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INDICE
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CAPITULOXII
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Guataquicito
Refiérese que había en Bogotá un poeta chistoso llamado don José
Manuel Meléndez, a quien el coronel Martel pidióle un día, víspera
del cumpleaños de su esposa, que le compusiese unos versos para
|ella, en los cuales entrase
|él como su amante; y para
que los leyera lo convidó a comer al día siguiente:
Pero también entraré
|yo en ellos, le contestó
Meléndez, puesto que soy el autor.
Convenido, dijo Martel, y se despidieron muy amigos.
Al día siguiente, reunida la familia y una gran concurrencia en
el vasto comedor del coronel Martel, se leyó una carta de Meléndez,
excusándose de no poder concurrir, y acompañando los siguientes
versos:
- Hoy don Francisco Martel
- (aquí entra
|él)
- unos versos me pidió
- (aquí entro
|yo)
- para su mujer la bella
- (aquí entra
|ella);
- mas es tan negra mi estrella
- que ya me voy a dormir,
- sin saber qué he de decir
- ni de
|él, ni de
|mí; ni de
|ella.
Aplicación práctica.
Hemos referido cuanto sabíamos de los primeros trabajadores de
la tierra caliente, y en este capítulo nos toca hablar del
contingente de trabajo que también prestamos, y se nos permitirá
que ahora hablemos siempre en primera persona, temiendo sí, que en
lo que vamos a narrar, nos suceda lo que a Meléndez, que no
tengamos nada que decir ni de
|él, ni de
|mí, ni de
|ella.
Tenía yo veintisiete años y acababa de llegar de Caracas a donde
había ido en misión del gobierno; teatro de fiestas, alegría y
contento cuyo recuerdo hace aún latir mi corazón envejecido, y
apenas había concluido la guerra contra la dictadura militar del
general Meló, y en la cual la casualidad me hizo figurar dignamente
en la victoria del4de diciembre de1854,cuando me fui a trabajar a
la tierra caliente, para mí hasta entonces sólo objeto de
admiración poética por la suntuosidad de sus bosques y la belleza
de su cielo, pero de la cual nada conocía, ni la naturaleza de su
cultivo, ni los hábitos y costumbres de sus habitantes, ni los
peligros a que está expuesta la vida por lo malsano del clima y las
fiebres que allí reinan eternamente.
El entusiasmo por el cultivo del tabaco, entonces tan halagador,
y la ambición de ser rico me llevaron al Magdalena. Dejé familia,
hogar y todos los encantos y atractivos de la ciudad de Bogotá, y
pueden calcularse los inconvenientes, dificultades y trabajos que
sufrí al principio, al acometer una empresa que no conocía
absolutamente, al principiar trabajos de los cuales ignoraba los
más sencillos rudimentos, al negociar con gentes completamente
nuevas para mí, y al comenzar una vida de soledad, de labor y de
privaciones contraria en absoluto a la que hasta entonces había
llevado.
El gallardo Antonio María Pradilla, la flor y nata del partido
liberal, tan noble en sus maneras como enérgico en su proceder,
herido en sus más caras afecciones, enferma su interesante esposa
de enfermedad incurable y horrible, vino a ocultar su dolor y a
buscar alivio para ella a la
|tierra caliente, en la que
trabajó, pero con mal éxito, arrumándose él y llevándose a muchos
en su ruina.
Antonio María Pradilla fue la causa de mi venida a las regiones
del Magdalena, en donde pasé quince años, los mejores de la vida,
en busca de una fortuna que jamás alcancé, y saliendo de allí
aniquilado a emprender nuevos trabajos, ajenos completamente a los
que por tanto tiempo había practicado. El vendió a Latorre y Rivas
setenta y dos derechos de tierra en Guataquicito.
Para ánimo de los jóvenes y precaución de los incautos, quizás
será bueno contar algo de lo que me pasó en Guataquicito, y cómo, a
pesar de las dificultades y contrariedades, logré formar una
valiosa hacienda, que si no es hoy mía, sí ha aumentado mucho la
riqueza pública.
En las orillas del alto Magdalena, y en la banda derecha, al
frente del pueblo de Guataquí (lugar en donde se embarcaron de
regreso para España, después del descubrimiento del Nuevo Reino,
los conquistadores Gonzalo Jiménez de Quesada, Federmann y
Sebastián de Benalcázar), había una hermosa vega, que permanecía
casi inculta hasta 1857,y que era de los antiguos indígenas de
Guataquí, quienes la poseían proindivisa, ellos o las personas a
quienes habían cedido sus derechos en el transcurso de cincuenta
años, y esta vega era llamada Guataquicito.
El número de los que tenían derecho a esas tierras era
trescientos. De estos derechos setenta y dos eran míos, y los de
personas que pretendían tener derecho sobre la tierra serían tres
mil; y para desenmarañar ese enredo tuve que seguir un complicado
juicio, cuyo expediente llegó a ser la carga de una muía. El día en
que el juicio se concluyó, envié secretamente el expediente al
tribunal para su aprobación, y tomé una canoa y me embarqué para
Ambalema. ¡Funesto pensamiento! Se creyó que llevaba allí el
expediente, y que con su pérdida se anulaba el juicio; y cuando iba
más distraído, contemplando las serenas ondas del río y entregado a
hermosos pensamientos, ¡cataplán!, los bogas voltearon la canoa, y
me fui al fondo, de donde pude salir a la orilla quién sabe
cómo.
Sabía yo por tradición que en el centro de la montaña había una
laguna misteriosa, decían que allí se encontraba el
|Mohán
(especie de divinidad monstruosa que habita en el fondo de las
aguas, cuya morada deja para hacer mal al hombre), que había muchos
tesoros allí escondidos por los indios primitivos, y que las aguas
de la laguna eran como las del Mar Muerto. El doctor José
Concepción Romero, el famoso abogado que fue el primero en ir a
trabajar a esas regiones, aseguraba haber visto la laguna, pero
nadie lo creía.
Tuve la intención de rozar la montaña, y para eso organicé una
expedición para el descubrimiento de la laguna; y ese día tomaron
parte los guapetones del lugar, siempre dispuestos a desafiar los
peligros; los que creían en el
|Mohán y querían conocerlo;
los amantes de lo desconocido y los curiosos, y éstos eran los más;
y en fin, las mujeres que temblaban de miedo y se animaban con la
idea de los tesoros ocultos. Unos llevaban lanzas, otros escopetas,
la mayor parte peinillas y machetes de rozar; y las mujeres
rosarios, escapularios y ramo bendito.
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Guataquí
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Hicimos una larga trocha al través de la montaña de árboles
corpulentos a cuyo pie crecían bejucos y arbustos que formaban, una
espesa enredadera. Al medio día descubrimos una espesa laguna de
aguas puras; pero el
|Mohán había desaparecido, llevándose
los tesoros. jQué chasco!
Dividida la tierra y entregada a cada uno la parte que le
correspondía, resultó que me tocó una gran parte, y a la casa de
Crotheshway&Cía., cuyo agente era el coronel Amaya, una muy
pequeña; y como aquella casa de comercio estaba acostumbrada a
recibir gran parte del tabaco
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que en Guataquicito producían
los cosecheros, la primera semana que vieron que lo llevaban a mi
factoría por estar en mis tierras sembrado, hubo alarma,
indignación y protesta, oponiéndose por fuerza a ello, lo que
produjo un combate entre el coronel Amaya y el coronel García, que
era mi agente, y en cuyo combate tomaron parte muchos de uno y otro
lado, según sus simpatías.
Desde ese día la colonia de Guataquicito se convirtió en el
campo de Agramante, y por la noche se oían silbar las balas que
iban del uno al otro campamento, y a todas horas andaban las
partidas armadas.
Un día despejado y brillante, y en que el sol iluminaba quemando
un vasto horizonte, iba yo por el camino público que atraviesa la
hacienda en un punto en que la quebrada de
|Chipaná lo corta,
y a la distancia de una cuadra vi venir al coronel Amaya como
siempre, bien montado, en magnífico galápago, con pistoleras, y
recto y elegante como un húsar de Napoleón. Huir era imposible.
Pararme a aguardarlo era claramente desafiarlo. Seguir era
temerario. Sin embargo, hice esto último, y el brillante día
desapareció a mis ojos, el horizonte se limitó y no veía sino al
coronel que avanzaba, avanzaba y crecía, y se hacía como un
gigante.
Al fin nos encontramos; la cabeza de mi caballo dio contra la
del suyo, y ambos se pararon. Yo lo miraba como queriendo decirle
que me sorprendía su audacia, y él con una cólera, que no
disimulaba, pero ambos en silencio. Al fin, con una emoción que se
adivinaba, porque tenía pegadas las quijadas, me dijo:
Yo podría matarlo a usted en este momento, pero soy un
soldado de honor y esto me mancharía. Yo no mato sino en el campo
de batalla. Quizá lo encuentre a usted allí alguna vez. No permita
que sus dependientes me ultrajen, y vivamos bien.
Desvió su caballo, siguió su camino, y yo me quedé como si me
hubiesen dado con un mazo de hierro en el cerebro.
Al fin el señor Crotheshway resolvió llamar al coronel Amaya, y
vendernos el terreno que le pertenecía.
Mi vida era muy sabrosa y me ayudaba a hacerla agradable la
imaginación un poco fantástica con que la suerte me ha dotado.
Gozaba con el esplendor de la naturaleza, con la majestad del río
Magdalena, que limitaba mi propiedad, y con sentirme propietario,
yo que había nacido y crecido pobre; gozaba con ser personaje para
todos los que me rodeaban; gozaba con encontrarme fuerte y apto
para el trabajo; gozaba con recoger el tabaco de los cosecheros y
contar a éstos por centenares, como mis protegidos; gozaba con
saber que estaba aumentando la riqueza nacional, y, en fin, con
conocer las costumbres de esas tierras para poder describirlas. Y
cuando el sol me agobiaba, la soledad me afligía y las
contrariedades me doblegaban, en silencio me contemplaba de lejos,
haciéndome la ilusión de que yo era otro personaje con mis
cualidades y mis defectos, y que era él quien sufría.
Leía mucho, escribía novelas y versos, y siempre fijos los ojos
en los cien mil pesos que de allí había de sacar, no sentía pasar
el tiempo. Muchas veces me sacaron enfermo, y la mortalidad allí
era tan grande, que en los libros de la hacienda muy pocos de los
nombres de los cosecheros que encontré al abrirlos, figuraban
cuando de ella me retiré. ¡Todos habían muerto!
LA SELVA DELMAGDALENA
La soledad absoluta, ilimitada, inmensa. Los gigantescos árboles
levantan sus troncos rectos a una elevada altura, como columnas
histriadas en infinita multitud sostienen la techumbre de un
soberbio templo que se pierde en el espacio, y que formando arcadas
de verdura deja penetrar una luz, a veces brillante como reflejo de
una estrella, y a veces sombría y melancólica como la del
anochecer.
Un pavoroso silencio reina en la vasta extensión de la selva
sombría, interrumpido sólo por el ruido que sobre el piso cubierto
de una alfombra de hojas secas hace el lagarto deslizándose ligero,
o las gotas de agua que, lenta y cadenciosamente, se desprenden,
una a una, de la vecina peña, y como guardián del templo
misterioso, allá a lo lejos, una enorme serpiente enroscada sobre
un tronco podrido, levanta alarmada su deforme cabeza.
La majestad, la belleza imponente y la admiración que despierta
este templo suntuoso del desierto selvático, me inspiran ideas,
sentimientos y emociones que sólo, y en presencia de tanta majestad
y tanta hermosura, me obligan a levantar una plegaria, así como la
de Bolney en presencia de las ruinas de Palmira, y a repetir
gritando, seguro de que nadie me escucha, estas palabras:
¡Amor sublime de la naturaleza! Embeleso del alma cuyos encantos
llenan la vida de perfumes, de luz y de poesía, y que entre sueños
y deleites, la llevan por un sendero misterioso a éxtasis
desconocidos, en los cuales se oyen palabras repetidas en el
misterio de la selva, y que revelan al corazón la sublime majestad
de la naturaleza.
Por mis venas ha corrido tu supremo deleite, y amante fervoroso,
con el pecho comprimido y lleno de felicidad, la pasión agitada y
el deseo devorando mi pensamiento, vengo a contemplarte, virginal y
hermosa, a pasar contigo horas enteras de dicha, saboreando tus
encantos que se renuevan a cada instante, y disfrutando los besos
de amor que la brisa repite y al corazón embalsaman.
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