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LOS TRAJES Y LAS NACIONES

El album -deleitable "vitrina"- a que estas páginas sirven de prólogo y presentación, es el primer intento para fijar el traje colombiano en su perspectiva histórica para comprenderlo en su evolución y en su variado tipismo, y para captar así un aspecto entrañable de nuestra vida colectiva, avizorada en su continuidad etno-geográfica. De aquí el valor de esta realización, que ojalá promueva la creación de un Museo del Traje Colombiano, tal como existen en muchos países cultos.

Hermoso intento -y más aún, noble realización- en cuanto a través de los trajes que se han usado en un determinado país puede seguirse la huella de su destino histórico y comprenderse la idiosincrasia de sus gentes. Algunos ejemplos aclararán esta afirmación.

¿Quién no ha oído y gustado la música de los gitanos húngaros? Los ritmos de danza de los magyares -tal las dinámicas |czardas- son índice de una raza jubilosa y afirmativa. Sólo que su peculiar psiquismo, a par que en sus cancioneros y en sus aires de baile, se nos revela profundamente en sus vestidos típicos: en las amplias mangas de las blusas y en los policromados delantales de las muchachas de la región de Katolaszeg, o en las chaquetas sin mangas, las amplias bombachas y las botas altas con espolines de los varones de la región de Palóc. 

La indumentaria de las mujeres del Istmo de Tehuantepec, en México, es el trasunto de su psicología introvertida y soñadora. Nada más hermoso que sus tocados y sus |huipiles chicos o |grandes y que sus blusas bordadas con hilos de colores. Los huipiles de las tehuanas les caen hasta los pies, terminando en grandes flecos policromados. El andar cadencioso de estas mujeres de grandes ojos de almendra, la suavidad de su voz y la admirable dignidad de sus gestos y movimientos encuentran en el traje típico un complemento fundamental y profundamente revelador.

En Francia, los trajes de las mujeres bretonas, con sus grandes alzacuellos, sus mangas en forma de campana y sus altos tocados, nos hablan de una raza que vive próxima al mar y que así ante la vida como ante la muerte sabe conservar una vigorosa serenidad. De un pueblo que habita en un suelo señero y rocoso., de altos acantilados y negros peñascos, de obstinadas neblinas y de marinas leyendas. En cambio, el traje de las muchachas de Provenza -ricas cofias, delantales de encaje, faldas amplias y largas y ceñidos corseletes- evoca de inmediato un pueblo de antiguas tradiciones solares, en el que predomina inconscientemente un sentido dionisíaco de la vida.¿A qué prolongar este repertorio de ejemplos, realmente deleitable? Nos haríamos interminables. Mejor, examinar uno de los más curiosos fenómenos que nos ofrezca el costumbrismo de los pueblos de Occidente: la moda.

EL FENÓMENO DE LA MODA

La moda, en el vestuario, es un hecho social -o mejor dicho, un fenómeno social de signo económico que no anda muy lejos de otras modas, como son los gustos artísticos e incluso las ideologías políticas. No se trata, de consiguiente, de algo que carezca de interés trascendente. La moda es un hecho del hombre, y todos los hechos humanos son dignos de estudio, en cuanto nos procuran un mejor conocimiento -y una más entrañable comprensión- de esta variable e imprevisible especie a que pertenecemos. Que así como puede ser la del |homo sapiens y la del |homo faber, podría ser también la del |homo ornatus, el animal de esencia racional e imaginativa que, no contento con su dúplice personalidad -ángel y bestia- suele decorar su propia anatomía. 

La moda, como vaivén de gustos colectivos respecto del vestuario, ha existido siempre. Al menos desde que el hombre asciende a un estado sedentario y empieza a conquistar el ocio. Pero sólo comienza a tiranizar a los occidentalistas a partir de la época del Directorio francés, alcanzando posiblemente su climas en los años que precedieron y siguieron inmediatamente a la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

El vestuario, en cuanto procedimiento para proteger el propio cuerpo del ambiente exterior, está condicionado por múltiples factores, unos de carácter exógeno (el clima, el grado de humedad atmosférica, etc.) y otros de carácter endógeno, que desde luego pertenecen al mundo de las motivaciones psicológicas y de las necesidades sociales. Así, podemos pensar que el traje de los nómades del Sahara fue determinado, desde hace muchos siglos, por los imperativos del medio físico. Como las armaduras medievales y las cotas de malla lo fueron por las necesidades de una existencia concebida en función de las luchas armadas. Pero puede inferirse, de otra parte, que la moda obedece también a dos tendencias profundas del psiquismo afectivo: la necesidad del cambio y el deseo de agradar al sexo opuesto. Y al propio también.

Lo que nos trae al recuerdo algo que dijo Ortega y Gasset en |El Espectador (serie III): "La primera acción artística que el hombre ejecutó fue adornar y, ante todo, adornar su propio cuerpo. En el adorno, arte primigenio, hallamos el germen de todas las demás". El ser humano, sin embargo, no solamente se viste para adornarse sino para abrigarse. Lo que a la altura de ciertos climas tropicales, fuerza es confesarlo, resulta muy discutible. Y lo que también encuentra variadas e inquietantes excepciones en el estoicismo -o en la impavidez- que las damas demuestran en ocasiones al exponerse, por seguir el rigor de la moda, mas allá de lo que un determinado clima aconseja o permite.

EL TRAJE, REALIDAD FOLCLORICA

El atuendo campesino, al menos con anterioridad al advenimiento de la era industrial, fue una zona ajena por completo a la moda. Y esto porque es una de las manifestaciones de los usos y sentimientos tradicionales que en su conjunto integran el folclore de un pueblo. Y porque lo folclórico, precisamente, es aquello en que perdura y sobrevive el pasado.

"En el mundo de la Cultura, escribe el ilustre musicólogo y folclorista argentino Carlos Vega, no podemos decir que |nada se pierde, pero sí que |mucho se conserva. El folclore |asume la permanencia del pasado. Nada más |universal que lo folclórico; nada más |regional que lo folclórico. Son universales los elementos; son regionales las combinaciones.

Pero sólo dentro de los ambientes campesinos y aldeanos, y en algunas zonas artesanales urbanas en vía total de extinción, cabe encontrar esta "permanencia del pasado". De donde el vestuario tradicional sólo puede encontrarse en dichos medios. Y mejor en los más aislados y remotos, como es natural. Donde el vestuario evoluciona periódicamente, dentro de ciertos cánones estilísticos, es en los medios urbanos y a novel de las clases superiores de la sociedad. La moda es un fenómeno social, sí, pero de esencia ciudadana en internacional.

Entre los fenómenos de la transculturación, encuéntrase también el del paulatino abandono de los trajes tradicionales. Y es que lo que viene ocurriendo en nuestra América criolla. Gauchos con |chiripas y |ponchos, "orejones" sabaneros con grandes ruanas y zamarros de cuero de venado auténticos charros mexicanos o son especies ya extinguidas o están en camino d desaparecer. En México, sin embargo, un vigoroso sentido nacionalista y también las necesidades de la industria turística se aúnan en la defensa de los trajes tradicionales.

¿Qué hacer, entonces, en países como el nuestro, donde la mayor parte de los tipismos ha desaparecido ya, y los que aún subsisten se reducen por momentos en número, calidad y autoctonía? La respuesta es obvia: aceptar el hecho y exaltar y preservar el recuerdo. Que es, precisamente, a lo que aspira esta " |Historia del traje en Colombia". Consideramos, al respecto, que tratar de revivir los trajes típicos y de popularizar nuevamente su uso es tarea casi imposible de realizar y expuesta a muchos errores estéticos. Como lo demuestran los intentos realizados por varios coreógrafos colombianos, que lejos de "reconstruir" nuestros tipismos los desfiguran o, al menos los esterilizan arbitrariamente.

Lo que, dicho sea de paso, puede aceptarse sobre un escenario. O en las pantallas de cines o de la televisión. Pero únicamente a título de búsqueda de lo pintoresco, cuya intrínseca convencionalidad se opone a lo auténtico, que es lo vernáculo y espontáneo y que se puede ser o no ser pintoresco.

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