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CAPITULO  VI

Las Juntas.-Don Luciano Laverde.-Don Indalecio Forero.-Una historia dolorosa.-Antonio María Pradilla.

Los que trabajamos en tierra caliente, talando el bosque y quemándolo, trabajamos como bárbaros, pues destruimos una inmensa riqueza de maderas que hoy hacen falta, de tal manera que si un propietario hubiese conservado intacto su bosque en el trayecto de La Mesa a Girardot, su propiedad sería diez veces más valiosa que lo que hoy pueda representar cubierta de pastos. No hay una viga para construir casas en las poblaciones de La Mesa, Anapoima y Tocaima; y si hubiera de continuarse el ferrocarril, no se encontrarían durmientes en toda la extensión que debe recorrer.

Además, se quitó la belleza y suntuosidad a estas regiones tropicales en otro tiempo tan hermosas, y hoy convertidas en inmensos pastales de triste y melancólico aspecto; y el viajero, agobiado por el sol, no tiene un árbol bajo cuya sombra pueda descansar.

Las grandes haciendas de la tierra caliente han acabado con las estancias de que antes estaba llena, y que con el cultivo por menor, con la cría y cuidado de cerdos en cada una de ellas, y con los árboles frutales y totumos que al rededor de sus chozas había, contribuían poderosamente a abaratar todos los artículos de consumo. Y, en fin, han despoblado tanto estas comarcas, y ha venido a suceder en tierra caliente lo que pasa ya en la Sabana de Bogotá: que los pobres no tienen dónde vivir, y los brazos escasean más cada un día.

El camino de Anapoima a las Juntas, de inmensas subidas y de rápidas pendientes, es infinitamente cansado; y por desgracia la quebrada de Sócota que lo atraviesa, de aguas salobres y espesas, dicen que es venenosa, y se han visto ejemplos como el del señor José María Cuéllar Poveda, que murió pocos momentos después de haber tomado agua en la quebrada; pero la verdad es que, fatigadas las gentes y las bestias, y muertas de sed, toman, sudando aún, sin precaución de esta agua, y esto es lo que las mata.

En las Juntas de Apulo sí aparece la naturaleza tropical gigante y soberbia; y el horizonte que a los ojos del viajero se presenta al descender la cuesta, es el más hermoso que la imaginación pueda soñar.

Los dos ríos que de cordilleras diferentes se han desprendido y que han venido por distintos valles, van a encontrarse en la garganta que dejan las dos cordilleras en este sitio, para que los pasen, formando un estrecho y delicioso valle, o un delta de suprema fecundidad. El uno, el Bogotá, viene impetuoso, atronador, terrible, salvando enormes piedras con furibundo vuelo, y como impulsado por un loco destino nada lo detiene en su carrera. El otro, el Apulo, se desliza mansamente. Sus pesadas aguas cristalinas se arrastran con pena, sin ruido y sin fragor; y como si sintiera dejar el valle ameno, da vueltas, parece detenerse, y al fin, a su pesar, se une al Bogotá, como una mujer tímida que se echara en los brazos de un guerrero feroz.

Al principio no más del movimiento industrial, encontramos al señor Luciano Laverde descuajando monte, en un clima entonces enfermizo, para fundar la hacienda de Las |Juntas, en donde se reúnen los ríos Bogotá y Apulo. Extensa hacienda en donde edificó una linda casa rodeada de árboles frutales.

Una de las causas, en nuestro concepto, del lento desarrollo de la industria en nuestro país, es la de que jamás la mujer se asocia a las empresas del marido, ni le ayuda a levantar fortuna; y es una honrosa excepción la de la señora Elena Cubides de Laverde, quien acompañó constantemente a su esposo en su labor; y fue ella quien, con cuidado inmenso, sembró las hermosas ceibas que hoy sombrean las orillas del Bogotá en Las Juntas.

Referíase entonces, como chiste, y exagerando el vivo interés que la señora tomaba en la empresa de su esposo, que él pagaba los peones, semana por semana, en moneditas de oro que un padrino de ella le había regalado el día de su matrimonio, y que esas moneditas siempre eran las mismas, y ni se aumentaban ni se disminuían, porque la señora tenía una tienda de mercancías y de comestibles para proveer de todo a los peones, y allí volvían las que el esposo había pagado; y cuando el lunes por la mañana le faltaba alguna, era motivo de afán y de investigaciones. Ellos dos formaron una gran fortuna y levantaron una familia honorable.

Don Indalecio Forero trajo de Santander la industria natural de sus habitantes; una industria no gigantesca, sino cuidadosa; no atrevida, sino curiosa, y fundó en la plaza o delta que queda en la reunión de los dos ríos, Apulo y Bogotá, una gran casa pajiza para dar posada a los pasajeros, y otra al frente aseada y coqueta, donde vivía su familia; cultivó una manga de pasto |para, y estableció una

viña de más de cinco mil matas, que por mucho tiempo dieron abundantes y dulces racimos.

La casa que edificó el señor Laverde en la cima de un poético cerro, en otro tiempo cubierto de viñas aclimatadas en el país, es la que hoy se ve desierta, abandonada y cayéndose, sin que nadie se acerque a ella, pues es mirada por todos con espanto.

 

ESTA ES UNA HISTORIA DOLOROSA

Era yo muy joven; mi corazón comenzaba a palpitar de admiración por la belleza, y entusiasta y fervoroso me dejaba arrastrar por dulces y locas ilusiones que vagarosas se dibujaban en mi mente; pero sin que hubiese adivinado que el amor es la primera aspiración del joven y el último dolor del hombre, cuando fui invitado por un amigo de colegio a pasar ocho días de vacaciones con su familia que vivía en Chía. Ocho días de campo son siempre un porvenir de felicidad en esa edad, y yo acepté gustoso, prometiéndome de antemano infinidad de placeres.

Llegamos a desmontarnos a casa del cura, y salió a recibirnos un sacerdote venerable, de aspecto severo, quien estrechó contra su pecho a mi amigo y me hizo una benévola acogida. Este sacerdote era el doctor Parra, tío de mi amigo, y con quien vivía toda su familia. Era ilustrado, virtuoso, manso, y, sin embargo, jamás se borraba de su frente un ceño que no podía saberse si lo formaba un dolor profundo o una severidad ascética extremada. Su pueblo lo quería y lo respetaba: la santidad de sus costumbres era por todos elogiada, y había sido leal amigo de personas distinguidas de la República.

 

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Iglesia y Calles de las Juntas

 

 Estuvo haciéndonos preguntas sobre nuestros estudios, con un agrado que no tenía nada de pedantería; averiguó por mi familia; hizo de mi padre un elogio que me conmovió; pareció muy contento de mis maneras, y entrando a su cuarto sacó un famoso |rejo de |enlazar, me lo regaló, y le dijo a su sobrino:

—A este caballero que le destinen para sus paseos el |Talleiran, y a tí el |Timurbek.

Estábamos en el balcón de la casa cural cuando se presentaron en la esquina opuesta dos jóvenes, vestidas de trajes de muselina blanca con flores estampadas, pañolones de vivísimo color, y sobre ellos cayendo extendido y suelto el abundoso pelo; llevaban sombreritos jipijapas puestos de medio lado y coquetamente gachos. Eran las hermanas de mi amigo que venían del baño.

La menor se llamaba Lastenia, y a su edad era la mujer más linda, más simpática y más dulce que pudiera concebirse. Cora, civilizada y poética, tenía toda la sencillez e inocencia de la indiana y toda la gracia y atractivo de la mujer de nuestra época. Jamás he visto ni más lindos ojos ni que brillen con un fuego más apacible; su mirada era una caricia, y sin embargo dominaba con ella. Si hay algo en que la América supere y llene de envidia a la Europa, es en el color de sus mujeres, ese color indefinible y hermoso que da transparencia a la piel, nitidez a la cutis, y sin embargo de que no es blanco, sino como coloreado por el sol vivificante de nuestro país. Este era el de Lastenia; y como su linda boca era colorada como la flor de granada, y sus dientes blancos y parejos, hacía el todo un conjunto armónico y divino, siendo Lastenia una criatura preciosa y fascinadora.

A la llegada a la casa mi amigo abrazó a sus dos hermanas; y yo no podía comprender cómo había un ser humano que tuviese tal derecho, pues Lastenia era para mí realmente una divinidad, y a ella me acerqué, sintiendo lo que Fenelón dice que sentían los mortales en presencia de los dioses.

Lastenia, por su parte, no podía imaginarse lo que pasaba en mi alma, y me trataba con la cordialidad, cariño y sencillez con que se trata a un niño, dejándome gozar con esto placeres que mi avaro corazón recogía, y que la presencia de esta casa ha venido a recordarme y a hacer latir mi ya viejo y cansado corazón.

Los ocho días de vacaciones fueron breves; y el día de la partida parecióme que sólo habían sido un momento de placer, quedando en mi alma la imagen de Lastenia con una aureola de juventud y de belleza que tenía algo de celestial. Yo no sentía amor, era un sentimiento enteramente distinto; pues nunca aspiré a que me amase, no soñaba con poseerla, no me hubiera atrevido a confesarme que la quería; y, sin embargo, su radiante imagen embellecía horas enteras de mi vida en el colegio.

Lastenia fue después a vivir a Bogotá, y su belleza, su talento, su gracia y su dulzura le conquistaron un lugar distinguido en la sociedad. Era poetisa; y los que gozaban de la intimidad de su hogar la escuchaban algunas veces derramar los tesoros de su profundo genio; pero sobre todo, era su vida la que estaba embellecida por un colorido poético que la hacía adorable.

Todo sonreía a sus ojos. Belleza, virtud, genio y porvenir. Un joven amigo mío, ilustrado y hermoso, Antonio María Pradilla, se apasionó de ella, la eligió por esposa, y juntos comenzaron una vida de flores.

Un día atravesaba yo el camino que conduce a Tocaima, y me detuve en la casa de Las |Juntas. Salió a recibirme un hombre que tenía la cabeza y la barba blancas, y pintado en su semblante un profundo dolor. Ese hombre era mi noble amigo Pradilla, el esposo de Lastenia. Al saber que ella estaba allí, quise verla, creyendo aún encontrar la divinidad de mis sueños, hermosa y fresca como yo conservaba su imagen. Pero ¡ay! ¡Qué horror! ¡Ella, su esposo, sus hijos, todos eran infelices! ¡Infelices para siempre! ¡El destino cruel, implacable, injusto, la había dotado con una enfermedad espantosa que se transmite de generación en generación...el lázaro!

¿Qué quedaba de la divina Lastenia? Su alma poética y santa, más bella en la desgracia que en sus horas de dicha, y cuyo perfume se respiraba con placer. ¡Admirable poder el de la virtud y el talento! Lastenia, después de un cuarto de hora pasado en su compañía, fue para mí tan querida y tan hermosa entonces como cuando era niña; y cuando murió de dolor, de agonía, lloré su muerte como hubiera llorado al verla morir en uno de los ocho días de placer que en Chía pasé con ella.

Dióle la naturaleza a Antonio María Pradilla hermosa figura y gran talento; instruyóse en la capital en los colegios del Rosario y San Bartolomé hasta obtener el título de abogado, y de un natural dulce y amable, adquirió las maneras más distinguidas y los modales que lo hicieron para todos tan simpático y a los cuales debió en mucha parte la carrera política brillante de que disfrutó. Muy ¿oven aún se hizo periodista; redactaba |El Siglo, en asocio de Salvador Camacho Roldan y Medardo Rivas, periódico en el cual se publicó el programa del partido liberal, en1849,que aterró por sus innovaciones al partido conservador, y mostró a los jóvenes liberales el sendero por el cual debían seguir para hacer efectivas las leyes de la democracia. A este período se debió en gran parte la abolición de la esclavitud de los negros en esa época.

El doctor Pradilla fue representante al congreso, y la cámara de representantes lo hizo su secretario en distintos períodos, adquiriendo con esto grandes relaciones en muchos puntos de la República y amigos sinceros estimadores de su mérito.

Cuando estalló la revolución militar del17de abril de1854,encabezada por el general José María Meló, estaba el doctor Pradilla de gobernador de la provincia de Santander, y fue tal la actividad y energía que desplegó para combatir la dictadura y para proporcionar recursos a los defensores de la constitución, que a los treinta días, unidas las tropas de Santander y las de Tunja, formaban ya un ejército numeroso y entusiasta, el cual, desgraciadamente, vino a perecer bajo las órdenes de los generales Tomás Herrera y Manuel María Franco, el21de mayo, al pie de las torres de Zipaquirá. Animada la dictadura con este triunfo, parecía invencible; pero los patriotas no desmayaron, siguieron combatiendo, y Pradilla a la cabeza de un pueblo altivo y liberal, como el de Santander, realizó prodigios y no esquivó el peligro, viniendo a pelear con nosotros en la acción de |Petaquero o Los |Cacaos.

En el período de paz que siguió al de4de diciembre, Antonio María Pradilla se dedicó a trabajar en La Mesa, en Las Juntas y a orillas del Magdalena; pero en el de1861lo encontramos otra vez de gobernador del Estado de Santander;

y habiendo vencido las dos revoluciones que contra el gobierno del Estado se hicieron, hacía frente a la invasión dirigida por el presidente Mariano Ospina, hasta caer prisionero en la infausta batalla de El Oratorio.

El doctor Pradilla, como un cautivo que honra al vencedor, fue conducido prisionero a la capital, con los magistrados de la corte de Santander, de su procurador general, los secretarios del despacho y todos los empleados civiles y militares del Estado; y fueron encerrados en estrecha prisión, y cargados de grillos hasta que el movimiento nacional que derrocó al gobierno invasor de Santander, vino a libertarlos, con la gran batalla que se dio el18de julio de1860en Bogotá.

La República había triunfado, la libertad estaba vengada, y con esa revolución se había inaugurado el reinado de la filosofía e iniciado el poderoso movimiento liberal que por muchos años impulsó a la nación y le dio muchos días de paz, de serenidad, de esplendor y de gloria.

El doctor Pradilla figuró entonces en primera línea en este movimiento regenerador, y prestó importantes servicios a la República, desempeñando con el mayor lucimiento los destinos de ministro plenipotenciario en las cortes de Europa y en las Repúblicas de Centroamérica.

Al inaugurarse la administración, de memoria inmortal, del doctor Manuel Murillo, Pradilla vino a hacer parte de este gobierno, al que tanto le debe la nación, como ministro de relaciones exteriores, destino que desempeñó con el tino, habilidad y lucimiento que este puesto requiere.

A su muerte no hubo funerales suntuosos, y sólo sus amigos le acompañaron al cementerio; pero su memoria, grata a la democracia, debe ser conservada por los republicanos.

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