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Apartes
del libro Crescencio Salcedo: mi vida
(Jorge
Villegas y Hernando Grisales. Ediciones Hombre Nuevo, Medellín, 1976) -
Fragmentos del capítulo I: Mi vida
Mi
infancia fue una infancia bien cuidada, tanto por parte de mis padres como
por la parte mía. Como siempre me permitía ser respetuoso en todo, por
doquier que iba, cualquier mayor me hacía una advertencia, me hacía una
corrección, bien hecha. Como, en esa temporada, un menor siempre tenía que
obedecer al mayor, quisiera o no quisiera, porque, de lo contrario, podía
ser castigado por cualquier mayor. Y, sin poderle ir a poner quejas a los
padres de uno porque, si uno les ponía quejas también venía el otro
castigo de ellos. Porque ellos siempre decían que, cualquier mayor que lo
castigara a uno, no era por querer castigarlo sino porque alguna falta había
cometido. No es como hoy que se alcahuetea cualquier vagabundería,
cualquier malcriadeza que le comete un menor a un mayor.
En esa temporada había mucha moralidad, mucho mérito moral a cargo del ser
humano. Se tenía mucho respeto. Había un valor mucho más grande que el de
hoy. Hoy se quiere decir que hay un gran adelanto de conocimientos, para
querer rehusar a lo de antes. Nunca podrá rehusarse lo de antes. Había una
moralidad exquisita, lo que significa que había mucho respeto en todo.
Me
supe comportar bien desde niño. Me sabía estimar desde niño, y me sabía
apreciar desde niño. Porque, yo nunca he esperado que los demás me
quieran, ni que me aprecien, ni que me estimen, ni que me respeten, sino que
eso está bajo mi autonomía, o sea que yo soy quien debo de imponer esto a
mi cargo. Porque, yo sí siempre debo quererme, estimarme, apreciarme,
respetarme, es decir, todas estas cosas están es bajo mi cargo.
De
acuerdo con eso, pues, mi vida joven fue una vida muy tranquila, una vida
muy deliciosa y todo mundo me quería, igual que ahora, siempre todo mundo
me quiere.
Mi
mamá, mis abuelos, mis abuelas, mis tíos, toda esa gente me querían
tanto. Yo, aun de 15 y 20 años he sido cargao de mi papá, contemplao. Así
me levanté. Yo era un jugador de bolas, de techas y cucunubá, acabado. Así
fue en todo, en todo. Yo
nunca quería perder, sino ganar; por eso me
acostumbré a tener que echar para adelante, para siempre estar delanté y
no detrás.
En
las fiestas, siempre, en las tocatas me iba adelante, en todas formas: con
el tambor, con flautas, en todo me iba adelante. Ejecutaba una cosa y otra.
Si me tocaba cantar, de pique, pues ahí estaba listico y tenía que irme a
ensayar. Esa fue mi infancia: peligro de todo el mundo.
Fui
un muchacho que sabía respetarme en medio de los mayores. Sabía hacer méritos,
sabía la consideración que había que tener con los mayores, sabía
aprovechar de ellos cualquier relación de experiencia que me dijeran. A
veces, hasta me invitaban:
Quencho.
Vamos al - puerto?
Era
para conversar conmigo, los viejos, porque siempre veían en mí un respeto
y una estimación para ellos.
No
haciendo medida de dibujo, por parte de que me estoy expresando, sino que,
en verdad, esa ha sido mi manera de proceder. Y, mientras siga viviendo, es
mi manera de proceder. No fallaré. Pues uno hace las cosas tal cual como es
debido hacerlas. Si alguna vez se encuentra un fallo, fue porque no tuve
alcances para hacerlo mejor y ya entonces, el caso es perdonable por la
gracia divina de nuestro Padre Creador. Porque, cuando uno ha
ce las cosas, creyendo que es lo mejor, ¡y no
resulta!, entonces, quiere decir que nadien es perfecto y, el perfecto, le
perdona a uno aquellas ligerezas que tuvo. Pero, nunca puedo hacer las cosas
mal adrede, porque no me gusta.
Porque,
proceder así, es imbecilidad. Entonces, entonces, ya cuando uno hace las
cosas sabiendo que aquello es malo, ya esa actitud es de imbécil, y hay que
evitar ser imbécil en la vida. Porque, cuando le dicen a uno imbécil, no
le han dicho algo agradable.
Mi
abuelo era agricultor. Primero tenía ganadería, pero perdió el ganado en
una peste de esas, de huequera. Se le murió todo el ganado, todo, unas
quinientas y pico de reses. Después, llegó la rengadera. Rengadera es que,
de pronto, sale la bestia y ¡pindandán!, cae. Ahí cayó y ahí se va. Y,
de ahí, no hay tu tía. Esa fue la peste que acabó con todo lo de mi
abuelo y bisabuelo. No les quedó nada. Yo todavía alcancé a ver estas
cositas, ya a lo último. Eso fue por allá por 1914 o 1915. Ahí terminó.
Después quedaron unos poquitos animalitos, por ahí como una o dos que se
tenían pa' lechería en el patio. Dos animalitos quedaron. Y, quedó mi
abuelo en el patio, llorando, todo decepcionado.
Entonces, mi abuelo se abrió en pura agricultura. En siembra de caña, de
plátano y yuca.
Era
un hombre de esos, ¡tan honrado! No acostumbraba a picardiarle a ninguno un
centavo, ni echarle mentiras a naiden. Lo que florecía en él era la
verdad. Tenía que buscar la firmeza de una vida honrada. Seguir viviendo,
siempre sin faltarse al respeto, sin adueñarse de lo ajeno. No es como hoy,
que la persona está pensando es en adueñarse de lo ajeno. Entonces, no.
Era por lo contrario: naiden quería ser dueño de lo ajeno, para uno eso
era un delito. La deshonra más grande para uno, era pensar que se iba a
adueñar de lo ajeno. Nunca se podía pensar eso. Así me levanté, junto
con ellos, y así soy yo hasta el día de mi muerte. Porque es la única
grandeza que lo autoriza a uno. Lo fortalece levantar la cabeza en cualquier
parte del mundo y
reprochar lo malo. De lo contrario, con qué
autonomía?, con qué moralidad? Con qué respeto se enfrenta usted a
reprochar a nadie? Si usted no tiene moralidad para usted, cómo va a
tenerla para los demás? Para uno sentirse con ese valor, con ese derecho tiene
que, primero, ponerse de frente y corregirse bien, ¡bien!, y llevarse hasta
ser el hombre serio, en medio de todo lo que corresponde.
Y,
hablando de mi vida. Mi vida fue completamente sencilla, así como se me ve
ahora, viejo, era mi niñez también.
Nosotros
ayudábamos a laborar en la agricultura. A nosotros sí. nos tocó. De modo
que, a la agricultura sí le tengo yo cariño. Un aprecio único. Por
que también he podido contemplar que es una de las
bellas artes. Porque es arte, aprender a cultivar. Saber sembrar, saber
tratar con delicadeza al matorral que uno siembra.
(Nota:
El
profundo amor de Crescencio por la agricultura y la naturaleza se evidencia
en la letr adel bambuco “Rastrojito”):
EL
RASTRQJITO (Bambuco)
El rastrojo precioso y bonito
es donde tengo mi ramadita.
Lo que siembro produce todito
y en él vive mi santa viéjita.
Es por eso el rastrojo bendito
que mi Dios con su mano bendice
y le pone virtud a mi humilde ranchito
la canción bien lo dice.
El cantar de los pajaritos
cuando viene la mañanita
sus caütares son tan bonitos
que me brindan grande expresión
es donde tengo el deber y el sagrado querer
de mi santa viejita.
En el mundo es más precioso
porque tiene la gran belleza
arbustales, matas y bejuco
lo refiero en mí canción.
Con el anochecer y el amanecer
nació el bello bambuco.
La agricultura es la grandeza
claramente lo converso
porque ella es la riqueza
de todito el universo.
Por eso el pueblo agricultor
siempre vive en grande altura
disfrutando del valor
que le da la agricultura.
En
el sitio donde están mis hermanos, ahí todos somos unidos. Entre hermanos,
hijos, sobrinos, tíos, nos ayudamos. Nos ayudamos entre todos.
Si,
a lo último solo ha pescao uno y los otros no; si la comida en la casa a
otros no alcanza; si no hay bastimento; si no han podido subir a la loma a
cortar plátanos, o arrancar yuca, o cualquier cosa, entonces, se manda de
una parte a otra: es
que no tengo plátano, no tengo yuca. Entonces,
les mandan de allá.
También
es costumbre de ir uno un día a trabajar con usted y mañana usted ir
conmigo. A eso lo llamamos mano-vuelta, estas son costumbres del pueblo.
Yo saborié tanto en mi juventud esos
festivales en tiempo de navidad! Eso sí es muy bonito, pero muy bonito! Ahí
vienen las piquerías de los barrios en los pueblos; los encuentros en las
plazas. Esas tamboras, esos tambores, esas maracas piqueriando de un barrio
a otro barrio hasta encontrarse en la plaza, en la parte céntrica. ¡Daba
gusto! Las contestaciones de las voces, tanto de una parte como de otra; los
encuentros de un barrio con otro barrio con tambores y tamboras,
versificadas, piqueriando en cuartetos los que cantaban. Se decían una
contestación que era:
Tres golpes, tres golpes
tres golpes no más
el baile de la villanueva
fueron tres golpes no más.
Desde que te vi venir
pisé, mi amor, en derecho.
Arrimate para acá,
relicario de mi pecho.
Arrimate para acá
relicario de mi pecho.
Tres golpes, tres golpes,
tres golpes no más
el baile de la villanueva
fueron tres golpes no más.
Eso era que íbamos dando color, con los cuarte
tos:
Aquella que va bailando
lleva el pollerín afuera,
y el que la va galantiando
dice que es forastera.
Porque en el pueblo decían que las del pueblo
no llegaban con el pollerín afuera, sino las forasteras pa' que les vieran
que tenían pollerín.
Luego volvían a cantar:
Tres golpes, tres golpes,
tres golpes no más
el baile de la villanueva f
ueron tres golpes no más.
Yo conocí todos estos ritmos, ritmos bonitos,
sabrosos, que para bailarlos había bastante gracia.
Durante los carnavales, los desembarques son
preciosos. Se embarcan todos los disfrazados, arriba del pueblo, en
champanes, o sea, en barquetas grandes, y los ve usted, bajando por el río, hasta
desembarcar en la parte de abajo del pueblo. Después, siguen todos en línea,
danzando por las calles principales de Palomino. Los que tienen modo les van
pagando la presentación de sus danzas. El desfile comienza a las 5 de la mañana.
El primer llamado a los que van a salir en la danza, lo hacen a las tres de
la mañana, los tambores.
Son
vainas bonitas, graciosas.
Tienen
su entusiasmo, tienen su descendencia. Porque, precisamente, eso es lo que
se puede imponer ante un pueblo: las costumbres. Y, a esas costumbres, les
llamamos “la vida típica del pueblo”. Por eso he dicho tantas veces que
nosotros no necesitamos hablar de floklore, eso es complejo, eso es envidia,
tratar de ridiculizar nuestra expresión. Es una falta grave que se está
haciendo con llamar aquí a las presentaciones nuestras, folklóricas. Ese
carnaval en Palomino es una fiesta típica; no una fiesta folklórica.
Nunca fui a la escuela.
Jamás
me gustó ir a la escuela. Desde la primera vez, que vi a un maestro en la
calle con la corbata escupida, me ponía a maliciar de qué clase de enseñanza,
qué clase de moralidad tenía ese caballero, para llegar allá, donde sus
discípulos, con la corbata escupida. Y, a darles lección de qué? Cuando,
lo primero que él demostraba era el irrespeto hacia él. Llevaba únicamente
el galardón de decir que era maestro, ante ellos. Y, los reglamentos
morales, dónde están? Y, esa cultura de ese maestro, dónde estaba? Para
presentársela a esos alumnos? Para que siguieran las mismas normas que él?
Pues, si veían que llegaba con la corbata escupida, más
tarde, ellos también llegaban con la corbata
escupida.
Entonces,
yo nunca me permití, por ese motivo, ir a la escuela. No señor, jamás de
los jamases, y tenía tíos letrados, porque un tío mío era el hombre más
capacitado que tuvo Palomino, Cristóbal Monroy Cuadros. Y la mujer más
capacitada que tuvo Palomino era Justa María Monroy Ospina. Y no me
hicieron obedecer, a ir a escuela. ¡A nada, nada! Porque, pa' donde yo quería
irme o hacer lo que quisiera hacer, eso hacía.
Mi
abuelo me conversaba, me daba instrucción prácticamente. Y muchos mayores
que me querían, siempre conversaban conmigo y yo, de esa conversación,
recogía algo que me gustaba. Por eso es que todos mis adelantos están
sometidos a práctica, no sometidos a la vida teórica. He podido
contemplar, siempre, que la teoría es un adelanto comercial para unos. No
el adelanto moral, el adelanto respetuoso, el adelanto culto. Podemos decir
que la teoría, para mí, es un aspecto comercial en todas sus partes. Eso
he podido observar en todo.
Después,
con el tiempo me fui dando cuenta. Fui cogiendo el papelito y me ponía a
dibujar esas vainas de las letras, claro, poniendo cuidado ¡ya muy hombre,
muy hombre! Aprendí los números. Aprendí a leer oyendo. Decían: esta
vaina dice así, y yo veía qué letras se ocupaban para aquella frase,
entonces ya yo sabía hacer letras.
Empecé
a interesarme por la música desde muy niño. Yo hacía instrumenticos para
aprender a ejecutar todo lo que me provocaba.
Desde
niño. Nadie me enseñó. Eso me gustaba y hacía mis flautas a mi antojo.
Como a mí me nacía hacelas. Hasta que ya fui obteniendo mi poco de técnica,
un poco de maestría. Ya fui haciendo las cosas como conocedor, cómo se cogía
una flauta y se tonificaba bien. Ya cogía y hacía una gaita por mi cuenta.
Ya era un hombrecito, ya tenía conciencia de lo que hacía.
Yo
mismo las construía. Porque cogía el carrizo para hacerle huecos y, luego,
me sonaba. De ahí prencipié a desarrollarme de parte mía para hacer las
cosas. Y, como viendo y oyendo se aprende, entonces, yo oía lo que los
mayores hacían.
Cuando
llegaban esos gaiteros o flauteros, pues yo hacía lo mismo. Por allá
llegaba uno, que ya murio: Ramón Vanegas. Muy bueno. Muy buen gaitero, traía
todos los instrumentos. Y, había un flautero, de nombre Eustacio y de
apellido Mesa. También había un gran tamborero: Era Manuel Mesa, hermano
de Eustacio. Un par de hermanos: el uno en la flauta y el otro en el tambor.
En la familia mía hubieron tamboreros buenos. Mi tío, Eugenio Cuadros, era
un tamborero ¡pero bueno! Y, en el tambor tenía un tío, también, Manuel
Robles. ¡Muy bueno! Habían muy buenos. Hablando pues, entre nosotros,
siempre hubo esa famliiaridad ingeniada a la musicalidad. Formábamos
perendengues en el pueblo.
Después
de mucho tiempo de oír instrumentos como la flauta de millo, como la gaita
de carrizo, que son instrumentos nuestros, pero al mucho tiempo, fue cuando
ya se presentó el acordión. Primero, las dulzainas se regaron por todas
partes, después ya vinieron esos acordioncitos de pistón.
Eso
hace muchos años, estaba yo muy pelón, pelonguito, cuando yo conocí estos
instrumentos. Claro que ya podían estar en Colombia, pero al pueblo no
llegaban. Para qué nos vamos a engañar?
El
instrumento típico aquí era la tambora, las maracas.
Ya
muerto mi abuelo me salí definitivamente de Palomino. Me salí para Santa
Marta, me salí para Barranquilla, para Cartagena. Me fui recorriendo el país
en una parte y otra, brincando aquí y brincando acá, conociendo.
En
cada parte llegaba e iba trabajando en lo que se iba presentando. Cualquier
cosa que me tocara hacer, la hacía. Era un hombre fuerte. Era un macho de
esos echaos palante: si me tocaba coger la hacha, echaba hacha; si me tocaba
coger machete, cogía el machete, si me tocaba bultiar en cualquier puerto
de esos de carga, pues bultiaba. Si me tocaba ir y coger una parihuela, la
cogía; si me tocaba coger un carro pa' vender cualquier artículo:
naranjas, aguacates o zapotes o... lo que fuera, yo iba.
No
puedo detallar uno, y uno, y uno los muchos oficios que hay que hacer en
medio de lo que vive uno. Me ha tocado trabajar ¡lucharla!
Es
que donde voy hay que trabajar.
Me
fui a trabajar la agricultura y después de la agricultura me fui para la
Guajira y allá estuve una temporada en medio de los de la tribu de la
Guajira, fue como unos ocho años con ellos. Me fui allá. Porque me
pertenece a mí también toda esa gente y yo les pertenezco a ellos.
Y
conocí un poquito el rodaje de ellos, aprendí a ver lo ajeno, sobre todo
esos valores que ellos tienen para consigo mismo. Usted ve que esa gente no
necesita ponerse uniforme para ellos respetarse.
Allí
me la pasé mucho tiempo, porque con ellos hay la ilustración, de la
seriedad, hay la ilustración de uno respetarse, hay hasta la ilustración
de aprender a conocer las virtudes de la naturaleza en muchas formas.
Conocer las virtudes que tiene cada planta para el servicio de uno. Como
ellos son unos clientes espontáneos sobre todas esas cosas, hacen que uno
las comprenda para aprender muchas cosas que se necesita aprender en el
campo de la naturaleza.
Me
gustó estar con ellos, vivir con ellos, adueñarme de todas sus costumbres,
tan limpias como las de nosotros acá en nuestro pueblo. Pertenecíamos a la
misma pureza de raza.
Los
últimos días estuve en Praguaipoa, mucho tiempo. De allá salí para Santa
Marta, de Santa Marta me pasé a Barranquilla.
Después
estuve como 20 años en corredurías por todas las partes del interior del
país, sin emparejarme en ninguna parte.
De
los pueblitos de la costa, he estado en todos, en los grandes, en los más
chiquiticos, en los más churrucututicos, como decimos allá.
Siempre
me gustó hacer grandes recorridos a pie. Es que caminar a pie hace muy
bien, porque así se ejercitan siempre los músculos, se ponen las pilas
para girar, es contemplar una buena salud.
No
me era difícil porque estaba en salud. Tanto que salía de Magangué a las
cinco de la mañana y cuando eran las cinco y media de la tarde estaba en
Palomino, doce leguas y media. Tomando guarapo por esas fincas y jodiendo y
güevoniando, y enamorando y jodiendo con todas esas muchachas. A veces me
quedaba en las entradas cuando me prometían que se acostaban conmigo. Y, me
quedaba por allá, por el camino, rodao.
Ya
poco regresaba a Palomino, no era sino a saludar a mi gente. Dentraba a
saludarla, a llevarle de mis cosas que me ganaba, repartime con ellos en
todo, y a estame con ellos un mes.
Muy
sabrosito allá con ellos, una temporada, con mi mamá, con mi papá, con mi
abuelo, con mi abuela, mis tíos, mis hermanos... Ya no voy porque ya soy un
enfermo y no tengo aquellas fuerzas como antes.
Entonces
había un carajo, corresponsal de la revista Semana en Cartagena, era José
Nieto. Por allá me sentaba en el parque céntrico de Cartagena a charlar
con toda esa parranda de bergajos, con esa parranda de güevones, y a tomar
tinto y hablar vai
nas, y entonces yo también a echale vainas a
toda esa parranda de bergajos, universitarios, y maestros, y, carajo!, a
todo el que se amontonaba allí le echaba su poquito. El carajo del José
Nieto se iba allá a estar cogiendo fotografías. Cogiendo siempre las
monas. Cuando se iban a presentar, ¡hombre, encima!, pero yo no sabía que
él era un carajo, periodista.
Entonces
el hombre me tenía jodido. Cogió fotografías, y jodió. Yo me ponía a
hacer demostraciones con la gaita. Lo que es el instrumento gaita, para el
instrumental de viento. Lo que significaba la gaita en menores, en mayores,
en fin. El hombre recogió todo eso, toda esa amalgama y la mandó como çorresponsal
a la revista “Semana”.
En
esa temporada se conoció que la canción Santa Marta había hecho su bulla
en Buenos Aires. Allá, decía un carajo Nébile que era de él..., y un
poco de vainas. Entonces todo eso lo sacaron ahí en la revista, y cantidad
de carajadas.
Una
mujer que me vio en la revista se interesó por mí. Se interesó al ver mi
sencillez, que siempre he tenido. Es decir, que siempre he demostrado mi valor
bajo lo que llamamos humildad. La humildad es el valor de la realidad en
todos sus campos. Eso es humildad. Humildad es usté ser un gran personaje,
en todo su fondo, y luego, ese mismo conocimiento que tiene usté lo obliga
a no tener que ir a demostrar apariencias o fantasías, porque usted no las
necesita.
He
querido ser un cliente tranquilo en medio de lo que vivo. Únicamente la
gracia Divina que me guíe con lo que debo hacer, para conseguir el pan de
cada día, y eso me lo ha permitido él; hasta aquí, gracias a él, que es
a quien tengo que agradecerle en el mundo. Agradecerle con esa sinceridad,
con todo ese estímulo de mi sentimiento, profundamente a él, le he pedido
todo y me lo ha dado. Aún enfermo, ahí tirado en una cama, no me ha hecho
falta el pan de cada día. No me ha hecho falta el pesito con qué comprar
las drogas. ¡No me ha hecho falta la atención de los médicos!
Su música
en nuestra
colección virtual
(audio mp3)
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La
varita de caña
– paseo
Compositor: Crescencio Salcedo
Arreglo:
Tito Ávila
Intérprete: Tito Ávila con “Los caribeños”, director: Tito Ávila.
Acordeón: Víctor Soto
Editado
en “album shell de ritmos colombianos. N° 6”. Discos Fuentes,
1965
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La
varita de caña
– paseo
Compositor: Crescencio Salcedo
Intérprete:
Julio Rojas y Javier Vega
Editado
en la colección “Cien años del ballenato. Disco 4”. MTM (Música,
talento & mercadeo), 1997
Colección
del Centro
de Documentación Musical – Ministerio de Cultura
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La múcura
Compositor: Crescencio Salcedo, atribuida a Antonio Fuentes
Intérprete: Lucho Bermúdez y su orquesta
Editada en: “San Fernando. Orquesta de Lucho Bermúdez”.
Sonolux,
1996
(Colección
del Centro de Documentación Musical – Ministerio de Cultura)
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La múcura
Compositor: Crescencio Salcedo, atribuida a Antonio Fuentes
Intérprete: Beny Moré
Editada en: “Colección
de oro Beny Moré”. Philips, 1991
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