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CAPITULO V

Máximas y Reflexiones morales del duque de La Rochefoucauld.-Noticia del autor.

El duque Francisco de la Rochefoucauld, príncipe de Marsillac, autor de las |Máximas y |Reflexiones morales, nació en1613.Su educación fue muy descuidada, pero su talento natural suplió la instrucción. «Tenía, dice madame de Maintenon, una fisonomía dichosa, aire de grande, mucho talento y poca ciencia».

Entró al mundo cuando el poder de los grandes, cuando la administración despótica del cardenal de Richelieu mantenía en la obediencia, luchaba incesantemente contra la autoridad, procurando salir del abatimiento en que estaba, y cuando el espíritu de intriga había sustituido al espíritu de acción.

Llamado por su nacimiento el duque de La Rochefoucauld a mantener alto rango en la corte, se presentó en ella con todas las ventajas que le daban sus grandes cualidades. Lanzado en su juventud en medio de las intrigas que precedieron a la guerra de la |Fronda, el duque se entregó a ellas de corazón; y por su parte Richelieu, contra quien eran dirigidas todas estas maniobras, lo mantuvo alejado constantemente de la corte.

A la muerte del ministro-rey, el espíritu de facción que constantemente había contenido, se levantó con más fuerza. Los grandes creyeron encontrar en la minoría de LuisXIVuna ocasión favorable para reconquistar su antigua influencia en los negocios públicos. La Rochefoucauid cedió al movimiento general y fue arrastrado a la guerra de la |Fronda, guerra ridicula y sin objeto, a la cual sólo los nombres de Turena y de Conde dieron prestigio, y cuyo móvil principal fue la ambición de algunos hombres cansados de la inacción e impacientes por sacudir el yugo que los oprimía.

El duque tomó parte activa en esta guerra, a la que lo arrojaron su natural ardor, las contrariedades que había experimentado bajo Richelieu, y, sobre todo, sus relaciones con la duquesa de Longueville, de quien era amante. Diplomático y guerrero a la vez, se hizo notable en el sitio de Burdeos y en el combate de Saint-Antoine, en el que fue herido de un arcabuzazo, que lo hizo ciego por mucho tiempo. Instigado por madame de Longueville el duque se comprometió en esta guerra, llamada de |las mujeres, y escribió al pie de un retrato de la duquesa estos versos de Duryer:

 

Por agradar a sus ojos
y ganar su corazón
me siento hoy con antojos
de hacerle a Dios rebelión.

 

Pero cuando más tarde rompió con ella, haciendo alusión a su herida, los parodió así:

 

Por sus pérfidos antojos
hice a mi rey rebelión,
causóme su amor enojos,
por ella perdí los ojos
y era un falso corazón.

 

La Rochefoucauld entraba fácilmente en cualquiera intriga, pero su impaciencia por salir de ella era apenas igual a la que había tenido para

entrar. Se puede atribuir esto a su natural dulzura y a su inclinación por la galantería, más bien que a la inconstancia que le reprocha en sus |Memorias el cardenal de Prets. Por otra parte, sus gustos sencillos lo llevaban siempre a la vida privada, a la que entraba con placer para consagrar a la amistad los días que antes se había visto obligado a consagrar a las intrigas, a la guerra y al amor.

La estrecha amistad que lo unió hasta la muerte a madame de Lafayette, le hizo gustar los goces de una vida tranquila, olvidando completamente las fatigas que había sobrellevado. Madame de Sevigné, con quien estuvo igualmente ligado, nos dice de él en sus cartas que reunía en su casa a las personas más distinguidas por su nombre, ilustración y talento. Entonces fue cuando compuso sus |Máximas y sus |Reflexiones morales.

La felicidad de que disfrutó en los últimos años fue frecuentemente turbada por penas del corazón y por sufrimientos físicos. A estos últimos se deben las amargas penas de que fue profundamente afectado, pero que no pudieron triunfar de su firmeza. En el pasaje del Rhin por los franceses, su hijo cayó gravemente herido y su nieto muerto. Esto apresuró su muerte, la que tuvo lugar el17 de marzo de1680,muriendo con la tranquilidad de un filósofo.

 

REFLEXIONES MORALES

«Lo que se toma muchas veces por virtud no es más que un conjunto de diversas acciones y de diversos intereses que nuestra industria sabe arreglar; y no siempre los hombres son valientes por valor, ni las mujeres castas por virtud.

Nuestro mayor adulador es el amor propio. Se han hecho algunos descubrimientos en el amor propio, pero quedan aún muchas tierras desconocidas.

El amor propio es más hábil que el más hábil hombre de mundo.

La duración de nuestras pasiones depende tanto de nosotros mismos como de la duración de nuestra vida.

La pasión enloquece a los más hábiles, y hace hábiles a los más tontos.

Esas grandes acciones que nos deslumbran y que los políticos hacen aparecer como el resultado de grandes combinaciones, no son, por lo común, sino la obra del capricho y de las pasiones. La guerra de Antonio con Augusto, por ejemplo, que se atribuye a la ambición que a ambos devoraba de gobernar el mundo, no fue más que asunto de celos.

Las pasiones son los únicos oradores que nos persuaden: son como un arte natural, cuyas reglas son infalibles; y el hombre más sencillo, animado por la pasión, nos persuade mejor que el orador más elocuente.

Las pasiones son tan egoístas y tan injustas que no hay que dejarse llevar de ellas, aun cuando nos parezcan razonables y justas.

Hay en el corazón humano una constante renovación de pasiones, de manera que al morir una, nace generalmente otra.

Algunas veces unas pasiones engendran las contrarias: la avaricia produce prodigalidad, y ésta hace avaros. El hombre es obstinado por debilidad, y nada hay más valiente que el miedo comprometido.

Por mucho cuidado que se tenga en encubrir nuestras pasiones con apariencias de piedad y de honor, siempre se ven al través de estos velos transparentes.

Nuestro amor propio soporta más bien la condenación de nuestros gastos que de nuestras opiniones.

Los hombres no sólo olvidan los beneficios y las injurias, sino que también aborrecen a sus benefactores y dejan de odiar a los que les han hecho mal; porque la gratitud les parece una esclavitud, y mucho trabajo ocuparse en la venganza.

La clemencia de los reyes no es más que política para ganarse la voluntad de los pueblos.

La clemencia la ejercen no por virtud, sino a veces por vanidad, a veces por pereza, a veces por miedo, y casi siempre por todas tres cosas juntas.

La moderación de los dichosos viene de la calma que la fortuna produce en su espíritu.

La moderación la produce el miedo de caer en el ridículo que merecen los que se embriagan con la felicidad: es una ostentación de la fuerza de nuestro espíritu, y un deseo de aparecer más grandes que la fortuna que nos rodea.

Todos tenemos valor para soportar los males del prójimo.

La virtud de los prudentes no es más que el arte de encerrar y ocultar las agitaciones de su corazón.

Algunas veces los condenados a muerte afectan un valor y un desprecio que sorprenden, y esto no es, sin embargo, sino el miedo de verla de frente; de manera que se puede decir que este valor es la venda que se ponen en el alma, como otros la llevan en los ojos.

La filosofía triunfa siempre de los males pasados o de los males del porvenir; pero los males presentes triunfan siempre de la filosofía.

Pocos hombres desafían verdaderamente la muerte. Muchos se exponen a ella por estupidez o por costumbre, y la mayor parte la soportan, porque no hay remedio, y es preciso morir.

Cuando los grandes hombres se dejan abatir por los largos sufrimientos, dejan ver que antes los soportaban, no por la fuerza de su alma, sino por la fuerza de su ambición; y que fuera de una gran vanidad, los héroes son hechos como los otros hombres.

Se necesita más virtud para ser digno en la grandeza que en la adversidad.

Ni el sol ni la muerte pueden mirarse fijamente.

Se hace ostentación aun de una posición criminal; pero la envidia es una pasión tímida y vergonzosa que jamás se confiesa.

Los celos pueden justificarse, pues que tienden a conservarnos un bien que nos pertenece; mientras que la envidia es un furor que no puede soportar los bienes ajenos.

El mal que hacemos no nos acarrea algunas veces tantos enemigos como nuestras buenas cualidades.

Tenemos siempre más fuerza que voluntad, y para excusar nuestra debilidad decimos que las cosas son imposibles.

Si no tuviéramos defectos, no gozaríamos en hacer notar los ajenos.

Los celos se alimentan con la duda y mueren con la certidumbre.

El orgullo se satisface sin perder nada, renunciando a la vanidad.

Si el orgullo ajeno no lastimara el nuestro, no nos quejaríamos.

El orgullo es igual en todos los hombres; sólo es diferente el medio de manifestarse.

La naturaleza, que es tan sabia, nos ha dado el orgullo para ahorrarnos el dolor de conocer nuestros defectos.

Prometemos según nuestras esperanzas, y cumplimos según nuestros temores.

El orgullo, más que la bondad, toma parte en las correcciones que a los otros hacemos; y los corregimos, no para hacerles bien, sino para mostrar que estamos exentos de sus faltas.

El interés habla todas las lenguas, y representa todos los papeles hasta el del |desinterés,

Los que se dedican a las cosas pequeñas se hacen incapaces para las grandes.

Por grandes que sean las ventajas que dé la naturaleza, no es ella sola sino la fortuna la que hace los héroes.

El desprecio de los filósofos por las riquezas no es más que un deseo oculto de vengarse de la injusticia de la fortuna; un secreto para libertarse de las humillaciones de la pobreza, y un camino distinto para llegar a la cima de las consideraciones que las riquezas les hubieran conseguido.

El odio por los favoritos del poder no es más que el amor al favor que no alcanzamos. El despecho se consuela con el desprecio que se muestra a los que lo poseen; y les retiramos nuestros homenajes, no pudiendo quitarles el de todos los otros.

Para establecerse en el mundo se hace todo lo posible por hacer creer que ya estábamos establecidos.

Aunque los hombres se envanecen por sus grandes acciones, éstas no son con frecuencia sino lujos de la casualidad.

A veces llega uno a creer que nuestras acciones tienen una mala o buena estrella, la que las hace alabar o vituperar de los contemporáneos.

No hay accidente, por desgraciado que sea, del cual un hombre hábil no pueda sacar provecho, ni feliz acontecimiento que el imprudente no pueda hacer perjudicial.

La fortuna cambia todo en favor de aquel a quien protege.

La dicha o la desgracia de los hombres depende más de ellos mismos que de la fortuna.

La sinceridad es una expansión generosa del alma, que se encuentra pocas veces.

Lo que se deja ver con frecuencia no es más que un hábil disimulo para atraer la confianza de los otros.

La aversión que algunos muestran por la mentira, es a veces una imperceptible ambición de que se tomen sus palabras con una fe religiosa.

La verdad hace siempre bien, pero no tanto como el mal que hace la apariencia o la falsa verdad.

Un hombre hábil arregla la categoría de sus intereses para no correr en pos de los pequeños, despreciando los más importantes.

La elegancia es al cuerpo lo que el buen sentido es al alma.

Difícil es definir el amor: sólo puede decirse que es para el alma ambición de reinar, para el corazón simpatía, y para los sentidos el deseo de poseer lo que se ama.

Si hay un amor puro y exento de toda pasión, es el que guardamos en el fondo del corazón por una mujer, y que nosotros mismos tememos descubrir.

No hay disfraz que alcance a encubrir el amor, ni fingimiento que pueda al fin ocultar que no existe.

Como no hay libertad para amar ni para dejar de querer, son inútiles las quejas de los amantes contra la inconstancia de las mujeres, y las de éstas contra la versatilidad de sus amantes.

Si hubiera de juzgarse del amor por sus efectos, más se parecería al odio que a la amistad.

No hay más que un amor, pero hay de él muchas copias.

El amor, como el fuego, está siempre ardiendo, y deja de vivir cuando no hay temores o esperanzas que lo animen.

Sucede con el verdadero amor lo que con los aparecidos de la otra vida: que todo el mundo habla de ellos y nadie los ha visto.

El amor presta su nombre a otra infinidad de pasiones; pero nadie se engaña ni toma el rábano por las hojas.

El amor a la justicia, en muchos, es el temor de soportar la injusticia.

El silencio es el camino más seguro para el que desconfía de sí mismo.

Lo que nos hace tan variables en nuestras amistades es que es más fácil conocer las cualidades del espíritu que fascinan, que las del corazón, que agradan.

Lo que los hombres llaman amistad es sólo una sociedad anónima, un comercio de intereses, un cambio de buenos oficios, en fin, una especulación en que cada cual se propone ganar algo.

La reconciliación con los enemigos no es sino un deseo de cambiar nuestra condición mejorándola.

Es más indigno desconfiar de sus amigos, que ser engañado por ellos.

Nuestra desconfianza autoriza la pillería de los otros.

El interés ciega a unos, y a otros ilumina.

Nos faltan siempre fuerzas para seguir los dictados de la razón.

Sucede con frecuencia que el hombre que es guiado cree guiar a los otros, y mientras que su alma lo dirige a un punto, su corazón lo lleva insensiblemente en sentido opuesto.

Lo que se toma por fuerza o por debilidad del alma no es sino buena o mala disposición del cuerpo.

Los caprichos de nuestro carácter son más variables que los de la fortuna.

La adhesión o la indiferencia que los filósofos muestran por la vida, no es sino un capricho, del que nos debemos preocupar tanto como del sabor de las cosas o del gusto de los colores.

Nuestro humor es el que sabe apreciar los bienes de la fortuna.

La felicidad está en el hombre y no en las cosas que lo rodean. Uno es dichoso poseyendo lo que le gusta y no lo que los otros juzgan amable.

Jamás el hombre es tan dichoso ni tan desgraciado como los otros lo juzgan.

Los que se creen con méritos se hacen el honor de ser desgraciados para persuadirse a sí mismos y persuadir a los otros de que merecen ser coronados por la fortuna.

Nada debe inspirarnos más recelo de nosotros mismos que el ver que al cabo del tiempo desaprobamos lo que antes aprobábamos con entusiasmo.

Por desiguales que parezcan las fortunas, es necesario reconocer que hay siempre cierta compensación entre los bienes y los males que las hace iguales.

La debilidad de carácter es el defecto más difícil de corregir.

Es más fácil engañar a los otros que engañarse a sí mismo.

Los únicos buenos retratos de los hombres grandes son los que nos dejan ver sus defectos.

El hombre jamás es ridículo por sus buenas o malas cualidades, sino por las que afecta tener.

El hombre cambia tanto, que muchas veces se parece más a los otros que a sí mismo.

Hay hombres que jamás hubieran sido amantes si no hubieran oído hablar de amor.

Se habla poco cuando la vanidad no mueve nuestros labios.

Al hombre le gusta más hablar mal de sí mismo que ocuparse del todo de su persona.

Una de las causas por que la conversación se hace enojosa, es la de que todos se ocupan de lo que quieren decir, y nadie de lo que le están diciendo. Los más corteses se contentan con mostrar un aire de profunda atención, mientras que se les lee en los ojos que están pensando en otra cosa y que están impacientes por que les llegue su turno de hablar de lo que ellos quieren, sin pensar que es un mal medio de agradar a los demás o de persuadirlos el de complacerse sólo a sí mismo, y que prestar atención, escuchar con paciencia y contestar a tiempo, es una de las grandes perfecciones que hacen el encanto de la conversación.

¿Cómo pretendemos que otro guarde nuestro secreto si nosotros mismos hemos sido incapaces de hacerlo?

El amor propio aumenta o disminuye el mérito de nuestros amigos, y los juzgamos según ellos nos tratan.

Todos se quejan de su memoria y nadie de su inteligencia.

Los perezosos apuran a sus sirvientes para parecer diligentes.

Desengañar al que tiene una alta idea de su mérito, es hacerlo tan desgraciado como a aquel pobre loco de Atenas a quien le demostraron que no eran suyos todos los bajeles que llegaban al Pireo.

Gusta a los viejos dar buenos consejos, porque no pueden dar malos ejemplos.

Los grandes nombres aplastan a los que no saben llevarlos.

La prueba de un gran mérito está en que lo alaban los mismos que lo envidian.

Es prueba de poca amistad no notar el alejamiento de los amigos.

Todos se lisonjean en público de sus buenos sentimientos, y nadie se atreve a hacerlo de su buena capacidad.

La cortesanía del alma está en pensar siempre cosas dignas y delicadas.

La galantería consiste en decir cosas agradables, de manera que no se note la lisonja.

El alma es con frecuencia juguete del corazón.

Muchos conocen el fondo de su alma, y pocos el fondo de su corazón.

Los hombres, como las pinturas, tienen su punto de vista. A unos es preciso verlos de cerca para conocerlos, y a otros de lejos para saberlos estimar.

Para conocer bien las cosas, es preciso conocer los detalles, y como éstos son casi infinitos, de ahí depende que nuestros conocimientos sean siempre superficiales.

Es una especie de coquetería en las mujeres dejar comprender que jamás son coquetas.

Jamás el espíritu desempeñará el papel del corazón.

La juventud cambia de hábitos por el ardor de la sangre, y la vejez conserva los suyos por costumbre.

Nada se da tan generosamente como los consejos, porque no cuestan nada.

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