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CAPITULO  XIII

GONZALO JIMENEZ DE QUESADA

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ADVERTENCIA

Fue en Guataquí donde Gonzalo Jiménez de Quesada mandó, según lo refieren el padre Simón y el obispo Piedrahita, construir los bergantines en los cuales debían embarcarse él, Federmann y Benalcázar, para regresar a España, después de haber conquistado el reino de los muiscas y fundado a Bogotá, y fue en Guataquicito, según la tradición, donde residió, mientras acababan las embarcaciones, habiendo mantenido con sus habitantes relaciones.

¿Qué de extraño, pues, que en Guataquicito, estando solo y en presencia de los lugares donde él había estado, y encontrando aún frescas sus huellas, yo hubiera consagrado algunas horas al estudio que ahora publico?

El amor a lo maravilloso y el prestigio con que el tiempo reviste lo que se refiere a una remota antigüedad, dan a la mitología griega su encanto divino; y hacen que sus dioses y sus héroes vayan pasando, al través de las edades, alimentando la literatura, e inspirando a los poetas, a los pintores y a los estatuarios.

Para nosotros los americanos hay una época mitológica que es la de la conquista, y en edades remotas Cristóbal Colón, Hernán Cortés, Balboa, Pizarro y Gonzalo Jiménez de Quesada, adquirirán también el prestigio divino, y en la mente humana alcanzarán a ocupar el puesto que por tanto tiempo tuvieron los dioses del viejo paganismo.

Ya Cristóbal Colón ha pasado de héroe histórico, por la apoteosis que la humanidad le ha preparado en tres siglos, al templo de la inmortalidad, templo de luz y de esplendor, donde reposa su figura noble: templo que de dondequiera se divisa. y del cual salen ecos y alabanzas que se pierden en la eternidad. Hernán Cortés no es tampoco hoy un simple mortal, sino la noble inspiración del poeta, el modelo del estatuario y la fantasía del pintor, y en el uno y en el otro mundo aparece ya con la diadema divina de la inmortalidad.

No ha alcanzado este prestigio Gonzalo Jiménez de Quesada y, sin embargo, este héroe descubrió, conquistó y dominó la región más hermosa de América, y uno de los imperios más civilizados del nuevo continente: para lo cual tuvo que desplegar más valor, más constancia y más habilidad que la que necesitaron Hernán Cortés o los Pizarros para conquistar a México y el Perú; y él fundó un reino civilizado en medio de los desiertos y de las soledades, y en una tierra desconocida.

Para escribir con imparcialidad y justicia la historia de los conquistadores de América, es necesario presentar el cuadro de la Europa en aquella época; señalar la condición moral e intelectual de España al tiempo en que sus hijos emprendían la pasmosa conquista; estudiar la civilización que allí reinaba, y que ellos trajeron a estas regiones; civilización que vivió, que se aclimató en los desiertos, que se desarrolló en trescientos años de colonia, y que produjo al fin esa generación de sabios y de mártires que nos dieron patria y libertad.

Para ser imparciales no debemos olvidar que obtenida la independencia, después de una guerra sangrienta y cruel, la memoria de los españoles quedó entre nosotros execrada y odiosa, y que todos los horrores de la conquista, unidos a las crueldades de la guerra de la independencia, formaron contra la España una masa de odio que es preciso remover con espíritu sereno; que hay que considerar que toda conquista trae siempre la ruina de la raza conquistada, bien se haga por los romanos, los godos o los normandos, y que en la conquista de América debe sorprendernos el ver que los conquistadores trajeron a estas regiones la civilización que ellos tenían: que hicieron de los indios súbditos del reino; que no los extinguieron como en otras regiones; que las leyes los consideraron libres, y que, por el esfuerzo español, de bárbaros errantes se formaron habitantes de las ciudades aptos para la industria y obreros de la civilización.

La |Edad Media., la época de las tinieblas, de la ignorancia y del error, había pasado ya al tiempo del descubrimiento de América, y la humanidad empezaba a trazar la |historia moderna. Los bárbaros del norte, arraigados ya en su suelo, no amenazaban invadir la parte civilizada de la Europa, y para resistir a los turcos las naciones cristianas organizaban ejércitos, que más tarde habían de dar a don Juan de Austria el triunfo de Lepanto. El poder de los Papas bastaba para contener las conquistas de las unas sobre las otras naciones europeas: el prestigio de las guerras desaparecía, y la espada que había dominado al mundo en la antigüedad, cedía su puesto a otras más legítimas influencias.

La Iglesia tranquila, después del Concilio de Basilea, se constituía vigorosamente para mantener la unidad de la fe y el arreglo de la disciplina en todo el mundo. Abandonaba ya la empresa de armar a los cristianos para ir a la conquista de la Tierra Santa, y ejercía en todas las naciones y sobre todos los gobiernos una influencia irresistible.

Italia, habiendo sacudido el yugo alemán, se constituía inexpertamente en pequeños Estados, donde a las empresas guerreras se había sustituido la cultura intelectual, y las bellas artes levantaban ciudades rivales en lujo y elegancia, como Venecia, Genova, Verona, Ragusa y Florencia.

Francia se presentaba ya unida e independiente, con una corte espléndida, y deslumbrando al mundo con el brillo de su civilización, pero sin aspirar más que al engrandecimiento en su propio suelo.

La Inglaterra se levantaba ambiciosa: intentaba dominar por su comercio en todas partes, y empezaba a figurar como potencia |en ambos mares, con la influencia de su diplomacia, pero no era aún una potencia de primer orden ni podía aspirar a hacer conquistas.

La Polonia, noble y generosa, hacía ella sola frente al turco, y salvaba la Europa de una nueva invasión.

El Portugal, nación débil, pero bien gobernada, llamaba la atención por sus descubrimientos marítimos y enviaba con ardoroso afán su escasa marina a llevar el comercio a las Indias, y despertaba el sentimiento público hacia nuevas empresas que ella no podía realizar.

Alemania, dividida en infinitos Estados, obedecía sumisa a la casa de Austria, de donde salían los Césares, y que confundía sus destinos con España.

La España: unidos los reinos de León y de Castilla, de Aragón y de Navarra por el matrimonio de don Fernando con doña Isabel, llamada |la católica; vigorizado el sentimiento nacional, y después de ocho siglos de diario batallar contra los moros establecidos en la Península a quienes venció; rendido el rey Boabdil, conquistada Granada, la España entraba al mundo como una gran nación: fuerte por el valor de sus hijos, por la unidad de su fe y por el vigor de sus instituciones.

Pero la España sólo sabía pelear, vencer y conquistar. El batallar constante la había hecho invencible. Nada alcanzaba a satisfacer su sed de gloria y de conquistas, y así como en nada estimaba las maravillas de la civilización árabe que habían quedado en su suelo, ni comprendía los tesoros de ciencia que encerraban sus bibliotecas, ni se interesaba en el movimiento intelectual que en toda Europa preocupaba los espíritus y preparaba la grande época del Renacimiento, también nada bastaba a su ardimiento bélico, y el mundo era pequeño para sus conquistas.

Es grande el contraste que presenta la España en esa época con las otras naciones, con la Italia, por ejemplo, en donde los Papas, haciéndose dignos del rango que en el mundo ocupaban, tenían perfecta comunidad de aspiraciones con sus contemporáneos, encabezaban el movimiento intelectual y dirigían la corriente científica y literaria. En donde el culto de la inteligencia era no sólo una necesidad íntima, sino también un medio de dominar y de ejercer influencia; donde los Mediéis resolvieron levantar sobre el engrandecimiento de las letras y de las artes el poder de su casa ducal, y donde a muchos tiranos se perdonaban crímenes horribles porque protegían a un sabio ilustre o levantaban un grandioso monumento. En aquel tiempo las naciones habían vuelto la mirada hacia los grandes hechos y las grandes cosas de la antigüedad; las letras y aquella civilización, después de un eclipse, diez veces secular, brillaban, con magnífico esplendor, y por todas partes dilataban los corazones e inflamaban los espíritus.

Vivir en medio del esplendor de las letras, y después transmitir su nombre a las generaciones venideras, bien fuera por los versos de un poeta inmortal o por el cincel de un estatuario, en un magnífico sepulcro, era la ambición de los soberanos de Italia.

Inspirados todos por el |amor de la fama, que Petrarca cantaba en lindos versos, aquel siglo, con los Papas a la cabeza, no se contentaba con su propia gloria, sino que se remontaba al pasado: erigía el culto de los grandes hombres y levantaba monumentos a Virgilio, a los Plinios y a Tito Livio. Imposible era entonces separar la misión del Mecenas en Roma, de las funciones del Sumo Pontífice o jefe de la cristiandad, y SixtoIV,apenas elegido Papa, fundaba la gran biblioteca del Vaticano, JulioIIvisitaba a Miguel Angel en la Capilla Sixtina para admirar los frescos, y León X levantaba el suntuoso templo de San Pedro, símbolo de la cristiandad difundida en el mundo.

Los griegos, salidos del Bajo Imperio, en donde como en un santuario maravilloso se había conservado la sabiduría helénica, eran recibidos con honores casi divinos por todas partes, y más que la conquista de una provincia se estimó la victoria de un Pontífice sobre los Mediéis, por haberse llevado a Roma a Juan de Argiloporilos para que enseñase la doctrina de Platón, y al pie de la cátedra de Francisco Plilelesple, quien durante medio siglo admiró el mundo por su elocuencia, se sentaban los Pontífices Nicolás V y Pío II.

En España al contrario. El noble anciano, retirado en su castillo, relataba a su familia las proezas del gran capitán y sus propias hazañas, mientras que el joven adiestraba el potro altivo; el artesano fabricaba en Toledo espadas mejores que las de Damasco; la hermosa andaluza, poética y soñadora, bordaba una divisa para el amante que de Flandes o de Italia había de llegar vencedor, y el pueblo, sumido a su Dios o a su rey, estaba siempre pronto para formar esos tercios |castellanos, terror del mundo, y que más tarde debían dar el triunfo de Pavía a Carlos V sobre FranciscoI.

Son indispensables estas observaciones para hacer patente que si España no hubiera acometido la empresa de descubrir y conquistar la América, ninguna otra nación en el mundo la hubiera acometido: que la raza española era la única formada para tamaña empresa: que los conquistadores merecen bien de la historia, porque a sus esfuerzos se debe la nueva faz que han tomado la política y comercio del mundo, y el mayor bienestar de la humanidad, y que la España de entonces llenó su misión y adquirió para la historia un título, el más grande de los títulos, el que ninguna otra nación en el mundo ha podido alcanzar.

Que nuestra palabra débil pero justa, tenga eco en Colombia, que se conozca la verdad histórica completa y que sirva de desagravio por la injusticia, la parcialidad y la pasión con que aquella gran nación ha sido tratada por nosotros mismos, y por otros historiadores, que han querido mirar la conquista de América como el sometimiento de la India, o juzgarla a la luz de la civilización que reina ya en el sigloXIX.

Pero aun nos queda una reflexión filosófica que hacer para juzgar de la civilización que los españoles trajeron a estas regiones, antes de entrar en los detalles de la vida del héroe que fundó a Santafé de Bogotá.

Las religiones, sin cambiar de dogmas, cambian de formas y de carácter en los diversos países en donde dominan, amoldándose a la índole y a las necesidades de sus sectarios. El paganismo, fantástico y soñador en Grecia, religión de poesía, de flores y de fiestas, se hizo en Roma imponente y severo, y se convirtió en religión de sacrificios y de sangre. El islamismo, a cuya sombra se levantaron Damasco y Bagdad, y que con los árabes en la Península Ibérica protegió la poesía, la ciencia, la libertad y las artes, e hizo de Granada y de Córdoba el centro de la civilización del mundo y la mansión del placer y de la cultura, el islamismo con los turcos, ha asolado todas las regiones, ha acabado con las ciudades y esterilizado la tierra que domina.

Así el cristianismo, en Roma, estaba entonces representado por el grandioso pensamiento de la sujeción de todas las naciones, poderosas o débiles, al poder de los Pontífices, que amaban el progreso y protegían la civilización.

En Francia era filosófico, y estaba representado por las Universidades de que habían salido San Bernardo y Abelardo, y de donde debían salir Bossuet y Fenelón, llenando al mundo, con el prestigio de la elocuencia y la sabiduría de sus doctrinas.

En Inglaterra el cristianismo corregía las costumbres, formaba las familias, contenía los desórdenes de sus reyes, se aliaba con la libertad y se hacía puritano.

En Florencia, Genova y Venecia, tomaba formas paganas, enaltecía las artes, embellecía las ciudades y levantaba templos suntuosos como los griegos a la Divinidad.

En Alemania era sombrío y reflexivo, y se refugiaba en los claustros de donde más tarde debía salir Lulero con la Reforma.

En España, como bandera de guerra, grito de victoria, represalia legítima contra los árabes, se hizo implacable, y armó el brazo de los reyes con la Inquisición para refundir en la nación la inmensa masa de moros y judíos que la conquista le había dado, y que resistía seguir con nuevas creencias, nuevas costumbres y una nueva civilización. Y esta arma terrible se volvió contra los cristianos, y mientras que la nación se engrandecía, pasando los Pirineos, conquistando a Napóles, disputando la Navarra, estableciéndose en los Países Bajos y descubriendo el Nuevo Mundo, en el interior sus hijos gemían como esclavos, y adquirían el carácter sombrío que se ha impreso sobre la raza más hermosa y más vigorosa de su época.

La dominación española trajo a estas regiones cuanto había en la Península de civilización, de barbarie, de creencias y de errores. Los españoles se establecieron aquí como en su propia patria, y trajeron toda especie de animales para aclimatarlos. Las ciudades que levantaron tuvieron armas y privilegios como las de España, y como eran los reinos de León o de Navarra, así era el Nuevo Reino de Granada, cuyos fundamentos echó el joven granadino Gonzalo Jiménez de Quesada.

Este héroe es un carácter que debe apasionar a la juventud que ama lo atrevido, lo generoso, lo audaz, aunque sea imprevisivo, y que lo prefiere a las virtudes moderadas de los hombres de Estado, y a la obra de la reflexión, del juicio y de una larga experiencia.

Gonzalo Jiménez de Quesada nació al principiar el sigloXVIcerca de Granada, siendo su padre el licenciado Luis Jiménez de Quesada, ministro juez del tribual establecido en aquella ciudad para conocer de las causas de los moros, y él, como su padre, estudió también jurisprudencia, y como en aquella época se prevenía para ser abogado, él tuvo que empezar por las humanidades, y debemos figurarnos a nuestro héroe resolviendo silogismos con las fórmulas de |niego, distingo y concedo, que era lo que constituía la sabiduría de aquel tiempo. ¡Admirable educación para el que había de invadir el territorio sagrado de Iraca y profanar el templo de Sugamuxi! Después fue licenciado, y en aquella tierra de enmarañada legislación y de eternos litigios, podemos imaginárnoslo ojeando las |Pandectas, registrando el |Digesto y estudiando las |Siete Partidas de don Alfonso el Sabio, al que más tarde había de usurpar el reino de los chibchas o muiscas, y despojar a los caciques y a los zipas de todas sus riquezas. Y esto lo hacía Quesada, distinguiéndose y adquiriendo el nombre que le valió después sus futuros destinos.

Los más grandes genios no son los que realizan grandes cosas, sino los que tienen el poder de transformación para llevarlas a cabo con los medios que la suerte les ofrece. De aquí la superioridad de Bolívar sobre Washington, de aquí la grandeza de Mahoma, aprovechándose de las caravanas para aprender el Evangelio, y dictar el Alcorán a los pueblos que sólo conocían la idolatría, y fundar una gran religión en el mundo, y de aquí la admiración que inspira Gonzalo Jiménez de Quesada, por la facilidad con que cambiaba de papeles, según lo exigían su patria, su gloria y el siglo en que vivió.

|¡El Nuevo Mundo! Sueño de las imaginaciones exaltadas, ambición de todos los corazones ardorosos: oriente de la gloria y de la fortuna. |¡El Nuevo Mundo! se grita en toda España, y este grito arrastra a los misioneros que quieren llevar la fe a esas regiones; a los héroes que ya no tienen moros a quienes combatir; a los aventureros que no tienen en Europa teatro para sus hazañas; y a los ilusos que no ven que en vez de las riquezas a que aspiran van a encontrar allí una muerte segura, entre las selvas solitarias o sobre las playas enfermizas.

Gonzalo Jiménez de Quesada fue uno de esos sublimes dementes, y salió de España en el año de 1535en una expedición de aventureros que, con la protección real, debía ir a Santa Marta, al mando del nuevo Gobernador don Pedro Fernándezde Lugo, y salió con el título |Justicia Mayor de la expedición, pues en España en aquella época nada se hacía, ni apoderarse de un reino, sin la intervención de la justicia, y extendiéndose el acta correspondiente por el escribano real.

Quesada, hijo de juez, y juez en la expedición, se distinguió por la manera como aplicaba la espada de la ley |que da é comparte a cada uno su derecho egualmente; y llegado a Santa Marta mereció el aprecio del gobernador y la estimación de sus compatriotas que vivían ya en la ciudad.

Envió de Santa Marta el gobernador don Pedro Fernández de Lugo, una expedición que debía someter a los taironas y seguir en el descubrimiento y las conquistas del continente, y se la confió a su hijo don Luis; pero éste, que amaba más que la fama propia y la gloria de su padre las riquezas y el placer, recogió el botín hecho en las primeras excursiones, y que consistía en mucho oro, tomó un bergantín y fuese a España, quedando así la expedición sin jefe, la conquista abandonada, y cortados, sin duda, los destinos de la humanidad.

¡Aquí estoy yo! grita Gonzalo Jiménez de Quesada, revistiéndose una armadura, ciñéndose una adarga y calándose un casco con plumero. ¡Aquí estoy yo! grita, y tan guerrero aspecto ofrece el abogado, y tan arrogante se muestra, que el gobernador le confía la expedición, lo nombra su teniente general, y como a tal lo reconocen los viejos capitanes Gonzalo Suárez Rendón, que había estado en Pavía; el denodado Juan del Junco, el noble Lázaro Fonte, Juan de San Martín, que tenía fama de indomable; Pedro de Ortús, el valeroso, y Velasco, el altivo, y todos los otros guerreros, que tenían viejos títulos y servicios antiguos. ¡Verdadero milagro, como el del general Bonaparte más tarde en Italia, realizado por el genio!

El ejército expedicionario, y con el cual se debía descubrir, conquistar y dominar un vasto territorio y muchas naciones que constaban de más de treinta millones de habitantes, se componía de setecientos hombres de infantería y ochenta caballeros, que iban por tierra a las órdenes inmediatas de Quesada, y de doscientos más que salieron embarcados, y cuyos buques debían entrar por las aterradoras Bocas de |Ceniza, en cuya temeraria empresa fracasaron, naufragando los buques y muriendo los hombres devorados por los feroces carches de la costa.

Aquellas regiones desiertas todavía, después de cuatrocientos años de descubiertas, y del empuje que en nuestro siglo se ha dado a la civilización, fueron testigos entonces, y muestran aún hoy las dificultades, los peligros y los riesgos de aquella expedición; la más audaz que se haya acometido, en un mundo nuevo, por países desconocidos: en medio de selvas primitivas y espesas, sin rumbo ni dirección; bajo el sol quemante de los trópicos; en climas deletéreos; por entre pantanos pestíferos; atacada por tribus guerreras y numerosas; quintada por el hambre, diezmada por las fiebres. por los caimanes, que llenaban los ríos que era preciso esguazar, y por los insectos, y consumida por las serpientes, el cansancio, la angustia y la desesperación.

Y Gonzalo Jiménez de Quesada, animando a los débiles, ayudando a los rendidos, estimulando a los cobardes, castigando a los insurrectos, guiando esta expedición por ocho meses en el desierto, caminó ciento cincuenta leguas, hasta que llegó a Tamalameque, es el general más valiente, más audaz y más hábil de los que concurrieron a la conquista del nuevo continente.

Y al llegar allí nada habían logrado, siempre el río correntoso, la selva espesa y la montaña inaccesible. Los dos bergantines, con los que se había reemplazado la escuadra náufraga, se querían devolver, y a los de a pie sólo les esperaba la soledad y la muerte.

«Todo, dice el eminente historiador Plaza, todo presagiaba entonces a los castellanos su cercano e inevitable fin. Principió el invierno, estación de las más crudas en los países intertropicales, elevándose las corrientes del río sobre las copas más altas de los árboles, e inundando las riberas cercanas, de modo que no había senda segura que seguir, sin riesgo de anegarse». ¡Qué cuadro para los que somos sus hijos, hijos degenerados, y que no hemos vuelto a los desiertos! ¿Cuál de los que hoy aspiran a la gloria sería capaz de dirigir como Quesada una empresa semejante?

Quesada ruega a los navegantes que sigan adelante. Estos avanzan veinte leguas más y vuelven a donde él a decirle que sólo han hallado el río, la selva y la soledad por dondequiera. «Con estas nuevas, dice el mismo historiador, comenzó la tropa a desmayar y aun a dar señales de descontento, haciendo llegar sus quejas a oídos de Quesada; mas no era éste el hombre a quien intimidasen los peligros, ni el desaliento del ejército, ni su desobediencia. Ordenó imperiosamente que continuase la marcha, prometiendo que dentro de veinte días abandonarían el río».

Colón pidió cuarenta y ocho horas para calmar a la turba amotinada, confiando en su destino, y antes de estar el término vencido, el vigía gritó: |¡Tierra, tierra! Mas, ¿quién inspira a Quesada, cuando está en la soledad perdido, esta nueva promesa?

Llega la expedición a las bocas del río Carare; los mismos peligros, el mismo clima, las mismas enfermedades; pero Quesada no desmaya, ni deja volver a su gente, y antes de veinte días en una miserable cabaña encuentran unos panes de sal: luego cogen una canoa en donde hay unas mantas que vienen de otra parte, y que acusan una más alta civilización. «Allá vamos», grita Quesada, y se pone a la cabeza de su gente; pero entonces es él quien cae víctima de la fiebre, y con esto va a concluir la expedición, y para siempre ignoradas van a quedar las regiones hermosas en donde reinan los zipas y los zaques.

 

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Cabaña en el bajo Magdalena

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