CAPITULO I
Monte de La Mesa.-Don Pastor Ospina.-Pedro María
París.- Lino Peña.-Tena.-Una novela.-Camino a La Mesa.-Benigno Guarnizo.-J
|uancho
Cantillo.
La sabana en donde está situada la ciudad de Bogotá, capital de
Colombia, llamada por los conquistadores, deslumbrados por su
belleza,
|El Valle de los Alcázares, a una altura
de2.600metros sobre el nivel del mar, de clima frío(15grados del
centígrado) y de fertilidad asombrosa, está rodeada de montañas
que parecen ser límite entre la tierra y el cielo, y sólo tiene
para descender a los climas ardientes cuatro gargantas, abiertas en
las inmensas cordilleras, a saber: una al occidente, que se llama
del Aserradero; otra al sur, para bajar al valle de Fusagasugá; otra al
nordeste, para ir al pueblo de La Vega, y la del suroeste, que es
la que permite el camino que conduce a La Mesa, Anapoima,
Tocaima y termina
en Girardot,
sobre el río Magdalena.
|La Boca del Monte es como se designa el punto donde
termina la sabana y principia el descenso de la cordillera,
descenso tan vertical que al pie mismo de la entrada se ve el
camino que hay que recorrer, y a lo lejos se divisa, dominándolo,
un vasto y hermoso horizonte iluminado por el sol de la ti
|erra
caliente, cuyos reflejos deslumbran y que da a las cordilleras
un brillo o filete de oro encantador, y a los valles un tinte azul
de suprema belleza para el que de lejos lo contempla.
Desde la
|Boca del Monte se ve de cerca el camino entre
verdes colinas, por donde van y vienen las recuas de mulas cargadas
de sal las que descienden, de miel las que suben; y se oyen los
gritos de los arrieros que las animan y las guían. Más lejos se
contempla el valle de Tena, de un verde oscuro, como las esmeraldas
de Muzo; a más distancia se divisan infinidad de cerros que se
extienden, se cruzan y se pierden en la inmensidad; después la
cordillera igual y plana de La Mesa, en donde está edificada la
coqueta villa, entre naranjos, rojos y rosales. A la izquierda, el
cultivado valle del Bogotá, cubierto de cañaverales y praderas; más
lejos la cuenca del Apulo, donde pastan millares de reses; y
después el valle donde debe estar el Magdalena, y aún más allá la
elevada Cordillera Central que confunde con el cielo sus picos
nevados y sus simas misteriosas.
Vamos a contar quiénes fueron los titanes que abatieron las
selvas primitivas que cubrían esas regiones hasta hace pocos años;
los que llevaron allí el cultivo, la riqueza y la civilización; los
que por esto merecen un recuerdo de la posteridad, más bien que
aquellos hombres a quienes las leyes han cubierto de honores y que
no hicieron más que oprimir al pueblo o ensangrentar el suelo de la
patria.
No hace muchos años que la
|Boca del Monte era un lugar
misterioso, envuelto en niebla y que parecía la boca de un
monstruo, arrojando vaho de sus profundas entrañas. Dos enormes
piedras servían como de puerta de entrada, y en ellas había
infinidad de cruces que los viajeros que salían del
|monte
con felicidad, colocaban allí en señal de gratitud y de triunfo. La
niebla espesa que siempre allí reinaba, impedía ver el sendero por
donde se iba a bajar, y los árboles gigantescos que formaban un
bosque espeso, limitaban por todas partes el horizonte. Unas
escaleras de piedra, de las cuales aún quedan restos, era el camino
por donde debía bajarse al abismo que a los pies del viajero se
abría aterrador; y después un sendero estrecho, fangoso, teniendo a
uno y otro lado un bosque sombrío, lleno de peligros, se extendía
por más de una legua, hasta llegar a la otra Boca
|del Monte
o de Tenasucá, en donde nuevas cruces avisaban al viajero que
se había concluido el
|monte, sin que por esto el bosque
fuera menos espeso ni hubieran desaparecido los peligros, ni fueran
mejores las condiciones del camino.
La niebla lo envolvía todo con velo impenetrable, llovía
constantemente, y había que pararse, con frecuencia, en el lugar
más ancho que se encontrara en el estrecho y fangoso sendero, a fin
de dejar pasar la solitaria recua de un arriero, que desde lejos se
anunciaba con gritos que en mil ecos repercutían las montañas. No
había más que una casa pajiza en dónde refugiarse en tan larga
distancia; y la
|Cueva de San Antonio, en medio del bosque
espeso, sorprendía de improviso al viajero viéndola siempre
alumbrada por bujías que los piadosos transeúntes ofrecían al santo
cuya sombra allí se divisa, para que aquél los sacase con bien en
tan difícil tránsito.
Ordinariamente se gastaba una hora en atravesar el
|monte
descendiendo, y dos ascendiendo; y al encontrarse los viajeros se
daban noticia de los peligros que había y de cómo podían
evitarlos.
Ya iba en la mitad el sigloXIX,y se habían sucedido muchos
mandatarios en el gobierno, satisfechos todos de haber hecho la
felicidad del país, y el
|monte era un sitio de espanto y de
peligro, cuando fue nombrado gobernador de la provincia de Bogotá
el doctor Pastor Ospina, quien cumpliendo con su deber vino a hacer
una visita al lejano cantón de La Mesa, y tuvo, por lo mismo, que
atravesar el misterioso
|monte, de donde apenas pudo salir
con vida, de regreso a la capital.
Entonces concibió un gran plan: trajo de Bogotá el presidio, se
lo encargó al señor Lino Peña para que lo hiciera trabajar, y se
empezó la obra de los gigantes, no escalando el cielo sino haciendo
temblar la tierra con el estallido de las enormes piedras cuyos
pedazos, al reventar, con minas de pólvora, volaban por el aire,
mientras que los grandes árboles caían abatidos a los golpes del
hacha civilizadora, y un trabajo de zapa aplanaba la cordillera,
ensanchaba el sendero y despejaba el horizonte.
Atravesar entonces la sombría montaña era como ver realizado un
sueño de Hoffmann, o asistir en persona a las escenas fantásticas y
tenebrosas que los poetas imaginan para impresionar con todo lo
desconocido y misterioso.
En medio de la oscuridad y envuelto en la niebla que al rededor
de su cabeza formaba una especie de limbo, un hombre barbudo se
presentaba de repente, como si aguardase la orden de herir al
insensato que había osado entrar a esas regiones, para sorprender
sus misterios o descubrir las maquinaciones.
En lo alto, cuatro titanes hacen esfuerzos para arrojar una
inmensa roca sobre el aterrado viajero y sepultar para siempre, en
medio de la montaña, su atrevimiento y su imprudencia.
Una mina estalla, se ve la luz, se oye el estampido, un abismo
horrible se abre a los pies del incauto viajero.
Cuanto existía desde el principio del mundo: la montaña abrupta,
la selva sombría, los árboles gigantescos, todo tiembla, se
estremece con fragor terrible.
Y en medio de este terremoto, de este juicio final, se ve una
cuadrilla de hombres de mirada feroz, que juran, ríen y gritan, y
cuya algazara incesante se confunde con los aullidos de las bestias
salvajes que aterradas huyen, con los graznidos de los pájaros que
se van dejando sus hijuelos y con el ruido de las cascadas que de
la montaña se desprenden.
Jamás se había emprendido en el país obra más grande, más audaz
y más útil. Una enorme piedra que había quedado en un perímetro
enfrente a las casas del Curubital como sagrado recuerdo de esta
obra, tenía una inscripción en honor del señor Pastor Ospina. Haber
despedazado esta piedra y borrado la inscripción, ha sido un
sacrilegio.
Abierto el camino, en cuya obra se empleó más de un año,
descuajada la montaña, quitado el misterio aterrador del
|monte, vióse que a uno y otro lado había terrenos que podían
aprovecharse, y el señor Julián Gutiérrez, comerciante honrado de
La Mesa, hizo rozar los árboles de la derecha y fundó la hacienda
de
|Chantilly, cuyas verdes praderas divisa hoy el
viajero.
En Tenasucá había una posada pajiza al rededor de la cual un
llanito verde, donde crecían borracheros de flor colorada y
gigantescas palmas de helechos, formaba una especie de oasis, donde
el viajero descansaba dichoso. En esta posada se recibía a los
transeúntes siempre con el mayor cariño y atención, y se les
tributaba toda especie de cuidados por su dueña, que era una señora
Rosita, quien a los pocos momentos les preguntaba llorando si por
casualidad habían encontrado en el tránsito o habían visto en los
lugares de donde venían, una niña hermosa, que era su hija, y que
se le había perdido.
Según ella contaba, una mañana mientras ella despachaba en la
tienda, la niña, alegre había salido a jugar al llanito, vestida de
una camisa escotada con arandelas bordadas de negro, descalza y con
enaguas de bayeta rosada. La madre, atendiendo a sus quehaceres, se
había descuidado, y a la hora del almuerzo la niña ya no parecía.
En vano la buscaron en el monte vecino y mandaron por el camino a
hacer averiguaciones.
Los años pasaban y la señora Rosita preguntaba siempre a los
viajeros por su niña, sin pensar que la
|niña debía ser ya
una mujer, y que por las señas que ella daba era imposible
reconocerla.
Ya hacía mucho tiempo que esto había sucedido cuando el ruido de
unas fiestas públicas en La Mesa atrajo a la señora Rosita, a pesar
de sus lágrimas y de sus recuerdos, y una noche fue llevada al
teatro, donde se daba una función de maroma por una compañía de
norteamericanos.
Una joven esbelta, graciosa, morena y de preciosos dientes se
presentó ante el público, le hizo una cortesía y subió a la
|cuerda tesa, en donde hizo prodigios de habilidad y de
equilibrio. La señora Rosita en la mirada de esta mujer, en la
sonrisa, o en algo que tocó su corazón, reconoció a su hija, y
desde el sitio en donde estaba la gritaba por su antiguo
nombre.
La autoridad intervino. Se averiguó que en efecto era la misma
niña robada; pero ella, educada por aventureros, llevando una vida
libre, y apasionada por su arte, ni reconoció a su madre ni quiso
volver a su hogar, y siguió feliz en la compañía de maromeros.
El camino de Tenasucá a Tena era el primitivo sendero de los
indios que subían a todas las alturas y bajaban de todas las
eminencias, atravesando el mismo riachuelo más de diez veces;
sendero dañado por el frecuente tránsito, y en donde las mulas
habían hecho con el uniforme paso,
|candeleros u hoyos y
|almohadillas, de donde salían a saltos, y haciendo grandes
esfuerzos, cayendo rendidas a cada paso, muriendo muchas de fatiga,
dejando el zancarrón en medio de la senda, o ahogándose entre el
lodo con su carga de miel.
La jornada de un día era la de la
|Boca del Monte a Tena,
pequeño caserío levantado en la hacienda de este nombre, y que era
la primera tierra caliente que se encontraba, sorprendiendo al
viajero del interior las matas de plátano, los árboles de guayaba y
los naranjos cubiertos de azahares y de frutas, que por primera vez
contemplaba.
El camino que hoy existe, casi plano, evitando el ascenso y
descenso de las diversas cordilleras que hay entre Tenasucá y Tena,
y llevando la orilla izquierda del riachuelo, que antes se
atravesaba diversas ocasiones, lo trazó por en medio de la selva
espesa, y valiéndose de las reglas y de los instrumentos de la
ciencia, el señor Pedro María París, ingeniero civil, hijo del
general Joaquín París, de quien fue ayudante general en la campaña
de1854,y sobrino del benéfico ciudadano José Ignacio París, quien
erigió la estatua de Bolívar en Bogotá. Abrió primero una angosta
brecha, y la construyó después sólida y ampliamente. Este ingeniero
abrió también una parte de camino del Quindío y acompañó al
ingeniero Ponce a trazar el camino de
|Siete Vueltas, que de
orden del general Mosquera se intentó abrir al Magdalena, y que hoy
es propiedad del señor Liévano.
Admira cómo el señor París ha vivido relativamente pobre,
habiendo abierto un verdadero
|camino real importantísimo,
mientras que otros ingenieros se han hecho tan ricos con caminos
imaginarios.
La hoy valiosa hacienda de Tena había sido en tiempo de los
españoles de un don Clemente Alguacil, rematador y proveedor de los
aguardientes que se consumían en la antigua provincia de Santafé,
quien residía en ella, y tenía la hospitalaria costumbre de llevar
a su casa a todos los viajeros que por allí pasaban, detenerlos por
dos o tres días para que se repusieran de las fatigas del viaje, y
obsequiarlos generosamente.
Después pasó esta hacienda a poder del coronel Briceño, esposo
de la hermana del general Santander, de quien se cuenta que de
presidente de la República pasó a ser alcalde de Tena, desempeñando
este cargo con la misma honradez, sabiduría y prudencia con que
había desempeñado el primero.
Muerto el coronel Briceño, la hacienda estaba arrumada, las
casas caídas, y todo presentaba un aspecto de abandono y de
desolación, en la época a que nos referimos, que infundía profunda
tristeza.