos versos un compositor contemporáneo
de Del Encina, llamado Alonso o Antonio Ribera. Es una sencilla composición
vocal a cuatro partes, cuyo tema no concuerda para nada -podría haber sido
la fuente inspiradora- con el movimiento lento del trío de Valencia. De
todos modos el espíritu elegíaco con caballeros tristes como figura
central de los versos de Juan Del Encina se repite con parecidos sones en el
repertorio poético del romancero español del siglo XVI. Por ejemplo en el
villancico “¿Quién te trajo, caballero?”, con música y letra del
mismo Juan Del Encina, en Núñez y en el Romancero de Lucas Rodríguez.
La
música de Valencia para ilustrar los versos de Del Encina es de una
exquisita tersura, en la que el violonchelo -el primer instrumento que
escuchó en su vida- tiene amplia oportunidad de cantar y desplegar su
lirismo. Aquí, como en el primer movimiento, la forma es ternaria con una
reexposición temática muy desceñida y libre. El final de Emociones
caucanas, un vivaz presto, que lleva por título Fiesta
campestre, es el movimiento compuesto en Cali (Colombia) en septiembre
de 1938. Se inicia con un tema de andadura rítmica próxima al bambuco, a
cargo del violonchelo solo. Una vez expuesto, el violín imita la frase,
mientras el violonchelo le hace contrapunto. Todo hace suponer un fugato.
Pero doble sorpresa nos asalta cuando irrumpe el piano no interviniendo
para nada en el diálogo establecido por los instrumentos de arco. Un nuevo
tema aporta el piano, tema que estaba latente en la memoria de Valencia
desde los lejanos días de su juvenil amistad con Ernesto Valdivia Palma y
la Danza colombiana [C. G-V 23], contenida en este mismo disco. La
identidad de rasgos podría deberse a que el final del trío no fue
enteramente compuesto en Cali, sino que ya existían borradores previos e
ideas bosquejadas. El clima ingenuo y colorido del segundo movimiento se
reedita en este final en el que las dos ideas circulan por los tres
instrumentos. Hay una sección central a modo de desarrollo del primer tema
que sufre varias peripecias tonales hasta la reexposición que se da con los
dos temas, aunque esta vez en orden inverso. Con una coda basada en un
pasaje de bravura tomado del desarrollo a cargo del piano, concluye
victoriosamente este trío, cumbre más enhiesta de su producción
nacionalista y obra maestra de Valencia en el género de cámara.
En
una de las copias hechas por el autor, dice junto a su nombre: “opus
17”. Es extraño en todo sentido. Valencia hacía muchos años -desde
su juventud- que había abandonado la catalogación ordenada de su obra;
además, nos preguntamos, ¿cuáles de las 69 obras previas eran los 16 opus
anteriores?
El
estreno del trío Emociones caucanas, con el formato de cuatro
movimientos que hoy conocemos, tuvo lugar la noche del 2 de diciembre de
1938 en Cali. Los intérpretes fueron Fanny Detjen, violín; Wolfgang
Schneider, violonchelo, y Valencia al piano. En el programa la obra figura
bajo el título de Cuatro emociones caucanas. En 1958, la Unión
Panamericana, con sede en Washington, D.C., publicó por vez primera este trío,
a través de la División de Música, cuyo director en ese entonces era
Guillermo Espinosa.
Mario
Gómez-Vignes
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7. Recital de Antonio
M. Valencia en Mobile, Alabama (Estados Unidos), el 10 de febrero de
1917
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Notas
[3] Joaquín
Piñeros Corpas, Introducción al cancionero noble de
Colombia, Bogotá, Ministerio de Educación Nacional de Colombia, 1988.
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[4] Guillermo
Abadía Morales, Compendio general de folklore
colombiano, Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, 1977.
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[5]
Localidad
caucana, asiento importante de comunidades indígenas.
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[6]
Gentilicio
de los indígenas habitantes del valle del Sotará, en el departamento del
Cauca.
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[7] La
música en América Latina (una introducción),
caracas, 1983.
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Trío
de Cámara Biava-Uribe
El
Trío de Cámara Biava-Uribe está conformado por miembros de una familia
eminentemente musical.
El
violinista Luis Biava, hijo del maestro italiano Pedro Biava, quien estuvo
activamente vinculado a la vida musical de Barranquilla, se desempeñó como
concertino y director titular de la Orquesta Sinfónica de Colombia por
varios años hasta su traslado a los Estados Unidos. Allí ingresó a la
Orquesta de Filadelfia en 1968, más tarde fue nombrado concertino de los
segundos violines y actualmente es Director asistente en residencia. Desde
1986 es director titular de la Orquesta Sinfónica de la Universidad de
Temple.
Su
hijo Luis Gabriel Biava Uribe terminó estudios en la Universidad de
Michigan (Ann Arbor) e hizo estudios de posgrado en la Juilliard School de
Nueva York con el violonchelista Leonard Rose. Ha actuado en recitales como
solista y en conciertos en varias ciudades de los Estados Unidos. Combina su
labor como concertino de los violonchelos en la Orquesta Sinfónica de
Columbus, Ohio (Estados Unidos) con estudios de perfeccionamiento. Ha
participado en varios festivales de Dirección de orquesta en Estados Unidos
y en Europa.
La
pianista Blanca Uribe, tía materna de Luis Gabriel, es miembro de una
familia que ha contado con numerosos músicos en varias generaciones.
Alterna con la docencia sus actividades de notable pianista concertista en
recitales para piano, en conjuntos de cámara y como solista en conciertos
sinfónicos en los Estados Unidos, en Colombia y en varios países de
Europa.
El
Trío Biava-Uribe hizo su debut en 1980 en la Sala de Conciertos de la
Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, y desde entonces
se ha presentado tanto en Estados Unidos como en Colombia.
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