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INDICE
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CAPITULO VII
Las tradiciones de Tocaima.-Don
Pablo Afanador.-Antonio, Rafael y Caupolicán Toledo.-El coronel
Francisco de A. Mogollón.-El caratoso.-Don José Antonio Umaña.-La
familia de la Torre.-Federico Rivas.
Cuando el hacha civilizadora abatía las montañas seculares de El
Peñón, para convertirlas en prados artificiales y entregar así
estas regiones a la industria y a la civilización, se encontraron
las ruinas de un pueblo, y se ven aún los pisos de las habitaciones
enlosados y los empedrados de las calles.
Este pueblo era la antigua ciudad de Tocaima; la tradición
refería así la historia de su ruina.
Gonzalo Jiménez de Quesada, después de su famosa conquista del
reino de los chibchas y de haber fundado la ciudad de Santafé,
lleno de riquezas pero acometido de una enfermedad desconocida para
los moradores del Nuevo Reino, pensó en regresar a España, dispuso
que en el puerto de Guataquí se preparasen los bergantines
necesarios para una expedición que, además de Benalcázar, Federmann
y de los muchos españoles que volvían a su patria, se componía
también de naturales que llevaba como esclavos; de las inmensas
riquezas que a él y a sus compañeros correspondían; de los quintos
del rey religiosamente custodiados; de infinidad de animales como
papagayos, monos, llevados como raros para sorprender a la
península; y, en fin, de las provisiones necesarias para bajar el
desierto Magdalena, poblado de enfermedades y llenas sus orillas de
tigres, mosquitos y serpientes, contra todo lo cual era preciso
prevenirse.
Largos meses gastaron en la construcción de los bergantines, y
cuando ya estuvieron concluidos, se dispuso Quesada a partir para
Guataquí con el inmenso tren de tiendas de campaña y equipajes al
través de las selvas de Tena, que desde la caída de la altiplanicie
hasta el Magdalena, no eran interrumpidas sino por la llanura de La
Mesa, en donde hizo una larga mansión buscando indios que a la
espalda condujeran los equipajes, porque todos los de la sabana se
le fugaron en la noche que allí llegó, temerosos de ser conducidos
como esclavos a España, o por no internarse en las regiones hasta
entonces para ellos desconocidas, y que eran habitadas por los
panchos, sus mortales enemigos.
Atravesando la elevada cordillera que separa este valle,
descendió por la orilla del Pití o Bogotá, y llegó a un punto donde
creyó que era preciso atravesarlo, y no dando vado, obligó a los
viajeros a construir, al estilo de los indígenas, una tosca canoa
del tronco de uno de los enormes árboles que crecían a las orillas;
y así empezaron a pasar el variado cargamento, con tanta lentitud
que emplearon muchos días.
Quesada, que había pasado primero, atormentado por su enfermedad
y hostigado por el calor quería tomar unos baños, y no atreviéndose
a hacerlo en el río, porque la experiencia le había enseñado que
las aguas de los ríos crecidos eran siempre funestas, guiado por
algunos naturales se dirigió a un pequeño riachuelo, que corría
cristalino por entre ambuques y guayacanes, y que era conocido con
el nombre de
|Catarnica. ¡Admirable fuente! Su piel empezó a
suavizarse, los dolores cesaron, los miembros parecían adquirir
nueva agilidad a cada baño, las fuerzas y la salud se presentaban
de nuevo al gran capitán a ofrecerle una larga y tranquila vida.
Quesada, que llevaba en el corazón el corroedor tormento de verse
atacado de esa enfermedad funesta, que sabía que era incurable y
que lo iba a proscribir de la sociedad en el momento en que tenía
nombre y porvenir, gloria y riquezas, lleno de júbilo creyó haber
encontrado la fuente de la vida que Ponce de León buscaría
inútilmente en los bosques de La Florida, y determinó fundar una
ciudad a la orilla del riachuelo milagroso.
Estaba en este proyecto cuando una noche su improvisada cabaña
de hojas de palmera fue acometida por un sinnúmero de indios que
bajaban de la cordillera occidental, y hubiera perecido si,
valiente y acostumbrado a los peligros, no se hubiera hecho campo
con su formidable espada por en medio de los indios, que a sus
golpes se abrían, como la cebada se abre y da campo al segador,
hasta que llegó a donde estaban los suyos, que en el acto se
armaron y rechazaron el ataque con el denuedo y la bizarría que
eran comunes en aquellos tiempos y en aquellos hombres.
El combate duró hasta cuando salió el sol, a cuya hora la chusma
de indios huyó dejando muchos muertos y gran número de prisioneros
en manos de los españoles.
Entre aquellos había caído la reina de los indios, llamada
Guacaná, hija del cacique Tocaima, de ágiles miembros, de formas
duras y no deformes facciones, pero que se pintaba, según creían
los españoles, con un color azulado que hacía visos.
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Pintoresco Valle en Tocaima
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Esta mujer, después de prisionera y esclava, se apasionó de uno
de los españoles, y fue de grande utilidad para Quesada. Ella le
aconsejó que no situase la ciudad en la orilla occidental del río
porque estaba expuesta a las invasiones de la infinidad de tribus
que vivían en Copó, Lutaima y en toda la cordillera, sino en la
oriental, pues así estaba resguardada por el río, al que los
indígenas tenían miedo; y trajo su tribu a situarse en la margen
del río.
Grande fue la sorpresa de los españoles al notar que no sólo la
reina, sino también la mayor parte de los indios, tenían este mismo
color con diversos matices y que este color era natural y se
llamaba córate; teniéndose por más hermosas las mujeres cuanto más
brillante era este barniz o más escamosa su piel, y que para una
madre era una verdadera desgracia el que sus hijas llegasen a
cierta edad con la cutis despejada.
Por largo tiempo hubiera querido permanecer allí Quesada; pero
negocios de la mayor importancia lo llamaban con urgencia a la
corte, para donde partió, dejándole por regalo de despedida a
Guacaná, que ya había sido bautizada, dos cerdos de los que
Federmann había traído atravesando los Llanos, hasta encontrarse
con Gonzalo en Santafé. Y tuvo que marchar a España sin fundar la
ciudad.
Poco tiempo después el adelantado del Nuevo Reino de Granada,
don Alonso Luis de Lugo, pensando en el descubrimiento de las
afamadas minas de Neiva y en la conquista de los panchos, para la
que comisionó al capitán Hernán Venegas Carrillo, caballero
cordobés, ordenó la fundación de la ciudad.
Los españoles, así como eran valientes, eran crueles, religiosos
y devotos, y sus conquistas son una serie de hazañas, de proezas y
actos heroicos ejecutados por la más sórdida codicia o el más
sincero celo por la fe cristiana, y sus obras llevan por todas
partes el sello de la religión y el influjo del cielo.
El día13de abril de1544,Hernán Carrillo, vestido de grande
uniforme y después de haber oído la misa cantada, que debajo de los
cauchos de Portillo dijeron los capellanes Antonio de la Peña y
Lope de Acuña, erigió la nueva ciudad de San Jacinto de Tocaima, y
nombró por primeros alcaldes a Juan de Salinas y a Diego
Hinestrosa, y por regidores a Miguel de Gamboa, Juan Ortiz y Juan
de Corros; alguacil mayor a Miguel de Oviedo y escribano a Miguel
de Morales, siendo primer cura el padre fray Andrés Méndez de los
Ríos.
Después la ciudad de Tocaima lucía a la orilla del Bogotá,
alegre como un pueblo oriental, brillando a los rayos del sol los
techos de sus casas de teja, una iglesia mayor, dos capillas y el
convento de dominicanos; había obtenido el título de noble y un
escudo de armas, que era una águila de dos cabezas sobre un fondo
azul y un río dividiendo el escudo por mitad. Habían establecido la
muy ilustre Orden de Caballeros de San Jacinto, y era la residencia
de todos los españoles que viejos o achacosos, no podían soportar
el riguroso frío de Tunja o Santafé, y de otros que habían
adquirido esa enfermedad que la América encerraba en su seno, y que
los españoles recibieron como castigo de sus iniquidades,
transmitiéndola de generación en generación.
Era sobre todo notable la Casa
|Grande de Juan Díaz,
construida con toda la suntuosidad que en aquel siglo podía
obtenerse: espaciosa, sólida y fuerte como un castillo, y para la
cual se habían hecho venir desde Santafé muchos materiales, y desde
España los azulejos con que estaba embaldosada, vidrios para las
ventanas y los más fastuosos adornos.
Juan Díaz, el sevillano, había llegado de España con Federmann,
precedido de muy mala reputación, y, como muchos otros, a buscar
fortuna sin tener profesión; pero como no era noble, ni traía
empleo del rey, su tarea parecía más difícil, a no ser que se
dedicase a descubrir y conquistar nuevas tierras por medio del
valor y de la audacia; mas el sevillano era muy cobarde e incapaz
de soportar las penalidades y se afligía profundamente con los
rigores del calor y las otras privaciones a que todos los españoles
estaban entonces sujetos.
Su fisonomía era común; pero cerraba los ojos a manera de la
serpiente cuando quiere pasar por dormida; el labio superior
levantado, como el del perro cuando va a morder, y un aire de
fanfarrón con que disfrazaba su cobardía.
Juan Díaz, el sevillano, después de haber recorrido varias
ciudades, había concluido por fijarse en Tocaima, despreciado de
los nobles, mal mirado por los industriosos y viviendo sin saberse
de qué.
Pero la suerte, que se burla siempre de los cálculos humanos, se
propuso hacerlo poderoso por medio de la casualidad, y la tradición
cuenta así el hecho:
Juan Díaz tenía un negro que le servía y que lo acompañaba en
todas las expediciones, y estando en una de ellas sentado el negro
Domingo cerca de un hormiguero, reparó que la arena que sacaban las
hormigas era brillante, aproximóse a examinarla y vio que era polvo
de oro: escarbó la tierra y encontró que era una inmensa mina.
Lleno de alegría fue a participar tan fausta nueva a su amo,
pidiéndole en cambio de tantas riquezas como le ofrecía, sólo la
libertad. Juan Díaz lo llamó su amigo, su compañero y le ofreció la
libertad y que dividiría con él la fortuna; pero después de que vio
la rica mina de la cual se podía extraer el oro sin trabajo alguno,
movido por la avaricia y temeroso de que Domingo fuese a contar a
alguno el descubrimiento, lo mató de un arcabuzazo por detrás.
En la época a que nos referimos, cuenta la tradición que era tan
rico, que el oro en polvo lo medía por celemines; su hacienda,
situada en una mesa que después tomó su nombre, estaba llena de
ganados; su casa era suntuosa y en su bodega se encontraban los
mejores vinos de España y toda especie de rancho.
Su posición era tan elevada, que los nobles concurrían a su casa
a jugar a los dados todas las noches y a saborear sus exquisitos
vinos; muchos españoles lo habían hecho su compadre; disponía de
los votos del cabildo, y nada se hacía en Tocaima sin la voluntad
del
|sevillano; y, sin embargo, nadie lo quería, todos
murmuraban por lo bajo, y nobles y ricos y el pueblo todo hubiera
celebrado con júbilo su muerte.
¿De dónde había sacado tantas riquezas? De su mina de oro, que
nadie sabía en dónde estaba situada, porque él guardaba un profundo
secreto; nadie lo había acompañado a ella, nadie había ido a
trabajar allí, y hasta hoy se ha conservado la estupenda fama de la
mina de Juan Díaz, pero por todos se ha buscado en vano.
Muchos nobles le habían cedido sus encomiendas, sin duda a
cambio de oro; muchas de las casas del lugar habían pasado a ser
suyas, y sus antiguos dueños no tenían hogar; muchos hacendados le
eran deudores y lo temían como a un enemigo mortal, y todos los
padres recomendaban a sus hijos que no se asociasen con él, y sin
embargo los jóvenes buscaban su compañía y frecuentaban su
casa.
El rumor sordo que se levantaba contra Juan Díaz, le acusaba de
las lúbricas abominaciones de Babilonia, de muertes dadas a sus
dependientes y de haber hecho pacto
|con el diablo a cambio
de oro, no sólo vendiéndole su alma, sino también encargándose de
comprar las de los buenos cristianos.
Las justicias de Santafé habían enviado despachos a las de
Tocaima para que averiguaran los hechos sobre la mala conducta del
sevillano, cuya reputación había llegado hasta allí; pero las de
Tocaima habían dado, bajo su influencia, los mejores informes, y
últimamente el sevillano, cargado de oro, resolvió ir a la capital
del Nuevo Reino, de donde volvió lleno de recomendaciones de las
autoridades.
Entonces de amable, obsequioso y comedido que era, se hizo
altivo, insolente y despótico; maltrataba en público a sus
esclavos, ofendía a los nobles como para vengarse de sus antiguas
humillaciones, y se hizo intolerable y cruel para todos; pero todos
sufrían porque los unos eran sus deudores, los otros vivían en
casas de su propiedad, éstos temían sus maquinaciones secretas,
aquéllos sus artes diabólicas, y ninguno se atrevía a arrostrar su
enojo ni a ponérsele de frente.
Llegó por este tiempo a Tocaima el capitán Hernán González,
valiente español que había perdido una pierna en uno de los muchos
combates que tuvo con los indios, casado en Facatativá con la india
Firavita, quien tomó el nombre de Teresa Espinosa por su madrina, y
padre de una hermosa niña criolla de quince años; enfermo y viejo
ya había recibido del rey, en premio de sus servicios y como
donación, una grande extensión de tierra en la vega del Bogotá. A
este capitán, hombre quisquilloso en materia de honor, de carácter
vivo e irritable, de cuerpo pequeño, delgado y ágil cuando joven,
lo habían puesto en su regimiento
|Gonzalico, y con tal
sobrenombre era conocido en América.
Todo su amor, toda su dicha, todo su porvenir lo tenía cifrado
en doña Elvira, su hija, y él, hombre de cuarteles, inflexible en
la disciplina, severo con todos, parecía un niño con su hija,
participando de sus alegrías, secundando sus caprichos, yendo donde
ella quería, a pesar de su cojera, y pasando las noches enteras
sentado al pie de su camilla de juncos para echarle fresco y evitar
que la picasen los zancudos.
¡Cáscaras, decía al contemplarla, que si su majestad la
reina supiese la perla que encierra la América, doña Elvira
González sería la primera dama de palacio!
Y, en efecto, doña Elvira era una linda muchacha, que había
sacado toda la gracia andaluza, el pie pequeño y los ojos vivos de
las españolas, al mismo tiempo que las formas provocativas de las
americanas, un color de rosa despejado y una rica y suntuosa
cabellera.
Nacida y criada en la sabana, sentíase languidecer bajo el clima
abrasador de Tocaima, pero amaba tanto a su padre, que jamás se
quejaba, y cuando él decía: «¡Cáscaras, que el calor está
insufrible!», ella le hacía creer que estaba fresca y que el clima
le sentaba admirablemente.
La llegada de Gonzalico y de su hija a la pequeña ciudad fue un
grato acontecimiento, así para los viejos que encontraron con quién
hablar de España y de sus tiempos, de las noticias que cada seis
meses llegaban de la península y del calor que hacía, como para los
jóvenes a quienes esta graciosa beldad había inflamado los
corazones.
Una noche, mientras que Gonzalico y su hija tomaban el fresco en
el corredor de su casa, se presentó Juan Díaz a visitarlos por
primera vez, y fue recibido con cordialidad, pero con la dignidad
con que los españoles han sabido tratar siempre a los que
consideran inferiores. Esto ofendió a Díaz, acostumbrado a recibir
toda especie de homenajes; pero estuvo disimulando y llenó de
ofrecimientos a la nueva familia, poniendo todas sus riquezas a su
disposición.
¡Cáscaras, y que son inmensas! le contestó Gonzalico,
según la fama.
Exageraciones, señor capitán;apenas tengo con qué comprar
un infantado en España.
¿Y pensáis formalmente en esto? Ni por pienso; pues
aquí soy más que el rey.
Silencio, villano, que hasta ahora nadie en mi presencia
había osado hablar en tales términos de su majestad, mi amo y señor
don CarlosV,emperador de Austria y rey de España, a quien Dios
guarde!
No se enfade usted, padre mío, le dijo Elvira, esto le
hará a usted mal; el señor es disculpado porque no parece
acostumbrado a la sociedad de los caballeros, viviendo siempre en
estas soledades.
Dos heridas había recibido el sevillano en su amor propio, y él
jamás olvidaba.
Una tarde en que el sol se ocultaba en occidente entre una nube
de ópalo y de oro, en que la atmósfera estaba cargada de los
perfumes de las flores del bosque y la naturaleza se mostraba
espléndida y serena, Elvira se bañaba en el caudaloso Bogotá y se
sentía feliz, alegre y satisfecha, viendo correr las olas y
contemplando el cielo.
Fue arrancada de su arrobamiento por el ruido que hacía un
caballo herrado sobre los guijarros de la orilla del río y que se
iba acercando poco a poco al lugar donde ella estaba bañándose
cubierta por un payando. Su instinto pudoroso le inspiró un
movimiento rápido para ocultarse a la mirada del atrevido que allí
se dirigía; pero no teniendo ya tiempo para salir a tomar su ropa,
se vio precisada a cubrirse con las ondas del río, sobre las cuales
levantaba su linda cabeza, dejando flotante su hermosa
cabellera.
El que llegaba era un extranjero que iba a dar de beber en el
río a su brioso y sudado palafrén; llevaba un sombrero de caña de
anchas alas, una ruana blanca de listas encamadas y una enorme
espada a la cintura; era joven, español y hermoso. Al mirar a
Elvira quedó absorto, como si acabase de ver una divinidad y por
mucho rato estuvo persuadido de que era una de esas sirenas que
referían los cuentos populares, que hechizaban con su voz y su
hermosura, porque en aquella época, para los españoles, la América
contenía todas las maravillas imaginables.
¡Por Dios, caballero! le gritó ella con una voz más linda
que la de las sirenas: tened la bondad de retiraros.
Perdón, señora, replicó el extranjero; si he sido
importuno, excusadme; ignoraba primero que estuviereis aquí, y
después, al haberos visto tan hermosa, no he podido alejarme de
este sitio.
Volvió rienda a su caballo y se dirigió a la ciudad, llevando
fija la imagen de la divinidad que había sorprendido en medio de
las ondas.
El extranjero era don Rodrigo Peñalver, hijo del oidor de este
nombre, de la audiencia de Santafé, quien habiendo muerto pocos
meses antes, sólo le había dejado un nombre honorable que mantener,
y que venía de aquella ciudad a Tocaima a servir de agente de los
numerosos negocios de Juan Díaz.
Habiendo sido su padre antiguo amigo del capitán Gonzalico,
éste, apenas supo su llegada, mandó a saludarlo y a ofrecerle su
casa, motivo por el cual Rodrigo se apresuró a venir a darle las
gracias. Mas cuál fue su sorpresa al reconocer en la linda criolla
que salió a recibirle la visita a la misma divinidad del río, pero
embellecida por una gracia sin igual y una urbanidad franca,
sencilla y esmerada.
Empezaron gustándose los dos jóvenes, simpatizaron en placeres,
inclinaciones y afectos, y después de muchas noches en que juntos
habían contemplado la luna en silencio y suspirado, de que Rodrigo
traía siempre una nueva flor silvestre para obsequiar a Elvira, y
de que ésta escuchaba distraída las canciones que acompañado de la
guitarra entonaba Peñalver en su presencia, uno y otro
comprendieron que se amaban, pero uno y otro guardaron su secreto
en el fondo del alma.
Gonzalico lo había adivinado, y cuando los oía cuchichear y veía
a Elvira ponerse colorada, decía para sí: ¡Cáscaras, y qué linda
pareja sería ésta; y yo que voy a darle a mi hija en dote la Vega
de Gonzalico, que tarde o temprano ha de valer como valen las
tierras en Castilla!
Pero ni Gonzalico ni los amantes habían contado con que Juan
Díaz estaba enamorado de Elvira, y que audaz en sus empresas,
obstinado en sus empeños, perverso y sagaz, empleaba todos los
medios para obtener su posesión.
La primera noticia que de su amor tuvieron fue un golpe terrible
para Rodrigo, quien fue llamado un día por Juan Díaz a su pieza
particular y le dijo que escribiese en su nombre una carta a
Gonzalico, solicitando su hija en matrimonio.
Jamás hombre alguno fue más torturado que Rodrigo al escribir
las frases que Juan Díaz le dictaba. Mil veces pensó en despedazar
la carta y tirársela a la cara; pero ¿quién era él para tener tal
derecho? ¿Sabía acaso si Elvira lo amaba? ¿Y debía él, pobre y
aventurero, entrar en lucha con un español rico y lleno de poder y
de influencia? No hubo remedio, tuvo que resignarse a su martirio y
escribir en nombre de su rival y al padre de su querida.
Por fortuna para los enamorados, Gonzalico era el tipo de la
antigua caballería española, incorruptible, indomable y
altanera.
¡Cáscaras! que es atrevimiento en un hombre que no ha
recibido ni el
|don, el pretender casarse con la hija de un
capitán de dragones de mi amo el rey, dijo al leer la carta; y sin
más reflexión en una cuartilla de papel grueso y con caracteres que
sólo él podía descifrar, le contestó:
«Juan Díaz: no seas osado; no pretendas mi hija, que es hija de
noble.
|Hernán González».
Se puede herir impunemente un león, y el moribundo animal quizá
olvida al agresor; pero jamás se pisa una serpiente sin que se
vuelva furiosa para morder con su diente envenenado al desgraciado
que la aplasta.
Juan Díaz, despreciado, sintió crecer su amor con la venganza; y
poseer a la hija y humillar al padre fue ya toda su ambición, todo
su empeño.
Rodrigo lo comprendió, pero se creía impotente para romper sus
tramas, y además tuvo la desgracia de que Díaz lo hiciese
confidente de su amor, sin que él se atreviese a confesarle el
suyo, creyendo que era una profanación revelar las íntimas escenas
de cordialidad y de ternura que habían pasado entre los dos amantes
y que no le daban el derecho de creer que Elvira lo amaba; y se
resolvió a permanecer silencioso, aguardando que los
acontecimientos tuviesen algún desenlace.
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