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INDICE
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CAPITULOXV
EL CAFÉ
Hacía muchos años que el cultivo del café había hecho la
grandeza del Brasil, que había levantado a Venezuela a un alto
grado de prosperidad, y hecho ricas las pequeñas Repúblicas de
Centro-América; y a pesar de tan halagadores ejemplos, en Colombia
no había una sola plantación; y sólo en Muzo, por una tradición
inexplicable, se cultivaba el muy poco café que exigía el escaso
consumo del interior.
El ningún conocimiento que se tenía de las condiciones del
cultivo, el largo tiempo que exige la empresa para producir, aquí
donde hay tan pocos capitales, y donde el interés de ellos es tan
fuerte que no se puede esperar; la natural impaciencia que nos
impele a consagramos sólo a lo que dé un inmediato provecho; y lo
muy costoso de la conducción de los cargamentos a la costa, fueron
causa para que en Colombia no se cultivase el café, además de la
natural desconfianza que inspiraban el chasco del tabaco y del
añil.
El señor Tirrel Moor, súbdito inglés y uno de los hombres más
industriosos y más útiles que han venido al país, después de largos
años de trabajar en la explotación de minas en Antioquia, en donde
introdujo grandes y provechosas mejoras que aumentaron los
rendimientos de cada mina, vino a establecerse a la ciudad de
Bogotá, con su familia: compró un terreno en Chimbe, en un clima de
16grados, a la caída de la cordillera, y empezó desde medir y
alinderar la tierra matemáticamente, y tumbar el primer árbol,
hasta poner científicamente una plantación de café.
Cuando ya el cafetal estaba puesto, fuimos a visitarlo, y nos
dejó la impresión que para animar a otros entonces publicamos,
haciendo de él una descripción.
El éxito coronó los esfuerzos del señor Moor.
Siguiólo de cerca el señor José Antonio Mejía, nuestro primo,
hijo del gran comerciante y hábil calculador Braulio Mejía, y
sobrino del inmortal Liborio Mejía, el héroe de La Cuchilla del
Tambo y último presidente en la
|Patria de los inmortales,
quien fundó con mucha constancia el que hoy disfruta el señor don
Luis Mejía Montoya, su hijo, quien lo ha aumentado, y es inventor
de la excelente
|Estuca Mejía.
Los señores Lorenzana y Montoya, herederos de las virtudes de
Nazario Lorenzana y de Francisco Montoya, el fundador de Ambalema,
pusieron el cafetal de
|Campohermoso, al mismo tiempo que la
familia Franco, compuesta toda de hombres de la calidad de don José
María Franco Pinzón, quien ejerció el destino de tesorero de la
República y manejó los caudales de la nación y todos los documentos
de la deuda pública, por más de quince años, sin que se levantara
contra él una murmuración, y muriendo en la pobreza; la familia
Franco, decimos, puso también varios cafetales.
Para honra del carácter colombiano, es preciso referir también
que el señor don Domingo Martínez, antiguo maestro de escuela en
los tiempos de los
|lancasterianos, también dejó la
pedagogía, y bajó a Chimbe a poner un cafetal.
El señor Francisco Ospina, de origen antioqueño, fue de los
primeros en establecer en Chimbe un hermoso cafetal, cultivado con
esmero; y no contento con esto, lo vendió, y se fue del todo a
Anolaima, y en la
|Mesita de Santa Inés fundó el
establecimiento más hermoso y más bien arreglado que existe en
Colombia.
Basilio Martínez, de raza antioqueña (y es grato observar
cuántos de esa raza figuran entre los grandes trabajadores y
fundadores de la industria nacional) en compañía de uno de sus
hijos estableció en las orillas del Río Dulce un gran cafetal, del
que ha obtenido cuantiosos recursos.
Alberto A. Williamson, en1880,fundó la hacienda de
|San
Jorge (café), municipio de Melgar.
El mismo, en1890,fundó la hacienda de
|Santa Inés (café),
en el municipio de Melgar.
Alberto y Ricardo Williamson, en1890,fundaron a
|Escoda
(café), municipio de Melgar.
Alberto Williamson y José María VargasV.,en 1894,fundaron a
|Borneo (café), municipio de Pandi.
Enrique de Argáez,1889,fundó a
|San José (café, cañas y
pastos), municipio de Tibacuy.
Manuel María Aya, de quien hablaremos largamente en nuestra
visita a Fusagasugá, natural de ese distrito, de setenta y tres
años de edad, fundó la hacienda de
|El Cuchare, los trapiches
de
|San Rafael, Los Medios y
|El Guaimaral, la
plantación de cafetos
|Bateas y pastos de guinea a orillas
del río Panches. En
|El Igua, el trapiche de
|Los Canchos
y en
|Cumacá el cafetal de
|Calandaima, todos en
jurisdicción de Tibacuy.
Aguadulce y Casiaga, cafetales en vecindario de Nilo.
LaFila y El
|Asomadero, cafetales, y ElParamo, trapiche,
en Icononzo, jurisdicción, de Melgar.
Los
|Leones, pastos artificiales en Nilo.
Don Francisco Groot y don Miguel Paz se unieron en compañía, y
allá por Nilo, emprendieron, de los primeros, en el cultivo del
caíé.
El señor Francisco Putnam fue laborioso sembrador de café en
Nilo.
El doctor Pedro Alelo Forero, abogado que había ejercido su
profesión con lucimiento ante los tribunales de Cundinamarca y el
Tolima, compró una grande extensión de tierra, entonces montañosa,
entre Viotá y Fusagasugá, y puso allí de los primeros, un gran
cafetal, y hoy es un hombre acaudalado; pero se le acusa de no
querer vender a nadie un palmo de tierra, y de conservar inculta
una grande extensión de terreno fértil, que jamás alcanzará a
cultivar, y en el cual pudieran fundarse más de diez haciendas, que
harían ricas a muchas familias y darían trabajo a los jornaleros,
aumentando así la riqueza nacional.
El señor don Carlos Abondano, como ya dijimos, sembró añil y
construyó tanques; pero como a todos los que esa industria
emprendieron, le fue mal y perdió largos años de trabajo y todos
los sacrificios de su familia.
El no hizo, sin embargo, lo que todos los demás hicieron,
arruinadas que fueron las empresas del tabaco y del añil, es a
saber: abandonar la tierra, venderla por cualquier precio, e ir a
buscar trabajo en otra parte. No, el señor Abondano conservó El
|Neptuno, y cuando empezó la industria del café, fue el
primero que en la parte alta de la montaña,a la que llamó
|Filadelfia, estableció mía gran plantación con la cual se
hizo rico; y sus hijos, herederos de su honradez y laboriosidad,
han continuado allí aumentando las siembras, y hoy
|Filadelfia es un grande establecimiento, que hace honra a la
industria de los Ahóndanos.
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Cultivo de Café
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El norteamericano señor Jorge Crane, vino de su país a Colombia
con asuntos de comercio, y enamorado de nuestro país, quedóse en
él, buscó una digna compañera, la flor de la sociedad, la señorita
María de Jesús García Tejada, levantó una hermosa familia, y compró
la hacienda de
|Calandaima, en donde, además de los potreros
de ceba que había, puso; en compañía con el señor José Gooding, un
grande establecimiento de añil, que fue un modelo para muchos otros
después. Trabajó por largos años, pero los inconvenientes que todos
encontraron, arruinaron también su obra y redujeron al señor Crane
a la pobreza.
Siendo yanqui, ni se desalentó ni desmayó, y con la misma
tenacidad que antes, en la parte alta de la hacienda, abatió la
montaña primitiva, y empezó a poner un cafetal que resultó
admirable, y que fue vendido por su familia al señor Eustasio de la
Torre, quien lo aumentó considerablemente; llegando a ser el primer
establecimiento y el más productivo del país, conocido hoy con el
nombre de
|Ceilán.
La familia del señor Crane se reservó una parte de la hacienda,
y bajo la dirección del señor Javier García Tejada, volvió el hijo
del señor Crane, Jorge, muy joven todavía, a poner otro cafetal y a
formar otra hacienda. ¡Qué satisfacción para el señor Tejada, haber
repuesto la fortuna arruinada de la familia de su hermana viuda, y
dirigido a sus dos jóvenes sobrinos por el sendero del trabajo y de
la virtud, y qué orgullo para el joven Jorge, cuando contempla su
obra, y ve a su madre feliz y a su familia dichosa!
Y la obra de Crane en
|Buenavista es de contemplarse.
Un vasto cafetal, cuyas matas siempre floridas o cargadas de
granos rojos se extiende en una extensión de una legua: la sombra
de los cambutos y guamos, refrescando la atmósfera e interceptando
los rayos del sol, le dan al paisaje un aspecto fantástico, y todo
convida a la quietud y a la voluptuosidad. Al pie mismo del cafetal
hay una hermosa casa alta, que parece una residencia inglesa en la
India, rodeada de sauces y naranjos, cubierta de flores y con todas
las comodidades y delicias de que puede disfrutarse en tan sabroso
clima. Y allí mismo están las oficinas de elaboración del grano,
con todas las máquinas y útiles que la industria ha inventado y que
la ciencia aconseja.
El señor Crane ha asociado a su empresa al señor Alejandro Ruiz,
y juntos, talando la montaña con un sinnúmero de trabajadores,
están fundando la hacienda de
|Boston, más valiosa de todo lo
que hoy existe.
Lo que más honra el carácter de los colombianos es la capacidad
que para las diversas profesiones tienen que seguir, según el curso
de los acontecimientos, y la buena voluntad y paciencia con que
pasan de una a otra profesión, sin que sean un obstáculo los
hábitos que ya han contraído.
A un obrero francés, hacerlo plantador en la América sería
imposible. A un comerciante de Londres, cambiarlo en soldado, vana
quimera.
Pues bien, como Alejandro Ruiz hay muchos hombres en nuestro
país. El fue vicerrector del Colegio Militar en Bogotá, y escribió
un tratado de táctica militar muy bueno: ha servido como jefe en el
ejército, y se ha batido en todas las guerras que ha habido, y hoy
es un admirable cultivador de café.
Hemos mencionado al señor Eustasio de la Torre Narváez, dueño de
las haciendas de
|Ceilán y de
|Acuatá., y como este
hombre enérgico y activo, ha prestado también grandes servicios a
la industria, en justicia queremos consagrarle algunos
momentos.
Antes, en nuestro país, el que alcanzaba a acumular un capital
de cien mil pesos, era considerado como sumamente rico, y el número
de estos capitalistas era muy reducido. Pues bien, hoy, gracias a
sus empresas de café, y a su laboriosidad incansable, el señor
Eustasio de la Torre tiene cien mil pesos de renta.
¿Cómo hizo el señor De la Torre tan inmensa fortuna?
Sirva su ejemplo a los que consumen estérilmente su vida en
Bogotá, llenos de deseos; pero... que, cobardes, no bajan a
trabajar.
Latorre era un joven bien educado, de una familia distinguida,
estimado en la sociedad, y que ocupaba el puesto de subsecretario
en la secretaría de Relaciones Exteriores en Bogotá; pero tenía
mucha ambición y dos o tres desengaños en la política exacerbaron
su carácter, y renunció a la vida pública, llevando al campo y al
trabajo la laboriosidad tradicional de su familia, y un tino
especial para hacer capital.
Hay algo de melancólico y triste en la contemplación de lo que
pasa en la sociedad bogotana. Las antiguas familias, las que tienen
humos aristocráticos y que conservan las tradiciones de Santafé, se
han hundido en terrible miseria, y sus casas, sus haciendas, su
puesto en la sociedad, lo ocupan otras que son las que dan el tono
en Bogotá.
Los jóvenes educados en la capital pierden el tiempo
miserablemente.
Las familias bogotanas, mientras el padre vive, gozan del
esplendor que sus riquezas les dan: disfrutan del sueldo que el
gobierno les paga, o comen del escaso pan que con su oficio ganan.
Los jóvenes de las familias no siguen ninguna carrera ni profesión,
esperan la herencia para venderla, cuando la hay, y sin preocuparse
para el porvenir, viven, no en medio de los placeres, sino en la
más triste ociosidad, dejando pasar las horas, los días, las
semanas, los meses y los años, sin hacer nada y sin pensar en
nada.
A la muerte del padre, si éste no ha sido acaudalado, la familia
se disuelve. Las mujeres pasan a ser señoras vergonzantes, y los
|niños, acostumbrados a recibir todo en sus casas, van a
llevar una vida desastrosa.
¿Conoces a ese policía aguardentoso que estropea a todas las
sirvientas, y se hace odioso dondequiera que está? Tiene una cara
|decente, las manos finas y no deja el cigarrillo de la boca.
Ese es el
|Chucho Porras, nieto del doctor don Manuel José
Porras, e hijo del antiguo administrador de correos. Antes un
cachaco elegante y gastador, y hoy un miserable gendarme.
¿Qué se hizo el sobrino del arzobispo Hernández, tan mimado y
atendido en la sociedad? Ese es el cobrador del empréstito forzoso,
y para vivir carga con el odio y el desprecio de todos los hombres
honrados.
El general Contreras, presidente de la República, ¿no dejó
familia?
Sí, y uno de sus hijos es el pregonero en los remates de los
bienes confiscados a los enemigos del gobierno.
Déme usted algo para llevarle a mi
|santa madre, que
después de haber vivido entre las comodidades, hoy está en la mayor
miseria.
¡Qué mendigo tan impertinente!
¡Pobrecito! Es el nieto del marqués de San Jacinto: el que
heredó las mejores haciendas de la sabana de Bogotá, y que
despilfarró todo cuanto tenía.
Si estas son las carreras abiertas a los jóvenes que se crían en
Bogotá, si este es el camino trillado y común que van recorriendo
las diversas generaciones, ¿cómo no rendir un justo tributo a los
bogotanos que, como el señor Eustasio de la Torre, abandonan los
goces de la capital, rompen con todas las tradiciones, y sin miedo
al clima, a las privaciones y a las dificultades, se han ido a la
|tierra, caliente a formar una fortuna independiente?
Y el señor De la Torre es hoy un potentado que no sólo se ocupa
en el manejo de sus valiosas fincas, sino que también se hace
sentir en la política; poniendo su fortuna y su persona al servicio
de la causa que ama, y ganando una justa y legítima influencia.
El señor Ramón Muñoz, hombre honrado y agricultor de profesión,
a pesar de sus títulos universitarios, fue un buen servidor de la
República: tomó las armas en defensa de su partido, siempre que
hubo guerra, y fue herido e inutilizado en la batalla de Boyacá.
Recordamos de él estas palabras, en una proclama dirigida a los
inválidos, sus compañeros en1876:«Arrastremos nuestros cuerpos
mutilados hasta los cuarteles donde debemos morir en defensa de la
libertad». El señor Ramón Muñoz, viejo e inválido, vivía retirado
en un campito que llamaba el
|Redil, y pasaba el resto de sus
días sembrando árboles y cultivando flores, cuando sus hijos lo
sacaron de allí, y vendieron el campo para comprar una propiedad en
tierra caliente y poner un cafetal.
Esto pareció, no sólo absurdo, sino una profanación; pero ellos
contestaron, al cabo de cinco años, con una hacienda que daba de
renta por año diez veces con qué comprar el
|Redil, y
llevando allí a su padre a disfrutar de un temperamento delicioso,
de una casa rodeada de flores y de un gran bienestar.
Froilán Vega y sus dos hermanos, Daniel y Luis, merecen el mayor
elogio, porque sin capital, y debido sólo a sus esfuerzos
personales, a su constancia y a su laboriosidad, en el curso de
seis años, lograron fundar la hacienda de
|La Victoria, que
tiene más de cien mil matas de café y un gran plantío de caña.
Debemos mencionar al señor Arquímedes Zamora, natural de La
Mesa, a quien llaman el hombre de
|las cañas y de las pepas
(palabras que significan en lenguaje común, mentiras y
baladronadas), y que a él se le aplican por las inmensas
plantaciones de caña de azúcar que posee y por los grandes
cafetales que ha plantado.
Muy joven aún, el señor Jorge Ortiz dejó la capital y a su
familia, y sin miedo a la soledad, al bosque y al trabajo, bajó a
Viotá y puso un lindo establecimiento. Su ejemplo debiera estimular
a los que viven pobres y sin oficio en Bogotá.
Volvemos a encontrar a otro de los Ahóndanos, al señor don José
Manuel, fundando una nueva hacienda de café, a la que puso el
nombre de La
|Arabia.
Cuando ya el terreno se ha abierto, cuando ya ha habido muchas
plantaciones y se ha conocido que la industria es benéfica, muchos
capitalistas han destinado su dinero a empresas de café, bien
mandándolo cultivar, o comprando los cafetales ya puestos; y aunque
es verdad que esto es meritorio porque ayuda al desarrollo de la
industria y al aumento de la riqueza pública, nos abstenemos de
poner sus nombres, porque para nosotros el verdadero mérito está en
los que expusieron su vida y arriesgaron su fortuna como primeros
plantadores.
Entre ellos está otro de los señores Ortiz, quien se asoció al
señor Sayer, para poner un grande establecimiento llamado
|La
Magdalena.
Recordamos también a un joven, casi un niño, a Antonio C. de
Molina, a quien vimos, bajo un techo pajizo, con fiebres palúdicas,
adquiridas en el trabajo, y sin desmayar por esto en la empresa de
poner un cafetal cerca de Viotá. Lo mismo que a los señores Londoño
y Azcuénaga, que rompieron montañas como antioqueños y cultivaron
de café una gran región.
El presidente de la República de Costa Rica, a quien debió
aquella nación su gran prosperidad y su adelanto intelectual y
moral, el general De la Guardia, deslumbrado con los ideales del
partido radical en Colombia, y siguiendo sus huellas luminosas, se
hizo colombiano de corazón, y quiso que su hijo, o sobrino, viniese
a Bogotá a beber en la fuente sagrada de la universidad, regida
entonces por Ancízar, Vargas Vega, Carlos Martín y Ezequiel Rojas;
y esta es la causa por que se encuentra entre nosotros el señor
Santiago de la Guardia, quien después de haber seguido su carrera
literaria, eligió a una virtuosa bogotana por compañera; y juntos
bajaron a la región caliente a fundar un establecimiento de café,
que hoy da cuantiosos rendimientos, y que en recuerdo de su patria
se llama Costa
|Rica.
Los señores Iregui Hermanos, hijos del doctor Nepomuceno Iregui,
un antiguo y buen amigo nuestro, hombre instruido y que figuró
notablemente en los Estados de Santander y Tolima, por sus virtudes
como magistrado y por su energía como liberal, también bajaron a
Viotá, y pusieron la hacienda de
|La Argentina.
|Tobar Hermanos, merecen el mayor elogio por haber sido de
los primeros que acometieron la empresa desconocida de sembrar
café, y por haber fundado la hacienda de
|Java.
La parte de la montaña que sobre el río Bogotá domina, en lo más
alto de la cordillera, no siendo apropiada para cañas, no tenía
valor ninguno, y cubierta de bosques impenetrables hubiera
permanecido por muchos años, como lo había estado desde el tiempo
de la conquista hasta hace poco, si al señor Arcadio Céspedes no se
le hubiese ocurrido ir a descuajar el monte para sembrar café; y a
su audacia, calificada entonces de temeridad, al éxito en su
empresa, y a haber fundado la hacienda de
|Misiones, se debe
el gran valor que han adquirido esos terrenos, y a que se hayan
fundado las haciendas de
|Entremos, perteneciente al señor
Marceliano Vargas;
|La Trinidad, a los señores Josué Gómez y
compañía;
|Santa Isabel, de los herederos del señor José M.
Saravia;
|Santibar, de los señores Pinot Hermanos:
|La
Merced, del doctor Nicolás Osorio, y
|Golconda, de los
señores Samper.
El señor Francisco Putnam, en Nilo, fundó a Buenos
|Aires.
Los abolengos de la familia Rivas eran dueños en Bogotá de la
hacienda de
|El Salitre, propiedad hoy del señor José Joaquín
Vargas, y que vale un millón de pesos; de
|Puente Aranda,
hacienda del señor José María Vargas Heredia, que no daría por
doscientos mil pesos, y de la
|Estanzuela, en las afueras de
la ciudad, cuyo valor es incalculable; y tenían por casa solariega
la situada en la esquina de Santa Clara, y que hoy es un convento
de monjas.
Eran dueños, además, de ricas minas de oro en el Chocó y de
varias propiedades en la tierra caliente.
¿Qué fue de tanta riqueza y de tan alta posición social?
Fusilado por los españoles don Nicolás de Rivas y muerto don
Rafael, fueron todas las propiedades saliendo de la familia, y
perdiéndose las tradiciones de su antigua grandeza. Por fortuna
encontramos en el campo de la industria, levantando una nueva
fortuna y haciéndose rico, al señor Ramón Umaña Rivas, quien fundó
la hermosa hacienda de
|Santa Cruz, en Viotá; y luego a los
señores Duran Umaña, sobrinos de éste, fundando también la hacienda
de Los
|Granjas.
El señor José Manuel Umaña es uno de los hombres más ricos que
hay en Bogotá, pero también es uno de los hombres más laboriosos, y
fue de los primeros que emprendieron el cultivo del café, fundando
la hacienda de
|San José.
En el mismo distrito encontramos a don Timoteo Gutiérrez,
fundando la hacienda de Lo
|Paz; al señor Julio Arango
|El
Rabanario, y al señor Ignacio A. Osuna Las
|Delicias.
Muy grato nos es traer aquí la memoria del señor José María
Sáenz Montoya, tipo del caballero, del patriota y del hombre
industrioso y útil a su país. Asociado desde muy joven al señor
Francisco Montoya y al señor Ruperto Restrepo, formó la sociedad de
|Montoya, Sáenz&Compañía,de la cual hemos hablado ya
al ocuparnos del tabaco de Ambalema. Al señor Sáenz tocóle ir a
Londres, y allí estableció una casa de comercio que tuvo vastas
relaciones, fue hospitalaria y benéfica para los colombianos, y
tuvo tan alto crédito que arrastró a la casa de Fruhling y Goeschen
a colocar sus capitales en las empresas de Colombia.
Cansado de la vida en Europa, pero trayendo la cultura del más
cumplido inglés, volvió a los trabajos de Colombia, y con la misma
facilidad con que conducía un coche en Hyde Park, manejaba su muía
por en medio de los desiertos del Magdalena, y trabajaba como el
último de los calentanos y como el primero de los cosecheros.
En la guerra de1851se hizo cargo de la gobernación de Antioquia,
proveyó de recursos al ejército del general Tomás Herrera, y juntos
derrotaron al general Eusebio Borrero en la batalla de
Rionegro.
Casóse en Bogotá con la hermosa señorita María de Jesús Pinzón,
hermana del eminente escritor doctor Cerbeleón Pinzón; y sus hijos
Nicolás, Francisco y José María, fieles a su tradición política e
industrial, han fundado en Viotá la hacienda de
|La Siberia,
varios cafetales en otros distritos, y han levantado una gran
fortuna.
Como hemos dicho muchas otras veces, el gran mérito de los
colombianos está en la facilidad con que se amoldan a todas las
situaciones y saben desempeñar los papeles que les toca representar
en la vida. Un ejemplo de esto es el señor doctor Manuel H. Peña,
ingeniero civil del más alto rango, cuyo nombre se ha asociado a
los principales caminos del país; y que, sin embargo, ha sabido
poner un magnífico establecimiento de café en el distrito de San
Antonio.
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