Ficha bibliográfica
Titulo:
Crescencio Salcedo: Compositor colombiano
Autor: Ana María Romano, otros autores
Edición original: Biblioteca Virtual del Banco de la República. 2001

 

 

Crescencio Salcedo  
(Palomino, 1913-Medellín, 1976)
Compositor colombiano

 

 

 

 

 

 

 

Reseña biográfica

 

 


Comentarios del compositor

 

 

 

Su música en nuestra 
colección virtual
(audio mp3)

Fotografía publicada en: Jorge Villegas y Hernando Grisales: Crescencio Salcedo: mi vida. Ediciones Hombre Nuevo,     Medellín, 1976

 

 

 

Apartes del libro Crescencio Salcedo: mi vida (Jorge Villegas y Hernando Grisales. Ediciones Hombre Nuevo, Medellín, 1976) - Fragmentos del capítulo I: Mi vida

 

Mi infancia fue una infancia bien cuidada, tanto por parte de mis padres como por la parte mía. Como siempre me permitía ser respetuoso en todo, por doquier que iba, cualquier mayor me hacía una advertencia, me hacía una corrección, bien hecha. Como, en esa temporada, un menor siempre tenía que obedecer al mayor, quisiera o no quisiera, porque, de lo contrario, podía ser castigado por cualquier mayor. Y, sin poderle ir a poner quejas a los padres de uno porque, si uno les ponía quejas también venía el otro castigo de ellos. Porque ellos siempre decían que, cualquier mayor que lo castigara a uno, no era por querer castigarlo sino porque alguna falta había cometido. No es como hoy que se alcahuetea cualquier vagabundería, cualquier malcriadeza que le comete un menor a un mayor.

En esa temporada había mucha moralidad, mucho mérito moral a cargo del ser humano. Se tenía mucho respeto. Había un valor mucho más grande que el de hoy. Hoy se quiere decir que hay un gran adelanto de conocimientos, para querer rehusar a lo de antes. Nunca podrá rehusarse lo de antes. Había una moralidad exquisita, lo que significa que había mucho respeto en todo.

Me supe comportar bien desde niño. Me sabía estimar desde niño, y me sabía apreciar desde niño. Porque, yo nunca he esperado que los demás me quieran, ni que me aprecien, ni que me estimen, ni que me respeten, sino que eso está bajo mi autonomía, o sea que yo soy quien debo de imponer esto a mi cargo. Porque, yo sí siempre debo quererme, estimarme, apreciarme, respetarme, es decir, todas estas cosas están es bajo mi cargo.

De acuerdo con eso, pues, mi vida joven fue una vida muy tranquila, una vida muy deliciosa y todo mundo me quería, igual que ahora, siempre todo mundo me quiere.

Mi mamá, mis abuelos, mis abuelas, mis tíos, toda esa gente me querían tanto. Yo, aun de 15 y 20 años he sido cargao de mi papá, contemplao. Así me levanté. Yo era un jugador de bolas, de techas y cucunubá, acabado. Así fue en todo, en todo. Yo nunca quería perder, sino ganar; por eso me acostumbré a tener que echar para adelante, para siempre estar delanté y no detrás.

En las fiestas, siempre, en las tocatas me iba adelante, en todas formas: con el tambor, con flautas, en todo me iba adelante. Ejecutaba una cosa y otra. Si me tocaba cantar, de pique, pues ahí estaba listico y tenía que irme a ensayar. Esa fue mi infancia: peligro de todo el mundo.

Fui un muchacho que sabía respetarme en medio de los mayores. Sabía hacer méritos, sabía la consideración que había que tener con los mayores, sabía aprovechar de ellos cualquier relación de experiencia que me dijeran. A veces, hasta me invitaban: Quencho. Vamos al - puerto?
Era para conversar conmigo, los viejos, porque siempre veían en mí un respeto y una estimación para ellos.

No haciendo medida de dibujo, por parte de que me estoy expresando, sino que, en verdad, esa ha sido mi manera de proceder. Y, mientras siga viviendo, es mi manera de proceder. No fallaré. Pues uno hace las cosas tal cual como es debido hacerlas. Si alguna vez se encuentra un fallo, fue porque no tuve alcances para hacerlo mejor y ya entonces, el caso es perdonable por la gracia divina de nuestro Padre Creador. Porque, cuando uno ha ce las cosas, creyendo que es lo mejor, ¡y no re­sulta!, entonces, quiere decir que nadien es perfecto y, el perfecto, le perdona a uno aquellas ligerezas que tuvo. Pero, nunca puedo hacer las cosas mal adrede, porque no me gusta.

Porque, proceder así, es imbecilidad. Entonces, entonces, ya cuando uno hace las cosas sabiendo que aquello es malo, ya esa actitud es de imbécil, y hay que evitar ser imbécil en la vida. Porque, cuando le dicen a uno imbécil, no le han dicho algo agradable.

Mi abuelo era agricultor. Primero tenía ganadería, pero perdió el ganado en una peste de esas, de huequera. Se le murió todo el ganado, todo, unas quinientas y pico de reses. Después, llegó la rengadera. Rengadera es que, de pronto, sale la bestia y ¡pindandán!, cae. Ahí cayó y ahí se va. Y, de ahí, no hay tu tía. Esa fue la peste que acabó con todo lo de mi abuelo y bisabuelo. No les quedó nada. Yo todavía alcancé a ver estas cositas, ya a lo último. Eso fue por allá por 1914 o 1915. Ahí terminó. Después quedaron unos poquitos animalitos, por ahí como una o dos que se tenían pa' lechería en el patio. Dos animalitos quedaron. Y, quedó mi abuelo en el patio, llorando, todo decepcionado. Entonces, mi abuelo se abrió en pura agricultura. En siembra de caña, de plátano y yuca.

Era un hombre de esos, ¡tan honrado! No acostumbraba a picardiarle a ninguno un centavo, ni echarle mentiras a naiden. Lo que florecía en él era la verdad. Tenía que buscar la firmeza de una vida honrada. Seguir viviendo, siempre sin faltarse al respeto, sin adueñarse de lo ajeno. No es como hoy, que la persona está pensando es en adueñarse de lo ajeno. Entonces, no. Era por lo contrario: naiden quería ser dueño de lo ajeno, para uno eso era un delito. La deshonra más grande para uno, era pensar que se iba a adueñar de lo ajeno. Nunca se podía pensar eso. Así me levanté, junto con ellos, y así soy yo hasta el día de mi muerte. Porque es la única grandeza que lo autoriza a uno. Lo fortalece levantar la cabeza en cualquier parte del mundo y reprochar lo malo. De lo contrario, con qué autonomía?, con qué moralidad? Con qué respeto se enfrenta usted a reprochar a nadie? Si usted no tiene moralidad para usted, cómo va a tenerla para los demás? Para uno sentirse con ese valor, con ese derecho tiene que, primero, ponerse de frente y corregirse bien, ¡bien!, y llevarse hasta ser el hombre serio, en medio de todo lo que corresponde.

Y, hablando de mi vida. Mi vida fue completamente sencilla, así como se me ve ahora, viejo, era mi niñez también.

Nosotros ayudábamos a laborar en la agricultura. A nosotros sí. nos tocó. De modo que, a la agricultura sí le tengo yo cariño. Un aprecio único. Por que también he podido contemplar que es una de las bellas artes. Porque es arte, aprender a cultivar. Saber sembrar, saber tratar con delicadeza al matorral que uno siembra.

(Nota: El profundo amor de Crescencio por la agricultura y la naturaleza se evidencia en la letr adel bambuco “Rastrojito”):

EL RASTRQJITO (Bambuco)
El rastrojo precioso y bonito 
es donde tengo mi ramadita. 
Lo que siembro produce todito 
y en él vive mi santa viéjita.

Es por eso el rastrojo bendito 
que mi Dios con su mano bendice 
y le pone virtud a mi humilde ranchito 
la canción bien lo dice.

El cantar de los pajaritos 
cuando viene la mañanita
sus caütares son tan bonitos
que me brindan grande expresión
es donde tengo el deber y el sagrado querer 
de mi santa viejita.

En el mundo es más precioso 
porque tiene la gran belleza 
arbustales, matas y bejuco 
lo refiero en mí canción.
Con el anochecer y el amanecer 
nació el bello bambuco.

La agricultura es la grandeza 
claramente lo converso 
porque ella es la riqueza 
de todito el universo.

Por eso el pueblo agricultor 
siempre vive en grande altura 
disfrutando del valor 
que le da la agricultura.

En el sitio donde están mis hermanos, ahí todos somos unidos. Entre hermanos, hijos, sobrinos, tíos, nos ayudamos. Nos ayudamos entre todos.

Si, a lo último solo ha pescao uno y los otros no; si la comida en la casa a otros no alcanza; si no hay bastimento; si no han podido subir a la loma a cortar plátanos, o arrancar yuca, o cualquier cosa, entonces, se manda de una parte a otra: es que no tengo plátano, no tengo yuca. Entonces, les mandan de allá.

También es costumbre de ir uno un día a trabajar con usted y mañana usted ir conmigo. A eso lo llamamos mano-vuelta, estas son costumbres del pueblo.  

Yo saborié tanto en mi juventud esos festivales en tiempo de navidad! Eso sí es muy bonito, pero muy bonito! Ahí vienen las piquerías de los barrios en los pueblos; los encuentros en las plazas. Esas tamboras, esos tambores, esas maracas piqueriando de un barrio a otro barrio hasta encontrarse en la plaza, en la parte céntrica. ¡Daba gusto! Las contestaciones de las voces, tanto de una parte como de otra; los encuentros de un barrio con otro barrio con tambores y tamboras, versificadas, piqueriando en cuartetos los que cantaban. Se decían una contestación que era:

Tres golpes, tres golpes 
tres golpes no más 
el baile de la villanueva 
fueron tres golpes no más.

Desde que te vi venir 
pisé, mi amor, en derecho. 
Arrimate para acá,
relicario de mi pecho. 
Arrimate para acá 
relicario de mi pecho.

Tres golpes, tres golpes, 
tres golpes no más 
el baile de la villanueva 
fueron tres golpes no más.

Eso era que íbamos dando color, con los cuarte tos: 

Aquella que va bailando 
lleva el pollerín afuera, 
y el que la va galantiando 
dice que es forastera.

Porque en el pueblo decían que las del pueblo no llegaban con el pollerín afuera, sino las forasteras pa' que les vieran que tenían pollerín.

Luego volvían a cantar:

Tres golpes, tres golpes,
tres golpes no más 
el baile de la villanueva f
ueron tres golpes no más.

Yo conocí todos estos ritmos, ritmos bonitos, sabrosos, que para bailarlos había bastante gracia.

Durante los carnavales, los desembarques son preciosos. Se embarcan todos los disfrazados, arriba del pueblo, en champanes, o sea, en barquetas grandes, y los ve usted, bajando por el río, hasta desembarcar en la parte de abajo del pueblo. Después, siguen todos en línea, danzando por las calles principales de Palomino. Los que tienen modo les van pagando la presentación de sus danzas. El desfile comienza a las 5 de la mañana. El primer llamado a los que van a salir en la danza, lo hacen a las tres de la mañana, los tambores.

Son vainas bonitas, graciosas.

Tienen su entusiasmo, tienen su descendencia. Porque, precisamente, eso es lo que se puede imponer ante un pueblo: las costumbres. Y, a esas costumbres, les llamamos “la vida típica del pueblo”. Por eso he dicho tantas veces que nosotros no necesitamos hablar de floklore, eso es complejo, eso es envidia, tratar de ridiculizar nuestra expresión. Es una falta grave que se está haciendo con llamar aquí a las presentaciones nuestras, folklóricas. Ese carnaval en Palomino es una fiesta típica; no una fiesta folklórica.

Nunca fui a la escuela.

Jamás me gustó ir a la escuela. Desde la primera vez, que vi a un maestro en la calle con la corbata escupida, me ponía a maliciar de qué clase de enseñanza, qué clase de moralidad tenía ese caballero, para llegar allá, donde sus discípulos, con la corbata escupida. Y, a darles lección de qué? Cuando, lo primero que él demostraba era el irrespeto hacia él. Llevaba únicamente el galardón de decir que era maestro, ante ellos. Y, los reglamentos morales, dónde están? Y, esa cultura de ese maestro, dónde estaba? Para presentársela a esos alumnos? Para que siguieran las mismas normas que él? Pues, si veían que llegaba con la corbata escupida, más tarde, ellos también llegaban con la corbata escupida.

Entonces, yo nunca me permití, por ese motivo, ir a la escuela. No señor, jamás de los jamases, y tenía tíos letrados, porque un tío mío era el hombre más capacitado que tuvo Palomino, Cristóbal Monroy Cuadros. Y la mujer más capacitada que tuvo Palomino era Justa María Monroy Ospina. Y no me hicieron obedecer, a ir a escuela. ¡A nada, nada! Porque, pa' donde yo quería irme o hacer lo que quisiera hacer, eso hacía.

Mi abuelo me conversaba, me daba instrucción prácticamente. Y muchos mayores que me querían, siempre conversaban conmigo y yo, de esa conversación, recogía algo que me gustaba. Por eso es que todos mis adelantos están sometidos a práctica, no sometidos a la vida teórica. He podido contemplar, siempre, que la teoría es un adelanto comercial para unos. No el adelanto moral, el adelanto respetuoso, el adelanto culto. Podemos decir que la teoría, para mí, es un aspecto comercial en todas sus partes. Eso he podido observar en todo.

Después, con el tiempo me fui dando cuenta. Fui cogiendo el papelito y me ponía a dibujar esas vainas de las letras, claro, poniendo cuidado ¡ya muy hombre, muy hombre! Aprendí los números. Aprendí a leer oyendo. Decían: esta vaina dice así, y yo veía qué letras se ocupaban para aquella frase, entonces ya yo sabía hacer letras.

Empecé a interesarme por la música desde muy niño. Yo hacía instrumenticos para aprender a ejecutar todo lo que me provocaba.

Desde niño. Nadie me enseñó. Eso me gustaba y hacía mis flautas a mi antojo. Como a mí me nacía hacelas. Hasta que ya fui obteniendo mi poco de técnica, un poco de maestría. Ya fui haciendo las cosas como conocedor, cómo se cogía una flauta y se tonificaba bien. Ya cogía y hacía una gaita por mi cuenta. Ya era un hombrecito, ya te­nía conciencia de lo que hacía.

Yo mismo las construía. Porque cogía el carrizo para hacerle huecos y, luego, me sonaba. De ahí prencipié a desarrollarme de parte mía para hacer las cosas. Y, como viendo y oyendo se aprende, entonces, yo oía lo que los mayores hacían.

Cuando llegaban esos gaiteros o flauteros, pues yo hacía lo mismo. Por allá llegaba uno, que ya murio: Ramón Vanegas. Muy bueno. Muy buen gaitero, traía todos los instrumentos. Y, había un flautero, de nombre Eustacio y de apellido Mesa. También había un gran tamborero: Era Manuel Mesa, hermano de Eustacio. Un par de hermanos: el uno en la flauta y el otro en el tambor. En la familia mía hubieron tamboreros buenos. Mi tío, Eugenio Cuadros, era un tamborero ¡pero bueno! Y, en el tambor tenía un tío, también, Manuel Robles. ¡Muy bueno! Habían muy buenos. Hablando pues, entre nosotros, siempre hubo esa famliiaridad ingeniada a la musicalidad. Formábamos perendengues en el pueblo.

Después de mucho tiempo de oír instrumentos como la flauta de millo, como la gaita de carrizo, que son instrumentos nuestros, pero al mucho tiempo, fue cuando ya se presentó el acordión. Primero, las dulzainas se regaron por todas partes, después ya vinieron esos acordioncitos de pistón.

Eso hace muchos años, estaba yo muy pelón, pelonguito, cuando yo conocí estos instrumentos. Claro que ya podían estar en Colombia, pero al pueblo no llegaban. Para qué nos vamos a engañar?

El instrumento típico aquí era la tambora, las maracas.

Ya muerto mi abuelo me salí definitivamente de Palomino. Me salí para Santa Marta, me salí para Barranquilla, para Cartagena. Me fui recorriendo el país en una parte y otra, brincando aquí y brincando acá, conociendo.

En cada parte llegaba e iba trabajando en lo que se iba presentando. Cualquier cosa que me tocara hacer, la hacía. Era un hombre fuerte. Era un macho de esos echaos palante: si me tocaba coger la hacha, echaba hacha; si me tocaba coger machete, cogía el machete, si me tocaba bultiar en cualquier puerto de esos de carga, pues bultiaba. Si me tocaba ir y coger una parihuela, la cogía; si me tocaba coger un carro pa' vender cualquier artículo: naranjas, aguacates o zapotes o... lo que fuera, yo iba.

No puedo detallar uno, y uno, y uno los muchos oficios que hay que hacer en medio de lo que vive uno. Me ha tocado trabajar ¡lucharla!

Es que donde voy hay que trabajar.

Me fui a trabajar la agricultura y después de la agricultura me fui para la Guajira y allá estuve una temporada en medio de los de la tribu de la Guajira, fue como unos ocho años con ellos. Me fui allá. Porque me pertenece a mí también toda esa gente y yo les pertenezco a ellos.

Y conocí un poquito el rodaje de ellos, aprendí a ver lo ajeno, sobre todo esos valores que ellos tienen para consigo mismo. Usted ve que esa gente no necesita ponerse uniforme para ellos respetarse.

Allí me la pasé mucho tiempo, porque con ellos hay la ilustración, de la seriedad, hay la ilustración de uno respetarse, hay hasta la ilustración de aprender a conocer las virtudes de la naturaleza en muchas formas. Conocer las virtudes que tiene cada planta para el servicio de uno. Como ellos son unos clientes espontáneos sobre todas esas cosas, hacen que uno las comprenda para aprender muchas cosas que se necesita aprender en el campo de la naturaleza.

Me gustó estar con ellos, vivir con ellos, adueñarme de todas sus costumbres, tan limpias como las de nosotros acá en nuestro pueblo. Pertenecíamos a la misma pureza de raza.

Los últimos días estuve en Praguaipoa, mucho tiempo. De allá salí para Santa Marta, de Santa Marta me pasé a Barranquilla.

Después estuve como 20 años en corredurías por todas las partes del interior del país, sin emparejarme en ninguna parte.

De los pueblitos de la costa, he estado en todos, en los grandes, en los más chiquiticos, en los más churrucututicos, como decimos allá.

Siempre me gustó hacer grandes recorridos a pie. Es que caminar a pie hace muy bien, porque así se ejercitan siempre los músculos, se ponen las pilas para girar, es contemplar una buena salud.

No me era difícil porque estaba en salud. Tanto que salía de Magangué a las cinco de la mañana y cuando eran las cinco y media de la tarde estaba en Palomino, doce leguas y media. Tomando guarapo por esas fincas y jodiendo y güevoniando, y enamorando y jodiendo con todas esas muchachas. A veces me quedaba en las entradas cuando me prometían que se acostaban conmigo. Y, me quedaba por allá, por el camino, rodao.

Ya poco regresaba a Palomino, no era sino a saludar a mi gente. Dentraba a saludarla, a llevarle de mis cosas que me ganaba, repartime con ellos en todo, y a estame con ellos un mes.

Muy sabrosito allá con ellos, una temporada, con mi mamá, con mi papá, con mi abuelo, con mi abuela, mis tíos, mis hermanos... Ya no voy porque ya soy un enfermo y no tengo aquellas fuerzas como antes.

Entonces había un carajo, corresponsal de la revista Semana en Cartagena, era José Nieto. Por allá me sentaba en el parque céntrico de Cartagena a charlar con toda esa parranda de bergajos, con esa parranda de güevones, y a tomar tinto y hablar vai nas, y entonces yo también a echale vainas a toda esa parranda de bergajos, universitarios, y maestros, y, carajo!, a todo el que se amontonaba allí le echaba su poquito. El carajo del José Nieto se iba allá a estar cogiendo fotografías. Cogiendo siempre las monas. Cuando se iban a presentar, ¡hombre, encima!, pero yo no sabía que él era un carajo, periodista.

Entonces el hombre me tenía jodido. Cogió fotografías, y jodió. Yo me ponía a hacer demostraciones con la gaita. Lo que es el instrumento gaita, para el instrumental de viento. Lo que significaba la gaita en menores, en mayores, en fin. El hombre recogió todo eso, toda esa amalgama y la mandó como çorresponsal a la revista “Semana”.

En esa temporada se conoció que la canción Santa Marta había hecho su bulla en Buenos Aires. Allá, decía un carajo Nébile que era de él..., y un poco de vainas. Entonces todo eso lo sacaron ahí en la revista, y cantidad de carajadas.

Una mujer que me vio en la revista se interesó por mí. Se interesó al ver mi sencillez, que siempre he tenido. Es decir, que siempre he demostrado mi valor bajo lo que llamamos humildad. La humildad es el valor de la realidad en todos sus campos. Eso es humildad. Humildad es usté ser un gran personaje, en todo su fondo, y luego, ese mismo conocimiento que tiene usté lo obliga a no tener que ir a demostrar apariencias o fantasías, porque usted no las necesita.

He querido ser un cliente tranquilo en medio de lo que vivo. Únicamente la gracia Divina que me guíe con lo que debo hacer, para conseguir el pan de cada día, y eso me lo ha permitido él; hasta aquí, gracias a él, que es a quien tengo que agradecerle en el mundo. Agradecerle con esa sinceridad, con todo ese estímulo de mi sentimiento, profundamente a él, le he pedido todo y me lo ha dado. Aún enfermo, ahí tirado en una cama, no me ha hecho falta el pan de cada día. No me ha hecho falta el pesito con qué comprar las drogas. ¡No me ha hecho falta la atención de los médicos!

 

 


 

Su música en nuestra 
colección virtual

(audio mp3)

 

La varita de caña – paseo
Compositor: Crescencio Salcedo
Arreglo: Tito Ávila
Intérprete: Tito Ávila con “Los caribeños”, director: Tito Ávila. Acordeón: Víctor Soto

Editado en “album shell de ritmos colombianos. N° 6”. Discos Fuentes, 1965

 

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La varita de caña – paseo
Compositor: Crescencio Salcedo
Intérprete: Julio Rojas y Javier Vega

Editado en la colección “Cien años del ballenato. Disco 4”. MTM (Música, talento & mercadeo), 1997

Colección del Centro de Documentación Musical – Ministerio de Cultura


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La múcura

Compositor: Crescencio Salcedo, atribuida a Antonio Fuentes
Intérprete: Lucho Bermúdez y su orquesta

Editada en: “San Fernando. Orquesta de Lucho Bermúdez”. Sonolux, 1996 

(Colección del Centro de Documentación Musical – Ministerio de Cultura)

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La múcura
Compositor: Crescencio Salcedo, atribuida a Antonio Fuentes
Intérprete: Beny Moré

Editada en: “Colección de oro Beny Moré”. Philips, 1991

 

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