CAPITULOXIV
EL AÑIL
Sucédeles a las naciones lo que les pasa a los hombres: que
circunstancias imposibles de prever los llevan a la ruina o a un
alto grado de prosperidad, y esto llaman el destino, la suerte o la
casualidad.
Colombia, en ese sentido, ha tenido muy mala suerte, y, a pesar
de la laboriosidad de sus habitantes, no ha podido salir de la
pobreza, y se encuentra todavía en un estado de atraso que
avergüenza a todas las otras repúblicas de la América del sur, que
se levantan orgullosas, teniendo una agricultura próspera y un
comercio fecundo.
Arruinada la industria del tabaco por causas múltiples e
imposibles de prever, la tierra caliente cayó en absoluto; las
antes ricas y prósperas ciudades de Ambalema, Honda, etc., cayeron
en ruina; las florecientes poblaciones como Lérida, Purificación,
El Guamo, Ibagué y Piedras, quedaron abandonadas; las valiosas
haciendas de la orilla del Magdalena, llenas antes de cosecheros,
caneyes y trabajadores, se convirtieron en pastales inmensos; donde
antes reinaban la industria y el bullicio, y como si una maga
maléfica hubiera tocado con vara funesta esas regiones,
repentinamente sentaron sus reales la soledad y el abandono.
Las propiedades se abatieron de tal manera que Fruling y Goschen
ofrecían las que antes valían millones por un precio cualquiera.
|Pajonales, la hacienda de don Mauricio Rizo, que antes
producía una renta de$ 50.000,fue rematada por el valor de la
contribución en varios años. Los antes verdaderos potentados, don
Pastor Lezama y don José N. Viana, murieron en pobreza, y las
ingentes sumas que se habían gastado en fomentar las haciendas de
la tierra caliente fueron consumidas estérilmente con gran pérdida
de la riqueza pública. Pero en honor de los colombianos, es preciso
reconocer que tienen ambición, que no se dejan dominar por la
pereza y que van dondequiera que la industria promete una buena
recompensa.
Se asegura que la prosperidad de las repúblicas de Centroamérica
se debía, en gran parte, a la producción y comercio del añil, y los
colombianos emprendieron con ardor, pero quizá sin la previsión
necesaria, el cultivo del añil, y de las regiones andinas bajaron a
tierra caliente, llenos de ilusiones y de esperanza, muchos jóvenes
a emprender en estos trabajos, y muchos capitales se destinaron a
esta industria.
El primero, y sin duda el más meritorio de entre los
trabajadores, fue el señor Juan José Obeso, hijo político del señor
José Antonio Umaña, residente hacía muchos años en Tocaima, quien
emprendió con audacia sin igual el cultivo de esta planta en la
hacienda de la
|Guayacana; construyó tanques, y logró
producir un índigo igual al de Bengala, resultando que entusiasmó y
sedujo a una infinidad de hombres industriosos.
Bajo su dirección y dictado compusimos nosotros entonces el
primer libro que sobre
|Cultivo del añil se publicó en
Bogotá.
Carlos Abondano fue quien rompió las tradiciones santafereñas,
de levantarse los hombres tarde, tomar su chocolate e ir a misa,
almorzar lo que les den, y salir a la calle a maldecir del prójimo,
a renegar de su suerte y a hablar de política, hasta que llega la
hora de comer, sin que hayan ganado un centavo los que son pobres,
y consumiendo miserablemente su vida y su fortuna los que son
ricos. Carlos Abondano compró una vasta extensión de terrenos, con
abundantes aguas, a la que puso por nombre
|El Neptuno, y
allí se fue con su mujer y con sus hijos a poner un gran
establecimiento de añil, y obtuvo al principio el más brillante
resultado. Si después se arruinó, como todos los que emprendieron
en añil, él supo conservar su terreno, y allí, más tarde, fundó un
famoso cafetal, que sus laboriosos hijos han extendido después y
que hoy es una de las más famosas haciendas de Colombia.
Una mañana del mes de diciembre íbamos por el camino que de
Tocaima conduce a Peñalisa, admirando la suntuosidad del bosque,
que a uno y otro lado se extendía, cuando advertimos que el bosque
se aclaraba en una grande extensión, dejando ver una espléndida
llanura cubierta de plantas parecidas a la alfalfa de Bogotá, y
vimos recorriendo la llanura a pie a un joven gallardo, de noble
aspecto y figura distinguida, que estaba vestido de lino blanco y
calzado con alpargatas.
Ese joven era el señor Luis Brigard, bogotano también, que
estaba recién casado con una señorita Nieto, y que había bajado a
la tierra caliente a poner un establecimiento de añil.
El señor Brigard rindió la vida en el trabajo, pero su obra
quedó, y nos dicen que aún se cultiva añil en la hacienda de
Peñalisa y en el establecimiento que él fundó.
Carlos Tanco, muy joven aún, casi niño, se desposó con una linda
bogotana, y juntos se fueron a sembrar añil a
|La Africana,
posesión que él había comprado en la cordillera que separa el valle
del Bogotá del de Fusagasugá.
Su hermosa compañera murió en el desierto, y él volvió a Bogotá
con su dolor y sin esperanza.
El señor Marco Antonio Pizano fue también a cultivar añil en el
distrito de Tocaima, y como el trabajo en la tierra caliente es
rudo, él se quebró por la cintura a la caída de un árbol que se le
vino encima, y quedó inválido para toda su vida.
El señor Ramón Argáez destinó su capital a las empresas de añil,
y el general Wenceslao Ibáñez, retirado a la vida privada y
abandonando su ya gloriosa carrera militar, fue también a sembrar
añil, y en la especulación perdió su fortuna.
Las siembras de añil fueron la ilusión de los jóvenes en aquella
época, y la esperanza de las familias, y a cultivar añil y a poner
tanques se bajaron a la tierra caliente todos los hombres que
estaban ansiosos de trabajar y que soñaban con el porvenir, y para
sus empresas les daban las familias sus pequeñas fortunas,
vendiendo muchas veces sus propiedades para proveerlos de
fondos.
Los novios dejaban a sus prometidas para ir a sembrar añil,
pidiéndoles de plazo para casarse el tiempo necesario para que el
añil produjera y poder
|tancar el índigo para la exportación.
Así es que cuando alguna joven estaba ya próxima a casarse, las
otras le daban broma, y le decían que ya ella estaba
|tancando.
Así como después de los desastres del banquero Low, en Francia,
familias enteras emigraron a La Guayana con la esperanza de
encontrar allí las riquezas y las comodidades que habían perdido,
así de Bogotá salieron, todos los jóvenes y familias enteras para
la tierra caliente, a sembrar añil, y con la seguridad completa de
que habían de volver ricos y a disfrutar de grandes comodidades al
fresco de Bogotá. Se fueron los artesanos, los comerciantes, los
buhoneros y hasta las criadas de las casas abandonaron a sus
antiguos amos, para ir en pos de
|El Dorado, que se llamaba
añil.
Las propiedades, en los terrenos a propósito para la siembra de
esta planta tomaron precios fabulosos: se medían por cuadras, y por
todas partes se oía el ruido del bosque que caía bajo el hacha del
cultivador; se veían estanques en construcción; casas empezadas a
levantar; plantíos matemáticamente trazados y perfectamente
cultivados, y la animación, la vida y bullicio que trae una
industria benéfica y fecunda. En el valle del Nilo habían ido a
establecerse muchos extranjeros, y entre ellos el señor Oreste
Sindici, artista italiano, y le parecía al viajero estar entre los
|plantadores del oeste, en los Estados Unidos, viendo a uno y
otro lado las pequeñas propiedades todas cultivadas; casitas
elegantes, como quintas de recreo, habitadas por familias alegres;
los estanques de piedra admirablemente trabajados, luciendo sus
aguas azulosas a los rayos de un sol despejado y ardiente, y la
multitud de trabajadores, bien vestidos y bien alimentados,
fomentando la industria nacional. Y por la noche se oían salir de
las casas los acordes de los instrumentos, y por todos los senderos
cantos alegres que resonaban en medio de las selvas.
Dos de nuestros sobrinos, herederos de las tradiciones de la
honradez y trabajo de las dos familias, Francisco de la Torre y
Rivas y Rafael Rivas Tejada, acometieron, valerosos, en el distrito
de Jerusalén, la más vasta empresa de añil que entonces se conoció:
tumbaron mucha montaña, construyeron grandes tanques y trabajaron
por muchos años, exportando fuertes cantidades de añil muy bien
preparado, hasta que el uno cayó gravemente enfermo, y el otro se
persuadió de que era imposible luchar contra la naturaleza, contra
la impotencia del hombre, rodeado de obstáculos y de dificultades,
y contra la fuerza del destino.
¿Qué fue del añil?
En toda la extensión del vasto territorio en donde se acometió
la empresa de cultivar esta planta y extraer el índigo, se ven
casas arruinadas, mansión de las culebras y reptiles; estanques
solitarios cuya agua fétida y corrompida exhala a lo lejos miasmas
deletéreos, y espaciosos pedazos de terreno, cubiertos de una paja
amarilla, signo de esterilidad y de abandono, y la soledad triste
del desierto que oprime el corazón.
Como la mejor descripción del desastre producido por el cultivo
del añil en nuestro país, ponemos aquí los chispeantes versos que
con tal motivo, y en aquella época, compuso el señor Francisco de
la Torre:
DESPEDIDA DE UN TANQUERO A SUS
CABALLOS
- ¡Oh, vosotros que visteis dar principio
- a la obra sorprendente de los tanques,
- vosotros que a la empresa diste ayuda
- con noble brío y con paciencia grandes,
- que de entonces acá, día tras de día,
- habéis prestado, fuertes y constantes,
- dócil el lomo a la pesada carga
- sin murmurar, ancianos venerables!
- ¿Por qué tristes estáis meditabundos,
- de la filosofía vivas imágenes,
- contemplando los campos de verdura
- con lánguido mirar y ojo cobarde?
- ¿Dónde el valor está, dónde la gracia,
- aquella gracia de que hacíais alarde
- cuando corriendo alegres por el campo,
- esquivabais la entrada a los corrales?
- ¿No sentís ondular las crespas crines
- al soplo de las brisas matinales?
- ¿No escucháis murmurar la fresca fuente
- que entre guijarros arrastró su cauce?
- ¿No os convidan, decidme, no os convidan
- esos verdes, magníficos pastales?. . .
- Mas, es en vano, amigos, es en vano
- que hoy os invite a juguetear como antes.
- El tiempo y los amargos desengaños
- han calmado el ardor de vuestra sangre.
- Atados del trabajo al rudo poste,
- por mi ambición sin límite, insaciable,
- sin dar alivio a los cansados miembros,
- sin reposar siquiera un solo instante,
- los que antes fuerais ágiles y fuertes
- de piel de terciopelo, piel brillante,
- hoy sólo sois cadáveres hambrientos
- revestidos con pieles de caimanes,
- sin orejas, rajones y gotosos,
- ¡escuálidos fantasmas ambulantes. ..!
- ¡Ay, yo también que vine a estas regiones
- lleno de vida y de valor pujante,
- tras largos años de constante lucha,
- tras largos años de inquietud y afanes,
- tras largos años de vivir uncido
- al yugo del trabajo formidable;
- perdida la ilusión, hoy sólo tengo
- cuerpo rendido y corazón cobarde!
- Esas que veis lucir en las costillas,
- de quemadora cal blancas señales:
- esas cuencas que fueron ¡ay! orejas,
- ese aire serio, circunspecto y grave,
- y esos, que peino yo, blancos cabellos
- que cual ébano, negros fueron antes;
- señales son de la terrible lucha,
- cicatrices honrosas del combate. . .
- Cansado ya de batallar sin tregua
- con mayordomos, peones y jornales,
- con plátanos, con miel y con tasajos,
- y con prensas y géneros y empaques,
- y con esa maldita pajazorro,
- que cuanto más se arranca más renace,
- he resuelto acabar con esta vida,