CAPITULOXI
En tantos viajes como hemos hecho a tierra caliente, hemos
podido estudiar el adelanto que ha habido en los lugares de
tránsito, y esto nos da motivo para colocar aquí nuestras
observaciones.
LA POSADA Y EL HOTEL
I
Achaque de viejos es, y querer librarnos de él sería cosa
imposible, como lo hubiera sido querer librarse del
|dengue o
influenza: achaque, decimos, es de viejos, alabar los tiempos
pasados y vituperar los presentes; ensalzar las virtudes antiguas y
condenar los vicios reinantes; ponderar los méritos de los
contemporáneos y denigrar los defectos de los jóvenes, y alabar las
cualidades y hermosura de las mujeres de antes y exagerar el lujo,
disipación y coquetería de las de ahora, y, cosa que hace reír, al
escucharlos, hasta el clima ha cambiado, la raza ha degenerado, y
el carácter ha sufrido una funesta transformación. Ilusiones,
cuentos, mentiras de los viejos.
Antes, dicen, no había tifo, porque no había esos miasmas
deletéreos que envuelven la ciudad, y sí había agua limpia o sucia
por todas partes para que la gente del pueblo la llevara a sus
tiendas, tuviera desahogo y lavara a sus muchachos. El gas no
existía, es verdad; pero por lo mismo no se escapaba por todas
partes envenenando la atmósfera, produciendo náuseas y preparando
la tisis para el pecho de las niñas. No se habían construido las
alcantarillas que llevan la infección a los patios de las casas,
transmitiéndose de ahí a las alcobas, y la plaza de mercado no era
un foco de pestilencia e infección. Todos vivían aquí sanos, y los
hombres y las mujeres se morían de pulmonía o de viejos.
Ahora la anemia es común, y otras mil enfermedades que no
se conocían son el patrimonio de una generación débil, en la cual
la vida sedentaria en las mujeres, y la de los clubs, cafés y
restaurantes, que están siempre llenos; las casas de tresillo, en
donde se juega de claro en claro y de turbio en turbio, y sobre
todo los licores, de los cuales hay una tienda en cada esquina,
arrebatan a los hombres en flor; y pocos habrá de estos jóvenes que
lleguen a los sesenta años.
Antes, afirman, si un caballero necesitaba dinero, un
amigo le servía y le daba el dinero sonante que le pedía; mientras
que ahora, si tal caso ocurre, hay que ir adonde un usurero, que
exige escritura e hipoteca, y a no ser que se haya preparado una
trampa por el que pide prestado, lo hipotecado pasa a ser propiedad
del prestamista.
¡Qué bellezas las de entonces! Y se les vuelve la boca
agua. Las mujeres, frescas como flores y provocativas como frutas
en sazón, eran sanas y robustas; su trato suave y sus maneras
fáciles y elegantes cautivaban a los muchachos, quienes se creían
dichosos tomándolas por esposas. Hoy todas las niñas están
cloróticas y tienen un aire encogido y enfermizo; se visten, es
verdad, a la parisiense; pero, cual si tuvieran miedo de dañar el
traje o de descomponer el peinado, se convierten en estatuas,
siempre inmóviles y mudas, y, sobre todo, la
|bola de Venus,
la
|Veloutine de Fay y Los
|polvos de arroz, las
desfiguran y las matan; y caso ha ocurrido en que el frac negro de
un caballero haya quedado blanco de polvos, después de haber
bailado valse con una señorita.
Y a propósito de baileañadenlas muchachas han ganado
en lujo lo que han perdido en diversiones y probabilidades de
casarse; que antes había reuniones de buen gusto en las casas de
las familias principales, conciertos privados y paseos a las
quintas vecinas,
|donde Cupido hacía de las suyas; mientras
que ahora los jóvenes y las señoritas no se encuentran, no se
tratan nunca y no se aman, y si algún matrimonio se hace, es porque
el hombre (todos los hombres son
|argonautas y andan en busca
del
|vellocino de oro), es porque el hombre ha hecho bien la
cuenta de lo que tiene papá, y la niña (porque las niñas saben
también contabilidad), la niña, por su parte, ha hecho la cuenta de
los aderezos que tendrá y de los trajes que podrá gastar.
Esto dicen todos los viejos en son de crítica; pero son
exageraciones y quizás cuentos. Vamos a echar nosotros, uno.
Nuestro padre, cuando éramos zagalejos, resolvió llevar a toda
la familia a una hacienda de que era dueño, cerca del puebloX,que
entonces era una alegre aldea, y hoy, pasados los tiempos, es una
|como ciudad con unos
|como caballeros, y en el camino
era jornada cabal desde Bogotá, la que se hacía hasta la
|Venta
de doña Martina, situada en la mitad del
|Monte del Moro,
famoso entonces por los peligros y dificultades para atravesarlo, y
en la cual venta pernoctaban los arrieros que de la sabana iban con
papas y harina, y los que de la tierra caliente venían con miel y
con maíz.
Serían las cuatro de la tarde cuando, descendiendo la montaña,
que la niebla invadía por todas partes, envolviendo los árboles con
un velo tembloroso y fantástico, mostrándose el sol en occidente
pálido y triste; serían las cuatro cuando alcanzábamos a divisar a
lo lejos, como en un cojín de verdura, la espaciosa casa pajiza de
la venta, de la cual se levantaba un columna de humo blanquecino
que se mezclaba con la niebla y se disipaba en la atmósfera. Los
niños Dimas un grito de alegría; las señoras, que, cansadas del
viaje, iban inclinadas sobre la montura, se enderezaron contentas;
las criadas, que se habían quedado atrás, apuraron solícitas; los
arrieros redoblaron los gritos, y las muías, enderezando las
orejas, aligeraron el paso, y nos pusieron pronto al frente de la
|Venta de doña Martina.
Impresa está en nuestra memoria la tal casa y vamos a
describirla, porque de ella ya no queda ni la tradición, y es muy
grato hablar de lo pasado, que siempre aparece hermoso y lleno de
encantos para el que fue feliz.
Era la casa muy grande: al frente tenía un corredor con barandas
de madera sin pintar y con puertas en algunos intervalos, y cuando
llegamos, de las columnas que sostenían el corredor estaban atadas
muchas bestias, mientras que los arrieros bebían chicha en la
tienda. Una de ellas, cuando nos acercamos, disparó una descarga de
coces, y con una le acertó en la rodilla a la criada. Esta puso los
gritos en el cielo: las señoras se aterraron, los niños gritaron,
los arrieros renegaron, y se extendieron confusión y desorden en
todo el campamento. Al lado de la casa había unos hermosos
borracheros de flor colorada, un guayabo cargado de frutos, que
empezamos a coger desde a caballo, y un sauce llorón que formaba el
paisaje. Al frente estaban unas enormes piedras, rodadas, sin duda,
de la montaña, cubiertas de un suave musgo como terciopelo y en
ellas, ágiles y ligeras, las jóvenes se fueron desmontando, dejando
ir las caballerías ensilladas y con la brida suelta, lo que produjo
también rumor, porque enredándose éstas en las riendas, y tratando
de desenredarse, brincaron espantadas y se llevaron por delante
criadas, muchachos y equipaje.
Nuestro padre, después de haber desmontado de la muía a nuestra
madre, y conducídola de brazo al corredor, pues apenas podía dar
paso, según de entumida y estropeada estaba, se dirigió a la tienda
y desde afuera gritó:
¡Buenas tardes, doña Martina!
Buenas se las dé Dios, señor don José María; prosiga para
más adentro, le contestó la ventera.
¿Nos hace el favor de darnos posada?
¡Cómo no! Ahí pasarán una mala noche.
¿Y hay potrero para las bestias?
Sí, señor; hay de dos clases: uno de a cuartillo, que está
algo limpio, y otro de a medio, que está bien pastado y que es
seguro; pero prosigan, que estarán rendidos con tan mal camino.
Entren y se sirven una copita de mistela.
En la tienda, al frente y sobre los estantes, teniendo por
detrás latas que los hacían reflejar, había un ejército de
botellones de cristal claro llenos de topacios líquidos, esmeraldas
y rubíes, que esto parecía la mistela de diversos colores que
contenían, y que alternaban con los de anisado transparente y
puro.
El mostrador era una barricada interpuesta entre el público y la
ventera, y sobre éste había varios platos llenos de encurtido de
ají, y muchas totumas coloradas con dibujos y borde dorado: unas
vacías y otras llenas de chicha.
Enormes ollas y grandes barriles estaban repletos de este licor
en todo el recinto de la tienda; hervían como si estuviesen al
fuego, y se levantaban grandes burbujas que, al reventarse en la
superficie, producían un rumor sordo y constante.
Una larga vara atravesaba la tienda en la parte alta, y en esa
vara estaban colgando cecina de res, las costillas de marrano
ahumadas, manteca dividida en cuartillos como cuentas de rosario,
salchichas frescas y excitantes, longaniza, salchichones y todo
cuanto puede fabricarse con carne de marrano para provocar el
hambre de los viajeros. En otra vara que detrás de ésta había,
estaban colgadas las velas de sebo en pabellones simétricos; detrás
estaba otra con voladores, triquitraques y cohetones, y más allá
otra de la que pendían cedazos, balayes, coladores y camisetas para
indios. Todas estaban garantizadas contra ratones por medio de
totumas resbaladizas, ensartadas en el uno y en el otro
extremo.
Milagro era que doña Marina, que era una mujer alta, robusta,
ancha de pechos y abultada de vientre, cupiese dentro de aquel
recinto tan estrecho, repleto de cajones, canastos, ollas y
barriles, y adornado de azafates con chocolate molido, colaciones,
cartuchitos de canela, de pimienta y de cominos; rodeado de
estantes, en los que había yerbas aromáticas, mercancías y
remedios, y en el cual colgaban del techo fique, lazos, lajitas,
cinchas, enjalmas y riendas de rejo. Milagro era, y no nos
arrepentimos de asegurarlo, no sólo que cupiera, sino también que
se meneara la ventera, y que con otra muchacha que le ayudaba,
solícita y ligera, pudiera atender al exigente despacho de la
tienda; pidiéndole unos merienda, otros chicha, aquél una aguja de
arria, éste dos panes de a cuarto y una mitad de chicha. Y mientras
que éstos pedían queso, aquéllos venían en solicitud de un ajuar de
niño para un bautismo.
Pero, ¡qué habilidad, qué destreza! Sin menearse de un puesto, y
extendiendo a uno y otro lado los brazos, sin mirar siquiera los
objetos, iba alcanzándole a cada cual lo que pedía. Doña Martina
vendía lo suyo y exigía el pago, y muchas veces ni aun le
pagaban.
Abrieron la sala de la posada para que entrásemos, y como de
estas salas ya no quedan, permítasenos una digresión arqueológica
enojosa, sin duda, y algo como un discurso académico.
Era grande, muy grande, oscura y húmeda, esterada con esparto,
blanqueadas con cal las paredes, y el cielo raso de primitiva
construcción y feo aspecto, del cual pendían multitud de cucuruchos
de papel rosado, con piquetes y labrados, colocados con el
propósito de que las moscas se pararan allí; pero medida inútil,
porque las moscas hacían lo que querían y así lo acreditaban el
cieloraso, las paredes y los muebles que estaban sucios, muy
sucios, horriblemente sucios.
Al frente había una mesa o altar con muchos santos de retablo,
viñetas y grabados, y en el medio una especie de nicho que se abría
y se cerraba como un sagrario; dentro de él estaba de bulto una
Nuestra Señora, y en el interior de las puertas, esculpidos y de
medio relieve, San José y San Antonio. Había también dos floreritos
o tinteros con flores viejas de trapo, y muchas petaquitas de
paja.
Colgado de la pared, en una testera de la sala, estaba un gran
retablo, que entonces dijeron que era Santa Lucía, y ahora se me
ocurre que era una mala visión. Le habían sacado los ojos, y la
pobre santa los mostraba complacida en un plato de plata; estaba
atada, pero adornada con un collar de cuentas de vidrio, para lo
cual habían roto la pintura. En el otro extremo había una palma
bendita, seca y empolvada; pero lo que más llamaba la atención eran
unas láminas iluminadas de la novela
|Atala, que eran también
las que más devoción inspiraban a los moradores.
Pocos momentos después de nuestra llegada entró una criada
envuelta en una mantilla de frisa y tapada hasta los ojos, trayendo
un plato con cepitas, un frasco dorado, lleno de mistela color de
azafrán, y un azafate con colaciones de todas clases, y rebanadas
de queso mantequilludo. El frasco nadie lo destapó, pero los
bizcochos desaparecieron por obra de encantamiento.
Entre tanto los arrieros descargaban el equipaje, que era de
muchas cargas, y las muías, aliviadas del peso y libres de las
enjalmas, se revolcaban sabrosas en el polvo, o mordían ávidas la
grama: otras aguardaban pacientes, como los pobres, a que les
llegase su hora de descanso; pero una, más cansada quizás, se echó
con las petacas y rompió toda la loza y el cristal que en ellas
había.
Mientras que los muchachos limpiábamos de frutas el guayabo, las
niñas, ya crecidas, se pusieron a leer los letreros de que estaba
íntegramente cubierta la pared de la venta, muchos de los cuales
eran sentimentales; pues como el pueblo X es lugar de veraneo, los
pasajeros hacían a las paredes confidencias de sus amores y de sus
secretos:
Ignacio Carranza consagra un recuerdo a la memoria de días de
ventura y de calor pasados en el ardiente
|X.
- Bi bá la liber tá.
-
Maldita seas mujer.
- ¿no ves que tu aliento mata?
- ¿Si has de ser mañana ingrata,
- ¿por qué me quisiste ayer?
- Los cachacos Finisterra y Cabrales fían y no
pagan.
- Aquí estuvimos oi felises de Chata, Pachita y yo.
- Lamenta mi destino y no maldigas mi perfidia.
|Elisa
-
- Román Piñeres es un bobo.
-
|Corazón que te
|consuelas
- con el
|mundo y sus
|anteojos
-
|corazón abre los
|ojos
- mira que en el
|mundo ruedas.
Estos y muchos otros letreros había en la pared, amén de
multitud de pinturas hechas con carbón y tierra colorada; unas
representaban la
|Sirenita del mar, otras el Paraíso
|terrenal y otras un Palacio
|de Constantinopla, según
decía debajo de cada una de ellas.
Los peones, con mil trabajos, lograron meter por la angosta
puerta de la sala el enorme almofrej que pesaba horriblemente, y
las criadas empezaron a desocuparlo para arreglar las camas, en
esta forma:
Para los esposos, en la contigua alcoba, sobre una cama que
debió ser de los patriarcas, y al pie de ésta para las niñas
grandes, y para los muchachos en la sala, extendiendo en el suelo
esteras de chíngale para salvar los colchones, y echando bastantes
cobijas para preservarnos del frío de la montaña, que, como niebla,
se entraba cada vez que se abría la puerta.
Al anochecer encendieron una vela oscura y triste, colocada en
un candelero de cobre, largo y sucio; vela que parecía aumentar la
extensión y oscuridad de la sala, en la cual todos nos habíamos
refugiado, tiritando de frío, y a poco rato empezó un entrar y
salir de indias envueltas en las mantillas, indios
|enmonados, y
|chinos maliciosos, trayendo y poniendo
manteles, platos, cubiertos y botellones sobre la mesa, como si
fuese a servirse una cena para un ejército; todo con cuchicheos,
secretos, señales, afán y desconcierto. Al fin, como en solemne
procesión acompañada de veteranos, aparecieron varios indios
conduciendo una cazuela de hirviente sopa de pan con rebanadas de
huevo cocido por encima; una sopera rebosante de mazamorra;
bandejas sobre las cuales se extendía el suculento puchero,
compuesto de infinita variedad de carnes y de legumbres; platos con
arroz seco empapado en manteca y adornado con tajadas de plátano
maduro frito; una costilla de cordero asada, muchos y grandes
panes, y por último cuatro botellones de chicha amarilla y
transparente.
Si comimos o no comimos, lo dejo al juicio del discreto lector.
Nosotros habíamos hecho muchas leguas de viaje; éramos muchachos y
la comida estaba exquisita y bien cocida.
Varios de los muchachos, rendidos del cansancio, y quizás por
consecuencia de los humillos de la chicha que se les subió a la
cabeza, se fueron quedando dormidos sobre la mesa; otros alcanzaron
a tirarse, vestidos, sobre las camas; y mi madre y mis hermanas
tuvieron que empezar la tarea de alzarlos para conducirlos a su
lecho, desvestirlos a todos, meterlos debajo de las cobijas y
abrigarlos bien.
Del profundo sueño en que yacíamos nos sacó el canto armónico a
dúo de un bambuco caucano cantado por antioqueños, acompañados de
guitarra, y cuyo canto, de acuerdo con la naturaleza y con el lugar
en donde nos encontrábamos, era como el eco de la noche que
repetían las montañas:
- Te quiero como a mis ojos,
- más que a mis ojos te quiero,
- pero más quiero a mis ojos
- porque mis ojos te vieron.
Versos como estos eran los que cantaban, y oyéndolos con
sabrosura, bien arropados y soñando con la felicidad, continuamos
durmiendo, hasta que la luz que penetraba al través de las rendijas
de la puerta, el ruido de las caballerías en el corredor y los
gritos de las criadas para que nos levantásemos a fin de arreglar
las camas y echarlas en el almofrej, nos sacaron del profundo sueño
en que estábamos.
La mañana era hermosa. El sol, apareciendo sobre la cima de la
elevada montaña de oriente, iba desgarrando las cortinas de gasa
con que la niebla había cubierto el bosque por la noche; los
árboles se sacudían verdes y húmedos al impulso de la brisa
matinal; los reflejos de la luz que se deslizaba al través de las
hojas, y las sombras que reinaban aún en el fondo de los collados,
daban color, vida y amor a la naturaleza. Cantaban mil pájaros en
el bosque a un mismo tiempo, produciendo una armonía imposible de
pintar; las gallinas de la posada cacareaban felices, las bestias
relinchaban en el potrero al ver salir a sus compañeras, y el caer
de una cascada vecina, todo llenaba de ruidos y de alegría la
campiña.
Llamáronnos a tomar el desayuno, que se componía de huevos
estrellados, costillitas de marrano, papas y plátanos fritos, pan
en abundancia y sendas tazas de chocolate aromático y caliente.
Apenas acabamos, preguntó mi padre cuánto se debía por todo, y doña
Martina, temiendo pedir una exageración, excusándose de lo mal que
habíamos sido servidos y de lo pésimamente alimentados por haberla
cogido de improviso, haciendo minuciosamente la cuenta del potrero
y de lo que habían pedido los arrieros y los criados en la venta,
dijo que valía todo ¡diez y ocho reales!
Montamos en nuestras bestias, y marchando adelante las criadas y
el equipaje, al partir gritamos todos, de despedida y alegres:
¡Adiós,
|Venta de doña Martina!
II
El tiempo pasa breve, y para mí tan veloz, que ahora soy quien,
como padre de familia, voy con mis hijas e hijos a la misma
hacienda, que conservamos por fortuna, y que está llena de
recuerdos y sembrada de dichas.
De Bogotá en ferrocarril a Facatativá jugando, sin sentirlo, sin
saberlo, como en un sueño, se va: las señoritas elegantemente
vestidas, con sobretodos de paño, guantes de Suecia y sombreros
adornados de plumas y de flores. Ya no es un viaje, es un paseo,
cuestión de minutos, con toda comodidad y decencia.
En Facatativá, cambio de decoración: las señoras se ponen trajes
de amazona, sombreros a la inglesa y guantes con manopla, para
montar en hermosos caballos que piafan, se encabritan y relinchan.
Los hombres con casco a la Campbell, cazadoras de paño gris,
guantes de ante y botas altas. Los niños, como
|jockeys, en
galápagos lisos y en cuerpo gentil, como para ir a las
carreras.
Los caballos no andan, sino que vuelan bajando la montaña
descuajada de árboles y convertida en magníficos potreros a uno y
otro lado.
|El monte del Moro, cambiado ahora en un
camellón, según dice la inscripción puesta en una enorme piedra:
«Junta de caminos. 1872». ¿Y la venta de Doña Martina?
¡Ay! A la
|Venta de doña Martina le sucedió lo que a
ciertas instituciones del pasado: la humanidad tomó por otro lado y
las dejó abandonadas; el trazado del camino se hizo por otra parte,
y la venta quedó rezagada, sin que alcance a restaurarla la más
audaz aspiración. ¡Triste cosa para los viejos, pero cosa
inevitable!
Recogiendo flores a la orilla del camino, observando parásitas,
contemplando el hermoso panorama de la tierra caliente que a lo
lejos y a nuestros pies se descubría, y caminando aprisa, a las
tres de la tarde llegamos a la ciudad deX
|,y las herraduras
de los caballos hacían resonar las baldosas del hotel.