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CAPITULO  II

Valor de las tierras calientes- Pasto de Guinea.-Nacimiento de la industria.

Ser propietario en tierra caliente en otro tiempo, era no tener propiedad en concepto de los habitantes de Bogotá, acostumbrados a ver en la sabana a los animales pastando en praderas naturales, y las cosechas sucederse unas a otras, con un poco de labor, en la que empleaban a los indios, de los cuales estaba poblada, alquilándose sumamente baratos.

Mientras que la tierra caliente no ofrecía sino bosques, que era preciso talar con un trabajo inmenso para recoger la cosecha de maíz, o sembrar las cañas, únicos cultivos que entonces se conocían, y a los cuales estaba destinada, volviendo el bosque a apoderarse del terreno inmediatamente. Para mantener las mulas era necesario buscar las lomas, en donde crecía espontáneamente el |gramalote, único pasto que se conocía.

Además las serpientes, de que se creía poblada, los mil insectos que atormentaban al hombre, y las fiebres palúdicas que infaliblemente atacaban al sabanero que descendía de la cordillera, hacían mirarlas con horror, y nadie las quería.

Las propiedades en tierra caliente se medían. No, ¿quién iba a medirlas? Se extendían de cordillera a cordillera o de río a río; se transmitían, de tarde en tarde (generalmente al concluir una generación), y su valor estaba representado sólo por el principal que se reconocía a alguna iglesia o monasterio de Bogotá, cuyo rédito anual había que pagar al cinco por ciento, y por esto se abandonaban con frecuencia. Los |trapiches, por el valor de los fondos de cobre que poseyera el establecimiento, o el de la cuadrilla de negros con que era cultivada su caña y el de las mulas con que se molía.

Propiedad sin negros que la cultivase no servía para nada. Por esto la esclavitud se prorrogó hasta 1851;y entonces se creyó formalmente que abolida ésta la poca industria que había en el país iba a arrumarse. Nadie creía en el trabajo libre y voluntario.

Como hemos dicho, las |tierras calientes no servían sino para el cultivo de la caña en los pequeños trapiches que había; y esto en los climas medios y en los lugares más cercanos a la sabana para poder llevar allí la miel, cuyo precio en Bogotá era el de veinte reales por cada carga. Todas las otras tierras estaban cubiertas de bosque, desde la Boca |del Monte hasta |Flandes y |Peñalisa, en la orilla del Magdalena.

Nos contaban que la hacienda de |Doima, con trapiche, negros y mulas, de la cual se han hecho siete haciendas de valor de cien mil pesos cada una, la compró el señor don Mariano Escobar y Rivas por la suma de siete mil pesos, dos mil de contado y cinco mil que se reconocían a un monasterio; y que fue tan cara la venta, y le fue tan mal en la compra al señor Escobar, que resolvió dejarla abandonada; y quedaron el trapiche parado, los negros ociosos y las mulas sin trabajo por más de cinco años, hasta que se concluyó el juicio que el monasterio entabló por el principal que se le debía, habiendo sido rematada en pública subasta.

La hacienda de |Calandaima, dividida hoy en dos valiosísimas, pertenecientes a los señores Eustasio de la Torre y la familia Crane, se transmitió durante muchos años, por los |diez y ocho reales que costaba la escritura, y el principal de dos mil pesos que se reconocía en favor de unas monjas.

|San Dimas, el |trapiche en que trabajaba el señor don José Rivas Arce, de donde sacaba los recursos para mantener dignamente una numerosa familia en Bogotá y para que se educasen en el colegio cinco hijos, todos los cuales siguieron una larga carrera y obtuvieron el título de doctor; este |trapiche, recuerdo para nosotros de todo lo santo, de todo lo bello de la |tierra caliente, y de todo lo alegre del hogar, fue vendido por tres mil pesos de a ocho décimos; y como no fue pagado se hundió toda la fortuna de una virtuosa familia.

Las herencias en los terrenos proindivisos se dividían por reales, y puede asegurarse que el poseedor de un real de entonces, hoy sería un rico propietario; y los resguardos de indígenas eran tan extensos, que su división dio trabajo por muchos años a los agrimensores.

Cuando ya la |fiebre de la tierra caliente había invadido el país, y los terrenos decían que habían tomado precios fabulosos, el señor José María Cantillo compró la hacienda de |Lutaima (hoy dividida en cinco o seis haciendas valiosas) a unas monjas de Antioquia, por setecientos pesos; y la hoy invaluable hacienda de |Peñalisa la compraron los señores Fernando Nieto y Eusebio Umaña, aseguran, que por cinco mil pesos y el valor de un patronato que reconocía.

El cultivo se reducía a tumbar el monte y sembrar maíz, y al coger las mazorcas ya el rastrojo había crecido; y de pronto el monte volvía a tomar posesión del terreno, sin que quedase nada para el porvenir.

Decían los perezosos bogotanos que en |tierra caliente el que se levantaba tarde ya tenía rastrojo en la cara.

Dice míster Thiers que «quien siembra una mata donde antes no la había, o dos donde antes sólo había una, hace más bien a la humanidad que todos los fundadores de religiones, que todos los legisladores del mundo, y que todos los propagadores de sistemas políticos y de ideas filantrópicas».

El que trajo a estas regiones el posto |de Guinea merece una estatua levantada en el cerro de Guacaná, tan alta como la de la Libertad en Nueva York, y que, iluminada por la noche, sea contemplada en toda la extensión del territorio que él hizo productivo, desarrollando una inmensa riqueza.

Hemos oído decir que el señor don Joaquín de Mier fue el primero que en Santa Marta cultivó esta preciosa planta; ¿pero quién la trajo al interior?

Nada sabemos, y se ha borrado este nombre que debiera pasar a la posteridad bendecido por millares de familias a quienes ha hecho ricas, por todos los que hoy tienen carne para comer, y por todos los pueblos cuya suerte y condición ha cambiado.

Sí sabemos que el señor don Constantino Guarnizo, en La Mesa, y don Antonio Toledo, padre, en Tocaima, fueron de los primeros que se aprovecharon de tan valiosa introducción.

Se dice que durante el gobierno del general Santander éste hizo venir algunas matas que, como curiosidad, regaló a los agricultores.

¡Verdadero milagro el del pasto Guinea!

Antes se rozaba el monte, se quemaba la roza y se sembraba el maíz; y, como hemos dicho, al cogerlo ya el monte le disputaba el campo al cultivador, y la tierra quedaba como antes. Ahora se riega la semilla misteriosa al mismo tiempo que se siembra el maíz, y cuando la mazorca está en sazón ya una verde pradera esmalta el suelo; y poco a poco esta pradera se extiende, y cubre toda la |tierra caliente, donde vienen a pastar y a engordar miles de miles de reses, y donde se mantienen todas las recuas que conducen los víveres al interior.

¡Bendito el hombre que trajo al interior tanta riqueza!

En esta transformación cuántos ayudaron, cuántos murieron en la batalla que duró muchos años, y en la cual las filas de los trabajadores se fueron reemplazando sin miedo y sin descanso, hasta coronar la victoria de la civilización, del progreso y de la riqueza para el porvenir. Esto honra altamente el carácter de los colombianos.

¿Cuánto valen las haciendas de pastos de |Guinea y de |Para que hay hoy en la tierra caliente, con sus inmensas vacadas y sus reses de ceba, haciendas que no existían hace cincuenta años?

Si pudiéramos contar a nuestros compatriotas con exactitud quiénes fueron los fundadores de estas haciendas y los creadores de esta riqueza, nos creeríamos felices, pero sólo podemos evocar algunos recuerdos, y salvar algunos nombres del olvido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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