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CAPITULOIII

La Mesa antigua.-La Mesa moderna.-Mercados.-Trapiches.-La muerte en un trapiche.

La Mesa de Juan Díaz era un población de enramadas de paja mal construidas, a lo largo de una calle que atravesaba la plaza desierta siempre, y se prolongaba hasta la quebrada de La Carbonera, habiendo entre casa y casa siembras de plátano y de yuca, que le daban al lugar un aspecto de primitivo salvajismo.

Fuera de la calle principal no había a uno y otro lado sino el campo abierto, y una que otra choza sin paredes, habitada por mendigos o gentes del campo que cuidaban cerdos; y no había en La Mesa ni una posada, ni un hotel donde pudiera detenerse el viajero.

No se mataba entonces ganado en el lugar: la carne que se consumía bajaba de la sabana en cecina, o venía de Neiva en forma de tasajo, en largas tiras muy angostas de carne seca, que se vendía por varas y por varas se distribuía en raciones.

El mercado que, como en casi todos los pueblos, era el domingo, se reducía a la venta de esta clase de carne, que se exhibía en talanqueras; infinidad de cerdos traídos de Tocaima, que se vendían en la misma plaza; rejos de |enlazar, y la loza que de El Espinal traían para la cocina de los trapiches. No iban papas ni legumbres de la sabana, pues nadie las consumía, ni tampoco se vendían plátanos ni frutas de tierra caliente, porque todos los cultivaban en sus establecimientos.

Referimos este hecho, no como importante sino como curioso:

El mercado, como ya dijimos, era el domingo, pero los sabaneros empezaban a llegar el sábado para adelantarse a vender sus artículos. Todos siguieron su ejemplo, y el mercado se fijó en sábado. Entonces desde el viernes por la tarde viéronse llegar sabaneros: imitáronlos otros, y el mercado quedó en viernes. Fueron adelantándose los sabaneros, adelantóse el mercado, y ya está en miércoles. Adelantándose siempre pronto volverá al domingo.

Como a zapadores del progreso en La Mesa, y primeros fundadores de establecimientos de caña de azúcar y de pastales de guinea, colocamos a los señores José Benavides, Manuel Rodríguez, Lorenzo Salazar, Ramón Guarnizo, Matías Rubio y José María Saravia.

En La Mesa el señor Timoteo Morales merece especial recomendación, pues fundó la hacienda de |San Antonio, en las vegas del Apulo.

Don Ignacio Olaya, prócer de la independencia, ayudó eficazmente al progreso de esta región, y los señores Saturnino Suárez, Toribio Zamora, Antonio Correa y José María Pedroza, fundaron establecimientos de caña.

En Anolaima los señores Castañedas, Miguel Barriga y Francisco González.

Es preciso llegar ahora de noche a La Mesa para gozar de sus atractivos y de su actual adelanto.

A entrambos lados del camino una no interrumpida serie de casas arrojan por las puertas y ventanas torrentes de luz que iluminan los árboles, que, como en un bulevar, están sembrados en toda la extensión de la ciudad, a la que dan un aspecto civilizado y risueño.

La atmósfera está embalsamada por los azahares y rosas que forman la alameda. Los acordes de un piano que salen de una casa, cuyos balcones están abiertos, sorprenden al viajero con las melodías de Beethoven, o el ruido de las bolas de un billar, que iluminado se muestra al público, distraen su atención.

Así llega el viajero a la extensa plaza, rodeada de casas de teja, altas y de mampostería, teniendo al frente una famosa catedral en construcción, y en la mitad una pila elegante.

Por todos lados hay calles con casas y tiendas iluminadas, que se pierden a lo lejos; y al descender de la plaza, la alameda se hace más espesa y es aclarada por famosos reverberos.

La Mesa aparece por la noche como un pueblo de hadas; y el viajero, sorprendido y encantado, va a descansar en un buen hotel.

Al amanecer, el ruido de las recuas de mulas que llegan de la sabana; el mugido de los ganados que entran de tierra caliente; el bullicio y la algazara de los conductores de víveres; el alboroto que los buhoneros hacen para armar sus toldas; y ese rumor que se escucha en las grandes ferias, donde la multitud se agita, tan parecido al ruido de las ondas del mar, despiertan al viajero, que queda deslumbrado por el hermoso sol de la mañana, y que se siente feliz en esa atmósfera de perfumes de una naturaleza virgen.

Ya ha empezado la gran feria.

En la parte alta de la ciudad se hacen las transacciones de miel, panela y maíz; y los sabaneros, gordos, colorados, barbados y pequeños, con sus largas ruanas de lana, sombreros jipijapas y llevando en la mano cortos arreadores, se preparan para cargar las mulas con los productos de la tierra caliente.

En la plaza se expenden los víveres y las frutas. Todo cuanto la sabana produce en su inagotable fecundidad, allí se encuentra; y todo cuanto hay de maravillas en la naturaleza tropical, allí se vende.

Montañas de naranjas; pirámides de patillas y melones; sabanas de cuescos aromáticos y provocativos; cerros de plátanos amarillos como el oro; guayabas en profusión; ciruelas exquisitas y dulces, y, como en el jardín de las Hespérides, todas las frutas que provocan y excitan.

Allí concurren los hacendados de los alrededores a proveerse; los habitantes de la ciudad a hacer semana, y las señoras a recrearse. Como en La Mesa no ha entrado la maldita mantilla, la variedad de trajes de color forma un conjunto abigarrado y precioso; y no dejan de verse señoritas que con elegantes sombreros o sombrillas a la mano, van a comprar frutas y a lucir sus encantos.

De la plaza para abajo, como en inmenso bazar, están extendidas en la calle, y aprovechando la sombra de los árboles, las tiendas ambulantes donde se venden monturas y todas las cosas necesarias a los hombres: los tendales, donde los |mercachifles y |chucheros expenden joyas falsas, lienzos, juguetes, espejos, tijeras, hilo, agujas, y todo lo que las mujeres necesitan; y se ve a las campesinas, absortas, contemplando los mil dijes, tras los cuales se les van los ojos, y que quisieran llevárselos todos para sus casas.

Más abajo, pero en la misma calle, está el reino de los calentanos, en donde se vende el cacao venido de Neiva, que en grandes zurrones de cuero está a la vera de la calle; o el arroz de Cunday, o el tabaco de Ambalema; allí se ven figuras largas, pálidas, escuálidas, y hombres vestidos de blanco, con un sombrero alón de caña, que sin alboroto ni impaciencia aguardan a los compradores.

A veces, entre ellos, se ve a una joven pálida, esbelta, de formas primorosas, cuello elegante, cutis terso, boca rosada, dientes blancos, cabellera abundante y mirada lánguida y serena, que como una mujer árabe parece pedir con los ojos que la lleven a un harem en Bogotá.

Más lejos, allá junto a la quebrada de La Carbonera, está el infierno suelto, y produce un ruido espantoso, como de cataratas que se desprenden, de campanas que repican, de clarines gigantescos, de chirimías diabólicas, y son las piaras de cerdos que allí están acorralados contra la quebrada y que se venden para llevar a Bogotá.

Unos calentanos, desnudos hasta la cintura, y de ahí para abajo vestidos con calzones blancos de lienzo ordinario, que sólo les llega a la rodilla, calzados con |quimbas de cuero, y cubierta la cabeza con unos sombreros de paja, cuya copa se eleva como un inmenso cubilete: los unos de piel azulosa por el carate, los otros con un enorme coto, pero armados todos de un largo zurriago y atravesado del hombro a la cintura un rejo de enlazar enroscado, son los dueños de los marranos, quienes jamás entran al centro de la población.

La perspectiva que a los ojos del viajero se ofrece desde cualquier punto donde termina el plano en que está situada la ciudad, es la más sorprendente, la más variada y la más hermosa que pueda concebirse.

Del lado del |Picacho está la hoya por donde corre el Bogotá; serpenteando entre inmensos cañaverales; y se ven al pie todos los ingenios que allí se han establecido, que cual odaliscas recostadas en divanes de felpa, fumando voluptuosamente el tabaco oriental, echan al espacio el humo de sus labios. Y al frente están las cordilleras de donde con terrible audacia se lanza el río en el Salto de Tequendama.

Por el lado de San Joaquín, es el Apulo que lento y perezoso corre por praderas de pasto de guinea; y en el horizonte se divisa uno que otro de los antiguos trapiches, como una de esas pobres mujeres que habiendo servido infatigablemente en su juventud, abandonadas por el hombre a quien amaron, lloran su pasado y luchan aún contra un miserable porvenir.

El trapiche es la máquina primitiva inventada para extraer el jugo de la caña: se compone de tres ruedas de madera dentadas y unidas, y que giran y se mueven, porque la del medio está comunicada con un mayal o viga, de la cual tiran, en un círculo continuado, dos mulas arreadas por un muchacho casi desnudo, sucio y asqueroso. Esta máquina está colocada en el centro de una enramada pajiza, descubierta por todos lados, y a la cual traen en mulas escuálidas y flacas, del inmediato cañaveral, la caña ya preparada para meter al trapiche.

Este servicio se hace por hombres cuyo salvajismo es una acusación vehemente contra el gobierno republicano y demócrata que hemos establecido, contra la religión del país, que ha abandonado su

 

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Mula transportando caña de azúcar

 

misión civilizadora, y contra la filantropía que debiera reinar en nuestra sociedad; o por mujeres hombrunas, que han perdido todos los atractivos y encantos de su sexo, y que viven en la más degradada situación, y atenidas sólo a sus fuerzas físicas para ganar el jornal.

En un extremo de la enramada, como las calderas del diablo donde deben cocinarse los condenados, la miel se cocina y hierve a borbotones, y es agitada y descachazada por un hombre casi desnudo, enmelotado, mugroso, que más parece un monstruo de la selva que un ser humano, y la descachaza por medio de una totuma agujereada y atada al extremo de una larga vara. Como Satanás, él se pasea en medio de los fondos, envuelto en humo y pisando el suelo encendido.

Sentadas a uno y otro lado del trapiche, sobre mazas de la máquina ya inútiles, dos mujeres van metiendo en medio de las ruedas la caña para moler; y eternamente cantan algo triste, monótono, melancólico, que apena el corazón.

El trapiche anda lenta y trabajosamente todo el día y gran parte de la noche, eternamente crujiendo y lanzando quejidos; los gritos del may alero arriando las mulas no cesan, las trapicheras cantan triste y melancólicamente, y los relinchos de las bestias mantienen el trapiche en continuo bullicio; pero a la oración el trapiche se para de repente, todo ruido cesa en un momento, los peones se descubren y el mayalero grita con voz solemne:

|El ángel del Señor anunció a |María, y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo.

Los peones contestan rezando el |Avemaria, y después de haber gritado por tres veces |¡San Jerónimo! ¡San Jerónimo! ¡San Jerónimo!, el trapiche sigue crujiendo y las tareas continúan hasta muy tarde de la noche.

Los cuadros maestros trazados por don Eugenio Díaz, en la inmortal |Manuela, y un artículo que hace muchos años publicó el señor Venancio Restrepo, dan una idea completa de lo que es un trapiche, que hasta hoy permanece igual a la época en que por ellos fue retratado.

La ofensa hecha por un presidente a nuestro hermano José María, siendo aún niño, ofensa que nosotros perdonamos enternecidos por los ruegos y lágrimas de nuestra madre, pero que aún destila sangre, obligó a nuestro hermano Rafael Rivas a renunciar su empleo oficial y su brillante posición en la sociedad, y a retirarse a un trapiche, en donde escribió esta relación:

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