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Testimonio de un Pueblo
Otto Morales Benítez
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Derechos Reservados de Autor
CAPITULO VIII
DESDICHAS DE UN PLEITO II
El Rito Misterioso con el Campo
Realmente es sorprendente el progreso del
caserío. Ya tiene una espadaña que custodia la acción de los hombres. El pueblo tiene
caminos que conducen a todos los rincones, que los colonos han convertido en verdaderos
asientos de riqueza. El embrujo de la montaña va cediendo ante el colonizador. Rufino
Gutiérrez nos cuenta cómo se levanta su importancia cada día: "Creo que el poblado
se fue formando y creciendo rápidamente sin plan preciso, como han nacido y se han
desarrollado la mayor parte de las poblaciones de Colombia al amparo de la capilla y del
rancho de un cura doctrinero, del trabajo que proporcionaba una mina en explotación, de
la influencia de un rico propietario o del halago del negocio que proporcionaban las
recuas de bueyes y mulas y los transeúntes que tenían que hacer paradas en aquellos
lugares".
Pero hay una razón que conduce a la explicación lógica de por qué el
adelanto local era muy notorio. Manizales, como hemos visto, fue fundada en 1848. En 1851
se logró una transacción con la compañía de González, Salazar & Cía. y en 1853
el pleito terminaba completamente. No tuvo que sufrir, por mucho tiempo, la acechanza y la
inseguridad que, por ejemplo, fue muy visible en las otras fundaciones que se hicieron
sobre la Capitulación Real en disputa. Y, además, porque la energía colectiva, porque
el carácter de comunidad agraria que tuvo su establecimiento inicial, hizo comprender a
los reclamantes que nada detendría a estos "hombres con hambre". Que se estaban
jugando su destino sin pedir misericordia. Y sin esperar nada de la bondad de sus
contrincantes. Quienes se radicaron en los terrenos de Manizales sabían cuál era su
porvenir, porque conocían los antecedentes de la lucha que estaban librando desde 1824
los colonos de Salamina, de Arma, etc. De manera que no llegaban con la intención débil
de renunciar a su conquista, fácilmente. Muy al contrario, en ellos había una conciencia
diferente, el interés de consolidar su colonia agrícola. Con sentido gremial, con
vocación comunitaria. Son "especies de asociaciones fraternales agrarias. Es decir,
que hay lazos extraordinarios que los unen, que les dan una visión diferente del
problema. Porque no aspiran a usufructuar la tierra con pasión feudalista, sino a luchar
contra este criterio. No buscan la concentración de la propiedad sino que ella se libere
de las amarras leguleyescas y de los prejuicios económico-agrarios: Esta es su lucha
contra González, Salazar & Cía. Y allí estuvo su triunfo y su fuerza. El pueblo,
una vez más, ganó la batalla porque la daba en nombre de su propia justicia.
Pero no fueron menores
los inconvenientes que presentó aquí la Compañía. La disputa fue más breve. Pero las
pretensiones y los sistemas fueron idénticos. Al principio trataron en Manizales de
llegar a su objetivo, por medio de convencimientos. Luego obligando al Cabildo a que
presentase una demanda contra la Compañía, impetrando la declaración de que esos
terrenos eran baldíos. Se descubre la malicia de la Compañía. En esa forma ella no
aparecía impidiendo el progreso, ni deteniendo el ritmo de la riqueza. Simplemente se
veía constreñida a defender sus derechos. Y al dirigir la demanda contra ella,
implícitamente los Cabildos reconocían que era titular de algo. Ella no quería
exponerse, nuevamente, a una sentencia justa como la que recayó en favor de los vecinos
de Arma. Ni se atrevía a tomar la iniciativa, porque aún no se sabía si el factor
revolucionario que había guiado a la Independencia tendría aplicación y brillo en la
República. Todos estos sistemas revelaban habilidad, recursiva imaginación. Apenas
natural, pues hemos visto que no eran ni desconocidas ni incapaces las personas que
representaban los intereses de la Compañía. Ni sus amigos eran hombres que no razonasen
con valor propio en los comienzos de la República. Había gentes, muchas gentes, detrás
de esos consejos que parecían generosos y desprendidos, pero que implicaban hábiles
jugadas en la consolidación de lo que ambicionaban agitando la Capitulación Real.
Manizales se vio amenazada duramente.
González no cedía. Porque él era el director de todas las empresas judiciales. Nada lo
amedrentaba: ni el rechazo en el caso de Arma; ni los fallos de varios incidentes en favor
de los colonos. No podemos olvidar que en 1883 ya el litigio, en la parte
principal, lo tenían perdido González, Salazar & Cía. Y que en 1843 los
colonos de Salamina no admitían ninguna transacción. La compañía podía alegar que
ella no había entablado ninguna querella: era víctima del cerco que le tendían los
cabildos.
Pero una nueva y hábil jugada impusieron
los defensores de la Capitulación Real. Parece que con ella les hubiese llegado la
malicia de la Colonia. Ahora lo importante era transigir; ser generosos; dar fanegadas de
tierra para que los Municipios repartiesen; entregar el área para la población sin
ningún costo. Pero que los Municipios reconozcan su propiedad. Que la declaren en un
documento público. Que les sirva de apoyo para establecer que sí eran legítimos
propietarios, legítimos titulares, y casi que legítimos poseedores. Para ello
propusieron una transacción en 1851 a los cabildos de Salamina, Neira, Manizales, en
iguales condiciones. En Manizales el Cabildo recibió la oferta el 29 de enero. Ese mismo
día lo reunió don Manuel María Grisales, que era su Presidente. El 30 la estudió una
comisión. El 31 recibió segundo debate. La escritura de transacción se firmó el 7 de
febrero de 1851. Estaban en el acto el escribano público del Cantón, señor Víctor
Ramírez, y los testigos señores Cosme Marulanda, Antonio Londoño y Joaquín Macias;
dicha escritura fue suscrita por todos los miembros del Cabildo, por el doctor Manuel
María Escobar, abogado del Distrito, por Elías González, por Ambrosio Mejía, vecino de
Medellín, que había intervenido en las discusiones, por Pascasio Restrepo, apoderado de
Luis Gómez de Salazar.
Las estipulaciones principales de la
transacción fueron las siguientes: el Cabildo en nombre de los pobladores reconoce: la
propiedad que en los terrenos tiene el señor Elías González y sus socios, y en
consecuencia se compromete a desistir del pleito pendiente contra la
sociedad
propietaria; la sociedad se compromete a vender a cada vecino el solar que ocupe en la
población, por la mitad del precio que le fijen avaluadores nombrados por las partes, y
cede las plazas, las calles, el cementerio, el local de la iglesia y tres solares más
para cárcel y escuelas de ambos sexos; la sociedad se compromete a vender los terrenos
por precio convenido con cada interesado, y de no convenirlo, por avalúo, cuyos
avaluadores serán nombrados, uno por el cabildo, otro por los vendedores, y un tercero en
caso de discordia por los dos anteriores; del precio fijado por los avaluadores se
rebajará un 22% que se distribuye de la manera siguiente: 8% para el doctor Manuel María
Escobar, porcentaje en que de antemano había estipulado sus honorarios como abogado con
el Cabildo de Neira, 8% que rebajarán los vendedores en favor de los compradores, y el 6%
que destinan Elías González y socios para la educación del bello sexo, y que el Cabildo
reglamentará; los compradores que no pudieren pagar de contado, lo harán en tres
contados mensuales.
Todo va muy bien. Claro que no para los
colonos, pero sí para la Compañía. Y lógicamente no se puede formular objeción a los
fundadores transigentes, pues ellos no podían comprender todo el significado de las
claúsulas que firmaban. Ni estaban en capacidad intelectual de cumplir un debate, en el
mismo plano, con personas que ya tenían consagrado su prestigio mental, político,
social, económico. Era elemental. Ya hemos visto que los reclamantes no eran ni
desconocidos ni torpes. Lo que hay que destacar en los fundadores es ese espíritu de
defensa de lo que habían establecido. Ese generoso contribuir a que su esfuerzo
permaneciese. Eso es lo que en ellos tiene un valor singular. Los errores no pueden
calificarse así, pues estaban jugando contra los imponderables. Lo que los destaca una
vez más, es ese deseo de hacer de su fundación algo permanente, no sometido a los
caprichos y veleidades.
Muchos se hacen lenguas de la generosidad de
la compañía. ¿ Realmente lo fue? Esta pregunta tiene varias respuestas. Ya vimos que
las Capitulaciones imponían la obligación de entregar solares y terrenos para el
establecimiento de ciudades. Por lo tanto, no aparece muy explícito el acto de
filantropía de la compañía González, Salazar & Cía. Pero a ella le interesaba una
declaración de los cabildos, por medio de la cual aceptasen la propiedad que ella alegaba
sobre tales latifundios. Bien valía sacrificar modestas hectáreas en un negocio que, a
la postre, resultaría fabuloso. Además, había una presión popular, de masas, que
exigía su reivindicación económica. De suerte que ellos no entregaron en un acto
espontáneo, de voluntaria resignación. Para que ello sucediese, se tuvo que hacer
expreso el furor popular, el deseo colectivo de hacer respetar sus intereses. La cesión
apareció como una secuela de la voluntad comunitaria de las montoneras. Y, por último,
para nadie es un fenómeno particular, que la fundación de pueblos a ellos convenía, por
la simple y escueta razón de la valorización. Pues esas extensiones improductivas
tendrían puntos estratégicos para el aprovisionamiento, para seguir irradiando sobre lo
que aún no habían cubierto los colonos. De suerte que las razones no estaban dirigidas
por la débil vena que conduce al corazón conmovido. Sino por los aspectos económicos,
que todos confluían a favorecer sus intereses.
Transacción más o menos similar efectuaron los cabildos de Salamina y Neira. Pero
quedaba vigente el problema de quienes ya tenían sus labrantíos: Esos campesinos que
ocuparon el
valdío y levantaron con su trabajo el lugar para descansar de su angustia
económica. Las hectáreas que repartía la Compañía para casas en el poblado, no
cancelaban los interrogantes que habría esa colonización. Ahora los titulares de la
Concesión Real, podían entrar en posesión de aquellas parcelas que los hombres habían
convertido en emporio de riqueza agrícola. Los colonos volvían a la odisea, y al retorno
a la aventura, y al tránsito hacia nuevos sitios desconocidos. Resurgía la inseguridad
social y económica, que es la más cruel de las inseguridades. Detrás de estos fundos se
movían hilos extraños. Desde el deseo de acaparar y monopolizar la tierra, hasta el
destino político de muchos se entrelazaba en el drama de ese pleito. Porque aparentemente
había una disputa jurídica. Pero ella envolvía aspectos diversos, de crueldad unos, de
ambición colectiva otros, de índole dispar muchos. Era un mundo el que se agitaba
detrás de los pliegos de papel sellado. Don Venancio Restrepo, Gobernador de la Provincia
de Córdoba, nos da una visión exacta de la inquietud de esos días: La esperiencia
adquirida, los hechos de que he sido testigo copiamos respetando la
ortografía me han convencido últimamente, de que el medio de nombrar juntas de
arbitramento, por las dos partes interesadas, en circunstancias en que no hay tal vez
ningún individuo en Córdoba, que no tenga algún interés próscimo o remoto, directo i
indirecto en el negocio, es i será perfectamente ineficaz. Fuera de esto, estas juntas
tienen que empezar estudiando el complicado curso de litis, deben calificar escrituras i
documentos, fijar el sentido de la transacción i de las muchas resoluciones posteriores
del Poder Ejecutivo, y fallar luego, sobre las pretensiones opuestas de los interesados.
Todo esto presupone varios conocimientos de que es muy probable carecen los individuos
nombrados. La moral, la tranquilidad de aquellas importantes poblaciones, el porvenir de
tantas familias laboriosas que han convertido con el trabajo de sus brazos, ásperas
selvas i enmarañados bosques en hermosas dehesas, en fértiles campos, bien merecen
cualquier sacrificio que por ellas se haga".
Estas reflexiones son bien elocuentes.
Porque donde no hay propiedad las virtudes de los hombres sufren continuos vendavales.
Todo se altera. Porque ella es fundamento de la libertad. Da cierto grado de independencia
que le permite al sér movilizarse con desenfado en el transcurso de su existir. Y le da
confianza en sus resoluciones, que deben llevar a la libertad de pensamiento, de acción,
de orientación íntima. La propiedad favorece la organización de la familia, porque en
torno de ella se aglutinan padres e hijos, en una sucesión admirable de vinculación. Les
permite conservar todos esos lazos del afecto, porque está el fuego sagrado, que los
mantiene atados por el destino de su propio denuedo. En cambio, su ausencia conduce al
nomadismo, a la continua emigración. Al rompimiento de los vínculos de familia. Y se
pierde el sentido patriótico, porque éste es una prolongación de esa unidad que tiene
el individuo con su labrantío. Es lo que más solidez le da a ese sentimiento, que no por
ser filial e ideológico, deja de tener un duro asiento en el quicio de la tierra y de la
esperanza que se le une.
Todo se estaba sacrificando en el arreglo con la Compañía González, Salazar & Cía.
Nada detenía el ímpetu de los colonos. Los hechos de esos días condujeron hasta la
muerte. El gamonalismo con todos sus defectos había desatado las furias populares. Pero
es mejor para el lector conocer el relato que abunda en claridad. Al respecto solo
nos basta agregar que la mala voluntad de los colonos hacia los miembros de la sociedad
llegó a su período álgido en los primeros meses del año de 1851, convirtiéndose esa
mala voluntad en mortal odio, de lo cual fue causa el hecho de haber celebrado los
Cabildos de las tres poblaciones mencionadas una transacción con el apoderado de Salazar
y cuando la sociedad cedía parte de sus terrenos a los distritos parroquiales, tenía
derecho a entrar en inmediata posesión de los restantes; y con ello se perjudicarían
todos aquellos que en tales terrenos tenían sus mejoras y labranzas. Sobre todo en
Salamina, centro el más poblado y donde mayores intereses tenían sus habitantes
vinculados en las tierras, desbordó el odio contra Elías en los meses de febrero y marzo
del año mencionado, por el hecho de que en cumplimiento de las transacciones celebradas
con los Cabildos, el Juez Letrado del Circuito, doctor Alvaro Callejas, procedió a poner
a González en posesión de las tierras que pertenecían a la sociedad, y concurrió la
desgraciada circunstancia de que don Elías, de carácter fuerte y temperamento rudo, como
no podía menos de ser el de todos aquellos titanes que en lucha abierta, con la selva
bravía fundaron las principales poblaciones de que se enorgullece este Departamento, a lo
que se agrega que se sentía amparado por el derecho, don Elías, decimos, por las
anotadas circunstancias, ocurrió a medios en extremos violentos para recuperar los
terrenos que el Juez le entregaba, de que se consideraban dueños sus roturadores y por
ello se negaban a entrar en arreglos con el representante de la sociedad; uno de los
medios que usó para hacer desocupar a los reacios fue el de poner fuego a las
habitaciones y mejoras. Citaremos dos casos concretos, que al parecer se ligan
íntimamente con el desgraciado suceso, materia de esta crónica. Uno de los que no
quisieron prestarse a hacer arreglo alguno con el señor González fue José Maria Duque
(alias Arriador), quien tenía su abierto y casa en El Manzanillo, y cuentan
que a la casa le puso fuego González, destruyendo con todo cuanto en ella había,
inclusive una buena troje de maíz, y habiendo estado en peligro de perecer un pequeñín,
primogénito de Duque, quien estaba recién casado; igual suerte corrió un molino de
propiedad de los señores Miguel Agudelo y Rafael Macías, dos vecinos distinguidos de
Salamina....
Don Alejandro Echeverri, fundador de Manizales, nos cuenta en el
Archivo Historial que Elías también puso fuego a la vivienda de Franco
estando éste ausente y hallándose su mujer de dieta, perdiendo 80 fanegadas de maíz
entrojado.
Más adelante el doctor Juan Pinzón
puntualiza nuevos actos. El día 6 de abril de 1851, domingo, a cosa de las dos de
la tarde, salieron de Neira, con dirección a Manizales, los señores Elías González,
rico propietario de la región, de noble y distinguido abolengo, pariente cercano del
doctor Aranzazu, natural de La Ceja; el doctor Cayetano Concha, distinguido abogado, y si
no estamos equivocados, suegro del General Santos Gutiérrez ilustre ex-Presidente de la
República, y quien patrocinaba a Salazar y González en los litigios de las tierras, y
los señores Ambrosio y José María Mejía, hermanos entre sí y sobrinos de don Elías;
además don Ambrosio era socio de Salazar y González. A eso de las tres de la tarde
pasaron el puente sobre el río Guacaica, caminando el señor González el último de los
cuatro, y habían recorrido pocas varas cuando sonó un disparo de arma de fuego; don
Ambrosio echó pie a tierra y corrió hacia don Elías por haber comprendido que estaba
herido, llegando a tiempo de recibirlo en los brazos y recostarlo a un cerco que había
hacia el lado izquierdo, en donde en el instante expiró....
Con sangre caída sobre el musgo que cubre
el camino culminaron las transacciones jurídicas, los argumentos legales. No estamos de
acuerdo con el doctor Pinzón, quien sostiene que las circunstancias y el amparo de su
derecho, autorizaban a González para tomar tan tremendas iniciativas. La defensa de un
derecho no puede justificar la violencia, cuando de por medio está la legitimidad de un
trabajo, como el del labrador, que ha construido su mundo de ternura, de sueños y de
fácil economía, en medio de tremendos sinsabores. Lo que culminé con la muerte de
Elías fue el proceso social de la colonización. Nada arredraba en la defensa de sus
derechos a los colonos acosados, dominados, sobre quienes querían hacer caer el dominio
político, el económico, el social. Y, luego, además, descargar la teoría de los hechos
cumplidos, sobre lo que ellos habían amasado con tanto sudor, angustia y fantasía.
No eran anónimos quienes rodeaban los
intereses de la Compañía González, Salazar & Cía. Pero, a pesar de ello, no fue
condenado quien dio muerte a don Elías. Había, por lo tanto, una razón social, que
prevalecía contra el medio en el cual se desarrollaron los acontecimientos. Hubo una
absolución, que en esa época no se extendía con tanta versatilidad como ahora
acostumbran hacerlo los hombres. De ese episodio sangriento quedaron varias sentencias
populares. La primera, que cada vez que el terrazguero, el colono, el aparcero, recibía
amenaza contra su interés, el amigo y confidente le soplaba al oído la frase que se
volvía infernal para el patrón: Aplíquele la ley de Guacaica. En su
elementalidad, el colono no encontró otra manera de defender su conquista, su lucha y su
creación.
Por Manizales y Salamina fue muy socorrida una
copla para hacer referencia a la decisión que acompañaba todos los actos de los
campesinos. Y que no había sistema que pudiera imponerse sobre su aspiración económica.
Sobre su reivindicación. Por ello, después de muchos episodios, el trovador pidió paz y
que los elementos agudos de lucha fuesen suplantados por las maneras civiles. En la copla
se compendia todo un tratado de pacificación:
Han de quedar argollados
los palos de berraquillo
las pistolas, los puñales,
las navajas y el cuchillo.
Estos ímpetus, esta belicosidad, este
estremecimiento ardido de los colonos, lo podemos explicar solo a través de la
transubstanciación que el hombre sufre con el agro que ha conquistado y aprisionado con
sus simples herramientas de trabajo. Hay tal identidad que solo se compadece aceptando que
entre el individuo y el fundo hay un lírico apasionamiento. Casi un furor estremecido.
Por ello es tan impresionante esa defensa elemental y arriscada que los hombres del campo
presentan al patrón endurecido. Es que en ellos se ha cumplido ya un rito misterioso con
su mundo telúrico.
José Ortega y Gasset explica el fenómeno
aceptando que como la expresión lo indica, el campo cultivado es tierra ya
transida de humanidad, hasta el punto de que esa humanización del campo ha servido de
modelo y de nombre a todas las formas de vida más específicamente humanas: la
cultura. Pasearse, por huerto, sembradura o rastrojo, por olivar en quincuncia o
severo carrascal, es seguir el hombre paseándose por dentro de sí mismo. Pareja
condición posee el campo de batalla. La guerra, como la agricultura, son de institución
humana. El campo, al ser de batalla convierte un trozo de planeta en área geométrica,
donde solo importan las condiciones estratégicas. En fin, el campo, como paisaje, para el
turista no es menos humano que los anteriores: es un cuadro, y su existencia
depende de las condiciones líricas que el hombre quiera y pueda movilizar. Por eso ha
tardado tanto en interesar a nuestra especie. Son los poetas y los pintores quienes lo han
ido formando poco a poco, y sus calidades fueron descubiertas, esto es, inventadas
lentamente, generación tras generación, en las épocas de cultura muy avanzada. Es una
vergüenza que no exista una historia del paisaje, que significa una de las mayores
conquistas y enriquecimiento del hombre histórico. A decir verdad, en Europa ha sido una
invención romántica. Únicamente a comienzos del siglo XIV queda montada con suficiente
plenitud esa actitud humana que lleva a convertir un pedazo de tierra en la idealidad de
un paisaje.
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