INDICE

CAPITULO VIII

Son funestos los monopolios.-Santander, Murillo y Mosquera.-Movimiento industrial.-Montoya, Sáenz&Cía. Don Mauricio Rizo.-Don Fernando Nieto.-Don José María Plata.-Don José Camacho Roldan.-Prosperidad de Ambalema.-Los |gólgotas.

Las mismas causas que tenían arruinada la industria, paralizado el comercio y empobrecida la nación, a saber: |los monopolios del aguardiente y del tabaco, contribuían poderosamente a que los hombres laboriosos se mantuvieran quietos en estas incultas regiones.

Por fortuna sabios y liberales legisladores, y gobiernos benéficos acabaron con estos monopolios; y como por encanto las selvas se abatieron, convirtiéndose en inmensas praderas; las orillas del Magdalena se cubrieron de sementeras de tabaco, y hubo un movimiento industrial fabuloso en el país. Todos los negocios tomaron incremento, y del interior bajaron a tomar parte en la obra civilizadora hombres trabajadores.

La abolición del |monopolio del tabaco, llevada a cabo durante el régimen liberal y bajo la administración del general López, fue iniciada por la administración progresista y benéfica del general Tomás Cipriano de Mosquera.

Tres hombres han nacido en el territorio de Colombia, que por sus méritos y servicios a la patria pasarán indudablemente a la posteridad:

Francisco de Paula Santander, libertador de la patria y fundador de la República; Manuel Murillo Toro, apóstol de la libertad y defensor de la democracia, y Tomás Cipriano de Mosquera, creador de la riqueza y prosperidad de Colombia e iniciador de las grandes reformas económicas.

Las glorias militares de este caudillo le valieron el título de gran general; sus dotes administrativas, el ser elegido varias veces presidente de la República; y su genio, verdaderamente portentoso, lo elevó a ser el primer hombre entre los conservadores y el primero entre los liberales.

Pero nosotros sólo tenemos que admirarlo por las medidas de adelanto y de progreso que tomó durante las diversas épocas en que gobernó el país.

Como presidente constitucional de la Nueva Granada, hizo abolir los derechos diferenciales; derogó la ley que prohibía la exportación del oro y que obligaba a amonedarlo en Bogotá; se recogió la moneda macuquina, y se expidió la de plata de 0'900; se estableció el sistema decimal para las pesas y medidas; se fundó la navegación por vapores en el Magdalena, y se inició la abolición del monopolio del tabaco. Entonces su ministro fue el doctor Florentino González. Como director y presidente provisorio de los Estados Unidos de Colombia, desamortizó los bienes eclesiásticos. Su ministro fue el doctor José María Rojas Garrido.

En todas partes de Colombia se oían entonces los nombres de |Montoya, Sáenz&Cía.como los de hombres atrevidos y emprendedores, que a fuerza de constancia y de genio habían logrado formar una compañía tan poderosa como la de la India, a la cual pertenecían extensos territorios en donde se cultivaba el tabaco en grande escala, y que enviándole a Europa habían encontrado un mercado provechoso y obtenido fabulosas riquezas.

Nada había de exageración en la fama que a estos señores rodeaba. La fortuna había coronado sus esfuerzos, y ellos allegaban una justa e inmensa riqueza.

Su ejemplo era demasiado tentador, y arrastró a muchos capitalistas del interior y a muchos hombres de corazón y de energía, que sin más capital que su industria bajaron a estas regiones con el propósito de levantar fortunas iguales a la que habían reunido Montoya, Sáenz&Cía.

Recordamos a don Mauricio Rizo, quien habiendo formado ya un capital en el interior con el comercio, y teniendo grandes y valiosas haciendas en la sabana, no contento con esto, y siendo un hombre infatigable en el trabajo y fecundo en los negocios, estableció en Ambalema la hacienda de |Pajonales, y otra a orillas del Magdalena en el paso de Flandes.

El señor don Fernando Nieto, quien asociado a su hermano José tomó las tierras incultas de |Peñalisa, y fundó la hacienda más grande, más valiosa y más linda que hay en el país.

Sus hijos, herederos de su laboriosidad, han continuado engrandeciendo y embelleciendo esta hacienda. Tienen potreros para cebar dos mil reses; un hato de escogido ganado; siembran y exportan añil; sus cafetales pasan de un millón de matas; han continuado con las siembras de tabaco y lo mandan a Bremen, donde lo venden a excelente precio; tienen fábrica de cigarros acreditada en toda la República, y dirigiéndolo todo y aprovechándolo todo, se calcula que tienen una renta anual de doscientos mil pesos.

Familias como ésta dan a la República honor, al país riqueza y al tesoro público grandes rendimientos. Por desgracia son muy pocas, y en cambio hay en Bogotá hombres que han resuelto el problema de deshonrar a la República con sus depredaciones y aniquilar el tesoro público con sus estafas.

Nadie puede calcular el mal que causa el pernicioso ejemplo que dan esos hombres en Bogotá, quienes a fuerza de intrigas, de astucia, de perversidad y de insolencia, se hacen todos personajes importantes en la política, se apoderan de todos los destinos, y hacen todos los contratos, dejan exhausto el tesoro público, y luego se van a Europa a gozar, o siguen formando fortunas colosales. ¿Quién con ese ejemplo ha de volver al Magdalena a sembrar tabaco y a cultivar maíz? ¿No es mejor vivir en Bogotá asistiendo a los garitos y dirigiendo la política?

El señor don José María Plata, hombre distinguido por su carácter y lo adelantado de sus ideas en materias filosóficas, que vino a morir heroicamente el18de julio en la toma de Bogotá, siendo gobernador del Estado de Cundinamarca. Don José María Plata había sido un atrevido comerciante en Bogotá, y llamándole la atención el movimiento industrial que empezaba en tierra caliente, vino a Tocaima, compró dos o tres haciendas, las adelantó mucho, y fue quien con sus especulaciones hizo que estas tierras tomaran valor, y que otros capitalistas viniesen a comprarlas.

En la revolución de1861el señor José María Plata había salvado al ejército y al partido liberal prestándole, en una época angustiosa, el poderoso apoyo de su inteligencia y de su influjo, y ejerciendo las funciones de gobernador; es decir, que se había hecho un nuevo Carnot que preparaba la victoria enviando al ejército dinero, hombres, recursos y municiones, y haciéndose el alma, la energía, la voz de todos los que no estaban en el ejército y sí estaban con la revolución; y su vasta y luminosa inteligencia alcanzaba para todo, sirviéndole eficazmente el señor Justo Briceño, a quien nombró su secretario.

Gústanos recordar los sacrificios de los muertos; y cuando vemos que la gran familia liberal mata en su corazón el amor que debiera unir a sus hermanos: que toda chispa de honor se mira con rivalidad, todo engrandecimiento con encono y hasta el mismo sacrificio con despecho, hallamos descanso para el ánimo abatido evocando la memoria de los que más felices que nosotros dieron la vida como tributo, conquistando así la inmortalidad. Es que hay placer en pasearse a la sombra de los laureles que nacen sobre la tumba de los héroes, y su eterna calma nos liberta por algunos instantes de la agitación de la política. El recuerdo de la amistad que nos profesaron nos cubre como un sudario sagrado, y las lecciones de virtud que nos legaron encuentran eco en el corazón que las escucha en medio de las miserias del presente. Con los amigos que ya no viven, podemos abrir el corazón sin que nos escarnezcan; amar a nuestro partido, sin despertar el odio del contrario; tributarles el homenaje de nuestra admiración, sin que hieran nuestro orgullo; y pagar una deuda de gratitud a sus merecimientos, sin que nos humillen con la ostentación de su propia grandeza y el recuerdo de nuestra pequeñez.

Por esto vamos a referir algo de los últimos días que pasamos con el ilustre colombiano José María Plata, y que han dejado en nuestra alma vivísimos recuerdos, que el tiempo, pasando, no ha amortiguado, y que están llenos de un interés histórico tan grande, que lo tendrá también para los que comprenden el alto precio de una muerte buscada en cumplimiento de un deber, ¡cuando hay tantos que huyen del peligro y se aprovechan de la victoria!

El señor José María Plata no fue partidario de la revolución armada, aunque sí creía injustificable la conducta del gobierno general; pero una vez que estalló, y que vio a su partido comprometido, dejó que sus hijos, guiados por sus instintos, fuesen al campamento; y el más querido para él, el esposo de su hija, el señor A. Gutiérrez, murió gloriosamente a la cabeza de su batallón en la batalla de Subachoque.

A principios del mes de abril de1861llegó a La Mesa la columna que mandaba el coronel Arciniegas, sin vestidos, sin armas, sin municiones, y sobre esta base nos propusimos levantar una capaz de resistir un ataque, o de dominar la altura y llegar a la sabana para auxiliar el ejército que a órdenes del general Mosquera estaba entonces en El Raizal. El señor Plata estaba allí, con motivo únicamente de sus negocios; pero muy pronto por su influencia, su prestigio y los recursos de su inteligencia, se hizo el centro de acción, y el cuartel general se pasó a la casa de madame de Gautié y a la pieza de su alojamiento.

Muy pronto se levantó el batallón |Pradilla, se organizó un escuadrón y se arregló la columna conforme a ordenanza, en cuya tarea el señor Plata desplegó el celo, actividad y genio que le eran característicos.

Los ratos de descanso los pasábamos en sabrosas pláticas sobre literatura, leyendo Los |últimos días |de Pompeya; y más que nunca, entonces tuvimos ocasión de estimar su talento privilegiado y sus vastas concepciones, cuando de la conversación sencilla y familiar se levantaba, por decirlo así, en alas del genio, para hablar de la ruina de los imperios, del destino de la humanidad, y del incierto, oscuro, soñado mundo, donde las generaciones van a acumularse.

Un día, al amanecer, los gritos de ¡el enemigo!, ¡el enemigo!, las detonaciones de los fusiles y los silbidos de las balas nos despertaron, cuando aún quedaban pocos instantes para la defensa de la plaza. La población estaba rodeada, las tropas enemigas veíanse ya dentro de las casas, y las trincheras eran reciamente atacadas. El jefe de la fuerza no había dormido en el campamento, por una grave enfermedad; y por todas partes reinaba una espantosa confusión. |El hombre debe batirse, dijo el señor Plata, marchando a la trinchera con la misma tranquilidad con que hablaba en las cámaras; y a pocos momentos él era nuestro jefe, mandando, disponiendo, previéndolo todo, y dando a los soldados el ejemplo del más impávido valor, parado sobre la trinchera, con el sombrero en la mano, la mirada brillante, y, como el genio de la guerra, terrible y amenazador.

La acción ganada, el enemigo derrotado y huyendo, tomó su calma habitual, y volviéndose a nosotros nos dijo: |el hombre debe descansar después de haberse batido.

Desde aquel día se vio envuelto en la ola revolucionaria, y fue efectivamente el jefe de esa columna que logró pasar la sabana pocas horas antes de que la del general Obando fuese sacrificada en El Rosal.

El día18de julio, en el momento en que las fuerzas de la confederación habían rechazado a las del general Mosquera; en que Joaquín Suárez y Bernardo Parao habían caído defendiendo el cerro de San Diego, y la artillería había sido abandonada; y en que el pánico empezaba a difundirse en el ejército, el señor Plata llegó por el lado del convento, y al ver que los soldados no avanzaban, que los jefes miraban con espanto un estrecho pasaje, detrás del cual los enemigos lanzaban un fuego mortífero y constante, y que ese era el único camino para la victoria, se puso a la cabeza de la tropa, todos los siguieron, y dando espuela a su caballo, dijo: |el hombre debe...

Morir dando el triunfo a su causa y conquistando la inmortalidad, diremos; porque él había sido atravesado de un balazo.

Don José Camacho Roldan, todavía muy joven, vino a Girardot cuando esta región estaba aún inculta, come dependiente del señor Mauricio Rizo, lo mismo que el señor Guillermo Escobar; y nada conmovía más que ver a esos dos jóvenes delicados, acostumbrados a la vida fácil de Bogotá, en las orillas del Magdalena, |matando zancudo, expuestos a las fiebres perniciosas, y llenos de privaciones, desempeñando cumplidamente su destino. El segundo regresó a Bogotá y fue un comerciante acaudalado y un respetable padre de familia.

Don José Camacho compró un pedazo de montaña, entre Tocaima y Girardot, y con escasos recursos empezó a talarlo y a fundar una posesión. No comía sino tasajo y plátano, no tenía casa en qué habitar, y con frecuencia los peones lo abandonaban y se quedaba solo en su |caney.

A él vino a asociarse después el doctor Salvador Camacho Roldan, quien ya tenía nombre y reputación por su ciencia y su virtud; juntaron los recursos, unieron sus esfuerzos, y el pedazo de montaña tomó el nombre de |Utico, y fue una valiosa hacienda, que es hoy propiedad del señor Evaristo Delgado.

El desarrollo industrial en toda la tierra caliente, y principalmente en las orillas del alto Magdalena, y la prosperidad de Ambalema, en aquella época, parecerían hoy fabulosos, y no volverán a repetirse; y para honra del carácter colombiano y exhibición de sus distinguidas cualidades, nos bastará decir que apenas el trabajo se manifestó fecundo y remunerador en Ambalema, de todos los puntos de la República afluyeron allí hombres de diversas condiciones sociales y de todas las profesiones en busca de trabajo y ayudaron a civilizar esas regiones.

Los que eran desiertos o bosques impenetrables, vinieron a ser haciendas importantes y de un valor apenas proporcional con las inmensas rentas que producían; y no eran pocos los hombres que, como don José L. Viana o don Pastor Lezama, tenían de renta por sus propiedades más de cien mil pesos anuales, y a consecuencia del gran movimiento de Ambalema por todas partes se extendía el cultivo y se aumentaba la riqueza pública.

Los campos estaban todos cultivados con el esmero y cuidado con que un alemán cultiva su huerta de hortalizas en Europa. Cualquiera vía que se tomase era una alameda llena de |caneyes, de tiendas de expendio, de toldos para consumo de licores y de |tendales de mercancía para vender a los cosecheros; y a uno y otro lado del camino se veía a los cultivadores con sus familias, compuestas de hombres, mujeres y niños, regando las eras o despulgando los inmensos tabacales.

Es que la industria del tabaco es más democrática que la de las quinas, la ceba de ganado, el cultivo del café o la extracción del añil; porque los tabacales no se pueden cuidar sino por las familias, quienes reciben un jornal remunerador para todos sus miembros, y esto establece íntimas e indispensables relaciones entre el propietario, el capitalista y el cultivador.

Las grandes haciendas se improvisaban; las poblaciones nacían o se desarrollaban rápidamente; y Ambalema salió como por encanto de las ondas del río, a ser una ciudad emporio de comercio y de riqueza.

Magníficas factorías en donde se recibía el tabaco, se preparaba para la exportación o se elaboraba para el consumo, y donde más de doscientas mujeres, en cada una de ellas, bien vestidas, cargadas de oro y alegres y contentas, siempre cantando, sacaban su tarea y ganaban un jornal como nunca se había visto en el país.

Ricas casas de comercio, extranjeras y nacionales, se habían establecido allí para la compra y exportación del tabaco, y en Ambalema había una eterna feria y un concurso inmenso de gentes. Cosecheros que llevaban su tabaco a la espalda y que iban siempre con sus mujeres y sus niños; arrieros que traían de las lejanas haciendas el tabaco en numerosas recuas; negros que lo empacaban en |petacas de cuero, o que las llevaban a la espalda para ser embarcadas. Todo esto producía un bullicio, una confusión y una algazara como los que habrá en las grandes factorías de la India o de la China.

El puerto de Ambalema estaba siempre lleno de balsas, que de arriba traían tabaco o víveres y que cubrían la mitad del río, y de canoas y barquetas, listas para bajar el tabaco a Honda o a la Costa; y con todo esto la industria crecía, los capitales se aumentaban, las tierras adquirían un valor fabuloso, y el bienestar y la riqueza se difundían por todas partes.

imag8.jpg (13049 bytes)

Frondosos Bosques en Viotá

 

Las grandes propiedades de la casa de Montoya, Sáenz «fe Cía., vinieron a ser de la casa de Fruhling &Goschen, de Londres, casa sumamente rica y que envió capitales amplia y generosamente. Los señores C. Castello, Raimundo Santamaría y otros comerciantes de Bogotá, establecieron allí la casa de Croteshuayt&Cía., rival de la anterior y que creó la hacienda de |La Unión, y contribuyó poderosamente al desarrollo industrial de esas regiones. Los señores don Diego Uribe y don Joaquín Tamayo establecieron otra casa importante, lo mismo que los señores Posadas y Toros, y los señores Uribes, de Antioquia. Los campos se cultivaban, el comercio vivía, el crédito se aumentaba, y siete millones de pesos en oro entraban a la nación por el tabaco que se exportaba.

La riqueza que la industria del tabaco creó llegaba a todas partes y hasta Bogotá era beneficiada.

Hacía ya diez años que un joven pensador, previendo los males que amenazaban a Bogotá, y queriendo llamar seriamente la atención, escribió: |Bogotá se muere. Toda la cólera de los bogotanos se desató contra él, como si hubiese dicho una blasfemia. ¿Cómo morir, decían, la linda ciudad, la ciudad de los placeres, el hogar de las ciencias, el centro de la civilización? ¡Mentira! Y nada se hizo entonces ni por Bogotá ni por los artesanos.

En el año de1853empezaron los artesanos a quejarse de la introducción de artículos manufacturados, que los arrumaban, y de supuestos monopolios que encarecían los artículos de consumo, y los agitadores políticos tomaron sus quejas, las elevaron hasta el cielo, les hicieron a los artesanos fabulosas promesas, exacerbaron sus odios, y la ciudad se convirtió en un teatro de desórdenes, hasta que estalló la revolución del17de abril de 1854,que arrastró a todos los artesanos, llenos de ilusiones, quienes pagaron bien caro su extravío, muriendo en las calles de Bogotá o en el destierro en Panamá.

Cumple sólo a nuestro propósito hacer constar estos hechos: la eficaz cooperación, el apoyo decidido que los artesanos de Bogotá dieron a la revolución del17de abril, fue a causa del malestar en que habían vivido y de la falta de ocupación remuneradora, y en previsión del inmenso mal que temían en el porvenir. Si el pueblo de Bogotá hubiera tenido buen jornal, trabajo constante y esperanzas de porvenir para sus hijos, la revolución del17de abril hubiera sido combatida por el pueblo, quizás no se hubiera hecho, y se hubieran ahorrado los millones y las víctimas que costó el sofocarla.

La gran prosperidad de la República de1855a 1870,reflejó tan vivamente sobre Bogotá, que parecía contradicha la funesta predicción. Bogotá revivía, sus aplastadas casas se convertían en palacios, los talleres se animaban, el comercio crecía; el lujo, la elegancia y el buen gusto penetraban en todas las clases sociales; los víveres, abundantes en la sabana, subían de valor; los jornales encarecían y la mendicidad se extinguía por el cultivo del tabaco.

anterior | índice | siguiente