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PRIMEROS
EXITOS Y VIAJES
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En los inicios del siglo XX
Murillo gozaba de éxito y prestigio en la comunidad musical local, como compositor de
pasillos cantados e instrumentales, valses, bambucos y danzas. En 1910, con treinta años,
tenía ya un listado prolífico de obras. Las ediciones alcoholígrafas producidas por los
Hermanos Conti en Bogotá (en donde inauguraron un almacén de música en 1889) en la
última década del siglo XIX y la primera del XX ofrecieron al público un buen número
de sus composiciones: Hilos de plata (valses) y Margaritas (pasillos)
figuran entre las primeras obras de Murillo que se dieron a conocer en partitura. Las dos
están conformadas por "tandas". Cada tanda constaba de cuatro o cinco piezas
breves (por lo general en forma binaria) de igual compás y temáticamente diferentes
entre sí, precedidas por una introducción; al final tenían un comentario de cierre o
Coda. Éste era el esquema del vals vienés en la segunda década del siglo XIX, esquema
que ofrecía variedad y ante todo daba a la obra duración.
Muchas otras obras de
Murillo fueron tempranamente editadas; entre ellas se destacan Sonrisas, Noches
bogotanas (valses), Noche de luna (pasillo), Celos (pasillo) y Madrigal
(pesillo). En 1898 la Revista Ilustrada publicó tres partituras que encierran en st
un elocuente mensaje nacionalista: el pasillo Confldencias de Morales Pino, el
pasillo Celos de Emilio Murillo y la Marcha triunfal de Oreste Sindici con
texto de Rafael Núñez, que sería adoptada como himno nacional colombiano en 1920. El
pasillo presentado por los dos compositores era una nueva composición, diferente del de
la tanda: más breve, con sección media denominada Trío, en versiones lenta la de
Morales Pino y fiestera la de Murillo, con las características modulaciones que evitan la
dominante. Cada sección se repetía evocando el formato binario del pasillo hacia 1860, y
entre las secciones podía haber fuertes contrastes temáticos que relacionaban el formato
nuevo con el antiguo de las "tandas".
Murillo salió de Colombia
por primera vez con un cargo menor en la Legación de Colombia en Washington, y en Estados
Unidos viajó de costa a costa. Conoció Washington, Nueva York, Chicago y estuvo en el
estado de California. Lo más importante de su viaje fue el contacto con la RCA Victor y
las grabaciones de música colombiana allí realizadas en colaboración con una gran
cantidad de músicos latinoamericanos radicados en ese país e interesados en la nueva
industria fonográfica. La casa editorial M. Whitmark and Sons publicó en 1910 en Estados
Unidos las siguientes obras de Murillo en la colección South American Melodies for piano:
Amor (waltz), Carola (gavotte), El Círculo (waltz), Elvira (scherzo),
Gavotte, Leonora (polka), Monenita, Roses and Lilies (waltz) y Sílver
Chords (waltz). Con este logro y la buena acogida que el público norteamericano dio a
las piezas escuchadas, Murillo comenzó a convencerse de que la música colombiana, la
pasión de toda su vida, podría convertirse en auténtico símbolo patrio y producto de
exportación, si sus compatriotas lo acompañaban en su nueva empresa. Regresó al país
luego de tres años, Inició una campaña nacionalista que le valió el apodo de
"apóstol de la música nacional" y fundó la Estudiantina Murillo, agrupación
que el compositor recuerda con entusiasmo:
"Luego fundé una
estudiantina a la manera de las de Salamanca. Me abisma el recuerdo de lo que logré
reunir en torno mío para coronar el sueño supremo de mi vida: acreditar la música
desacreditada, es decir, la música nacional. Éramos cerca de cuarenta. Cuarenta obsesos
que teníamos el corazón en el cerebro y el cerebro en los calcañares. Entre ellos, para
citarle nombres, Prisciliano Sastre, Payán, Bermúdez, Alejandro Wills, Jerónimo
Velasco, Calvo". Aquí se detiene a recordar a Calvo y sus valses Mi tributo a
Calvo, a quien describió diciendo: "Calvo, el ingenuo, Calvo el bueno, Calvo el
artista, Calvo a quien llegó la música como una ciencia infusa (...), (Mundo al Día, 28
de abril de 1928, pág. 13).
El recuerdo de Murillo está
contagiado de la acerba polémica por él instigada. Ya siente que la música que compone
está desacreditada, expresa que imponerla y defenderla es una lucha y justifica su labor
en la rica lista de colaboradores que creen en su visión. Durante los años de la
polémica, Murillo y su música alcanzan su mejor momento. A partir de 1924, año en que
la sinfonía Del terruño de Uribe Holguín gana un premio de composición en la
categoría de pieza sinfónica colombiana, la opinión pública se manifiesta desde todos
los rincones del periodismo en pro y en contra del academicismo. En general, hay
desilusión ante la versión de Uribe Holguín: sus críticos claman por más melodías de
música colombiana. Uribe Holguín se defiende y dice que su trabajo es de índole
rítmica... De este momento datan los primeros coqueteos de Murillo con el proyecto de
escribir piezas para piano, con cierto grado de elaboración y las cuales se denominarían
simplemente pasillos, inspirados en la noción decimonónica europea de la fantasía
pianística basada en aires del país. Igual ejercicio haría Uribe Holguín en sus 300
Trozos para piano en el sentimiento popular. Los conocedores de las dos obras, las de
Murillo y las de Uribe Holguín, nos asombramos ante su similitud. Pero, en ese momento,
ninguno de los dos escuchaba lo que el otro producía por estar ambos enfrascados en la
problemática teórica de un estilo nacional apropiado para Colombia. Por lo menos en dos
ocasiones se publicaron caricaturas sobre la discusión entre los dos compositores, y
circularon los siguientes versos anónimos que seguramente no fueron del agrado del
académico Uribe Holguín:
Murillo el fiel paladín
Del criollismo musical
Ha agarrado a Uriviolín
Resuelto a arrancarle al fin
Algún aire nacional.
Pero éste, una tempestad
wagneriana le modula,
y, ante tanta terquedad,
Murillo, ya sin piedad
parece que lo estrangula.
Y así de modo rotundo
proclama que con certeza
en su criollismo profundo
Don Emilio a todo el mundo
le hará perder la cabeza.
De la dinámica del momento
surgió un evento muy favorable. Un antiguo amigo de bohemia, el periodista Arturo
Manrique (Tio Kiosko), quien dirigía la Gaceta Republicana, tuvo la singular idea, junto
con Luis Carlos Páez, de iniciar en Bogotá un tabloide con alto contenido gráfico. La
publicación, de espíritu netamente liberal, sería el periódico Mundo al Día, y en él
se comenzaron a publicar piezas musicales des(ie su fundación en 1924. Entre ese año y
1938 aparecieron 231 partituras, en una sección inicialmente titulada Folklore nacional y
luego Música Nacional, sección alimentada por el espíritu de Emilio Murillo y lograda
con el apoyo de muchos músicos colaboradores, entre ellos la pianista y compositora
Isabel Farreras de Pedraza, el copista L. M. Aguillón y los muy conocidos Guillermo
Quevedo Z., Martín Alberto Rueda y Alberto Urdaneta. Mundo al Día se convirtió en la
tribuna del nacionalismo defendido por Murillo y secundado por otros comentaristas,
compositores y críticos musicales, como Antonio Quijano Torres y Nicolás Bayona Posada.
El nivel de los argumentos no era muy complejo, pero si muy emotivo, Las siguientes citas
ilustran algunos aspectos de la controversia, En primer lugar, un texto del compositor
Jesús Bermúdez Silva en donde expresa la frustración de no encontrar la obra
nacionalista y la insatisfacción por las soludones aportadas por Uribe Holguín:
Entendemos por música nacional las producciones musicales hechas a base de células
tomadas de los cantos rústicos del pueblo. Entre esos cantos rústicos, que tienen cienta
fisonomía propia, según el lugar en donde han nacido, hay en Colombia varios de belleza
temática y melódica que nadie osaría desconocer. Desgraciadamente, de estas células o
temas populares de Colombia no se ha construido nada que merezca hasta hoy el título de
obra nacional y cuya estructura, ya sea rítmica, melódica o armónica, nos haga
reconocer y sentir el tema que motivó la obra, como lo apreciamos sin gran esfuerzo
imaginativo en una de un Rimsky y Korsacow [sic], de un Borodine, de un Granados o de un
Sarasate, [...] "Están en un error los compositores que, con fórmulas más o menos
rebuscadas, tomen un tema popular como pretexto de una composición, y después de
iniciarla, eliminen su esencia misma, haciéndolo desaparecer o transformándolo en
organismo distinto". (Mundo al Día, 21 de mayo de 1927, pág. 45).
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Emilio Murillo, caticatuta de
Scandroglio.
Mundo al Día, 28 de abril de 19Z8.
Biblioteca Luís Ángel Arango. Bogotá.
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El número 1281 del tabloide
(28 de abril de 1928) fue dedicado a Emilio Murillo, La portada era una espléndida
caricatura del compositor elaborada por PJnaldo Scandroglio y la obra musical ofrecida a
los lectores fue el bambuco cantado El trapiche, con letra de Ismael Enrique
Arciniegas. Una entrevista hecha por Nicolás Bayona Posada y titulada, "¿Cómo se
hacen todas las cosas?" extrae del compositor palabras de alto contenido emotivo,
cuando asegura que para hacer un bambuco: "[...]
no se requiere sino
una condición.., ser colombiano, nada más. Todo colombiano canta aunque sea
interiormente. No están escritas sus canciones, ni fueron aprendidas de nadie. Nacen del
propio corazón, de las fibras más hondas del alma, de la masa misma de la sangre. Se
llaman bambucos o pasillos. Son, la voz de la patria, el grito del terruño, la bandera
espiritual de Colombia. Le hablo, naturalmente de los diamantes en bruto. Vendrá después
el técnico musical y dará forma artística a esos temas tan espontáneos como sencillos
y hermosos [...] la música popular de este país es una riqueza mucho más grande, sin
duda, que sus petróleos y sus esmeraldas [...]"
Por último citamos a
Antonio Quijano Torres, quien en su artículo "Sí existe nuestro folklore
musical", alude a la raza y al indigenismo para añadir temáticas de otros paises
latinoamericanos a una discusión que se estaba tornando fantasiosa: "¿Pero qué
pretenden tales críticos? Negarle existencia legítima a la música nacional y cerrarles
el paso a valores auténticos de la raza que, venciendo obstáculos y tomando en las
propias vertientes indígenas los temas populares, los dignifican y los exaltan,
incrustándolos en escrituras impecables". (Mundo al Día, 22 de septiembre de 1928,
pág. 39).
Las posiciones de los
defensores acérrimos del nacionalismo eran la expresión de aspiraciones idealizadas,
influidas por fenómenos nacionalistas de gran atractivo que se observaban en la música
española y en el arte mexicano. Los dos elementos de inspiración que cita Murillo, el
bambuco y el pasillo, eran pocos en número para pensar en el desarrollo de un gran estilo
nacionalista. El pasillo, además, fue una creación urbana de mediados del siglo XIX que
nada tuvo que ver con el campesinado colombiano de entonces. Paulatinamente, el término música
nacional se convertía en sinónimo de música popular. En la colección estimulada
por Murillo se encuentran danzas, danzas guajiras, danzones, fox-trots, tangos,
marchas, valses e himnos que poco tenían que ver con el folklore tan invocado. Después
de la década de los treinta, Murillo disminuyó la virulencia de sus embates verbales y
aumentó su producción musical. La música de compositores colombianos, sin embargo,
había entrado de lleno al mercado internacional de discos. Carlos Puyo Delgado cuenta en
Mundo al Día (14 de abril de 1928. pág. 4) cómo Jorge Wills Pradilla tuvo la idea de
imprimir discos de obras de autores colombianos con la Orquesta Internacional de la Victor
Talking Machine, que dirigía el mexicano Eduardo Vigil y Robles. En la colección
quedaron grabadas obras de Luis A. Calvo, Emilio Murillo, Fulgencio García, Jerónimo
Velasco, Guillermo Quevedo, Gonzalo Fernández, Alberto Urdaneta, Estanislao Ferro,
Alejandro Wills, Jorge Rubiano, Pedro Morales Pino, Alberto Castilla, Eduardo Cadavid, el
Cabo Polo (Hipólito Rodríguez), José T. Nieto, Gregorio Navia, Diógenes Chávez,
Anastasio Bolívar, Aurelio Vásquez P., Daniel Bohórquez, Nicolás Liévano, Eduardo
Rodríguez, Jorge Andrade. Arturo Patiño y otros. Las obras vocales fueron ejecutadas en
las voces inmortalizadas de la cantante mexicana Margarita Cueto y del tenor español
José Moriche.
En 1929 Murillo viajó junto
con Jerónimo Velasco a la Feria Mundial de Sevilla, en representación de los músicos
colombianos. Enviaba corresponsalías diarias al periódico El Liberal y en ellas
destacaba la gran aceptación de su música, que él consideraba auténticamente
colombiana, en España. Se entrevistó con Manuel de Falla en Granada a quien hizo
escuchar algunas de sus obras. El compositor español tomó nota de temas del bogotano,
quien presa de la emoción señaló:
"Cuando vi que el
maestro anotaba en un papel algunos temas, me estremecí de orgullo y dije para mí.
iTriunfó Colombia!". Murillo continuó su discurso nacionalista en la tribuna
liberal de Mundo al Día, que para entonces lideraba otra cruzada: la de llevar a Enrique
Olaya Herrera al solio presidencial. Olaya era oriundo de Guateque y Murillo se convirtió
en símbolo de la concertación nacional cuando su célebre bambuco El guatecano se
oyó cantado con nueva letra:
Colombia entera se salva
al triunfar
Olaya Herrera y corre detrás
De su bandera pues sólo con él
Salvarse espera.
Murillo mantuvo siembre
buenas relaciones con las clases dirigentes del país. Desde los gobiernos del general
Reyes hasta el de Eduardo Santos fue un figura apreciada por su música y el mensaje
nacionalista que quiso imbuirle. Fue nombrado miembro honorario de los dubes Gun y Jockey
en la capital.
En 1932 emprendió una gira
por el sur del país y del continente americano. Visitó Leticia en pleno conflicto con el
Perú y allí entró en contacto, por primera vez, con música de grupos indígenas
colombianos. Copió algunas melodías de los huitotos y se las enseñó luego al
compositor italiano Egisto Giovanetti, quien escribiría sobre ellas una obra para piano: Canto
religioso. Otro tipo de música integra los Aires del Sur, de Murillo, de
tendencia más mestiza. Su gira lo llevó a Ecuador, Bolivia, Chile, Argentina, Uruguay y
Perú. Regresó no sólo con las melodías de otras culturas en su cabeza sino con dos
niños de un grupo huitoto, a quienes matriculó en el Gimnasio Moderno. El anecdotario
sobre Emilio Murillo no es muy prolífico, pero se menciona reiteradamente que tenía un
corazón generoso, sobre todo en lo referente al tema de la niñez abandonada y huérfana.
En su amplia residencia organizó e instaló la Academia Murillo, en la cual se daba
instrucción musical gratuita. El 7 de agosto de 1935, por iniciativa del presidente
Alfonso López Pumarejo, el Congreso lo condecoró con la Cruz de Boyacá mediante el
Decreto No. 1392, en donde se invocaba un plebiscito nacional como justificación para el
otorgamiento de dicha distinción. Este reconocimiento cerró con broche de oro dos
décadas dedicadas, de "palabra y obra", a lo que Murillo emprendió como
cruzada por la música nacional. En el Amazonas el compositor contrajo paludismo y su
organismo no resistió un tifo que lo azotó en una gira por Cundinamarca en 1942.
Falleció en Bogotá el 8 de agosto de 1942 y había nacido el 9 de abril de 1880. La
escultora Henna Rodríguez tomó una conmovedora máscara de yeso de su rostro sin vida,
máscara cuyo paradero actual es desconocido.
EL LEGADO MUSICAL DE
MURILLO
De manera sigilosa, hacia
1924, Murillo inició el trabajo de composiciones de carácter menos popular. Elaboró
para el piano 21 caprichos basados en aires andinos, por lo menos cinco fantasías y siete
valses de gestos academizantes, y 20 pasillos denominados Estudios para piano por Jorge
Áñez, en su libro Canciones y recuerdos. De estos trabajos más complejos sólo
se dieron a conocer los pasillos y el Capricho No. 4, este último en arreglo para
banda, ejecutado en 1935 por la Banda de la Marina Norteamericana, en Washington. La
impresión de los pasillos fue emprendida por Guillermo Navia en partituras elaboradas con
esmero. El trabajo musical en ellos es singular y se inspira en las improvisaciones que
hacía Murillo al piano. Fueron la oportunidad de demostrar ideas concretas sobre el
desarrollo del pregonado estilo nacional. Al igual que Uribe Holguín. descubrió que las
derivaciones del pasillo no eran la panacea esperada, pero que se podían lograr
atractivos efectos rítmicos y armónicos. Compuso pon lo menos 20 pasillos a manera de
pieza característica o piece de character que se inspira en aires de danza, pero
que genera su propio estilo. Se diferencian de sus pasillos populares, con título
descriptivo (aunque uno de los pasillos, el No. 16, tiene por título Bumangués). en
que las melodías son menos directas y los acompañamientos más complejos, no sólo en lo
rítmico sino en el hecho de que contienen bajos melódicos. El número total de pasillos
compuestos en este estilo no supera la veintena mencionada pero hay numeraciones
contradictorias. Sólo sobreviven dos manuscritos de mano del compositor y es posible que
otro músico lo haya ayudado en la labor de transcribir al pentagrama las improvisaciones.
Muchos fueron publicados por Guillermo Navia y cinco aparecieron en Mundo al Día.
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Portada de la partitura de
la gavota Elvira, para el Hospital de la Misericordia. Archivo particular de
Leopoldo Murillo, Bogotá.
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En sus pasillos Murillo deja
entrever lo mejor de su conocimiento. Los hay de gran colorido armónico e interesante
trabajo rítmico; tal es el caso del Pasillo No. 10. Otros son de corte popular,
más dirigidos al problema de la presentación de una buena melodía. como ocurre en los pasillos
Nos. 2 y 8 Hay uno muy fantasioso, de forma enteramente libre, de espíritu lírico,
sin repeticiones de las secciones, lo cual denota ingenio en el manejo de la forma, un
intento de variación continua por entre las más coloridas tonalidades, y es el Pasillo
No. 14. Las células rítmicas predominan en el Pasillo No. 9, en tanto que en
el No. 5 presenta nociones de desarrollo trabajadas desde el punto de vista de la
secuencia armónica. El más complejo de todos, el más sofisticado en su factura tal vez
sea el No. 3, elaborado con sutileza rítmica, lógica armónica y buen uso del
teclado. En el Pasillo No. 12 la obra gira alrededor del desarrollo motívico de la
idea principal, presentada en los primeros compases. Como ya se anotó, los pasillos más
elaborados contrastan con los de caracter popular porque estos últimos tienen melodías
inspiradas en el canto, secciones claramente delimitadas y repetidas. Los títulos son
caprichosos y dependen, hasta cierto punto, de las dedicatorias. Junio evoca la
influencia del cuplé español sobre la música colombiana, aunque el trabajo sincopado
sea, quizás, su aspecto más atractivo. Pero si de síncopas se trata. Jocoso (para
la revista Cromos) y Weekend (para Mundo al Día) no se quedan atrás en ingenio y
brillo. La gracia es el sello de la gavota Elvira, la polca La Bavaria y las
danzas Canto rojo y Para tí. En esta última es posible imaginar una letra
que convertiría el pasaje en otro éxito popular de Murillo.
La obra total de Murillo es
prolífica en títulos. Los números que damos a continuación son aproximaciones: 90
pasillos, 45 valses, 18 danzones, 50 bambucos, 50 obras variadas en aires de tango, fox,
ranchera, rumba, etc., y una veintena de danzones. Las obras que lo hicieron famoso,
que forman parte de la época dorada de la música andina y que son aún de grata
recoidación, fueron la danza-canción Mi cabaña, los bambucos cantados El
trapiche. Canoíta, El vaquero, Muchachita linda, El guatecano y flores negras (atribuida
a Julio Flórez).
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-Caricatura de Robinet,
Cromos, 8 de marzo de 1919
-Caricatura de Adolfo Samper, Mundo al Día, 28 de mayo de 1927. Biblioteca Luis Angel
Arango, Bogotá
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Los ideales musicales
colombianos de Murillo fueron el bambuco y el pasillo. Conservó la tradición popular del
primero, pero elaboró significativamente el segundo; heredó el vals de sus antepasados y
contemporizó con otros ritmos latinoamericanos y norteamericanos. Con sus compañeros de
lucha creó un repertorio que generaciones enteras de colombianos llegaron a considerar
como lo más tradicional de sus expresiones sonoras. En las canciones, la visión es
romántica y escapista. El amor es inocente; el rancho pobre pero limpio, y en armonía
perfecta con la naturaleza; todo según los designios divinos, en un país que sólo
debía ofrecen lo mejor después de un siglo de infructuosos ensayos y sufrimientos.
Murillo mismo señaló que pocas obras suyas partieron de piezas campesinas preexistentes;
los casos de El guatecano y el tema coreguaje que, se dice, aparece en Canoíta.
no se volvieron a dar. La posibilidad de que el campo colombiano estuviera inundado de
ideas musicales listas para ser anotadas por un "técnico" no se materializó.
Cuando emotivamente se asegura que Murillo fue "uno de los músicos más preocupados
por sacar del olvido nuestra música" o quien en sus composiciones "había
captado el espíritu de nuestro pueblo", se da una imagen errónea del compositor. En
realidad la generación de Murillo creó la música que aseguraba estar reviviendo y
reivindicando. Lo hizo con tal convicción y éxito que sus obras definieron, por lo menos
hasta el fin del siglo XX, la anhelada tradición musical colombiana.
ELLIE ANNE DUQUE
Universidad Nacional de Colombia
EMILIO MURILLO
SU MUSICA EN NUESTRA
COLECCIÓN VIRTUAL
(Partituras y audio MP3)
Emilio Murillo
Gruta Simbólica y nacionalismo musical
Por: Jaime Cortés.
Publicado en Credencial Historia No. 120
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