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INDICE
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CAPITULO IV
Anapoima.-Don Enrique Main.-Don Luis
Azuero.-Pedro Navas Azuero.-Don Anacleto Millán.-Don Pastor
Silva.-Don Joaquín Montero.-El general Lucio Moreno
El viajero que iba a temperar a Tocaima o a negociar al
Magdalena, atravesaba al medio día y bajo el peso de un sol
abrasador, después de dos horas de haber dejado La Mesa, una
planicie pedregosa, que parecía árida y estéril, pues sólo estaba
cubierta de
|payandés, espinos y fétidos
|anamúes; sin
aguas en parte alguna, y sin más habitaciones que unas tristes
chozas al rededor de una iglesia pajiza, mansión de los cabros y
los cerdos. Esto era Anapoima.
Hoy Anapoima no es una gran población, pero desde lejos el
viajero divisa una gran pradera esmaltada por líneas paralelas, que
son cercos de piedra para dividir los potreros en que pasta el
ganado; a alguna distancia se ve levantar airosa, como un genio
protector, la blanca chimenea de
|El Higuerón. Se ve entre
bosques de naranjos la linda casa de
|San José, propiedades
ambas del señor general Lucio Moreno.
El viajero reposa y descansa en la gran casa de
|La Chica,
donde hay una venta y buena posada; y cuando ya el sol declina,
sigue por un camino igual, con cercas de piedra a uno y otro lado;
pasa por delante de la linda quinta de
|Santa Teresa,
propiedad del señor Angel María Piedrahita, que es la casa de su
grande hacienda, y entra, no a una gran ciudad, pero sí a una
población regular, que tiene su iglesia de piedra y teja, decente y
aseada; encuentra dos hoteles regulares, tiendas de mercancías y de
ferretería, y mercado jueves y domingo. Hay un médico distinguido,
el doctor J. M. Urbina, con su botica bien surtida; y, sobre todo,
encuentra a don Enrique Main, militar retirado, establecido allí
hace cuarenta años, y que es el médico y boticario popular, el guía
y director de los temperamentos, y el hombre más indispensable y
más benévolo para el que llega a esas regiones. Su familia es muy
amable y distinguida. Sin él no hubiéramos escrito esta reseña.
Es curiosa esta anécdota:
Como no había en Anapoima fondos de fábrica para construir la
iglesia, ésta se hizo con lo que generosamente daban los
transeúntes, entre los cuales se distinguían los arrieros de Neiva,
cuya piedad se estimuló poniendo una imagen de bulto en el camino,
que por un mecanismo singular, al peso que hacía cada real que caía
en la cajilla, se inclinaba como para dar las gracias al generoso
viajero.
Este hecho impresionaba a los arrieros, quienes seguían
maravillados su camino; referían el hecho al volver a su hogar,
exagerándolo; y llegó a tanto la fama de la imagen de Anapoima, que
de los pueblos más apartados del Tolima venían aquí en romería
dejando grandes limosnas.
Anapoima, con una temperatura de25°,sobre un suelo pedregoso,
sin la influencia de los aires de la serranía, con poca alteración
en el calor y un aire seco que viene de los lugares más cálidos, es
un lugar admirable para temperar; y allí ocurren en busca de salud
o de alivio los enfermos de la capital y de otros lugares fríos;
así es como la sociedad se está constantemente renovando, y puede
asegurarse que muchos deben a este temperamento la vida y la salud
de que disfrutan.
También bajan a veranear aquí algunas familias de la capital en
los meses de diciembre y enero. En pos de ellas vienen los
empleados de Bogotá, que en esa época entran en vacaciones, y los
|cachacos bogotanos, deseosos de dejar algunas reliquias de
la mala vida pasada en las aguas del río. Entonces hay gran
concurrencia, la sociedad se anima, el pueblo se agita: los bailes,
paseos y otras diversiones se suceden.
El baño en el río, que es frío y delicioso, es la gran
preocupación, el supremo placer y la ocupación de todos durante el
día, pues en Anapoima no hay agua dentro de la población; y para ir
al río, que se encuentra a una media hora de distancia, hay que
descender por un camino áspero y peligroso hasta llegar a sus
orillas. Hay una eterna peregrinación de gentes que suben, ya
frescas y sabrosas, después del baño, y de otras que bajan,
agobiadas por el calor, y que van presurosas a tomarlo: gentes de a
pie, de a caballo, en mulas, en burros, se encuentran en el
estrecho sendero, y se tropiezan y se embarazan las unas a las
otras.
Es poético este viaje bajo los árboles que extienden sus ramas
sobre el camino, el que en las mil vueltas y revueltas que tiene,
va descubriendo diversos horizontes, hasta que repentinamente se
llega al caudaloso río, que en torbellinos inmensos se desata,
levantando olas encrespadas para pasar por sobre inmensas piedras,
y que va corriendo con una rapidez vertiginosa.
Ya se encuentra una graciosa calentana de color de perla y aire
gentil y donairoso, que nos envía una sonrisa simpática y amable;
ora una linda bogotana de piel fresca y rosada, que acaba de
bañarse, que lleva flotante la hermosa cabellera, y que, cabalgando
un brioso corcel, nos saluda cortésmente; ya, en fin, una anciana
venerable, que a horcajadas en un burro perezoso, va lentamente a
tomar su baño; y como el burro no quiere seguir e intenta volverse
con nosotros, reniega y lo apalea con indecible cólera.
La orilla del río es magnífica, y la naturaleza tropical se
ostenta allí con todo su esplendor y su grandeza. Un cielo azul,
despejado y brillante, cubre el paisaje como con un inmenso fanal.
El sol radiante lanza sus rayos sobre las agitadas aguas del río, y
éstas los devuelven en mil reflejos de luz de variados colores; y
como las ondas corren, se agitan y se levantan en mil formas
distintas, y cada una de ellas es un prisma que devuelve la luz, se
forma un todo de infinita belleza. Arboles seculares crecen a la
orilla del río, y al frente se divisan en línea sobre las llanuras
de
|Mesa de Yeguas las palmas que, como en Oriente, se
levantan enhiestas y elegantes, produciendo sus ramas movidas por
el viento un rumor solemne y cadencioso.
Los caballos en la orilla del río buscan unos, bajo los árboles,
una sombra protectora, y parecen dormir con la cabeza baja y las
orejas caídas; otros buscan ansiosos el agua y se meten en ella
hasta que casi los cubre para mejor beber; y otros, en fin,
ensillados y listos para servir a sus amos, son arrimados a enormes
piedras para que puedan montar las señoras.
Como el río es inmenso, caudaloso, rápido y violento, el baño es
muy peligroso, y esto y su frescura lo hacen sumamente animado,
pues los hombres se sienten felices de desafiar y vencer el
peligro, cada uno según su valor y sus aptitudes en el arte de la
natación. Y a lo lejos se ven también, como ninfas entre las ondas,
las señoras que se bañan alegres y festivas.
Pero no es el progreso de la población lo que indica el
desarrollo de la riqueza allí. En Colombia las poblaciones agonizan
y mueren ahogadas por las grandes haciendas que las rodean. No
tienen generalmente sino una estrecha área, sin ejidos, sin dehesas
comunes, ni siquiera donde recoger leña, y sus habitantes tienen
que limitarse a poner algunas tiendas de comestibles o dedicarse al
comercio de tránsito.
La importancia de Anapoima está en que a uno y otro lado, y
dominándolos, tiene los valles del Bogotá y del Apulo, donde hay
valiosísimas haciendas de todas clases de pastos, de caña y de
café; y en que es lugar de tránsito para todo el comercio que desde
Neiva hasta Bogotá se hace en cargas llevadas a lomo de mula.
Al oriente está la planicie igual y hermosa de Mesa
|de
Yeguas, cubierta de pastos en una grande extensión; más altos
los ingenios de azúcar que se distinguen por la columna de humo
azul que en el día se levanta sobre la verde ondulación de las
cordilleras, y por la noche por su fuego inextinguible; y más altos
aún, los ricos cafetales con sus blancas casas de habitación, y los
establecimientos donde se prepara para la exportación el precioso
grano.
Al occidente está el Apulo, en cuyas márgenes hay pastales que
se pierden de vista como un mar de verdura, y algunos puntos rojos
en la inmensa extensión indican en dónde están las casas de las
grandes haciendas, como
|Luituima, fundada por Ceferino
Cantillo;
|El Naranjal, por el doctor Nepomuceno Duque;
|La
Yegüera, por José María Cantillo, y muchas otras de gran valor
y que dan rentas fabulosas.
Muchos millones representan estas haciendas y esta región es una
de las que ofrecen un porvenir más brillante para la república.
¿Quiénes hicieron todo esto?
Eramos muy jóvenes, en esa edad en que la poesía lo embellece
todo, dando a la vida el colorido de una escena de teatro y a los
hombres el carácter de personajes de comedia, cuando conocimos en
una casa pajiza a la entrada de Anapoima, a un viejo socorrano, a
quien sin duda las enfermedades habían traído a estas regiones.
Vestía pantalón de manta, camisa de lienzo gordo, como todos los
calentanos, sobre la simple camisa una camiseta, medias de lana y
alpargatas.
Era interesante ver a este anciano, que se llamaba don Luis
Azuero, luchando con la naturaleza bravía y pretendiendo convertir
una región árida y desierta en una vasta pradera; y el anciano
venció, y como prodigio del trabajo y de la constancia, vemos hoy
los potreros cercados de piedra que se ven en Anapoima, a uno y
otro lado del camino.
Vamos con el lector a la rocería entonces, a presenciar estas
escenas tan nuevas y tan interesantes para un habitante de tierra
fría, donde apenas hay un árbol, y donde la tierra no produce sino
rompiéndole el seno con el arado o cavando, para que de allí salgan
las plantas.
Un joven arrogante, de color blanco, ojos grandes y abundante
bigote negro, vestido apenas con un pantalón de manta y una camisa
azul rayada, el pecho abierto y el cuello descubierto, lleva al
hombro un machete de rozar, y preside o guía, por un sendero
estrecho en medio del bosque, la cuadrilla de peones para el
trabajo, todos armados de hacha y de machete, y llevando sendos
calabazos repletos de guarapo para aplacar la sed.
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Hacienda de tierra Caliente
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Este joven es Pedro Navas Azuero, quien acaba de hacer sus
estudios en la capital, donde recibió el título de abogado de los
tribunales, y fue miembro de la famosa
|Escuela
Republicana.
El trabajo comienza: los peones en fila empiezan la tala de la
montaña; los pequeños árboles ceden sumisos al golpe del machete;
el rastrojo se abate miserable como hace la multitud ante los
dictadores; pero los gigantes cumulaos, los diomates y los
guayacanes resisten impávidos el hacha, pero siempre caen, con un
fragor que espanta a los animales de la selva y que repiten las
montañas.
Es la hora de la siesta: los peones sombrean debajo de los
árboles que restan, toman guarapo o afilan los machetes, y Navas
Azuero toma un libro y lee. ¿Qué libro lee?
|La historia de los
girondinos.
El señor don Tirso Piedrahita compró al señor Azuero sus
propiedades, las ensanchó, las fomentó, y hoy su apreciable familia
es poseedora de una gran fortuna, que sabe disfrutar; y cuando
alguno de sus parientes reside en Anapoima, es lo más fino y
generoso con los que de Bogotá vienen a temperar.
Campo abierto, que ahí llega Anacleto Millán, para quien no hay
tierras bastantes ni caudales suficientes a satisfacer su ambición.
El trabajo es la vida, dice, y trabaja y hace trabajar a los otros,
y extiende sus propiedades y allega predios, hace anexiones, pelea
por linderos, invade los territorios amigos y cada día más
trabajador, más rico, más ambicioso de ser dueño único. Llega a
serlo de El
|Trueno sin quedar satisfecho. De ahí pasa a la
Meseta de Sócota; y ambicioso siempre, llega a ser dueño de
|Mesa
de Yeguas, inmenso territorio sólo capaz de satisfacer su
ambición y su ardimiento; lo cultiva todo, dejando una propiedad
estimada en seiscientos mil pesos, y luego, contento y satisfecho,
se va a morir a Bogotá.
Es Bogotá una sirena engañosa que atrae y seduce a todas las
familias notables de los departamentos cercanos, y consume entre
las ondas de su agitado mar las pequeñas fortunas que se levantan
en los campos; y tan alarmante es este movimiento hacia la capital,
que si circunstancias independientes no lograran contenerlo, toda
la República se compondrá de un inmenso territorio vacío de
habitantes, y no habrá más que la ciudad de Bogotá.
Antes, por dondequiera que se viajara, bien fuese por Boyacá,
Tolima o Cauca, se encontraba en las haciendas la familia del
propietario, más o menos culta y civilizada, pero ayudando a la
obra de la producción, y perteneciendo a un distrito o una
municipalidad que con honra la contaba en su seno.
Hoy todas esas familias se han ido a Bogotá, en donde pierden en
rango, en posición y porvenir; pero felices de no vivir en ese
|campo que les ha dado los medios de subsistir por algunos
años en la querida Bogotá.
Cuando por primera vez bajamos a
|tierra caliente,
encontramos muchas de estas familias, entre las cuales estaba la de
las señoras Monteros, que vivían en una casa pajiza, a la salida de
Anapoima: allí acompañaban a su padre, atendían al cuidado de sus
hermanos, que trabajaban en los alrededores. También ellas
fabricaban cigarros, y recibían y atendían con esmero y amabilidad
a los que llegaban a su casa.
Después esta posesión y esta casa fueron del señor don Pastor
Silva, cuyos herederos las poseen.
Volvemos a encontrarnos en Anapoima con la simpática figura de
don Benigno Guarnizo, quien fundó, de pastos, la hacienda de
|San
José, y de caña de azúcar la de
|El Higuerón, y que hoy
pertenecen al general Lucio Moreno, quien ha introducido en ellas
grandes mejoras; ha extendido su cultivo y llevado allí todos los
adelantos de la civilización, como el vapor para mover el ingenio
de miel, y el teléfono para comunicar sus dos haciendas y para que
sus órdenes sean inmediatamente ejecutadas.
La casa de
|San José está situada en una eminencia, desde
la cual se domina toda la llanura, y se llega a ella por entre
árboles gigantescos, como son los de la zona tórrida, lo que
previene el ánimo para admirar lo que hay en ella de belleza y de
adelantos.
Un ancho y hermoso corredor cae sobre un jardín en donde los
rojos, los habanos, las azucenas, los jazmines de Arabia, y las
parásitas se ostentan con toda su belleza y mantienen el aire
sabrosamente perfumado.
La casa es espaciosa, clara, fresca, como la mansión de un rico
nabab en la India oriental. Hay baños de inmersión y de regadera
entre una gruta llena de helechos, y otras plantas verdes que
enfrían la atmósfera. Grandes salones, adornados elegantemente con
muebles a propósito para la tierra caliente, vastos departamentos
con todo el
|confort que pudiera desearse, un comedor aireado
donde los huéspedes son espléndidamente obsequiados con ricos
manjares y vinos exquisitos.
En un extremo de la casa está la huerta, y uno se pasea debajo
de los inmensos mangos, cuyas frutas tapizan el suelo; o se sienta
al pie de las palmas de cuesco y de coco que airosas se levantan.
Allí, en infinita confusión, hay naranjos, chirimoyos, papayos,
pamplemusas y todos los árboles frutales que se producen en la
tierra caliente y todos cargados o llenos de flores.
En el otro extremo están los establos del ganado y de las
bestias; y allí vienen a recibir su ración de pasto y de sal las
vacas Durham, cuya raza ha aclimatado allí el señor Moreno, y
caballos de raza sabanera.
El viajero cree que está en Jamaica o en otra colonia de las
Antillas, donde tanto ha progresado la civilización apropiada a la
tierra caliente, y deja con pesar esta hospitalaria mansión.
Estando en Anapoima temperando, hicimos la siguiente traducción.
Por esto la colocamos aquí, y quizás sea lo único bueno que
contenga este libro.
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