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INDICE
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CAPITULO X
Guaduas.-Cuadro de honor de los
trabajadores.-El general Acosta.-La Pola.
En la fragosa senda que conduce de Bogotá al Magdalena, al
través de las mil arrugas de la cordillera, se ve desde la elevada
cresta del
|Alto del Trigo, un pliegue más extenso que los
otros y que deja un hondo valle y una verde sabana, limitada por
cerros que suavemente crecen, se inclinan unas veces, vuelven a
elevarse otras, y ocultan al fin su cabeza entre la niebla; y en el
fondo del valle se ve la población de Guaduas, que blanca y risueña
se levanta, y que es como una flotante hamaca de verdura, bordada
de flores, en cuyo fondo se mece una niña que apenas asoma su
cabeza rubicunda.
La llanura, estrecha hacia occidente y profunda hacia el norte,
ni es extensa ni es igual, lo que le quita toda monotonía al
paisaje, presentando variadas e infinitas vistas de eminencias,
collados, ondulaciones y valles, y el todo encerrado por los
cerros, en los que crece una selva primitiva y suntuosa.
El sol americano que da a todo ese colorido oriental que sólo se
ve en nuestros climas, o que ilumina las ruinas de Grecia: ese
colorido mágico cuando se contempla de lejos, hiriente cuando se
miran de cerca los objetos; ese colorido embellece el paisaje de
Guaduas, haciendo reflejar los rojos tejados de la población,
brillar las casitas blancas que están sembradas por todos los
collados, y dorando la cima de los cerros que por occidente señalan
la región ardiente del alto Magdalena.
La vegetación de las cimas de los cerros es la de los páramos:
helecho, chusque y musgo. Se desciende por entre fucsias y matica
de pichón; los robles están cubiertos de lirios y parásitas
suntuosas; de árbol a árbol se lanzan atrevidas las lianas y los
bejucos cubiertos de flores moradas. Vienen luego las matas de
plátano ostentando su gallarda forma y sus extensas hojas, y al fin
se atraviesa la llanura en medio de gentiles guaduas y de naranjos
cubiertos de frutos.
Aguas en abundancia se desprenden de los cerros con grande
estrépito, y reflejan maravillosamente, como hilos de plata
envueltos en cordones de verde gualda, las ceibas y los otros
árboles que crecen en las orillas; aguas que, juntándose, pasan por
la población con el pomposo nombre de río de San Francisco y que
contribuyen a alegrarla.
A Guaduas fuimos en busca de los nombres de los trabajadores en
esa región suntuosa, y encontramos como dignos de figurar en el
cuadro de honor levantado a la industria, el de los señores Pedro
Rubio Rubio, fundador de
|La Barrigona; Lisandro Gutiérrez,
de
|Peñas Blancas; Miguel Samper y hermanos, de
|Vega
Grande y
|La Unión; Wenceslao Guzmán, de
|Calzón y
|El Sargento; Antonio Rubio, de
|El Remolino; Vicente
Gutiérrez, de La
|Primavera; José María Guzmán, de
|Rubí; Eladio Solano, de
|La Margarita; Antonio B.
Cuervo, de
|Sibares; Capitolio Obando y Antonio Páez, de
|Ríoseco; Antonio Navas; de Barroso; Melitón Rubio, de
|Santa Rosa; Antonio Vanegas de Cambao.
Guaduas es la patria de Policarpa Salavarrieta; y llegar allí
sin saludar a la heroína que inspiró nuestro drama, cuyo retrato
adorna nuestro aposento y con la cual tenemos una especie de
vínculo moral que será indisoluble, no era dado; y por esto
colocamos aquí lo que hace ya mucho tiempo escribimos para
enseñanza de las niñas.
En el año de1810,andando descalza por estos prados, iba a
bañarse todos los días, con las niñas compañeras de ella, una
muchacha que no tendría de edad sino quince años; inocente y buena
como una cervatilla, y como ella libre, elegante y hermosa. Y era
la más arrojada para entrar nadando a los pozos profundos: se
desprendía desde lo alto de una breña al fondo del pozo, quedando
consumida por largo rato, hasta que al fin sacaba su linda cabeza,
y como una ninfa llegaba a la ribera; y ella encabezaba
expediciones a buscar colmenas en el bosque o nidos de pajaritos, y
mataba, con sorprendente serenidad, las serpientes que a su paso
encontraba.
Esta niña era llamada en el pueblo y por sus amigas
|La
Pola; dándole por nombre el abreviado de Policarpa, y
anteponiéndole el
|la, cosa muy usada en aquella época, y
porque ella se había adquirido cierta reputación que la distinguía,
por su audacia, su travesura y sus costumbres independientes y un
tanto nómadas y agrestes.
Era La Pola de gentil talante, de leve talle, formas primorosas
que apenas ondulaban el vestido, cuello esbelto, color de perla;
boca de labios delgados, ligeramente contraídos en los extremos;
nariz recta y levemente inflamada; ojos grandes, negros, audaces y
chispeantes; frente serena, cabeza griega, y suave y abundoso
cabello.
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Hacienda en los alrededores de
Guaduas
|
La negra que la crió le había contado de niña, que a la madre de
la negra la habían cogido los españoles en una tierra muy distante,
en donde tenía su esposo, y que conduciéndola con su hija en un
buque, cargada de cadenas, la habían traído a Cartagena, en donde
la habían vendido por esclava y le daban muchos azotes. La Pola
principió por odiar a los españoles por crueles.
La revolución de la independencia, que sacó a la colonia del
blando sueño en que había dormido por trescientos años, llegó con
su ruido también a Guaduas; pero llegó con un ruido de fiesta;
discursos a la libertad, banderas tricolores, coronas de laurel,
música y regocijos en los diversos aniversarios del memorable día
del20de julio. Y La Pola, que tenía un corazón entusiasta, empezó a
amar la libertad como se ama el placer.
Su padre era patriota y estaba encargado de organizar las
milicias del pueblo, y sus hermanos, que eran religiosos de
conventos en Bogotá, sostenían con calor la causa de
|la
patria contra los que aún eran
|amigos del rey.
De repente dicen: «¡Los españoles!» Y cesan las fiestas. Un
terror pánico se pinta en todos los semblantes, como en presencia
de una gran calamidad; y su padre, comprometido como patriota,
tiembla por su porvenir.
La heroica Cartagena resiste como Numancia, y cayendo al fin
hambrienta y agotada en poder del pacificador Morillo, son
fusilados por los españoles el general Castillo, y todos los otros
defensores, y los españoles llegan a ser un símbolo de horror y de
muerte para los pueblos.
Avanzan, precedidos de la fama de su crueldad; y al llegar a
Honda hacen fusilar al patriota Armero y ponen su cabeza en una
escarpia a la entrada de la población. Pola siente un terror pánico
y un odio profundo por los invasores.
La tormenta revolucionaria había deshecho el nido en donde Pola
había pasado su dichosa y libre juventud; y al cabo de algunos años
volvemos a hallarla en Bogotá, mujer hermosa y llena de
atractivos.
Era la época de duelo y de tristeza para la capital. El
sanguinario Sámano gobernaba con el terror; y uno a uno, los
patriotas habían ido a morir en los cadalsos. Frutos Gutiérrez,
Caldas, Tadeo Lozano, Nicolás de Rivas y otros muchos hombres
civiles, cuyo único crimen había sido simpatizar con la causa de la
independencia en una época en que la madre patria sufría el yugo
extranjero, habían sido arcabuceados, y las cabezas de Torices y de
Torres puestas en jaulas de hierro a la entrada de la ciudad. La
misma suerte habían corrido los bravos militares que, lidiando con
valor, habían sido hechos prisioneros de guerra en el campo de
batalla.
Pola había presenciado todos los dolores de las madres, todas
las agonías de las esposas, y en su corazón había guardado todas
las lágrimas que los españoles habían hecho derramar; y amando
sinceramente la libertad, se consagró a servirla con el desinterés,
generosidad y abnegación de que sólo la mujer es capaz.
Había llegado a la capital la noticia de que los españoles en el
Cauca habían azotado y exhibido en una horrible desnudez a los
patriotas. Pola al oírlo se sintió herida en el pudor de su sexo
por los opresores de su patria, y levantando las manos al cielo,
con una embriaguez profética, exclamó:
«¡Ah miserables! Este crimen sólo una mujer puede
comprenderlo y sólo una mujer puede vengarlo! ¡Yo juro morir o
salvar a mi patria!»
Santander, que a la aproximación de los españoles se había ido
para Casanare a unirse con Páez y los otros valientes que allí
combatían, era la única esperanza de redención para la pobre y
afligida capital; pero a Santander le faltaban armas y municiones,
y Pola acometió la audaz empresa de enviárselas, comprándoselas a
los soldados españoles.
Por mucho tiempo estuvo sirviendo para alimentar aquel fuego
sagrado, que, como el que se conserva en el fondo del santuario,
había de servir después para derramarse por todas partes; y
enviando hombres, armas y municiones a los patriotas de los Llanos,
y dándoles noticias de todo lo que pasaba en la desolada capital,
Pola vino a ser el ángel intermediario entre los que vivían en las
prisiones de Bogotá, y la redención prometida por los que
combatían.
Alejo Sabaraín, patriota que había caído prisionero en la gran
batalla de la Cuchilla del Tambo, en la que Liborio Mejía, sin
esperanzas ya para la patria, y como en una horrible hecatombe,
llevó a seiscientos hombres a pelear contra cuatro mil españoles
atrincherados; Alejo Sabaraín, que fue quintado, y que con el
general López, Cuervo y otros patriotas, al tiempo de sentarse en
el patíbulo fue indultado, había sido condenado a servir en el
ejército español y se encontraba en Bogotá.
Las almas de La Pola y de Sabaraín se entendieron, sus corazones
se amaron; y juntos concibieron un plan de libertad para la patria;
y en la conspiración comprometieron su destino y el de otros
republicanos.
El plan fue descubierto. La Pola, Sabaraín y seis patriotas más
fueron aprehendidos y juzgados por un consejo de guerra que
presidió el coronel Casano, y condenados a muerte.
Estaba Pola ya en la capilla, y en presencia de la eternidad,
cuando se presenta un emisario del virrey y le avisa que está
indultada con tal de que denuncie a los otros que tengan parte en
la conspiración.
Decidle al virrey, contesta Pola, que soy americana, y que
en nada estimo una vida condenada a la esclavitud. Que la causa de
la libertad contará una víctima más, pero no una mujer pérfida con
sus amigos.
El día de la ejecución,22de noviembre de1817, todos los que iban
a morir fueron reunidos en una sala de la prisión para que salieran
juntos a] patíbulo; y el sacerdote que iba a auxiliarlos fue
preguntando a cada uno lo que quería y la recomendación que le
dejaba para su familia. Al llegar a donde Pola, la dijo: Y tú, hija
mía, ¿qué pides?
Pola, arrodillándose y haciendo arrodillar a Sabaraín, tomóle la
mano y dijo al sacerdote: «Que bendigáis nuestra unión en la
tierra, para que nuestros cuerpos sean echados juntos en la fosa
común, y que, unidas, se eleven nuestras almas, y unidos nuestros
nombres sean recordados cuando la patria triunfe».
Conducidos uno en pos de otro, Alejo Sabaraín, José Manuel Díaz,
Joaquín Suárez, Jacobo Morufu, José María Arcos, Francisco
Arellanos, La Pola, que iba adelante, los animaba con su ejemplo.
En el banquillo arengó a la tropa, enrostrando a los americanos que
en ella servían el que estuviesen al lado de los tiranos de la
patria; pero un redoble de los tambores interrumpió sus palabras, y
su cuerpo fue atravesado a balazos.
Así murió esta compatriota: heroica mujer y gloria de Colombia,
a quien un republicano compuso este anagrama:
POLICARPA SALAVARRIETA
YACE POR SALVAR LA PATRIA
Guaduas es también la patria del general Joaquín Acosta,
quien nació allí el29de diciembre de1800,hombre de esos que
aparecen en nuestro suelo, sólo de cuando en cuando, y que llenando
mientras viven, cumplidamente todos sus deberes sociales, legan a
la posteridad obras útiles, y metodizado y al alcance de todos,
cuanto habían adquirido de ciencia en la época en que vivieron y
según los estudios a que se dedicaron.
Y en medio de las selvas, y al atravesar los desiertos de
nuestro territorio, donde la naturaleza salvaje y primitiva aterra,
pareciendo que la civilización nunca ha de llegar a estas regiones;
en presencia de esta masa ignorante, cuya ignorancia todos quieren
conservar como base y fundamento de su poder y su grandeza, un
sabio como Acosta que a fuerza de sacrificios llega a iniciarse en
los misterios de la ciencia, y que iniciado ya, rompe los velos del
santuario y derrama la luz por todas partes e inunda las regiones
de las sombras y de la superstición; un sabio tal merece que la
posteridad lo admire y que nosotros nos inclinemos respetuosos ante
su figura veneranda y visitemos piadosos la tierra que lo vio
nacer.
Que desfilen en triste procesión, como la que imaginan los
poetas, de esqueletos descarnados uno en pos de otro, los hombres
que alimentando las preocupaciones, encendiendo la cólera y las
pasiones de la multitud, han vivido desde hace mucho tiempo
dirigiendo los destinos del país o influyendo poderosamente en su
estancamiento y su ignorancia; que desfilen los falsificadores del
sufragio, cuyo poder no pudieron vencer los honrados liberales; que
desfilen los fanáticos absolutistas que han querido hacer de la
joven Colombia una colonia moral de las ideas y máximas que
dominaban en la Edad Media; que desfilen los que han sido llamados
por la multitud embrutecida grandes, regeneradores, eminentes,
piadosos, restauradores, benéficos, ilustres, y que cada uno
ilumine esta procesión con la luz que haya dado y que haya legado a
la posteridad.
¡Qué silencio! ¡Qué oscuridad! Las figuras apenas se divisan
entre las sombras, y a todas las envuelve una niebla melancólica y
sombría.
Como envueltos en luz esplendorosa, la misma que iluminaba la
hermosa región de la Grecia, y llevando cada uno una corona
inmortal, que desfilen en otra región los hombres de la ciencia,
los servidores de la República, y a este desfile magnífico, que
encabeza Caldas, el mártir de la libertad, asistirá la posteridad
sorprendida y orgullosa de su patria; y en esta procesión se verá
la figura imponente y severa del general Joaquín Acosta.
De él dice el señor don Isidoro Laverde Amaya, en su importante
y curiosa obra
|Bibliografía Colombiana:
«Alejado en distintas épocas de Guaduas, unas veces para
efectuar viajes a los Estados Unidos y a Europa, con el propósito
de acrecentar el caudal de sus conocimientos, otras en desempeño de
importantes misiones diplomáticas o para ejercer en la capital
puestos de significación, muy frecuentemente el de representante al
congreso, don Joaquín Acosta mostró siempre la sinceridad de sus
sentimientos y la llaneza de su trato, conservando en toda época
vivo afecto por el lugar de su nacimiento, en beneficio del cual
trabajó con interés y singular perseverancia.
«Si la turbulenta vida de las democracias americanas nos induce
a veces a pensar, con triste desencanto, en la infructuosa marcha
de las sociedades de la América española y en los tardíos o
inútiles que suelen ser los esfuerzos de los hombres patriotas que
fundan en el propio saber y en la práctica del bien los verdaderos
principios de la civilización de un pueblo, también tenemos que
sentirnos ufanos cuando nos es dado contemplar la figura moral de
algunos hombres que, al través de la agitada existencia, y en lucha
con los frecuentes cambios de gobierno, han sabido cumplir, con
hidalgo pecho, los preceptos del honor, engrandecerse con el
estudio y ser útiles, en grado sumo, a la sociedad en que viven.
Tales reflexiones nos ocurren al mencionar a nuestro célebre
historiador don Joaquín Acosta, quien supo ser modelo de hombres
laboriosos, ilustrado, culto, amigo de la justicia, benévolo para
con todo el mundo y compasivo con los pobres.
«Causa asombro seguir las fases diversas de la laboriosa y útil
vida de este escritor. Ante todo, fue un verdadero hombre de
ciencia, que reveló en muchas ocasiones su apego al estudio y su
amor al saber. Y aun cuando su carácter de republicano y su amor a
la patria le hicieron enrolarse en el ejército libertador, cuando
aún era estudiante, siguió aprovechando su tiempo en las correrías
que por causa del servicio tenía que hacer, pues en ellas, además
de cumplir con los deberes del soldado, levantaba planos, estudiaba
la formación del terreno, las diferencias de raza en distintos
pueblos, etc.
«Tenía apenas veinticinco años cuando visitó, por primera vez,
el Viejo Mundo, y es increíble cómo un joven, en tan corta edad, al
encontrarse en París, centro obligado de los placeres, no pensara
entonces sino en adelantar sus estudios de ingeniería militar y
ciencias naturales. De su conducta en aquella metrópoli, y de la
asidua consagración que en ella mostró por adelantar en todas las
ciencias, sobran datos y comprobantes irrecusables que honran mucho
su memoria.
«Cuando en pleno desarrollo de sus facultades sirvió al país en
los asuntos administrativos, demostró constancia inquebrantable
para perfeccionar el servicio que se confiaba a su discreción y
disciplina, y absoluta fidelidad al gobierno de su patria cuando se
trataba del servicio militar. Y cuando un cambio de gobierno o la
cesación de la guerra civil le hacían volver a su retiro de
Guaduas, tornaba, a modo del célebre general Foy o de M. Guizot, a
entregarse con ardor al culto de los libros.
«En1836fue nombrado redactor de
|El Constitucional de
Cundinamarca, en unión de don Francisco de P. López Aldana, del
doctor Francisco de P. Orbegozo, de don Lorenzo María Lleras y del
doctor Florentino González, quienes se alternaban, semanalmente, en
la redacción de dicho periódico.
«El fue quien, hallándose en París en1847,publicó el primer mapa
de la Nueva Granada, y al año siguiente la obra histórica a que
había dedicado con más consagración y esmero su tiempo, y
en1849hizo la edición francesa del
|Semanario, de Caldas, con
una interesante noticia biográfica de este sabio colombiano, y
varias notas ilustrativas del texto, escritas por el editor.
«Como historiador, Acosta exhibe la más preciada de las
cualidades: un respeto profundo por la verdad. El estilo que adoptó
para su obra es el que más conviene a esta clase de trabajos. La
sencillez de lenguaje es el mejor adorno de la historia, es un
distintivo irreprochable de sinceridad, y el que más cuadra con la
importancia de ciertos asuntos y deja en absoluta libertad de
juicio el ánimo del lector.
«Las obras y folletos que nos quedan de su pluma son los
siguientes:
|«Compendio histórico del descubrimiento y colonización de la
Nueva Granada, en el siglo decimosexto, por el coronel Joaquín
Acosta. París,1848. Imprenta de Beau en Saint-Germain-Laye,XVI,
460páginas, en8°francés, con2mapas y4láminas.
|«Viajes científicos a los Andes ecuatoriales, ocolección
de memorias sobre física, química e historia natural de la Nueva
Granada, Ecuador y Venezuela, presentadas a la Academia de Ciencias
de Francia, por M. Boussingault, su actual presidente y miembro del
Consejo de Estado de la República, y por el señor doctor Roulin.
Traducidas con anuencia de los autores, por J. Acosta, y precedidas
de algunas nociones de geología, por el mismo. París. Librería
Castellana2,calle Saint-Germain-des-Prés, Lasserre, editor.1849.
XXI, 320páginas.
|«Itinerario descriptivo del Magdalena,al uso de los
viajes en el vapor, precedido de un almanaque para1851,por el
coronel J. Acosta, y acompañado de un diseño del río, para
facilitar su inteligencia. Bogotá. Imprenta de
|El Día, por
José Ayarza.1850. 39páginas (con un mapa del Magdalena).
|«Lecciones de geología,por el coronel Joaquín Acosta.
Bogotá. Imprenta del
|Neo Granadino,1850, en 8° (tres pliegos
y tres láminas). No se publicó más.
|«Almanaque para el año bisiesto de1852,Acompañado de
algunas máximas generales que deben observar los ciudadanos a
quienes toca desempeñar el cargo de jurados. Por el general Joaquín
Acosta. Bogotá. Imprenta de
|El Día,48páginas.
«Para estudiar la vida de Acosta pueden consultarse tres
biografías que de él conocemos, la primera publicada en Bogotá, en
la imprenta del
|Neo Granadino, en1853 (24páginas), que
Ezequiel Uricoechea atribuía a don Januario Triana; otra de la
pluma de don José María Samper, yerno de Acosta, que está a la
página65del libro
|Galería nacional de hombres ilustres y
notables, y la muy pormenorizada que escribió su misma hija
doña Soledad Acosta, inserta en el número105del
|Papel Periódico
Ilustrado (AñoV.)»
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