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Antonio
María Valencia. Obras de cámara y obras para
piano
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Disco "Antonio
María Valencia. Obras de cámara y obras para piano"
Música y músicos de Colombia
Banco de la República, 2002, Bogotá, Colombia
Trío Biava Uribe
Luis Biava: violín. Luis Gabriel Biava: violonchelo. Blanca Uribe: piano
Investigación musicológica: Mario Gómez-Vignes
CRÉDITOS
DISCO E IMÁGENES
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ANTONIO
MARÍA VALENCIA nació en Cali, el 10 de noviembre de 1902. Inició sus
estudios musicales a muy temprana edad con su padre, para luego continuar
su formación pianística con Honorio Alarcón, en Bogotá. En 1923 viajó
con una beca a Francia, donde hizo estudios superiores de piano y
composición con Paul Braud y Vincent D’lndy, respectivamente. En 1929,
ya graduado y de regreso en su país, ingresó como docente al
Conservatorio Nacional de la capital colombiana, instituto del cual se
retiró para hacerse cargo de la dirección del recién fundado
Conservatorio de Cali. En esta institución realizó una fructífera labor
de enseñanza mediante la actividad docente, la práctica coral y sinfónica
y la difusión musical a través de la radio. Su legado más importante y
supérstite es haber convertido al Conservatorio de Cali (hoy
perteneciente al Instituto Departamental de Bellas Artes) en la institución
musical de más renombre en toda la comarca vallecaucana. Valencia falleció
a la edad de 49 años, el 22 de julio de 1952[1].
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1. Antonio M.
Valencia
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Es
paradójico que Antonio María Valencia, siendo
un pianista de tan altos quilates, no tenga en su catálogo una obra
original y de real envergadura para su instrumento. La Suite para piano
[C. G-V 29] [2], único ciclo tonal de
proporciones, tamaño y proyección estimables -ya que consta de una pieza
preludiante [una Fantasía y fuga] y cinco trozos, de los cuales
uno es un rondó y los demás danzas- no me atrevo a considerarla un
trabajo representativo, toda vez que obedece más bien a los derroteros
dictados por objetivos académicos que a verdaderas motivaciones
compositivas de auténtica originalidad. En efecto, sus obras para piano
son miniaturas de breve perfil, en su mayoría piezas características según
los modelos y denominación al uso del siglo XIX, época del florecimiento
de tal categoría de música. Unas son trozos de corto alcance revestidas
de evocaciones y ecos de las querencias juveniles de su autor: Debussy,
Fauré. Otras, más personales, giran alrededor de ritmos y temáticas
terrígenas, reminiscencias estilizadas de las músicas típicas de la
Colombia andina.
Una
y otra tendencias están representadas, en este disco compacto, en
proporciones iguales en lo que respecta a repertorio de piano: Impromptu
[C. G-V 37] y Aube estivale [C. G-V 39], como ejemplos de sus
predilecciones pro “impresionistas”; y Chirimía y bambuco satoreño
[C. G-V 43] y Sonatina boyacense [C. G-V 53] como muestras de
la vertiente nacionalista trascendente, en la cual recaló finalmente
Valencia con muy buena fortuna; tendencia consecuente con su época, que
es la de Villa-Lobos, Chávez y sus discípulos, el joven Ginastera,
dentro de una amplia lista.
Por
el contrario, en el género coral y en el de cámara, Valencia descuella
con nítido fulgor; baste mencionar su Réquiem [C. G-V 74] y su trío
Emociones caucanas [C. G-V 70], dos cumbres magistrales de la música
nacida, no digo ya en Colombia, sino en el ámbito total de la América
Latina. El trío Emociones caucanas [C. G-V 70] figura en esta
grabación junto a otras tres obras de cámara de singular interés,
puesto que dos de ellas son prácticamente estrenos absolutos, a saber: Danza
colombiana [C. G-V 23], Dúo en forma de sonata [C. G-V 32] y Canción
de cuna [C. G-V 60], todas ellas para violín y piano.
Notas explicativas sobre las obras
A
continuación unas notas explicativas y por orden cronológico de las obras
contenidas en el disco.
1.
DANZA COLOMBIANA, para violín y piano
[C. G-V23]
Esta composición data, en su primera redacción, de los meses centrales
del año 1923. Valencia, a la sazón joven de veinte años, está en los
preparativos de su viaje de estudios a Francia. Fue escrita para su amigo
el violinista chileno Ernesto Valdivia Palma, quien la estrenó junto a su
autor en la velada de despedida, la noche del 21 de junio de 1923, en la
casa de Fernando Zamorano, abuelo del compositor, en Cali. La Danza
colombiana es un trabajo culminatorio en varios sentidos. Es el punto
final de una primera etapa dentro de la producción global de su autor.
Los trabajos posteriores -hechos ya en París- obedecen en su mayoría a
la secuencia de un plan de estudios académicos en la rama de la composición.
Por su contenido “nacionalista” esta danza constituye además el vértice
más alto de su tendencia inscrita en la música andina tradicional,
iniciada en sus pasillos para piano. Es decir, en el grueso de su producción
hasta ahora concluida, la Danza colombiana es el trabajo
instrumental, si bien no el más extenso, sí el más elaborado desde el
punto de vista de la estilización.
La
copia que ha llegado hasta nosotros contiene solamente la parte de violín.
Esta copia, hecha por Valencia muy recién llegado a Francia, está
fechada en París, el 5 de octubre de 1923. Fuera de estos datos, las
indicaciones de tempo y el mismo subtítulo -sur un thème populaire- están
en francés. Respetando su unidad rítmica y temática, y a falta de la
parte de piano he “reconstruido” un acompañamiento que la obra, desde
luego, tuvo en su oportunidad, y que en el caso presente en nada traiciona
su espíritu ni su texto original.
Básicamente
la Danza colombiana, nacida bajo el título de Danza colombiana
del valle de Tenza, se divide en dos grandes secciones temáticamente
disímiles, más una introducción y una cadenza del violín. Los
compases introductorios están confiados al piano, que cede finalmente la
palabra al violín, explayándose éste en una cadenza (très lentement,
a piacere), que al concluir da paso a un allegro -la danza
propiamente tal- que alterna compases binarios y ternarios, como es usual
en muchas danzas andinas. La realización instrumental en la parte de violín
denota la mano de un violinista (¿Ernesto Valdivia?), toda vez que las
articulaciones, fraseos, golpes de arco y recursos como dobles cuerdas,
armónicos, glissandi y escogencia de timbres, así lo denuncian.
La segunda sección, a la cual se accede sin solución de continuidad, está
basada en un tema que Valencia empleará de nuevo quince años más tarde
en el final de su trío Emociones caucanas, para violín,
violonchelo y piano, contenido también en este disco. Obsérvese la
identidad entre ambos motivos:
Después
de un retorno que recapitula todo el material temático, la danza concluye
en un apaciguado morendo.
Esta
obra es un aire de bambuco chispeante y lleno de una gracia inocente y
candorosa. Fue, parece, sometida a muchas revisiones. La copia que tengo
ante mí es una de muchas. Al respecto dice el autor en carta a su padre:
“A mi Danza colombiana le tengo un gran cariño, porque ella me
reveló ante mis Maestros. A medida que me vaya profundizando en los
estudios la examinaré cuidadosa y detenidamente: si hay que corregirle
algo lo haré para después publicarla cuando tenga plena conciencia de
ella”.
3.
DÚO EN FORMA DE SONATA, para violín y piano
[C. G-V 32]
Corre
el año 1926. Los metódicos estudios de composición con Vincent D’lndy
van dando sus frutos. La forma que habría de trabajar en esta etapa ya
avanzada es una de las más atractivas y posiblemente la más compleja: la
sonata. Antonio María, después de algunos ensayos previos sin
consecuencias, se decidió por la combinación de violín y piano. Al
respecto comenta: “La clase de composición es en extremo interesante en
este año, pues es la historia y el desarrollo de la sonata. Actualmente
D’lndy hace el análisis detallado de cada una de las sonatas de
Beethoven; aparte de lo mucho que se aprende desde el punto de vista de la
composición, esto tiene un altísimo valor para mí, en lo que se refiere
a la interpretación. Verdaderamente que esta venida a París ha sido más
que fructífera para mi carrera artística que ya empieza a esbozarse”.
Un mes más tarde, sumido en pleno trabajo de creación, declara: “Lo
que me inquieta ahora es mi sonata que está de parada pues he
llegado al desarrollo de las ideas y nada de lo que hago me gusta y por
tanto, nada es definitivo. Pero no hay que desesperar, pues la idea se
consolidará con el tiempo”.
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2. La clase de armonía de
Louis Saint-Réquier en la Schola Cantorum.
Valencia es el tercero de derecha a izquierda
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A
primeros de abril escribe: “He estado completamente ensimismado durante
todo este mes, absorbido en ese trabajo [su sonata], que afortunadamente
creo me haya salido bien y por lo tanto lograré la aquiescencia del viejo
D’lndy”. Y agrega: “Yo por mi parte continúo muy bien de salud,
aunque algo fatigado por tanto trabajo mental con la composición de mi
sonata; no es cualquier cosa el sentarse a una mesa a sacar de la nada un
edificio sonoro que tenga las condiciones requeridas para que sea una obra
de arte: inspiración, escogencia de materiales, realización buena, lógica,
etc. Cuando se estudia la técnica de un arte es muy difícil si no
imposible tener ideas propias, pues uno está sujeto a las influencias,
que las más de las veces son benéficas, cuando ellas son buenas, pero
que también algunas veces resultan un poco perjudiciales para el libre
desarrollo de la naturaleza artística del individuo. El talento del
alumno de una clase de composición consiste en saber discernir las
influencias que a cada paso se le presentan, en saber asimilar lo que
convenga a su personalidad y desechar el resto. Afortunadamente mi espíritu
se ha encontrado con no poca calma para poder discernir lo bueno de lo
malo, para desechar los elementos que podían ser perjudiciales para la
marcha ordenada de la obra y de este modo he logrado salir victorioso de
esta empresa que hasta el momento es la más grande en que me he lanzado.
Yo creo que M. D’lndy quedará contento de mi trabajo, que en todo caso
tiene la gran cualidad de ser absolutamente sincero. En mi sonata he
tratado de hacer una evocación del paisaje de mi Valle querido, con todo
ese derroche de luz que lo caracteriza; de vez en cuando vienen a turbar
la calma extática del paisaje las brisas que vienen de la montaña
cercana y que hacen estremecer los cachimbos y los gualandayes y en medio
de todo esto el eco de una fiesta lejana viene a poner la nota autóctona
con el ritmo de los bambucos y la dulce canción de la montañera que
espera a su amado, pilando maíz”. La explicación de este breve
programa le da pie para señalar: “Inútil me parece decirte que en todo
el período de composición de mi sonata todos los míos han vivido en mi
corazón con más intensidad que nunca; no podría ser de otra manera, ya
que he tratado de evocar en ella las impresiones indelebles que dejó en
mi memoria el paisaje de mi Valle, y ustedes todos son el alma de él”.
Finalmente
el 10 de mayo se congregaron los alumnos de composición en torno a D’lndy
para interpretar sus sonatas o hacerlas interpretar por otros. “De
dieciocho alumnos que estábamos inscritos -señala Valencia- tan sólo nos
presentamos doce”. Una vez escuchadas todas, Vincent D’lndy hizo público
su fallo:
Ghiga
ocupó el primer lugar; Valencia el segundo. “Yo toqué mi Sonata con
Ghiga, quien espontáneamente se me ofreció para ejecutar la parte de violín,
y yo le correspondí su amabilidad tocando con él mismo la parte de piano
de su sonata. La crítica que me hizo el viejo sobre mi Sonata me llenó de
satisfacción; me dijo que no tenía más que felicitaciones para mí, pues
la Sonata estaba muy bien construida, las ideas tenían un gran valor; en
cuanto a la primera idea hizo la reserva de que yo hubiera podido
acrecentarle el interés. El desarrollo integralmente bueno con la lucha
entre las dos ideas. que acaba por el triunfo de la primera en la reexposición,
todo esto muy bien escrito y la oposición de sonoridades entre el piano y
el violín muy feliz”. Y a continuación señala: “El examen estuvo
interesantísimo porque cada uno de nosotros tiene ya su estilo propio”.
He
aquí, pues, un primer movimiento de sonata ampliamente desarrollado, cuyos
derroteros le han sido trazados por su maestro D’lndy, a través de las
lecciones presenciales, la lectura de los capítulos pertinentes del Cours
de composition y el análisis del abundante repertorio. En el archivo de
manuscritos del compositor existen no menos de cuatro copias de su puño y
letra. La confrontación de estas copias me ha conducido a establecer tan sólo
dos versiones con leves reformas. La primera copia, la más temprana, es un
fajo de reproducciones fotográficas de diecisiete folios, sólo anverso, más
la portada en la cual se lee: “Antonio M. Valencia/Paris, Avril 1926/Sonate/pour
piano et violon/1er. Mouvement”. En efecto, sobre la partitura, en la
primera página, hay un gran número “uno” en caracteres romanos,
referido, sin duda, a que se trata del primer movimiento de una obra de más
vastas dimensiones.
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3. Joaquín
Nin-Culmell
y Antonio M. Valencia
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Estos
datos nos ilustran sobre el propósito inicial de escribir una sonata
completa en tres o cuatro movimientos, propósito que nunca llegó a
plasmarse. Esta copia fue terminada en Villa Gure Dezira, en Hendaye-Plage
(Bajos Pirineos), el 29 de septiembre de 1926, durante unas vacaciones
junto al mar en compañía de Rosa Culmell y su hijo Joaquín Nin-Culmell,
madre y hermano, respectivamente, de la célebre escritora Anaís Nin. Hay
una segunda copia posterior que, bajo el título simple de Dúo en
forma de sonata, demuestra que el compositor ya ha abandonado el
proyecto de escribir una sonata completa. Esta última copia está
dedicada “à Jean Collon”, joven violinista oriundo del mediodía de
Francia, alumno también de la Schola.
El
Dúo, último trabajo académico de Valencia en la Schola Cantorum,
debería figurar más en relieve entre las producciones destacadas de la música
latinoamericana. Pese al uso de atmósferas armónicas un poco a la manera
de los compositores franceses finiseculares, el “tono”, el acento está
puesto en una estilización de melodías, que por su naturaleza son más
americanas que europeas. Americanas en su verdadero sentido, y no el que
usual y erróneamente se le da, como sinónimo de estadounidense. Es decir,
el clima de la obra, de lujuriante brillo -¿el sol de su “Valle mirífico”?-,
con esa armonía móvil y espejeante, la convierte en una de las más
delectables experiencias auditivas. Años más tarde, habiendo recibido su
familia una copia del Dúo, Valencia lamenta: “Mucho me contraría
el que no hayáis podido tener el gusto de oír mi Sonata en ausencia de un
buen pianista; sin embargo, ella no es tan difícil y creo que estudiando un
poquito Renée o Mary [sus primas] podrán daros una idea. ¡Adelante, las
perezocitas!”.
Podría
decirse que el Dúo en forma de sonata tuvo dos estrenos: uno privado
en París (10 de mayo de 1926) ante los maestros y condiscípulos de
Valencia, y uno público en Colombia, en Cali, en el Teatro Municipal, el 13
de abril de 1935, por el pianista español Joaquín Fuster y el violinista
Ismael Posada, durante un homenaje rendido al compositor.
4.
IMPROMPTU, para piano
[C. G-V 37]
Esta
breve ensoñación musical es, como la anterior, un trabajo escrito en Francia,
pero que no forma parte del proceso académico del curso de composición; se
trata, más bien, de esas frecuentes “escapadas” que Valencia se permitía
hacer para explayarse en formas y contenidos de composición libre. A este tipo
de obras pertenecen también su Berceuse [C. G-V 27] y Aube estivale [C.
G-V 39], que figura en este disco.
4. La clase de piano de Paul
Braud en 1924: primera fila: Emile Panner (Peirane), y Paul Braud; fila
del centro, en el primer peldaño: Antonio M. Valencia y René Monché;
fila de atrás de izquierda a derecha: René Noblet, Constantin Neago,
Marcel Leibovici, Raymond Weber y Paul Laroziere
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Paul
Braud, maestro de piano de Valencia, tenía en la región de Gazeran, muy cerca
de París, una villita campestre con un nombre muy sugestivo: Les Éolides,
aludiendo a la vez al poema de Leconte de Lisle y a su versión musical hecha
por César Franck, su maestro en el conservatorio. Muy recién llegado Valencia
a la Schola Cantorum, fue invitado por su maestro Braud a ese idílico lugar, y
en adelante será su huésped frecuente a lo largo de los seis años de
permanencia en Francia. El paisaje de Gazeran es propenso al fantaseo y al
despertar de efusiones musicales que darán nacimiento a tres pequeñas obras,
muy cercanas la una a la otra en fechas de composición, entre las cuales está
este Impromptu, concluido el 4 de agosto de 1927.
Se
trata de un exquisito trozo característico que, en una sencilla forma ternaria,
discurre por varias tonalidades afines, dentro de ese tan habitual estilo lírico
de Valencia en su música de piano, en el que, mientras la mano derecha se
enrosca a través de arabescos, la mano izquierda va cantando erráticas melodías
-¿el recuerdo del violonchelo de su padre?- que hablan de luces crepusculares y
horizontes soleados vistos a través del follaje otoñal.
Valencia dedicó esta
obrita a la joven violinista Jeanne Barbillion. No hay registro del estreno de
esta composición.
5.
AUBE ESTIVALE, para piano
[C.6-V39]
Esta nueva obra, que significa un retorno a los soleados paisajes de la campiña
de Gazeran, está fechada en “Les Éolides, 17Agosto 1927”. He aquí otra de
las ensoñaciones que la vista de la naturaleza sugiere al músico. Una hermosa
pincelada, un amable paisaje sin nubes, con luz, aire y sol veraniego;
divagaciones al teclado, especies de impromptus envolventes, comparables a minúsculas
acuarelas cuyo propósito no es otro que echar a volar la imaginación, sin que
por esto carezcan de plan. El de la presente pieza es una forma ternaria simple,
en la tonalidad de Sol mayor. Aube estivale la conocemos a través de dos
copias autógrafas, la segunda de las cuales, sin fecha, realizada en Colombia,
a juzgar por la marca del papel, Valencia la ha titulado Alba fresca, nombre
que la rebautiza, pero que en modo alguno traduce el nombre original que vendría
a significar más bien Alba estival o Amanecer de verano. En el
primer autógrafo la indicación de tempo no es muy explícita: “Gracioso”;
en la segunda copia dice “Allegretto gracioso”. Pero de allí en lo
sucesivo, esta copia posee todas las indicaciones en castellano y no en francés,
lo que nos haría suponer que esta versión fue destinada a alguno de su discípulos
de Colombia que no dominaba aquel idioma. Fuera de un más prolijo cuidado en
las articulaciones, en la segunda copia hay dos modificaciones hechas por
Valencia que no afectan tanto a las notas como a la sonoridad.
El
estreno, por su propio autor, pudo haberse realizado el 6 de noviembre de
1929, en el Teatro Municipal de Cali. En 1945, su discípula Rosalía Cruz
contrajo matrimonio con Nicolás Buenaventura. Valencia dedicó esta pieza a
la pareja como presente de bodas.
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Notas
[1] Para
una información más amplia y detallada acerca de este músico, remitimos
al lector a
Imagen
y obra de Antonio María Valencia de Mario Gómez-Vignes, dos volúmenes,
Cali, Corporación para la Cultura, 1991.
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[2] Código
correspondiente a la catalogación de Mario Gómez-Vignes.
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CRÉDITOS
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IMÁGENES
1. Fotografía tomada por Pierre Dagués. Archivo del Instituto
Departamental de Bellas Artes, Cali.
2. Dibujo publicado en: Mario
Gómez-Vignes, Imagen y obra de Antonio María Valencia, Cali,
Corporación para la Cultura, 1991.
3. Fotografía publicada en: Mario
Gómez-Vignes, Imagen y obra de Antonio María Valencia, Cali,
Corporación para la Cultura, 1991.
4. Fotografía publicada en: Mario
Gómez-Vignes, Imagen y obra de Antonio María Valencia, Cali,
Corporación para la Cultura, 1991.
5. Archivo
del Instituto Departamental de Bellas Artes.
6.
Caricatura publicada en: Mario
Gómez-Vignes, Imagen y obra de Antonio María Valencia, Cali,
Corporación para la Cultura, 1991.
7. Archivo
del Instituto Departamental de Bellas Artes.
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SU MÚSICA EN NUESTRA COLECCIÓN VIRTUAL
(audio mp3)
Chirimía y bambuco sotareño
para piano
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Emociones caucanas
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